_Sádica
Su voz profunda arrastrando las sílabas.
_No se cansará de hacerme daño.
_Ojo por ojo, Severus.
Unas cuantas emes (Mmmm...) salieron de entre sus labios cerrados, pensativo.
_Ojo por ojo, señorita Demons...
Los largos dedos de Severus abandonaron su espalda y acudieron a sus rodillas desapareciendo debajo de su vestido. Apenas sí se detuvieron en sus muslos para alcanzar rápidamente su ropa interior. La punta de uno de sus dedos dibujó una línea de atrás hacia delante y luego persistió en ella, delineándola una y otra vez. Empujaba la tela hacia su interior y su dedo iba penetrando cada vez más, lenta y constante, insistente, de un extremo a otro.
Snape sonrió de medio lado al ver los ojos de Demons brillando como si dentro ardiera el cosmos. Dentro de sus pantalones, el apretón de Paula cedía pasando del estrangulamiento a un suave masaje. Lo hacía bien, más que bien. La sangre se agolpaba entre sus ingles, más aún cuando empezó a notar la humedad de Demons en la punta de su dedo.
La otra mano de la terrible señorita Demons se deslizó, tirando de su vello, arañando cerca de las ingles. Cerró los ojos, trataba de no resoplar demasiado para no evidenciar su terrible estado. No era broma, desde que sabía que ella estaba embarazada se había negado a atacarla con el ímpetu al que estaban acostumbrados. Lo cual le ponía en la difícil tesitura de mantenerla satisfecha sin darle lo que sabía que... necesitaba y recibir lo que el gorila de su pecho reclamaba bramando.
Naturalmente, ella no colaboraba en la ardua tarea, ella no se contenía ni trataba de hacérselo más fácil, no, que va. Ella le... tocaba ahora con ambas manos. La doble sensación que le proporcionaba, le iba a volver loco en un tiempo menor de lo acostumbrado, acabaría quebrando la única regla que había respetado siempre que estaban juntos: las damas primero.
Sería más fácil si pudiera agarrarla y tirarla en la cama, ponerse sus bonitas piernas encima de los hombros y embestirla como si le fuera la vida. Evidentemente, no se atrevería así que, (resopló) tendría que emplear a fondo sus habilidades antes de que... ufff.
Se lo estaba poniendo difícil y su embriaguez no contribuía. Céntrate, idiota.
Atacó su boca mordiendo tus labios, usó su mano libre para acariciar con fiereza sus nalgas de la forma en que hacía antes con sus pechos que, ahora, eran terreno peligroso.
Su avanzado embarazo la tenía cada vez más molesta. Sus senos se habian vuelto extremadamente sensibles, hinchados, más redondos y turgentes. Había tenido que empezar a usar sujetador para que el roce de la ropa no molestara sus, ahora más delicados, pezones. Darle placer sin causarle dolor (o una intensa incomodidad que la hiciera apartarse de sus caricias) se había convertido en un reto personal para Severus.
Difícil, pensaba Snape mientras su dedo aumentaba la presión y la velocidad en aquel surco horadado (horadar, bonita palabra) en sus bragas.
El mago gruñó cuando Paula incrementó la tortura bajo su ropa interior, acariciándole suave su extremo más sensible, con cortos movimientos de sus dedos, esparciendo la humedad que comenzaba a segregar.
Gruñó más fieramente. Paula había tomado su lengua y la succionaba de manera muy sugerente provocándole un temblor en el trozo de cuerpo que ella acariciaba.
El beso de Demons se abrió en una sonrisa triunfante de depredador que hubiera conseguido a su presa.
_ Maldita seas...
¡Oh, qué sumamente difícil mantener el control cuando le parecía estar siendo acariciado por mil dedos en tan caliente parte de su anatomía!.
Sin dejar de besarla, terminó de quitarse la camisa y se apartó lo justo para deshacerse de sus pantalones.
Mirándola con un deseo salvaje, metió sus propias manos bajo su propia ropa interior, atrapando con ellas las de Demons, presionando los dedos de ella contra su miembro palpitante, dirigiendo sus movimientos.
_ Me vas a volver loco, no tienes piedad.
_ No,_ aseveró ella con voz jadeante_ ni yo la tengo ni tú la deseas.
Severus apartó de golpe las cuatro manos que le tocaban para dedicarse a quitarle el vestido con parsimonia. Al respirar más profundamente, su escote subía y bajaba como escabrosas olas coronadas de espuma lamiendo la cálida arena de una paradisíaca orilla.
El calor de los brazos del mago rodeando su cuerpo al desabrocharle el sujetador; sus dedos apartando las finas tirantas de sus hombros; sus manos hambrientas sustituyendo las copas y sonteniendo sus senos; el calor de su aliento bajando por su garganta... Demons se derretía. Ese hombre manejaba como nadie el juego de la anticipación. Ya podía notar sus areolas henchirse y aún no la había tocado. Hizo que su respiración sonara audiblemente para hacerle saber cómo le deseaba.
¡Oh, Severus! Que lentitud bajando sus labios mientras retiraba completamente la prenda. Si hubiera supuesto de qué forma se lo quitaría, hubiera empezado a usarlo mucho antes.
A la muggle le gustaba mirar cómo se la comía. Cómo recorría sus montes con sus labios ascendiendo cual alpinistas, arañando con los dientes en ocasiones para no resbalar por el camino. Le gustaba admirar la huella húmeda que dejaba su lengua y sentir el aire que la boca del mago desprendía para secarla.
Le gustaba mirar y apartaba el pelo negro y suave de Severus para no perder detalle de como coronaba su cima, de como esta desaparecía entre sus labios al interior de su boca, donde una no menos suave lengua la esperaba para extraerle nuevos suspiros. Severus se demoró lo suficiente para obtener uno de sus placeres favoritos: sentir los dedos de Paula enredados en su pelo, tirando de sus cabellos y con suerte, dejarse guiar hasta donde ella quisiera el siguiente beso.
Ese gesto que tuvo con él desde el primer momento, cuando aún sus cabellos estaban grasos, muestra de la incondicionalidad con que le tomaba, junto con su carácter egoísta, fuerte, indestructible, fue lo que le conquistó, le esclavizó a ella, y probablemente fue el momento en que comenzó a enamorarse sin darse cuenta. Eso y la manera salvaje en que pedía ser tomada.
Sorprendentemente, quería que la besara en la boca en lugar de que emprendiera otra lenta escalada en el otro gemelo de su monte, o eso parecía cuando le condujo hasta su rostro. Pero no, no le besó, no inmediatamente, antes le dijo algo.
_Te amo.
Se lo dijo con naturalidad, sin afectación, como si amarle (¡a él!) fuera lo más normal del mundo. Y luego empujó su cabeza hasta que sus labios se unieron y sus bocas se exploraron en una comunión perfecta de los sentidos. «No es la primera vez que te lo dice» piensa tratando de contener la chispa prendida en su pecho, «no es cómo si no lo supieras» Claro que no, pero tampoco es generosa con sus palabras de afecto y el fuego es ahora más intenso en su corazón que en su vientre. La estrechó. Si conservara el poder que obtuvo del Lord, ella podría saber la manera en que su alma ardía, porque él no era capaz de expresarse con palabras. Todo lo más, con su abrazo y sus besos y sus roncos gruñidos.
En un susurro, como avergonzada, con esa sensual costumbre que habían adquirido de hablarse a los labios en lugar de al oído, le dijo una palabra más.
_ Gracias.
¿ Gracias por qué? Ella era quien le había salvado la vida, dos veces; la que le había rescatado de su afán autodestructivo; la que había ideado el delirante plan para salvar su magia. ¿Gracias por qué? ¿Por protegerla torpemente del Lord? ¿por tratarla ásperamente? ¿por vivir con ella?¿por hacerle un hijo?. Cientos de porqués (¡incomprensible!) se agolpaban en su cabeza y se retiró de ella rápidamente para sondear los espejos de su alma. Ella rió adivinando sus pensamientos.
_Piensa demasiado señor Snape_ pero el señor Snape no se conformó esta vez con la consabida acusación y frenó el avance de Demons hacia un nuevo beso.
¿Por qué le daba las gracias esa joven egoísta que andaba por el mundo cogiendo todo como si le perteneciera?
Ella le miró suavemente encogiéndose de hombros.
_ Por... ti.
Combustión espontánea.
¡Bum!
Al fin la muggle había conseguido inmolarle en su pira.
Con los ojos aún llenos de sorpresa por el ilógico calor que se expandía por sus miembros, la tomó delicadamente en brazos y la tendió en la cama, besándola una vez más antes de acomodarse a su espalda.
Ella pretendía volverse, pretendía besarle, mirarle tal vez. ¡Ni en sueños! ¿Cómo iba a permitir que se girara?, pensaba Severus que le mordía la nuca y el nacimiento del pelo, ¿cómo iba a dejar que viera las lágrimas en sus ojos? ¡Ella!, ¡ella que había decidido no llorar nunca!. ¡No!¡No debía verle llorando!
«Gracias», había dicho, «por ti». Como si su mera existencia fuera un motivo para agradecer al igual que el cielo o el sol o el agua o la belleza. Gracias por ella, en todo caso, por ellos, por ambos... por el Dios de Demons demostrando que era cierto ese dicho muggle: siempre hay un roto para un descosido. Que dos personas egoístas y aparentemente viles, podían unirse para crear algo hermoso único, indescriptible, y totalmente ilógico como... amarse.
La espalda de Paula estaba tensa, claramente esperaba alguna respuesta a lo que había dicho.
Snape agarró con una mano sus cabellos y la otra se deslizó por su espalda hasta su cadera. Demons la sintió por su nalga y por la parte posterior de su muslo, haciendo que lo flexionase, Snape empujaba con su propio muslo, rozando su piel a propósito hasta colocarse de forma que alcanzara a penetrarla.
Esa era la única postura que le permitía poseerla sin causarle molestias. " La cucharita", lo llamaba ella ("¿Hay nombre para todas las posturas que hemos probado?". "No, Severus, para alguna habría que inventarlo y... bueno, más de una está prohibida en según qué países...") Lo que fuera.
La mano de Severus en su corva, sosteniendo su pierna y, en su entrada, su hermosa... ¿cómo llamarla ya? Era una barra de hierro candente frotándose contra ella. Gustaban de poseerse así, sin buscarse, dejando que sus propios movimientos, los músculos más sabios que ellos mismos, encontraran el camino. Severus empujaba su pelvis y elevaba la pierna que tenía sujeta. Besaba y mordía su hombro. Deslizó el brazo que apoyaba en la cama bajo su cuerpo, colocándolo entre sus pechos tocándolos y no, alcanzando con la mano el rostro de ella, sus mejillas, sus labios.
Paula se estremeció al sentirle dentro, sólo un par de centímetros quizá.
Severus pronunció entonces las únicas palabras que creía que podrían satisfacerla, lo que le diera la certeza de que él era el hombre que podría aguantar toda la vida, uno del que no iba a aburrirse. Y lo dijo con esa voz profunda resonando en su garganta, vibrante junto a su oido, que le puso los vellos de punta.
_¿Gracias? ¿Cómo que gracias? No "lo flipe" querida señorita Demons. Todo esto tiene un precio_ el pulgar de Snape acarició sus labios que se abrían en una complacida sonrisa, mientras se empujaba lento hasta resultar exasperante, hasta lograr llenarla suave y completamente_ y sólo he empezado a cobrármelo.
Le bajó la pierna, así podrían notarse ella más llena y él más apretado.
Se empujaban lo mínimo, como en aquella lejana despedida, con un vaivén lento y las manos de Severus recorriendo su cuerpo, forzando sus cuellos para besarse, sin prisa, buscándose los ojos a cada momento.
_¿Y vas a tardar mucho en cobrártelo, Severus?
Una carcajada monosilábica raspó la garganta de Snape.
_ Depende, ¿vas a tardar mucho en aburrirte de mí?
Una de las manos de Severus itineraba de uno a otro de sus pechos sólo rozando con la punta de los dedos provocando un cosquilleo torturador, la otra mano bajó a su clítoris frotándolo en pequeños círculos o en caricias más largas de arriba a abajo. Paula comenzó a gemir, Severus sintió que crecía más dentro de ella, iba a estallar.
_ Es usted... muchas cosas... Snape_ jadeó_ pero "aburrido" no es... una palabra... que pueda describirle.
Paula sacudió la cabeza de lado a lado, Severus adivinó que su orgasmo estaba cerca, se mordía los labios. Acrecentó las caricias entre sus piernas; envalentonado sacudió su pelvis con mayor intensidad. Pareciera que se hundía en un estrecho volcán.
_¿Me amas?_preguntó Paula entre sus jadeos. ¿Por qué no le había vuelto a pedir que se casara con ella?
Severus aceleró sus movimientos estrechándola aún más, apretándola con uno de sus brazos para pegarse a la espalda de ella sin dejar de arañarle el clímax con el movimiento de la mano que tenía entre sus esbeltas piernas.
_¿Me amas?_ suplicaba casi_« Sé que dirás que sí y yo te creeré bajo tu palabra».
El pulso de Severus galopaba. ¿Romeo y Julieta otra vez? No más, nunca más.
Le respondió tan solo con un largo y profundo beso alcanzado a base de forzar su postura, compensado por el placer de sentirla caliente y agradecida contrayendo por fin su sexo en largos espasmos que le apretaban.
La sentía y la disfrutaba respirando cansada y temblorosa.
Gozó de nuevo del placer que se prolongaba en ella cuando él la alcanzó después, gimiendo al ritmo en que su miembro palpitaba, derramándose, inundándola.
Jadeaban ambos, boca contra boca. Besos de aire y deseo.
Demons aún se estremecía cuando él, más calmado ya, abrazaba su cuerpo y besaba su pelo, sosteniéndola aún.
Severus carraspeó brevemente.
Quería que su voz, esa que parecía acariciarla y hacerla temblar, acompañara el final de la enésima rendición del cuerpo de Demons entre sus brazos, su orgasmo intenso e infinito a veces.
Su voz, áspera, profunda, cautivadora.
_« ¡Oh bella ingrata, amada enemiga mía!, conoces del modo que por tu causa quedo. Si gustares de socorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te veniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo»_ exhaló lentamente antes de concluir_ «Tuyo soy hasta la muerte.»
Paula se volvió hasta tenerle de frente. Acarició sus mejillas y sus labios y le besó. Snape cerró los ojos, una sensación extraña, ¿un sabor salado en su saliva, quizá?, le hizo abrirlos de nuevo.
Demons también le besaba con los ojos cerrados. De sus párpados... se desprendían como estrellas caídas del cielo, como estrellas fugaces iluminando esperanzas en la noche.
Severus pidió dos deseos, uno por lágrima. Hubiera querido secárselas, bebérselas si fuera preciso, pero cerró los ojos y le hizo creer que no las había visto.
Ese sería su pequeño secreto.
Penúltimo capítulo este.
En el próximo nos despediremos ya de esta pareja. Ha sido largo llegar hasta aquí pero espero que os haya gustado tanto leerla como a mí escribirla.
Para las curiosas, la declaración de Severus pertenece a la carta de amor que manda Don Quijote a su amada Dulcinea.
