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La Roche-Guyon era el lugar donde vivía la hermana de su padre. Un pueblo pintoresco y pequeño cerca de su amada Paris, perteneciente aun a la Isla de Francia.
Habían salido antes de que amaneciera de su hogar, para poder llegar bien temprano a la casa de la viuda Claire Bellamy. Aquella mujer había perdido a su esposa a los pocos años de casada, es por ello que ahora vivía sola pero aun conservando el apellido de su marido con orgullo de amor.
Aquella mujer tenía una empresa artesanal de quesos, algunos de los que eran comprados por sus padres para los postres y comidas que hacían en su local.
Esta vez no se quedarían en la casa de aquella mujer tan opuesta a su hermano, Tom Dupain, sino que se quedaría en un pequeño hotel de la comunidad. La pequeña familia decidió compartir el cuarto pues no había demasiadas habitaciones disponibles. Aun así, Marinette terminó quedándose varias horas sola, sin mucho que hacer en un lugar sin demasiadas cosas. Además, sólo Adrien estaba en sus pensamientos y eso la hacía sentir como una loca obsesiva.
No podía ocultarlo, quería que la próxima vez que estuviera a solas con el rubio, pudiera hacerla suya, tomarla con fuerza y sin miedo a que algo pasara entre ellos. Eran jóvenes con la suficiente conciencia de que debían de ser precavidos, pero si tomaban las medidas necesarias no tenía por qué ser riesgoso el perder su estúpida virginidad.
– Demonios...
Su entrepierna tenía un cierto cosquilleo, sus mejillas estaban calientes y con tan pocos pensamientos ya estaba sintiendo un deseo horrible de estar junto a su mejor amigo, recibiendo todo su amor posible. Pero él no estaba ahí y ella necesitaba satisfacer lo que sentía.
Se levantó de puntitas sobre la alfombra café de aquella habitación y se aseguró de colocar seguro a la puerta. Aun cuando sus padres llegarían hasta casi la noche, ella no podía arriesgarse a que alguna mucama o similar entraran con tanta facilidad.
Se retiró su ropa habitual, quedando sólo en ropa interior. Sus manos se movían por si solas remarcando su bien torneado cuerpo, imaginando que quien la recorría era el joven de ojos esmeralda. Mirándola, deseando hacerla suya de una buena vez por todas.
La mano derecha jugaba con su boca, introduciendo sus dedos en ella, humedeciéndolos continuamente. La otra mano frotaba por encima de su ropa su propio sexo, húmedo y caliente por la situación actual.
Trataba de recordar todo lo que había visto en sus revistas adolescentes o lo que leía en blogs de internet para poder tener un orgasmo, es por ello que al final prefirió quitarse toda la ropa y se montó sobre una almohada. Sus labios vaginales eran abiertos suavemente por la tela de aquel objeto que estaba en la cama. Con cierta dificultad subía y bajaba su cuerpo, provocando un roce que la hacía suspirar.
No era tan fuerte como ella esperaba, pero era menos penoso que usar sus propias manos para provocarse placer.
Quería más e iba a obtenerlo moviéndose con frenesí sobre aquella almohada, comenzando a tocar sus pechos, apretando sus pezones como recordaba que el joven Agreste lo había hecho con anterioridad. Un primer gemido escapó de sus labios que enseguida cubrió. Sentía mucha pena con todo ello, pero no quería parar.
La suavidad de la almohada parecía que desaparecía con el paso de los minutos, pero lo que realmente pasaba es que ella se estaba poniendo cada vez más sensible. Hubo un momento en que quería probar otra cosa y sin pensarlo se echó boca arriba, con las piernas lo más abiertas posibles y su mano, que recogía un poco de su saliva, comenzó a trazar un camino hasta la culminación del monte de Venus de la chica.
Bajó un poco más y pudo notar algo hinchado, si su memoria no fallaba eso era su clítoris. Una especie de pene no desarrollado que provocaba demasiado placer a las mujeres su era bien tratado.
En ese punto no tenía muchas dudas sobre qué hacer y qué no hacer. Sin cuidado lo frotaba, en forma circular. Las olas de placer comenzaban desde aquella zona hasta cada extremidad de su cuerpo. Con la mano que no tocaba se cubría la boca, a ratos la mordía para apaciguar un poco sus suspiros y gemidos.
En cualquier momento iba a tener un orgasmo tan pleno. Por primera vez se sentiría como una mujer que hacía lo que fuese con su cuerpo escultural.
Su cadera comenzó a levantarse un poco, su trasero se apretaba y podía sentir que el aire le faltaba. Sin darse cuenta estaba cayendo en aquel vacío llamado placer.
Dio un grito, soltando su sexo, apretándolo con sus piernas temblorosas. Revolcándose en la cama, sujetándose a ella al jalar las sábanas. Sus dientes chirriaban por la fuerza con la que cerraba la mandíbula, sin dejar de arquear su espalda por el placer que comenzaba en aquel diminuto punto llamado clítoris, hasta terminar en todo su cerebro.
Subió y bajo en tan pocos segundos que a ella le parecía una eternidad tan llena de gozo, que quería más. Un poco más. Aunque el cansancio y los espasmos la invadieran.
Abrió ligeramente sus esbeltas piernas para nuevamente masajear aquella zona. Velozmente atacaba su cuerpo, quería otro orgasmo y sabiendo con la facilidad con que una mujer podía llegar a sentir otro continuo, no dudo en probar que tan cierto era lo que las tontas clases de biología le decían.
Nuevamente sintió que caía, rompiéndose en mil pedazos entre chillidos y falta de aire. Claro que no había sido tan dramático como el primero porque no había subido toda la cuesta, pero el sentir final era igual de magníficos. Hipnotizante y adictivo.
– Adrien... – Suspiró acostándose de lado.
Quería dormir un poco para recuperar sus fuerzas y tal vez después comer algo pues su estómago comenzaba a rugir por toda la actividad que había hecho, pero estar desnuda en la cama de aquel lugar donde compartía habitación con sus padres no parecía ser una idea con mucho sentido.
Con cierta pesadez tomó su ropa, vistiéndose enseguida. Ocultó la almohada que ante había usado, suponiendo que olía a ella y la ocultó debajo de la cama que usaba. Intentó acomodar los alrededores que según ella se veían sospechosos, para por fin echarse a dormir pensando fugazmente en la travesura que había realizado a escondidas de sus progenitores.
Entre sus sueños, escapaban pequeñas sonrisas lascivas. Su mente formulaba una nueva historia erótica con el joven del que hacía tiempo estaba enamorada...
– ¡Marinette! – Su sueño se vi interrumpido por sus padres que entraban a la habitación. – Levantate, iremos a comer.
– Voooy. – Dijo con cansancio.
Tomó su bolso y salió de ahí, en quien sabe cuál dirección. Cuando lo abrió notó que Tikki estaba un poco sonrojada o eso creía ella. Cayó en la cuenta de que había escuchado todo; tal vez eso merecía una disculpa.
Se metió en un pequeño callejón, su kwami salió y antes de que ella hablara le hizo una señal de callarse.
– E-entiendo que esto es normal para los humanos... – Desvió la mirada el ser mágico. – So-solo no lo vuelvas a hacer demasiado cerca de mí.
– Cl-claro.
Ambas mujeres estaban apenadas al saber lo que había sucedido. Salieron de ese rincón, Marinette alcanzó a sus padres y después sacó su celular. Tenía dos mensajes: el primero era de Alya deseándole un buen viaje, mientras el segundo era de Adrien.
"No dejo de pensar en tí"
Se ruborizó como siempre solía hacerlo, pero esta vez no sólo se sentía enamorada, sino también excitada, con su interior hormigueando por más de lo que hacía unos minutos había vivido como la mujer que era.
Continuará...
Lamento si este capítulo es un poco más corto que el otro, pero digamos que no tuve tanta imaginación ni mucha paja que ponerle XD Siendo sincera, esta no será la primera vez que los pequeños se masturbaran, habrá más y mejores. Ellos tienen que experimentar con su cuerpo.
¡Muchas gracias por leer y nos leemos pronto!
