Demons me mira como si fuese a matarme. No sé cómo puede estar ahí sentada tranquilamente, ojeando revistas con fotos de sonrosados bebés que hablan de madres satisfechas porque han encontrado una crema estupenda para las hemorroides. Yo no puedo parar de pasearme arriba y abajo por esta sala de espera blanca, decorada con patitos.
Patitos. ¡Qué horror!
_ ¿Por qué patitos?_ interrogo a la sonriente recepcionista.
_ Los ositos son demasiado mascullinos y los conejitos demasiado femeninos.
Y se queda tan ancha tras la explicación.
Paso las manos por mi pelo. La mirada de Demons me dice que está perdiendo la paciencia pero lo que me hace tirarme a una de las sillas es la mirada risueña y condescendiente de la mujer que se sienta a su lado. El tamaño de su vientre impresiona.
Me dejo caer en el asiento y cojo una de las revistas del montón. "Remedios caseros contra los ardores", reza el titular. ¡Menuda sarta de tonterías! El que ha escrito esto no tiene ni idea de los efectos de los extractos de plantas que aconseja. Supersticiones de viejas, ni más ni menos. Gruño, la sala de espera (de des-espera, más bien) se gira por completo a mirarme. Dejo la revista en el montón y cojo un folleto de publicidad sobre unas maravillosas tetinas que evitan que los bebés traguen aire. "Tetinas". Hace una semana yo era feliz desconociendo esa palabra.
_¿Por qué tarda tanto? Teníamos cita a las diez y son casi las once...
Demons me manda a la máquina a por una botella de agua. ¡Maldita sea si tiene sed!. Seguro que lo que pretende es que me de un paseo por esta bonita clínica mientras el ginecólogo que ha escogido se digna a recibirnos. Cuando vuelvo con el agua, ella ya está enfrascada en una conversación con la vecina del asiento.
Lo odio.
Mujeres que no se conocen de nada contándose alegremente sus intimidades sobre naúseas, estrías, y sus apetencias sexuales. Calculan de cuánto tiempo están por el tamaño de sus vientres, se emocionan si comparten el sexo de la criatura, alardean sobre el poco peso que han cogido en el embarazo (míralas, si parecen ballenas) y se recomiendan tiendas de ropa premamá que Demons no necesita. Ella (que está preciosa) sigue usando la misma ropa salvo los vaqueros... si lo llego a saber antes...
_¿El primero?_pregunta la mujer que exibe su voluminoso vientre, refunfuño cuando le habla y me ignora ominosamente mientras continúa la conversación con Paula, desdeñosa_ No te preocupes, querida, pronto dejará de insistir en acompañarte y estarás mucho más tranquila.
Eso es lo peor, encontrarse con alguna embarazada que ya ha sido madre antes. Te obligan a escuchar el relato pormenorizado de sus partos, a cual más dantesco y sangriento. Me entran ganas de agarrar a Paula y llevármela a San Mungo. Te excluyen de la conversación, ¡incluso ella me manda callar con su mirada!. Es como si embarazadas, primerizas o no, entraran por el simple hecho de haber concebido en una sociedad secreta en la que se entienden con la mirada y en la que el padre está completamente excluído... ¡como si ellas fueran las únicas responsables del milagro!.
Demons sujeta mi mano sonriendo como una encantadora embarazada de las revistas que ojea. Me calma con su mirada.
_¿Señorita Demons?
Una risilla invade la sala cuando me levanto de un salto y contesto "Sí, yo" ¡Panda de inútiles! Evidentemente, no soy yo, ¡es ella!. Me mira ceñuda. Debe haberme leído la mente y su dura expresión me aconseja por mi bien que no saque mi varita y me encargue de las burlas de esas villanas.
Entramos en la consulta.
El médico que la recibe le sujeta la mano, la felicita, y me ignora, como en todo lo demás referente a este estado suyo. Le pregunta su nombre, su edad, (mira por dónde voy a saber los años que tiene) su fecha de nacimiento.. esa me la sé, 14 de febrero. ¿Cómo que 25 de abril? ¿Abril? ¿entonces lo de febrero? Carraspeo para hacerle saber que le voy a pedir explicaciones sobre cierta fiesta de cumpleaños en Hogwarts. Tras una larga conversación sobre la fecha de su última menstruación y la sorpresa que le provoca el que en ese tiempo ella no haya sospechado nada, le indica que puede pasar a la otra sala.
Ella, yo no, hasta que esté lista. ¿Pero qué teme esa enfermera?, ¿que la vea desnuda?, ¿ y cómo diantre piensa esa mujer que la he dejado embarazada? ¿por telepatía?
Al fin me deja pasar y Demons me mira severa desde la camilla, llamándome para que me coloque a su lado con un gesto de su mano. Me pongo la máscara de hombre moderno y civilizado y no gruño para expresar lo poco que me gusta todo eso.
El médico (obstetra, otra palabra que desconocía) se sitúa entre las piernas de mi ( ¿he recalcado suficiente "mi"?) mujer y la llama "señorita" para recordarme que aquí sólo soy un acompañante. ¡Oh, Paula! te abres a este lechuguino vestido con bata blanca con mucha más facilidad de la que me dedicas. La sábana que cubre tus piernas no me permite ver lo que hace ese hombre aunque intuyo por tus gestos, que te hace sentir incómoda.
Con una sonrisa, el médico señala una pantalla.
No veo nada, son solo claros y oscuros y una líneas que él dibuja mientras le dicta unas medidas a la enfermera. Me asombro de ver el brillo de unas lágrimas en las comisuras de los ojos de Demons cuando él afirma que está de quince semanas. Mi mente calcula. Eso es después de la fiesta de la casa de tu padre, después de que destrozara tu piso y antes de que me fuera. ¿Me marché de tu casa dejándote algo más que una nota..?, ¡¿quién lo hubiera dicho?!. Te miro empujando mis pensamientos hacia tus ojos, ¡tienes que saberlo!, tienes que saber que de haber tenido la más mínima sospecha no me hubiera dedicado a tontear con los mortífagos dejándote sola.
Aprietas mi mano.
Lo sabes.
Vuelvo a respirar tranquilo cuando aprietas mi mano y casi me oigo suspirar cuando el obstetra certifica que estáis en perfecto estado de salud. Si no fuera por eso le borraría la sonrisa de satisfacción del rostro. Que esté bien, que nuestro hijo esté bien, es mérito tuyo, no de él. Pero me aguanto. Aunque haces hervir la sangre en mis venas cuando le preguntas con total naturalidad si podemos tener relaciones sexuales. Toso incómodo y se amplía la sonrisa del médico que dice que sí, que no hay impedimentos siempre y cuando no seamos (no sé por qué me mira sólo a mí cuando dice eso de "seamos") demasiado impetuosos.
No sé a quien de vosotros mataría antes. Al médico que me advierte con la mirada, a la enfermera que sonríe disimuladamente o a ti.
Entonces, el personaje de la bata aprieta un botón en una maquinita.
Este es el momento en que mi vida cambia.
El momento en el que oigo latir el corazón de mi hijo a 150 pulsaciones por minuto.
