Verla sudorosa y jadeante siempre había sido un placer para Severus aunque, en estas circunstancias, no le suponía más que una tortura y un motivo de angustia.

_¿No tarda demasiado?

Trataba, que su voz no sonase preocupada o histérica. La mirada desdeñosa y la voz cansada de la enfermera le decía que no era así.

_ Es primeriza, lo normal en estos casos son de 8 a 10 horas.

Snape habló entredientes con un tono tan bajo y amenazador que la enfermera tembló ligeramente.

_Ya lleva más de diez horas...

Snape maldijo por lo bajo a la matrona que le había dado las clases de preparación al parto, según ella el nacimiento de su hijo sería un cúmulo de sentimientos amorosos y positivos que sucederia casi sin dolor gracias a los ejercicios y que, tanto la madre como el padre, vivirían con una emoción especialmente intensa.

Maldita mentirosa.

Semanas antes Paula se había visto poseída por un ansia incontrolable de tener la casa perfecta para la llegada del bebé llegando a atemorizar a los pintores y a los operarios que trabajaban en ella. Solo elevadas dosis de la educada mordacidad de Severus (¡Vamos, señorita Demons!¡Súbase a esa escalera y enséñele a ese petimetre cómo se usa el rodillo!) la hacía controlarse apretando los dientes, maldiciendo por lo bajo cada vez que era el blanco de sus burlas.

Días antes, cuando el ginecólogo anunció que el parto se presentaría de un momento a otro, le había obligado a usar su magia para colocar todo, muebles, ropas y mudarse rápidamente. Esa fué la última vez que le necesitó para algo. Definitivamente, se sentía totalmente desplazado, había dejado de existir para ella que paseaba arriba y abajo con las manos en el vientre y una mirada soñadora. Las visitas de su familia solo provocaba más y más impaciencia. Salvo tal vez las de Déborah o las de Harry, Snape lograba atisbar a la Demons de siempre cuando la opulenta negra o el fastidioso rubio le recordaban que detrás de esa barriga aún existía una mujer.

Se quejaba de eso a Lucius quién le daba golpecitos en la espalda y le pedía paciencia mientras reía socarronamente cuando la antigua mano derecha del Lord confesaba que el estar junto a ella, con todo su "amoroso apoyo", tal y como recomendaba la matrona, sólo incrementaba el mal humor de la muggle.

La noche antes, Severus se había despertado con una sensación angustiosa al ver que ella no estaba en la cama. Fue a buscarla al lugar que se había convertido en su rincón favorito, la butaca en el cuarto del bebé. Allí estaba, acariciando su ombligo, mirando beatíficamente por la ventana.

Le miró extrañada cuando apareció de repente contra el marco de la puerta. Como si no lo reconociera. Como si no debiera estar allí.

Paciencia, repitió Snape mentalmente. Esa no era Demons, eran sus hormonas. No se atrevía a preguntarle porque las respuestas de Paula eran ácidas y cortantes sin embargo, esta vez, le sonrió y le pidió que se acercara.

Devoto, él se arrodilló junto a la butaca.

_ Tengo contracciones desde hace un par de horas.

El pánico se adueñó su cabeza. No entendía la calma que ella demostraba. Se vistió como un rayo y agarró la bolsa que habían preparado semanas antes.

Era pronto, insistía ella.

Varias horas antes, habían esperado el amanecer mirando por aquella ventana. Él miraba la ventana y luego a ella en la que amanecía una nueva era, y luego la cuna que pronto estaría ocupada.

No podría precisar cuántas horas estuvieron allí. De vez en cuando, cada vez menos de vez en cuando, ella suspiraba cerraba los ojos contrayendo levemente las cejas y luego le miraba embargada por una dudosa felicidad mientras sostenía su mano.

Y él se obligaba a permanecer estático junto a ella aunque le dolieran las rodillas, aunque necesitara urgentemente ir al servicio, aunque su estómago gruñera pidiendo siquiera una taza de café.

Sólo la férrea disciplina aprendida de sus años como mortifago, le sostenía para no perder los nervios y rendirse a la preocupación que minuto a minuto arañaba su ánimo.

Una de las veces, tras un más largo fruncir de cejas, Paula exhaló un jadeo entonces, él se levantó y puso fin a la espera obligándola a vestirse y meterse en el coche casi a empujones. Que no se le ocurriera pedir un taxi, para algo, para eso, se había sacado el carnet de conducir.

Un par de horas antes, pugnaba por no lanzarle un Cruccio a la enfermera que tomaba los datos de tan lento que lo hacía y luego, vino un celador con una silla de ruedas que apartó a Paula de su vista y le invitaron a sentarse en una de las incómodas sillas de plástico de la sala de espera, mientras la acomodaban, dijeron.

Miró alrededor observando el terreno. Junto a él dos padres más que se mordían las uñas: uno, paseando nervioso por toda la sala y otro, mirando compulsivamente el reloj. Él, en cambio, se entretenía en estirar las mangas de su chaqueta y quitar pelusas imaginarias, estaba curtido en esperas incómodas, esperas en Hogwarts mientras el Lord le llamaba con ímpetu sabiensdo que cada minuto que se retrasaba sería un poco más de tortura a su llegada, esperas en las misiones de la Orden, esperar (sobre todo el último año que estuvo de director, esperando y esperando a Potter, esperando que todo se resolviera... esa espera fue más llevadera con Demons durmiendo en mi cama))... sin embargo en esta espera estaba mucho más nervioso y asustado que cuando Voldemort le requería a su presencia tras un desastroso fracaso.

Debería llamar a alguien, a sus padres tal vez, aunque, cuando descolgó el teléfono el número que marcó fue el de Draco Malfoy para pedirle que avisara a su abuelo. El anciano mago había rogado encarecidamente ser avisado cuando llegara el momento. Luego llamo a Déborah y le pidió que avisará a la familia de Paula y, por supuesto, a Harry. Él también se había preocupado mucho y, le horrorizaba confesar, se había creado una buena camaradería entre ellos.

Ya está. Había cumplido perfectamente con sus obligaciones de padre primerizo sin ponerse nervioso o, por lo menos, sin evidenciarlo, y miró satisfecho de sí mismo por encima de su nariz a los otros dos padres que, rápidamente, cogieron el teléfono e hicieron lo mismo.

Entonces, una enfermera salió por la puerta lateral provocando la expectación de los tres hombres.

La parturienta que acababa de ingresar no se decidía respecto al apellido que debía emplear para llamar al padre de la criatura que pronto estaría en el mundo, aunque ¡cosas más raras había visto!. Miró alrededor tratando de encontrarle. La descripción que le había dado había sido muy precisa:« es alto, con el pelo negro y largo, y una reconocible nariz. En el momento en que atraviese la puerta, la mirará como si quisiera matarla.» Le reconoció inmediatamente.

_ Puede pasar_le indicó con un gesto.

Severus entró en una habitación discretamente decorada, limpia y blanca. Tardó en reconocerla. ¿Qué demonios había ocurrido en la última media hora? La Paula beatífica y soñadora se había transformado en una criatura poseída, con el pelo empapado en sudor, con una cinta atada a su barriga unida por unos cables a un aparato en el que se iban dibujando ondas con picos cada vez más elevados. De fondo, el familiar latido acelerado del corazón de su hijo.

_Duele_ le dijo ella _ mucho.

Una contracción hizo que agarrar a las sábanas sacándolas casi de debajo del colchón y su cara se deformó apretando los dientes.

_ Te odio_ le espetó entre jadeos.

Severus rió quedamente y luego sacó su varita haciendo unos extraños pases por la habitación.

_Puedes gritar, querida, ahora no te oirá nadie. No sería apropiado que escucharan como insultas al padre de tu hijo.

La mirada acerada de Demons, lo decía todo.

_Sácamelo.

Severus enarco una ceja.

_¡Oh, por Dios, Severus!, ¡me atravesaste el pecho con un puñal y sacaste tu mano sin que sintiera nada! o... casi nada... así que, haz eso que sabes hacer, méteme la mano en la barriga y saca a este niño de una vez.

_Si estás tan loca como para poner en riesgo tu vida tendré que aguantarme con ello_ Hablaba autoritario y firme_ , pero no permitiré que arrastres a mi hijo a esa locura tuya.

Paula se rindió en una tregua que le daban las dolorosas contracciones de su vientre

_Duele Severus y... llevamos horas así ya no aguanto más_ ella, en cambio, hablaba con un timbre de rendición_ Estoy cansada..., perdóname lo que te diga, te aseguro que en estos momentos no soy dueña de mis palabras.

_No la he conocido en ningún momento que no fuera dueño de sus palabras señorita Demons.

Severus se sentó a su lado y le tomó la mano. La miró preocupado y cariñoso.

_No me irás a decir que al final me he enamorado de una cobarde...

Demons parpadeó rechazando las lágrimas.

_Aguanta, pequeña, tú puedes...Al fin y al cabo en la naturaleza todas las hembras paren, algunas incluso sin ayuda.

_Sí, ahora comprendo porque en la naturaleza algunas hembras, las arañas o las mantis, se comen al macho después de que las fecunden.

Severus trato de reír, siempre se crecía cuando la pinchaban, pero una nueva contracción y la expresión de Paula como si la partieran en dos refrenó su risa.

_Sal ahí fuera _dijo cuando pudo recuperar el aliento_ y no me importa lo que tengas que hacer. Recalco, no me importa en absoluto lo que tengas que hacer, pero no vuelvas sin una enfermera dispuesta a ponerme la epidural.. ¡ya!

Severus se levantó y le dio un corto beso en los labios apretando su mano.

_Te la traeré, pequeña, aunque luego tenga que salir a la fuga y desaparecer durante un tiempo del país perseguido por el departamento de uso indebido de la magia.

Pero ese empeño resultó más frustrante de lo que en un principio parecía, iba de médico en médico obteniendo una condescendiente sonrisa en lugar de respuesta. Su peregrinación le condujo a aquella enfermera que le decía que el parto podía durar entre ocho y diez horas.

Cada vez le parecía más acertado la expresión de Demons de hacer lo que tuviera que hacer y, estaba a punto de sacar su varita cuando una enfermera (¿otra más? ¿aquí no se acaban nunca?) corría por el pasillo solicitando su presencia.

Snape no corría, volaba, por aquel interminable pasillo.

_Por aquí, por favor.

Una nueva enfermera le dió una bata de papel verde ¿era necesario cubrir sus ropas? ¡Estaban perfectamente limpias! ¿y sus zapatos?¿y su pelo? Daba igual, se pondría un traje de buzo si con ello conseguía entrar en la nueva sala en que esperaba Demons.

La habían sentado en una especie de silla de tortura, con tubos pinchados en sus venas. Él entró con una expresión alarmada en los ojos y ella...

Ella sonrió al verle.

Siempre sonreía.

Por eso la amaba.

Se acercó y le tomó la mano. La miró con su mirada fiera.

Cuando sus ojos se encontraron se borró el resto del mundo. Ni enfermeras, ni pitidos, ni gente pululando alrededor, metiendo la cabeza entre las piernas de Demons.

_ Tenías razón_ dijo ella_ puedo con esto.

_Nunca lo he dudado. Le has partido la nariz a un hombre lobo, dos veces.

Cuando el dolor cedió ella le rió el chiste.

La matrona anunció que se veía la cabeza y que el chico tenía el pelo negro.

Demons sonrió sorprendida sin dejar de mirar a Severus.

No dejaban de pedirle que empujara y que respirara y que volviera a empujar.

Severus no soltaría su mano aunque ella llegara a partirle los dedos.

No se creía lo que veía. Su frente arrugada, perlada de sudor, su pertinaz esfuerzo, la amaba tanto... tanto...

_Señorita Demons, no puedo esperar más a que se decida. Se me va la vida tratando de ocultar que la deseo, deseo su insensatez y su locura a mi lado para siempre. Dígame que se casará conmigo.

La impresión de la emoción en su voz fue tal que la matrona y la enfermera que la atendían pararon un momento a mirarle. Al menos una de ellas, le hubiera dicho que sí. Probablemente, las dos.

_ ¡Oh, Severus!¿No has... podido..._ su voz sonaba entorpecida por el esfuerzo de empujar a esa nueva vida_... escoger ...otro momento?

Luego sólo hubo un momento de resoplidos y sonidos guturales que salían de la garganta de Paula. Snape no oyó la voz de la matrona, sólo vió la expresión de alivio en el rostro de Demons. Ella apretó su mano, él le besó la frente.

_¿Señor...?

La miraba embelesado, ella cerraba los ojos y recobraba aire. "Es contigo, Severus" avisó. Snape se volvió a la matrona. ¿Le preguntaba su nombre, su apellido? Iba a ser el apellido de su hijo. ¿Iba a ser su hijo un odioso y odiado Snape? No. De ningún modo. Ella era su reina y él, esa cosita sonrosada manchada de sangre que estaban colocando sobre el vientre de Paula, sería...

_Prince_ su príncipe.

_ Señor Prince, ¿quiere cortar el cordón?

Snape alzó una ceja y Paula le asintió. Tomó el bisturí que le ofrecían aunque, fue su varita con un tipo especial de diffindo (se había documentado muy bien sobre lo que se hacía en San Mungo) lo que separó al niño de la madre.

Volvió a tomar la mano de Paula y volvió a besarla el breve instante en que la enfermera se aseguró de que todo en el niño estaba bien (varón, tres kilos, 450 gramos) y se lo devolvió más limpio y abrigado en una pequeña sábana. La enfermera se dirigió a él.

_¿Quiere coger a su hijo?

Mi hijo. Mi hijo...¡mi hijo!.


Lord Garthclyde, había regalado un par de puros habanos ( "¡enrollados sobre los muslos de una mulata!") a cada hombre de la sala, incluso al amigo rarito de Crow. No al rubio de pelo largo y porte aristocrático al que debía asegurarse de conocer mejor, pues parecía una persona de su clase; ni a su hijo, un chico formal y bien educado, sin duda; sino al extraño anciano tan parecido a Crow, ¿serían familia?, con esos pelos largos y esa rara vestimenta que estuvo acaparando al niño en brazos la mayor parte del tiempo.

Incluso le dió uno al hippie amigo de su hija desde la Universidad.

A las señoras no, por supuesto, aunque su hija preguntara que si acaso no habría puros enrollados sobre los muslos de un mulato. Tenía esa insana fijación para sacarle de sus casillas.

Se sentía orgulloso de su hija. De la independencia con la que controlaba su vida, de la inteligencia con que se la ganaba, de la seguridad con que había escogido a su pareja.

La devoción que le tenía el señor Crow, el cariño con que la trataban sus amigos y el respeto con que le hablaban sus empleados le hacía ver una parte de esa "Demons" que hasta ahora desconocía.

No se lo diría, es cierto, pero lo estaba y... esperaba que ese niño pudiera ser la forma de acercarse de nuevo a ella. Compartía con su mujer la alegría por el nacimiento de un nieto que dudaban llegar a tener y esta vez, no cometería los mismo errores que la obligaron a irse de su lado. Esta vez, lo haría bien, empezando por hacer caso de Crow ("ahora ya no es Crow, ahora es Prince"_ se recordó_ "vaya una moda de cambiar de apellido..." ) que pedía que se marcharan y dejaran descansar a Paula.

_ Ahora puedo tenerte sólo para mí..._dijo Severus una vez que el variopinto grupo se hubo marchado.

Paula sonrió aunque sabía que no se lo decía a ella, sino al pequeño trocito de vida que tenía en brazos.

Severus Snape, el temido profesor de pociones, el terrible mortífago, mirando embelesado al bebé que sostenía en brazos. Seguramente nadie lo hubiera creído... ni ella misma.

_¿Vas a darle el pecho tú también? Sería maravilloso que pudieras hacerlo...

_Me temo querida, que en eso no puedo sustituirte.

Dejó al niño en brazos de su madre. La agerrida muggle, la científica de hielo, la devorahombres, rendida al hechizo de un Severus en miniatura, prendido a su pecho.

_Ven con mamá,... James Severus Prince_ Demons pasó la punta de su dedo por la naricilla del niño, sonrió _ Se parece mucho a ti.

_Pobrecillo...¿de verdad quieres ponerle Severus de nombre?¿No tiene bastante con... todo lo demás? ¿Una muggle insensata de madre, un mago tenebroso de padre?

_¡Severus!_riñó _ Si quieres que sea solo la inicial: James S. Prince... En cuanto a sus padres no podemos hacer nada al respecto, me temo. Tendrá que ser fuerte si quiere sobrevivir con nosotros. Eres un chico muy fuerte, James. Podrás con nosotros.

Él les miró orgulloso. Su familia, su propia familia... ¿Qué dirías de todo esto, Dumbledore?, ¿Que al final triunfa el amor?¿Que tú siempre lo habías sabido?

_Ahora _ dijo usando su voz más potente y autoritaria_ debes descansar y... no te libras de cenar, te despertaré aunque te duermas. Necesitas comer bien, ¡y no se te ocurra levantarte de la cama si no hay nadie para que te ayude! Aunque, te advierto que no pienso irme a ningún sitio hasta que pase el médico y os de el alta...

_Síiiiii..._ Oh-oh, Severus conocía ese tono, pero no esperaba la palabra que pronunció a continuación_ ...papá..

¿Papá?... ¡papá!

...Oh, Dios... ¿En qué se había metido?... ¡Oh, Dios!...