Ella suspiro, mientras los dos miraban desde aquél acantilado. Cerró sus ojos y lo miro con calidéz diciéndole:
-Y bueno ¿Que puedo saber de ti?-
A lo que Kiba respondió
-Bueno, no mucho. Solo que empiezo a pensar que, lo que creí que encontraría en este dichoso paraíso, sería más que esto.-
-Sé a lo que te refieres- Dijo ella.
-Sabes, cuando los humanos aun exisitían comencé a pensar que no era un lobo, si no un perro; y cuando estaba a punto de morir por causa de ellos, no me sentía tan miserable a como me siento ahora, todo se volvió monótono al punto de llegar a desear no estar aquí, a pesar de que era lo que buscaba, no pensé en sentir tanta soledad, el solo aullar en las noches, cazar y que los días pasaran se volvía cada vez más inquietante para mi.-
Kiba interrumpió
-Sé lo que sientes, lo viví, siempre estuve con humanos y simplemente ya no sé como ser un lobo-
A lo que Suka contribuyó:
-Porque jamás lo fuimos verdaderamente- Ella suspiró al final de esa oración que dejó a Kiba anonadado y un silencio entre ambos. Ella le sonrío y quiso alegrar un poco el ambiente tan tenso.
-¿Que te parece si formamos una manda?, B-bueno si- tu- quieres.. - Dijo con un tono de voz al principio enfatizado hasta llegar al susurro en la ultima palabra. Con temor a que dijera que no.
A Kiba se le vino a la mente Myu, aquella carcal que conoció; lo hizo dudar si todo lo que estaba viendo era real.
Kiba suspiró, se volvió cabizbajo con la misión de volver a su guarida. Suka quedó sorprendida y algo desconcertada.
-Espera!-Dijo en tono alto, mientras un atardecer los invadía.
-Al menos déjame acompañarte, me gustaría saber cual es tu territorio, almenos para saber si esto no es un agradable sueño y no volverme a sentir igual en la mañana.-Se fue a su lado rápidamente con un rostro lleno de suplica y miedo al sentir la monotonía de una vida vacía.
Kiba la miró con sus ojos llenos de brillo, y con un sentimiento de alegría.
-Me alegrarías el camino, podríamos charlar- Dijo con una sonrisa algo asimétrica. Suka no pudo ocultar su alivio y alegría que su animo se elevó de momento que sus ojos se abrieron por completo, movió la cola y su lengua ya colgaba.
-Si!- Gritó
Kiba no pudo evitar sonreír tiernamente hacia lo que no parecía una loba madura, si no un cachorro.
Suka se sonrojó y trató de calmarse aunque no pudo evitarlo por mucho rato, caminaron hacia el hogar de Kiba, en el camino hablaron sobre sus vidas pasadas hasta caer la noche, compartieron anécdotas e historias pero nada que llegara a lo personal.
-Hemos llegado- Dijo Kiba, ella lo miró extrañada al preguntarse porque no había notado su olor desde que entraron al territorio si ya estaban fuera de su cueva.
-¿aquí vives?, ¿de verdad?- Dijo con temor a que fuese un engaño
-Si, aquí yo...
-Pero ¿el territorio?-Suka interrumpió.
-No creí que fuese necesario, no hay depredadores, no había otros lobos- Dijo sereno, Suka se quedó sin habla ya que lo que decía tenia demasiada lógica.
-Pero supongo que tendré que hacerlo ¿no es así?- dijo con picardía. Ella se sonrojo y no pudo evitar pensar que lo hacia por ella. Soltó una pequeña y tímida risa
-Bueno, ya te acompañé creo que ahora me iré- Kiba miró como se alejaba y sentía una paz que lo envolvía en el eco de su edén.
Le dio trabajo despertar y cuando pudo abrir sus ojos y aclarar su vista tenia frente a el a...
-¿Suka?- Respondió con una voz adormilada
Ella se veía radiante, simplemente las mañanas le sentaban de maravilla.
-Perdón si te desperté, no pude aguantar saber que tengo un vecino- Dijo con voz aniñada
-Pero, vivimos a una distancia considerable- dijo él.
-Bueno si es verdad, ayer llegue demasiado tarde, tanto que olvide aullarle a la luna-
Kiba quedó pensante y recordó que el tampoco le había cantado. Suka se posicionó de forma de jugueteo y comenzó a saltar al rededor de kiba muy alegremente. Simplemente parecía un cachorro con juguete nuevo.
-¿Q-que estas haciendo?- Dijo Kiba.
-Vamos a jugar, o a cazar, o a explorar, hay tantas cosas que se pueden hacer!-Dijo con entusiasmo
-Bueno, podemos ir a...-
-Si! Vamos a jugar!- Suka interrumpió saltando sobre kiba y mordiéndole una oreja, sobresaltada e imperativa, corrió hacia fuera de la guarida. Solo quería conocer a su nuevo amigo.
Kiba solo la miraba y decidió seguirle el juego, saltando sobre ella, esquivando sus tácticas de juego, eran cachorros, simplemente niños felices. Rieron hasta que se cansaron y caminaron hacia el bosque donde alguien los veía de muy cerca, relamía sus colmillos con hocico abierto sigilosamente los acechaba...
