Ingravidez verde a su alrededor.
Estaba viva, esa fue su primera sensación. Estaba desorientada, esa fue la segunda. ¿Hacia dónde tenía que nadar para buscar la superficie? "Primero, no te asustes. Segundo, mira las burbujas". Las burbujas siempre subían. Pataleó perdiendo una bota, y alcanzó la superficie con relativa facilidad a pesar del freno que suponía la mochila a su espalda.
Snape manoteó asustado. Al final, no había sido capaz de sujetar sus dedos.
El choque con el agua fue tan fuerte que botaron en direcciones diferentes. Severus impactó en una zona con menos profundidad y salió antes a la superficie. El tono verdoso del agua le impedía ver la sombra del cuerpo de Paula y tardaba, tardaba, (venga, pequeña, sal ya). ¿Había caído en una zona más profunda? ¿En una tan poco profunda que el agua no había llegado a amortiguar la caída? (Venga, Demons, ...me debes una respuesta). Miró alrededor de la poza... Cerca, un chapoteo, ella pronunciando su nombre.
_Severus..._ No era plan de ponerse a gritar, pero se asustó mucho al no verlo_ ¡Severus...!
_Estoy aquí_ dijo detrás de ella.
Hablaba enfadado pero su tono severo le sonó a música celestial.
_ No grite_ no había gritado, ¿verdad? No, definitivamente, no había llegado a gritar_ La idea es que podamos aprovechar la ventaja de que nos crean muertos, señorita Demons.
Nadaron hacia la orilla más cercana.
_Ahora veremos cómo de pronto se secan sus ropas, señorita Demons.
Trabajosamente, descalza de un pie, salió por completo del agua. Dió unos pasos vacilantes mientras se escurría el pelo. Suponía que debían volver a correr para alejarse por si a los mortífagos les daba por bajar a comprobar si habían muerto o no y tendrían que volver a zigzaguear a sombra de los árboles en lugar de secarse cómodamente al sol, pensó mirando al cielo, o al abrigo de un fueg...
_ ¡Severus!
_ Ah, no!, ¡Nada de Severus, a partir de ahora, seré el señor Snape para usted hasta que se digne a contestar...!
_Oh, calla, Severus.. ¡mira!
Por encima de las copas de los árboles, no demasiado lejos, se veía una columna de humo, como de una chimenea, alzándose hacia el cielo.
Snape frunció sus labios, juntó sus cejas y habló casi desde el inframundo.
_No deberíamos ir.
_Casa, comida, refugio... a lo mejor un teléfono desde donde llamar a Draco. Quizá hay buena gente y nos ayudan...
_Quizá los matan por nuestra culpa.
_Quizá es el refugio de los mortífagos, llegamos antes que ellos y podemos emboscarles allí.
_No cederás.
_No_dijo cansada emprendiendo la marcha delante de él.
Cojeó todo el camino("Quítate el otro zapato, mujer"; "Prefiero pincharme solo en un pie, gracias") pero realmente no estaba demasiado lejos, o parecía que el camino se acortaba para llegar. No había un sendero propiamente dicho, pero era como si un sendero se abriera a su paso.
La cabaña estaba en un claro, en un pequeño calvero circular. Una vez que la tuvo a la vista, ya no parecía tan buena idea llegar a ella. No la invadía esa opresiva sensación en el pecho ni en el estómago. Pero algo estaba mal. Severus también lo sabía aunque no dijera nada. La sombra que cubría sus ojos, su silencio, eran suficientes datos como para comprobar que a él tampoco le gustaba el lugar.
La puerta estaba entreabierta como si les esperaran.
Algo estaba muy mal.
_Parece que nos esperan_dijo la voz profunda y opaca de Severus.
_Creo que hemos encontrado a tu oráculo, después de todo.
Snape alzó una ceja mirándola, valorando su reacción.
_¿Asustada, señorita Demons?¡Quién lo hubiera dicho!
Tenía que decirlo en voz alta o no se lo creería.
_Yo no tengo miedo, señor Snape. Nunca.
Y se quitó el zapato porque no le apetecía entrar cojeando en ese lugar. Entendió por qué Severus adoptaba ese aire de fortaleza y superioridad delante de los demás mortífagos, no se debía mostrar debilidad ante los..¿enemigos?.
La cabaña le recordaba ligeramente a la de Hagrid... en que era una cabaña. Nada más. En lugar del acojedor desorden del semigigante, en torno a la vieja mesa del centro de la cabaña se ordenaban las sillas. Las paredes estaban llenas de estanterías con libros y libros y frascos y frascos y del techo colgaban plantas como en un secadero. Esa cabaña sería el sueño de Severus, pensó.
_Bienvenidos, bienvenidos... sentaos. Tengo algo que os confortará.
Era una voz agrietada por el tiempo, vieja, dulce y cantarina y la anciana salió de no se sabe dónde, como si hubiera estado invisible en medio de la sala o hubiese atravesado una pared.
_El mestizo de los Prince... _dijo acercándose con pasos cortos y tambaleantes a Severus_ has tardado, has tardado... Pero lo has hecho bien.
Un ligero sopor se apoderó de Demons, pero se mantuvo con la espalda recta y muy atenta a aquella anciana.
Estaba arrugada como una pasa, el rostro marchito y unos ojos brillantes de un color indefinible tras una pátina blanquecina, enterrados entre miles de pequeños surcos rodeándolos, las cejas pobladas y la naríz ganchuda y desproporcionadamente grande para su rostro, sin ser destacable. No había labios bajo ella, sino una raja en la cara, igualmente rodeada de arrugas verticales, un intento de boca, hundida y sin dientes, que se enterraba entre su nariz y su barbilla.
Dame una verruga y será la bruja de los cuentos.
Llevaba el pelo, ralo y blanco, recogido en una larga y fina trenza. Vestía capas y capas de telas de colores desvaído que le daba aspecto agitanado. La espalda se le curvaba un poco; eso y su paso tambaleante hacía que pareciera que iba a caerse en cualquier momento. Una agradable ancianita, que pasaba uno de sus dedos huesudos por el pecho de Severus.
Demons dió un paso hacia el lado y agarró la mano de Severus, reclamando su propiedad. La anciana se volvió a ella lentamente, mirándola a través de sus ojos velados. La miró... y no dijo nada. La ignoró. Pero puso platos y cubiertos para ellos y sirvió sopa de un caldero que hervía en el fuego.
Su voz musical les envolvía. Severus permaneció callado sorbiendo de la sopa mientras ella aseguraba que estaban a salvo, que tenían que comer, cambiarse esas horripilantes ropas y dormir. Tenían mucho que contarse, muchas preguntas que resolver, pero tendrían tiempo de sobra. Siempre hay tiempo de sobra, insistía.
_ ¿No tienes apetito? ¡Come, niña, come!
Paula pasó la mirada de su plato a Severus que comía obedientemente, a la anciana que la miraba con su desdentada sonrisa y de nuevo a su plato de sopa, meneando la cuchara dentro de ella.
Esa era la mujer que le había dado a Eileen el libro a cambio de su futuro hijo; esa era la que había escrito con tinta de un rojo desvaído cómo fabricar un Horrocrux; esa era la mujer que había ayudado al Perturbado a alcanzar la cima de su poder...; esa era la mujer que había prometido una suculenta recompensa a los mortífagos a cambio de entregarle a Severus. "Come, niña, come... come lo que quieras, estás en los huesos...". Demons no llevó la cuchara a su boca y buscó varias veces la mirada cómplice de Severus, sin encontrarla.
La mirada de Severus permanecería fija y ausente, mirando la sopa, como si fuera lo único que importará en el mundo. Tan lejos estaba, que a Demons le apetecía pegarle una patada por debajo de la mesa. Decidió en cambio, hacer lo mismo y dedicar su atención a mover la sopa de un lado a otro, aunque sin probarla. Le asustaba la mirada obnubilada de Snape, como hipnotizado por la voz cantarina de la anciana.
Por un momento, se sintió como Gretel. Suponía que tendría que impedir que esa vieja y amable bruja, se comiera a... (Snape)... Hansel.
Miró alrededor buscando un horno para empujarla dentro. No había horno (¡me cachis!) tendría que improvisar.
