Gracias especiales al chico que rompió mi corazón. Sin él, no hubiera necesitado esta historia para relajarme y despertar mis sentimientos.

Sin más, espero les guste, de todo corazón.

DISCLAIMER: Los personajes no son míos. J.K. Rowling fue la genia.


CAPÍTULO I. UPRISING.

"They will no force us,

they will stop degrading us.

They will not control us,

we will be victorious."

[MUSE-Uprising]

13 de Mayo, 2001.

Astoria Greengras, entró a la casa de su hermana por medio de la red flu. Llevaba un hermoso abrigo negro de diseñador, que combinaba perfectamente con unos botines italianos, cortesía de Blaise Zabini.

Sus ojos, verdes y adornados con unas pestañas curvas, miraron alrededor buscando a su hermana en el recibidor.

En su mano izquierda, adornando el dedo anular, usaba el anillo de compromiso que le dio Draco al pedirle matrimonio. Hermoso, con un zafiro verde sostenido por una hermosa serpiente de plata, había pertenecido a la familia Malfoy por siglos, pasando de generación en generación hasta llegar a la ahora dueña, y nueva señora Malfoy.

Pasó el recibidor de la red flu.

Después de casarse, Astoria se había mudado a Malfoy Manor, como correspondía y como dictaban las costumbres familiares. Su hermana, Daphne, vivía en una residencia perteneciente a la familia Greengras, cerca de Wiltshire. Se visitaban muy seguido.

Mejor dicho, ella la visitaba muy seguido.

Entró al hermoso hall de la casa, haciendo sonar sus pasos en el piso de mármol. Lo que más le extrañó en ese momento fue la nula aparición de algún elfo doméstico, que en cada visita, la atendían como si fuera lo más preciado en pisar esa casa.

Le extrañó, pero decidió seguir su camino hacia la recamara principal. Tal vez Daphne estaba dormida.

No le extrañaría. Durante los últimos meses, después de su boda con Draco, su hermana mayor había cambiado bastante. Al vivir sola, no sabía exactamente el tipo de personas a las que frecuentaba, no dudaba de su capacidad para elegir amistades, pero después de la guerra Daphne se había vuelto introvertida y mucho más reservada de lo que realmente era.

Con sus visitas, Astoria también había percibido una inversión fuerte al consumo de wiskey de fuego, además de que sus salidas nocturnas también habían aumentado. O tal vez era sólo su perspectiva; tal vez era sólo que la vida de casada la estaban convirtiendo en una amargada.

Subió las escaleras, observando con nostalgia las fotografías mágicas que adornaban la pared. Había una, en particular, tomada mucho antes de su compromiso con Malfoy. Ambas estaban sentadas sobre un risco, en la bahía de Skerray, en Escocia.

Sonreían y se abrazaban.

Extrañaba eso. Extrañaba a su hermana mayor, extrañaba poder contarle sus alegrías y preocupaciones, extrañaba poder charlar con alguien sobre banalidades, extrañaba esa risa inocente que siempre había caracterizado a Daphne.

Extrañaba a Daphne.

Y estaba preocupada, tenía miedo de que la soledad la estuviera consumiendo. Se negaba a contraer matrimonio, como ella lo había hecho. Se negaba a trabajar, aunque no lo necesitara, tan sólo para distraerse. Se negaba y encerraba todo el día, tan sólo para salir de noche con Merlín sabrá quién y a dónde.

Sacudió la cabeza tratando de librarse de los pensamientos que comenzaban a atormentarla y siguió su camino. Llegó a la planta alta y recorrió el largo pasillo hasta detenerse frente a la habitación de su hermana.

- ¿Daphne?-llamó, antes de tocar a la puerta. No contestaron.- ¿Daphne, estás allí?-volvió a llamar sin recibir respuesta. No quería entrar e interrumpir nada, pero había algo extraño en el ambiente. Y ningún elfo había aparecido aún.

Frunció el ceño y, tomando el picaporte, abrió la puerta.

Instintivamente, se llevó las manos a la boca, cubriéndola y ahogando un grito. Sin embargo, no pudo evitar los temblores que abordaron su cuerpo. Sollozando, dio un paso hacia adentro, tratando de entender lo que sus ojos captaban.

En medio del cuarto, casi intacta, estaba la cama aún vestida con el edredón de lino que ella misma le había obsequiado. Y sobre ella, como una visión espectral, yacía Daphne Greengras, vistiendo un vestido blanco y con los ojos abiertos, dilatados, mirando hacia la nada, muertos.

Astoria, aun temblando y sin poder esconder los sollozos y las lágrimas que ya se le escapaban de manera involuntaria, se acercó a la cama, quedando rozando la orilla de ésta. Alargó el brazo y tocó delicadamente el rostro gélido de su hermana, tan sólo para corroborar algo que supo desde el momento en que abrió la puerta.

Estaba muerta.

Sin temor a que el responsable siguiera en la casa, la mujer se abrazó el cuerpo ya rígido de Daphne, como queriendo revivir o sentir una última respiración de ella. Lloró y gritó su nombre, temblando, su rostro empapado de una humedad salina.

- ¡DAPHNE! ¡POR FAVOR, DAPHNE! ¡DESPIERTA!-la tomó del rostro, mirando sus ojos, buscando un poco de vida en sus pupilas ennegrecidas, sin encontrar nada.

Ya no había nada que pudiera hacer. Daphne se había ido. Su hermana mayor, con ese cabello rubio y belleza angelical. Se había ido.

No supo cuánto tiempo realmente estuvo abrazada al cuerpo inerte de su hermana, sola y sin actuar. Cuando su razón se hizo presente, Astoria tomó su varita para pedir ayuda. Fue allí cuando se dio cuenta de algo que debido al shock no puedo ver.

Sobre la cabecera de la cama, en la pared, alguien había marcado de manera mágica cuatro palabras que erizaron los vellos de Astoria: Los Caballeros de Walpurgis.

- ¡EXPECTO PATRONUS!-Un hermoso caballo se formó de la luz que arrojó la varita.-Ve con Draco, dile que Daphne fue asesinada. Que traiga a los aurores.

El encantamiento se marchó, sublime, dejando a Astoria Greengras llorando frente al cuerpo inerte de su hermana mayor.

13 de Mayo, 2003.

La alarma sonó aturdiéndolo por un momento.

Despertó sin muchas quejas, aun sintiendo el cansancio del entrenamiento del día anterior. Recostado sobre la cama estiró los brazos y piernas de manera casi felina y se quedó mirando el techo de su habitación.

Miró el reloj y se alegró de no haberse quedado dormido, una vez más, en lo que restaba de la semana.

Levantándose de la cama se dirigió al baño arrastrando los pies. Tras una ducha que le resultó bastante relajante, Harry se vistió y bajó a las cocinas de Grimauld Place para tratar de prepararse el desayuno.

Su mayor esfuerzo consistió en servirse una taza de café, bien cargado, y preparar un par de tostadas acompañadas con mermelada de frambuesa casera, cortesía de mamá Weasley.

Vaya, si algo extrañaba de su noviazgo con Ginny eran los buenos desayunos en la madriguera. Huevos fritos acompañados de salchichas y tocino, o el buen guisado de carne de la señora Weasley.

Su ruptura con Ginny fue improvista, pero al mismo tiempo sucedió casi de manera natural. Durante la horrible duración de la guerra y la posterior recuperación, material y psicológica de todos los que participaron, el Niño que Vivió quería tan sólo ser él mismo. Sólo Harry, como le habría dicho a Hagrid cuando fue a entregarle su carta de Hogwarts.

Con Ginny se sentía bien, era divertida, inteligente, valiente y atractiva. Todo una promesa para el ámbito del deporte mágico en Inglaterra. Ginny era la mujer perfecta; pero Harry se dio cuenta, con un deje amargo en la boca, que no era la mujer perfecta para él.

Y, bueno, a pesar de haber terminado en buenos términos y de que en realidad habían quedado como buenos amigos, Harry debía aprender a vivir solo. No es como si no supiera cocinar, al fin y al cabo, al vivir con los Dursley tuvo que aprender múltiples actividades relacionadas con el hogar.

Además de eso, también debía de ser un poco considerado. Con Ron y Hermione recién comprometidos, en la madriguera ya no cabía, sin más, un alfiler.

Terminó su escueto desayuno y tras lavar los pocos trastos usados se dispuso a vestirse.

Conforma su vestimenta con unos jeans de mezclilla negros y una camiseta blanca, sobre la que coloca su túnica de auror.

Son las 6:30 de la mañana y el sol comienza su camino para posarse como el rey que es sobre el mundo, mágico y no mágico. Tiene tiempo de hacer una parada en su panadería muggle favorita y comprar un bagle de cebolla. Los que preparan allí son deliciosos.

Entra a la pequeña panadería y su nariz percibe ese delicioso aroma del pan recién horneado.

-Un bagle de cebolla, por favor.-pide al tendero, quien asiente y pone el pan dentro de una bolsa de papel.

-Aquí tiene. Son £1.50, por favor.-Harry saca dinero muggle y paga, no sin antes echar un vistazo alrededor de la tienda, extrañado.

-Isabel no llegó hoy.-dice el tendero, dándose cuenta de la actitud del mago.-He visto que plática con ella cuando viene.

Harry se sonroja. Conoció a Isabel, empleada de la panadería, tras haber frecuentado el lugar varias veces a la semana. Era agradable poder platicar con alguien que no supiera absolutamente nada de su pasado. Que no lo reconociera por la cicatriz en su rostro y en su historia. Ser sólo Harry.

Isabel era agradable. Universitaria que trabajaba medio tiempo para poder ayudar a pagar su matrícula. Tan sólo un par de años más joven que el Niño que Vivió. Harry había meditado sobre si le gustaba, en un sentido romántico, o sólo le agradaba su compañía y aceptación más allá del nombre.

Lo más seguro, según sus propios análisis, es que sólo la viera como la proyección de lo que anhelaba después de tanto tiempo viviendo en la mirilla pública: una vida normal.

Llegó caminando, absorto en sus pensamientos, al subterráneo. Entró al baño, jaló la cadena con él dentro del retrete y llegó al atrio del Ministerio.


Malfoy Manor había cambiado un poco después de la guerra.

Conservaba la elegancia y lujo que le caracterizaba, con sus amplios jardines y fuentes adornándolos. Incluso, y ante un reticente Draco, Astoria conservaba a los pavorreales que se paseaban por todo el jardín trasero, mostrándose como amos y dueños del lugar.

Sin embargo, dentro de la residencia, había cambios. Pequeños, casi imperceptibles, pero que para alguien que supiera la historia del lugar y supiera mirar, serían fácil de divisar.

Uno de esos cambios, por ejemplo, había sido en el comedor principal. Allí mismo donde años atrás, la maniática Bellatrix Lestrange había torturado a Hermione Granger. Tuvo que pasar mucho tiempo para que Draco pudiera pisar esa habitación sin tener una sensación abrumadora de querer volver el estómago. Astoria ayudó bastante, al remodelar el lugar.

Los colores, ahora pasteles y la decoración casi vintage, pero elegante, hacían que el gran comedor de Malfoy Manor se iluminara todas las mañanas para recibir al matrimonio Malfoy a desayunar.

Con Narcissa y Lucius viviendo en Francia, bien podría decir cualquier visitante que la mansión se sentía casi como un hogar.

Los elfos domésticos terminaron de poner la mesa cuando el amo Draco llegó al comedor, se sentó y esperó a que Tifus, uno de los elfos, le dejara frente a él de manera muy respetuosa, casi benévola, el Daily Profet del día.

Con un asentimiento de cabeza, que posiblemente significaba "gracias", la criatura se marchó para preparar la ya habitual taza de café del Sr. Malfoy.

-Buenos días, Draco.-saludó Astoria, besando a su marido ligeramente en los labios, de manera elegante.

-Buenos días.-respondió él, tomando un sorbo a la bebida que acaba de aparecer en su lado derecho. Miró a su mujer, notando que, como siempre en esa fecha desde hacía 3 años, tenía un rictus nostálgico en el rostro. Sin decir mucho, ya que él realmente no era del tipo que hablara demasiado, comenzó a desayunar en cuanto los platos aparecieron delante suyo.

-Ayer hablé con mis padres-comenzó ella, sonriendo ligeramente.-Iremos juntos a visitar a Daphne, ¿quieres venir?-cuestionó, dando una mordida a su tostada y dejando un ligero rastro de migajas cerca de sus labios.

-Claro.-afirmó Draco, sonriendo ligeramente al ver el desliz de su mujer. Eso es lo que amaba de ella, la naturalidad con la que su elegancia y porte se hacían presentes, y al mismo tiempo, la humanidad del error que siempre la acompañaban.

-Gracias…sabes que aún es difícil…-se detuvo, sintiendo una extraña pesadez en su ser. Ella fue la que encontró a su hermana muerta, y esa imagen aún la atormentaba en las noches más oscuras.

-Lo sé.-terminó el rubio, tomando la mano de su esposa y reconfortándola. Astoria era una mujer fuerte, llena de entereza y que no temía a los desafíos, pero al mismo tiempo era frágil, muy frágil, y a Draco le aterraba pensar que podría romperse.

- ¿Quieres una tostada? La mermelada que prepara Bibi es deliciosa.-ofreció, alabando a la elfina encargada de las cocinas en Malfoy Manor.

Draco daba gracias a Merlín que Granger no hubiera prohibido completamente el tener como empleados a los elfos domésticos. Empleados. Vaya que la comelibros había revolucionado la ley mágica por su paso en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas.

Quién lo hubiera pensado. El matrimonio Malfoy dando gracias a un elfo doméstico y alagando el trabajo culinario de otro.

-Aquí tienes.-Astoria sacó de sus cavilaciones a su esposo, ofreciéndole la tostada prometida, aún con los restos de migas a la orilla de su boca.

-Tienes…-el rubio señalo su propio labio, pensando al instante que había una mejor manera para deshacerse de lo sucio él mismo. Inclinando su cuerpo en dirección a donde Astoria se encontraba, quedando a centímetros de unos hermosos ojos verdes mirándolo expectante, con una ceja levantada. Y la besó allí, donde sus labios comenzaban, donde de manera traviesa se habían quedado migas delatoras de un desayuno cálido. -Tenías migas.-dijo al separarse, sin quitarle la mirada de encima.

Astoria sólo se rio, sonrojada. Cuando Malfoy decidió que ella sería su esposa, como sus tradiciones (algo arcaicas, a decir verdad) lo dictaban, ella aceptó llena de orgullo; alagada porque una familia como lo eran los Malfoy la consideraran a ella.

Pero, con el tiempo, supo apreciar al verdadero Draco Malfoy. Aprendió a quererlo, a conocer sus facetas, a entender sus secretos y pesadillas. Y cuando se percató de las emociones que ya había desarrollado, supo que estaba enamorada.

Y, aunque Draco nunca se lo había dicho, ella sabía que lo mismo pasaba con él.


-En verdad, compañero-Ron tenía en el rostro una cara de cansancio que daba lastima.-esas mujeres, van a matarme.-culminó, dándole una mordida más a su pastel de melaza.

-Ron, sólo son tu madre y Hermione.-se burló Harry, pensando que tal vez era más difícil enfrentarlas a ellas que a Voldemort.

-No es sólo eso, Harry, me están matando…-suspiró, cansado.-Es por eso que la gente no contrae matrimonio, ¡es jodidamente difícil!

-Y agradece que la madre de Herms prefiere hacer su parte por separado.-rio el moreno terminando de ponerse unas vendas protectoras sobre los nudillos.

-Creo que lo hizo como un pretexto, te aseguro que ella tampoco soportó a ese par de histéricas.

El pelinegro soltó una risa que retumbó por todo el vestidor, provocando que Ron lo mirara de manera acusatoria.

-Es tu boda, Ron.-dijo al fin.-Sólo será una vez en tu vida.

- ¡Oh, sí! Eso te lo firmo, compañero.-se levantó, siguiendo a Harry para reunirse con los demás miembros del escuadrón.- ¡No pensaría en volver a casarme!

Cuando llegaron al pequeño hall del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica, ya todo su escuadrón estaba allí. Se apresuraron para llegar hasta ellos, expectantes al trabajo que recibirían ese día.

Roger Waterson se plantó frente a todos. Era robusto pero con bastante musculo rodeándole el cuerpo; tenía un bigote gris adornándole el rostro y sus ojos morenos mirando alrededor de manera analítica.

Era el jefe de aurores. Y no por nada. Ese maldito era una leyenda, como así lo contaban las múltiples cicatrices adornando su cuerpo. Guardó silencio unos segundos, sólo esperando a que el bullicio del escuadrón se calmara.

-Muy bien, señoritas.-habló Waterson, haciendo que su estruendosa voz se hiciera sonar demandante por sobre la de los jóvenes aurores que conformaban su escuadrón.-Será mejor que guarden bien esas varitas, será un día agitado.

Ron guardó instintivamente el emparedado a medio morder, llevándose una mirada divertida por parte de Harry. Ambos presintieron un día complicado, y no se equivocaban.


Era la quinta vez ese mes.

Suspira hondo y cierra los ojos. Comienza a contar, porque si no lo hace, posiblemente se eche a llorar como una niña pequeña. Hace mucho que no llora.

5 años, si se quiere exactitud.

Después de la guerra, a Pansy ya no le quedaban ganas de derramar ninguna gota salada. Durante ese tiempo, a pesar de que la familia Parkinson decidió permanecer al margen en cuanto a bandos se refería, la heredera de esta familia tomó otro camino.

Su amistad con Malfoy, tan fuerte e intensa que incluso era confundida con amor por aquellos que los rodeaban, la impulsaron a tomar una de las peores y más difíciles decisiones de su vida: Pansy Parkinson también fue mortifago.

Tal vez su participación como mortia fue menor debido a que su iniciación fue casi al culmine de la segunda guerra mágica. Si en esos momentos no hubiera tenido la mente llena por unas ganas estúpidas de poder, jamás hubiera ni siquiera pensado en marcar su brazo izquierdo. Lo que vio, lo que vivió, lo que sintió en momentos que su mente se dedica a no recordar, pero su subconsciente le recuerda a través de pesadillas, eso que la hizo derramar todas las lágrimas que tenía, es lo mismo que la sigue persiguiendo incluso ahora, a 5 años de la guerra.

Después de haber sido juzgada por el Wizengamot y haber sido absuelta de sus crímenes debido a que, en realidad, más allá de haber pedido que entregaran a Harry Potter a Voldemort durante la batalla de Hogwarts, Pansy Parkinson no tenía más crímenes que afrontar el que representaba tener una serpiente saliendo de un cráneo en su brazo.

Su madre, enferma ya desde antes del regreso del Señor Oscuro, murió apenas un año después de que la guerra terminara; casi como si hubiera estado esperando a que el mundo mágico tuviera un poco de paz para que ella pudiera descansar.

Así que sólo le quedaba su padre, quien la guerra sí le había enseñado algo: la pureza de la sangre es una vil mierda. Si no, pregúntenle a todos esos infelices que ahora cumplen condenas en Azkaban por seguir ordenes de un mestizo, según sus propias palabras.

A diferencia de él, a la slytherin no le fue tan fácil asimilar semejante acusación. Sí, sabía que había cometido errores enormes, pero no es fácil derrumbar los cimientos de principios y normas morales de un día a otro. Y vaya que le estaba costando.

Abrió los ojos con un semblante un poco más tranquilo pero igual de sombrío. Recorrió con la mirada los cristales que ahora yacían rotos a sus pies, y comenzó a calcular mentalmente cuánto le costaría reponer las túnicas que también estaban hechas añicos.

Si algo sabía hacer Pansy, eso era vestir. Así que lo había aprovechado, y hacía menos de 1 año que invirtió parte de su herencia en poner su propia tienda de ropa en el Callejón Diagon. Aunque la verdad es que estaba resultando bastante difícil. Los magos y brujas no olvidan fácil, y menos cuando una exmortifaga pone su negocio en un lugar como ese, así que nadie dejaba de recordarle que la guerra había terminado, pero ella debía seguir pagando.

No era lo mismo con Draco; y ella lo tenía claro. Los Malfoy, a pesar de todo su pasado, seguían contando con influencias que los dejaban en un estado neutral en el mundo mágico.

-Hola de nuevo, Parkinson.-le dijo el auror en turno, no sin antes repasarla de manera no muy discreta de arriba a abajo. Nadie podía negar lo bien que se veía Pansy la mayoría del tiempo.

-Buen día.-se limitó a contestar la morena acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja.

-Lamento que haya vuelto a suceder, pero al parecer los aurores que estaban de ronda no notaron nada.-explicaba el chico con las mejillas sonrojadas.

-Claro-comentó Pansy mordazmente, con clara ironía en su voz.-…las últimas dos veces tampoco vieron nada.-terminó con tono acusador, cruzándose de brazos cuidando que la manga izquierda no se levantara.

-Pondré a un guardia que cuide específicamente tu tienda, Parkinson.-Dewey, quien había estado al margen de la entrada tomando declaraciones frunció un poco el ceño, aunque entendía bastante bien la desconfianza de Pansy.

-Gracias, auror Dewey.-sonrió la mujer de forma forzada, dándole la espalda y tomando su varita. Siempre prometían lo mismo, y aunque lo hicieran, no ayudaba en mucho-Si no tienes nada más que decir, debo arreglar los desperfectos.-y con agitados movimientos, la fémina se puso a trabajar en arreglar su negocio…una vez más.

Y lo haría las veces que fueran necesarias, porque si esos hijos de Merlín la querían romper, les haría falta mucho más que sólo vidrios rotos.


Hola, a tod s.

Oficialmente el primer capítulo de esta historia. Sé que es corto, pero no quiero apresurarme porque,conociéndome, habrá capítulos tan largos como el cabello de Rapunzel xD.

¡Y bien! Espero que lo hayan disfrutado, tardé milenios en colgar este primer capítulo, pero es que no sé porqué a mi absurda mente se le ocurrió la historia justo terminando la carrera, jajaja.

En fin, ahora soy un poco más libre, así que, por lo menos 1-2 veces al mes, estaré por acá.

En verdad, espero disfruten tanto como yo.

¡Gracias! Recuerden que un review me ayudará a inspirarme con más ganas.

¡Les mando amor!

Atte: Vivi Blues.