Ya lo estás haciendo, Snape, ya haces que sí quiera. Pero refunfuño y tú gruñes y parecemos animales hablando lenguaje de animales mientras me olfateas.

O sea, que te dan igual mis defectos. Te da igual que no responda a tu importante pregunta, te da igual que hayamos matado a dos personas, malas, pero personas al fin y al cabo, para conseguir llegar hasta aquí, ¡pero no te da igual que empuje tu cabeza hacia donde debería estar!.

Somos mala gente, Severus, tú y yo. Sin remordimientos a pesar de nuestros terribles actos. Pero me alegra que no sufras por lo ocurrido, consciente de tus acciones y libre de culpabilidades, libre al fin, Severus, de tu mala conciencia. Ya sólo me queda conseguir librarme de tu afán superprotector y serás el hombre perfecto.

Vale, vale... me quedo quieta, pongo obedientemente mis manos a los lados de mi cuerpo. Pero aprieto los muslos, porque me gusta ponerte las cosas difíciles.

De nada me servirá, bien lo sé, mi propósito de no dejarme besar cae como tu pelo cae sobre mis piernas y tus labios alcanzan mis rodillas. No puedo olvidar que fue ahí donde me besaste primero la primera vez que..., bueno, digamos "hicimos el amor". No creerías como rebosó mi pecho al verte de rodillas frente a mí. Mi mejor conquista, sin duda. Si tuviera tu cabeza, la colgaría en el lugar preferente de mi sala de trofeos... si tuviera sala de trofeos, con tus ojos fieros mirándome desde encima de la chimenea.

No puedo pensar.

Tu aliento llega primero, y la punta de tu nariz que involuntariamente me acaricia antes que tus labios y ahí vas (o vienes) besándome los muslos y borrando los besos con la palma de tus manos. Cuanto más te espero, menos parece que te acerques.

Es cierto, me besas con dulzura, tan lento, tan suave, que en lugar de excitarme, acabas relajándome y suspiro con la boca entreabierta para que comprendas que ganas esta partida. Cierto sopor me invade mientras dejo que adores mis delgadas piernas. No puedo engañarte para que me adules y confieses que me adoras; eso, que no caigas donde otros cayeron, no hace más que crezca mi admiración por ti. Pero me adoras con tus labios y me relajo sabiéndote mío y tu cabeza asciende y por fin, ¡por fin! alcanzas mis ingles.

¡Oh, Severus, cómo te haces esperar!

No me muevo, soporto estoica las caricias de tu lengua sobre mis labios, los de ahí abajo, mientras paso mi lengua por los de arriba Se me seca la boca pero la humedad de mi sexo crece mientras te acercas. Un cosquilleo recorre mi espina dorsal al igual que tú recorres el surco que delimitan esos labios y me besas despacio allí donde empieza (o acaba) justo encima de ese trozo de carne palpitante que llaman clítoris.

Que nombre tan absurdo. Debería llamarse pico de la perdición o botón del placer u otra cosa poética que describiera su función como « lugar favorito de Snape para torturarte».

Ahora sí, abro completamente las piernas, Severus, (me gustaría ver cómo sonríes entre ellas sintiéndote vencedor), y tu húmeda exploradora profundiza arrancándome un gemido y una pequeña convulsión.

Me lames despacio, apretando tu lengua contra ese apéndice que se ha llenado de sangre que amenaza con estallar. A veces siento celos de la mujer que te haya enseñado a besar así, a veces, me gustaría ponerle un monumento.

Aguijonazos de placer afilados me provocan ligeras sacudidas. Más abajo de donde besas comienzo a derretirme y a contraer mis músculos entorno a un vacío insoportable.

Levanto mis caderas. Si me dejaras ya estaría tirando de tu pelo para que besaras un poco más abajo.

Te das cuenta, me adivinas, y gimo complacida cuando tu lengua me penetra frotando mis paredes, arrancandome suspiros y ahora no sé si abrir más las piernas y franquear el paso o cerrarlas para tener algo a lo que sujetarme (Mmm, tu divina cabeza entre mis muslos, señor Snape) mientras mi cuerpo flota a la deriva como una tabla en el océano.

Me aferro a las sábanas cuando tus dientes me arañan. ¿No habías dicho que serías dulce?. Ingenua de mí.

"Azúcar", dices. Me saboreas, me libas como si fuera una flor. Es horrible el que me obligues a no tocarte. ¿Dulzura? Mentira, no hay dulzura en la manera en que aprovechas mi peor debilidad.

Reconozco la punta de tu nariz presionando indecente sin que te importe empaparte de eso que tratas como néctar. Y tu lengua la sigue y luego tus dedos, sólo por fuera, ¡malvado!, noto la piel tirante de tan hinchada, noto el calor. Me aprieto contra la cama alejándome de tu tortura por no agarrar tu pelo negro y apretarme contra tu cara, obligándote a llenarme con algo de ti.

¿Cuál es el castigo del ambicioso?, marchitarse deseando algo que no puede tener, recito tal cual me enseñaron las monjas (pensar en monjas ahora..., Demons, no tienes remedio) , ¿cuál es la recompensa del humilde?, hallar la felicidad en las cosas que posee. Poseo tu boca, tu aliento y la punta de tus dedos. Poseo toda tu atención.

Muevo mi pelvis y sorprendentemente haces caso de mi indirecta y asciendes de nuevo a ese punto ardiente donde se acumula mi deseo. ¡Oh, sí, señor Snape! Succionas, tirando de mi carne, tu legua frota sin pausa pero sin prisa llevándome a un estado casi inaguantable, creo que no voy a soportarlo más sin pedirte que me poseas de una vez pero aún guardas muestras de tu "dulzura" para conmigo. La punta de tus dedos, esas que son mías, se abren camino a través de mi desesperada vagina.

Acompaso mi respiración al ritmo de tus dedos y tú, sí, tú procedes a trepar por mi vientre con tus crueles labios hasta alcanzar mis pechos.

No, Severus, ya no me pidas que me quede quieta.

Abrazo tu espalda y acojo tu cabeza, la sujeto por el pelo como unas riendas. Encorvo mi espalda para besarte, trato de hablar pero sólo consigo pronunciar un "¡oh, Severus!" al que tú respondes profundizando con tus dedos en mi sexo, acelerando imperceptiblemente el ritmo de tus caricias.

Dulzura... y ¡una mierda! Lo que te gusta es provocar mi ansiedad a pesar del miedo que te produce el que haya otro ocupando mis entrañas. No quieres ser dulce conmigo, sino con el pasajero de mi útero.

Gruñes cuando te aparto de mí, todo lo que protestes me da igual, me toca jugar a mí. No opones resistencia cuando te tumbo de espaldas. ¿Dulzura? Ni un primer beso sería tan dulce como el que te estoy dando, con timidez, como si tu boca fuera extraña, suspirando cuando aprietas mi cuerpo con tus brazos. Me echo sobre ti, mis pequeños pechos aplastados contra tu torso, enredo mis muslos con los tuyos y mi piel toca por primera vez tu miembro.

Ufff, tu dureza casi me hace desistir de mis propósitos de portarme como una señorita educada y tímida, pero aguanto el calor de tu piel sobre la mía, frotándome disimuladamente, como si nuestro roce fuera fruto de la casualidad de nuestros abrazos. Una perversa gota de tu humedad toca mi piel me guardo el deseo de saborearla.

Dulcemente, sí, tratándote como a una inocente virgen me deslizo por encima de tu cuerpo y deposito ferviente besos en tu garganta y en tu pecho desnudo.

Te miro a los ojos. Sonríes mirándome con ternura. ¡Oh no!¿dónde está mi ogro?¿dónde está ese tipo furibundo al que le gusta hacer que me retuerza bajo su dominio? Tu mirada me recuerda a la de aquel boy scout.

_ No va a funcionar, Severus, este plan tuyo de ser dulce... .

Ríes, pero no sorprendido. Sí, ya lo he visto en tus ojos, para ti esto también es aburriiiiiido.

_Usa tu imaginación, querida, me niego a golpear el cuello de tu útero mientras no te vea un médico.

_Mierda, Severus, ¿no tienes visión de rayos X en esos superpoderes tuyos?

Rezongo protestando, pero me contagias de tu prudencia.

Me siento sobre tus piernas. Oh, Severus, qué magnífica vista: tus ojos cerrados, tu vientre tenso, tu miembro erguido.

Me aproximo a él y jalas de mis caderas, soporto parte de mi peso en la mano que apoyo en tu pecho y con la otra me hago dueña de tu ... instrumento. Su tacto hace que me olvide de mis temores, lo conduzco hasta mi cercanía mientras jugueteo con mi mano en toda su longitud. Perdón, en toooda su longitud (sé que te agrada que sea precisa).

Gruñes cuando te das cuenta de que te estoy usando, tengo la sartén por el mango, nunca mejor dicho, y te estoy usando para acariciarme.

¿No quería dulzura, señor Snape? Reconoce lo dulce que es el roce de tu glande contra mis pliegues. Aahh, no es igual que clavarte de golpe en mí, pero es satisfactorio ver que, esta vez, eres tú quien se retuerce.

Podría empezar a gustarme este jueguecito tuyo. Tú ahí retorciéndote, y yo disfrutando de las vistas.

Intentas incorporarte pero mi mano en tu pecho te lo impide.

_ Si debido a este estado mío, no voy a poder disfrutar de todo tu brío..., lo justo es que tú, tampoco.

Tu mirada peligrosa me pone a mil. Aplaudo mentalmente el regreso de mister Hyde que clava sus dedos en mi culo para empujar mi pelvis y aumentar así el roce de nuestros centros.

Rodeo el cuerpo de tu enhiesto tallo (no te quejarás, Severus, estoy aprendiendo multitud de eufemismos) desde su base con mis cuatro dedos y con el pulgar acompaño su longitud. Mi mano sirve de tope cuando lo conduzco hacia mis adentros. No pierdo detalle de como aprietas ligeramente tus ojos o como reprimes un jadeo. Tengo mitad de ti (bueno, me consuelo pensando que es la mitad más grande) dentro y estimulo la otra mitad con la presión de mis dedos.

Abres los ojos y miras. ¿He dicho a mil? Estoy alcanzando la velocidad de la luz. Me encanta la expresión de tu cara cuando me miras aunque la mía se ponga como la grana por la vergüenza. Verme sonrojada te excita, lo noto, tu miembro se ensancha entre mis dedos. Miras y te das cuenta (y entonces enrojezco aún más como una colegiala pillada haciendo trampa en un examen) de que uso mi pulgar para tocar "el lugar donde te gusta torturarme" y entonces gruñes (parece que voy a oirte descontar puntos de mi casa, cualquiera que fuera). La mano en mi pecho no puede contenerte, te sientas en la cama, colocas las almohadas y pegas tu espalda al cabecero desplazándome sobre tus piernas al mismo tiempo.

Tu mano imperiosa en mi nuca hace que me acerque a tu boca.

_¿Me permites?_ dices contra mis labios ¡qué no te permitiría si me lo pides con esa voz tuya que parece subir del mismo infierno!

Tu mano sustituye a la mía y tu pulgar ocupa el puesto que ocupaba el mío. Se siente diferente, se siente más grande, más rudo. Me encanta esta nueva postura en la que tengo tu boca al alcance de mis labios, me encanta esa nueva postura en que tu mano sostiene mi cabeza ocupándose de acercarme y alejarme de ti según quieras besarme o mirarme, me encanta el movimiento de tu otra mano que te complace y me complace. ¿No he sentido eso alguna vez? ¿Tu mano tocándome mientras te tocas? Creo que tal vez en un sueño.

Suplico gimiendo como un animal. Tener sólo la mitad de ti, aunque sea la mitad grande... Te miro, estás disfrutando. ¿Dulce? No, Severus, no es dulce tu mirada ni la aceleración de tu brazo mientras "te"... no, "me"..., bueno "nos"; mientras nos tocas.

Tiras de mi pelo y echo la cabeza hacia atrás. Pasas tu mano a mi garganta y metes deliberada y lentamente tu pulgar en mi boca, me dejas jugar un poco con él antes de retirarlo y usarlo junto con tu índice para pellizcar mis pezones.

¡Oh, Severus!

No sé si he conseguido pronunciarlo en voz alta. mejor que no, no vayas a interpretar que quiero que pares.

_No pares, no... no pares...

Bien, chica, has logrado articular las palabras justas para provocar un gemido gutural en su garganta. Su mirada podría quemarme, de hecho, creo que podría hacer que prendiera como una antorcha sólo con la fricción de su pulgar y el movimiento que su mano imprime a la mitad que me penetra. La velocidad de sus caricias suple la poca profundidad de sus movimientos.

_ ¡Oh, Severus!

Mi cerebro ya no procesa información, soy un simple órgano tactil sintiendo tus movimientos, tus muslos detrás de mi, tu aliento casi en mi cara, la mano que recorre mi pecho y mi cara y mi nuca o se aferra a mis caderas. Veo tus ojos llameantes bajo tus cejas fruncidas y el pelo pegado a tu frente perlada en sudor; más abajo tus pectorales se hinchan con tu respiración agitada y tus abdominales se contraen mientras tratas de contener tu pelvis para que no avance demasiado. Me deleito en tu hombro y en tu brazo que amartilla tu sexo y el mío. El aire se electrifica a nuestro alrededor. Sé que estoy jadeando, pero no me oigo, oigo tus roncos gemidos y el ligero chapoteo que hace tu mano entre mis piernas. Cada vez siento menos de la mitad que me corespondía porque, avaricioso, pretendes tocarte tú en toda (toooda) tu longitud. No puedo quejarme: ver el orgasmo contra el que compites para lograr primero el mío, me inflama. Yo me apoyo sobre tu pecho para sostener mi cuerpo que avisa de su próximo estallido. Es una sensación tan intensa que va a partirme en dos. Gimo, avisándote, no pierdo detalle de tus ojos.

Sé que lo sientes, sientes los músculos de mi vagina contraerse... y tú (Dios mío, ¡cómo admiro tu auto control!) apartas la mano que te (¿me?,¿nos?) toca y, ahora sí, levantas tus ijadas penetrándome suavemente... y yo parece que quisiera succionarte para tenerte en toooda tu longitud. Tiemblas dentro de mí sin moverte un centímetro, (nada de golpes no deseados), abro los ojos que he cerrado un breve instante mientras era arrasada por esa salvaje sensación, no quiero perderme el modo en que sucumbes. El placer que narra tu rostro, equiparable a intensidad con que me miras mientras te derramas dentro de mí, alarga mi propio placer. Te beso mientras siento mis latidos y tus latidos entre mis piernas.

Cuando recupero el sentido racional me compadezco un segundo por el elfo del señor Prince que tendrá que cambiar mañana las sábanas antes de tenderme, agotada y agradecida, sobre el acogedor pecho que me brindas. Tus manos, me sostienen y me abrazan. Ahora es cuando deberías ser dulce, Severus, pero seguro que ahora tienes algo mordaz para decirme.

_ Puesto que me veo resignado a que no conteste mi propuesta de matrimonio y veo cómo se esfuman mis posibilidades de casarme con una rica heredera, esperaré a que me comunique si su oferta de pagarme por mantenerla satisfecha sigue en pie.

Sé que me hablas porque tu voz retumba sobre tu pecho en el que estoy apoyada. Mi cabeza sigue regresando tras dejar que mi cuerpo tomara el control. Hablo sin pensar, sin terminar de oirte, sumergida mis propios pensamientos.

_Sí, Severus_ contesto.

Por la forma en que te ríes, me parece que no te has dado cuenta a qué pregunta estoy contestando.