Para ser sincero, se sentía mal por el simple hecho de llevar algunos días ignorando a Marinette en la escuela y visitándola en las noches.

¡No era de piedra! Sabía a la perfección que lo que estaba haciendo no era lo correcto. Eso no era propio ni de Adrien Agreste, ni de Chat Noir, pero si deseaba alcanzar a la heroína parisina, necesitaba sacrificar un par de cosas.

Quería ser feliz, de eso estaba seguro. Seguiría esos crueles consejos que desde pequeño le dio su padre. Si, Gabriel Agreste hizo uso de sus propios consejos para alejar a las chicas que querían con él y ser el hombre exclusivo de aquella que fue su esposa. Si para él salió bien, ¿por qué para su hijo no sucedería así?

—Adrien, ¿podrías venir y responder la ecuación de la pizarra? —Interrumpió la señorita Mendeliev los pensamientos del rubio.

—¡S-si! Claro.

Dirigiendo su mirada a la pizarra, tomó una tiza y comenzó a agregar los números que hacían falta para equilibrarla. No estaba muy seguro de lo que estaba haciendo.

—Marinette, ayuda a tu compañero.

Tras él pudo escuchar un pequeño gemido de temor que le representaba estar cerca del muchacho que se alejó de la pizarra con los puños apretados.

Ella comenzó a contar los números en la reacción y por medio de tanteo consiguió corregirla. Adrien no le agradeció, sólo fue a su asiento con una mueca de desagrado que su amiga no supo interpretar.

Chloé se burlo de aquella escena muda y lo patética que "era la panadera".

Deseaba defenderla, pero prefirió callar.