¡Listo! A medias, pero ya estoy listo.
Acepto plenamente que soy excesivamente ordenado, tal como dicen mi hermano y el psicólogo de la escuela secundaria que nos hizo un examen a todos y en el que se comprobó, según él, que la pérdida de mis padres me había creado una especie de manía por la pulcritud. "Ese hombre es idiota" pensé y sigo haciéndolo porque recuerdo que el tipo tenía un saco a cuadros bastante feo como para atreverse a decir que la limpieza no es buena y por supuesto que me dio igual.
Dos años después, ya no tanto: diecisiete años de mi vida y hasta el día de mi cumpleaños no me había enfadado de tal forma porque Kanon no me compró ningún regalo, a pesar de haberle recordado que éramos gemelos, que yo le iba a obsequiar los primeros pagos de la motocicleta que tanto anhelaba y que me conformaba con que me hiciera una tarjeta o me comprara uno de esos pasteles de chocolate que tanto me gustan. El resultado de su olvido fue mi ira, una ira en la que todo se volvió rojo, obviamente incluyendo la sangre en la nariz y boca de mi hermano cuando fue imposible controlarme y me eché contra él como un gato a una paloma. El psicólogo entonces ya no me pareció tan imbécil como al principio.
Pero eso es cosa del pasado, por lo menos es una tragedia que ya no es necesario recordar: tengo píldoras, tengo un buen médico, tengo un trabajo decente y una vida que, lo sé, empezará a gustarme un poco más en cuanto salga de esta pocilga.
Justo estoy con el saco en una mano cuando el sonido del teléfono hace que me gire y tenga que hacer lo posible por no ponerme a gritar maldiciones que me causen más problemas. Doy dos respiros, haciendo caso a los consejos del psiquiatra y voy tranquilamente hasta el aparato.
—¿Diga? —pregunto con total naturalidad, naturalidad que se vuelve euforia y nervios al escuchar una voz por demás conocida al otro lado de la línea—. ¡No, no! ¡Lo prometo!, estoy saliendo ya mismo, llego en media hora a lo sumo.
Media hora... siendo optimista, ¡no estoy tan lejos de la oficina! "Lo preocupante es el tráfico", pienso mientras cuelgo con una sonrisa forzada y luego echo a correr sin preocuparme por nada más que por abrir la puerta y cerrarla de un portazo; mis piernas se mueven tan rápido como les es posible hasta mi automóvil y al encender el motor doy un vistazo a mi mirada y cabello por el espejo retrovisor.
¿Verdad que luzco bien? bueno, en este preciso instante estoy pálido por la vergüenza (al contrario que a la mayoría, la sangre no se me sube a la cara sino que desciende hasta los pies), sin embargo, tengo el cabello donde debo y la camisa limpia y eso es lo que cuenta. De reojo contemplo uno de los volantes que recibo cuando estoy parado por alguna manifestación, arrugado y tirado en el suelo del coche. Creo que una prueba fehaciente de lo bien que estoy es que esa basura me preocupa mucho menos que el hecho de llegar tarde. Yo no suelo ser impuntual, y ahora quedaré mal con Shaka que no perdona una.
Acelero, aunque la vía rápida es una paradoja con todas sus letras: varios autos se aglutinan allí esperando que tras el trabajo puedan regresar a casa. Me llevo una mano a la frente, masajeando mis sienes. Media hora, ¡más me vale!.
