¡Qué chocante es esta ciudad!, ¡la detesto!. Cincuenta minutos tardé en llegar a la puerta del bar, veinte más de los que pedí a Shaka para esperar y ahora sólo intento buscar una buena razón y una buena cara para mostrarle: debe estar furioso, si es que todavía está; la verdad es que considero más probable que se haya marchado, cansado de permanecer sentado en el bar entre tanta gente que bebe y fuma como si la vida se le fuera en ello.
El bar nunca me pareció un buen lugar para invitar a nadie pero es mejor que no invitar: ¿a qué otro lugar podría llevarlo o pedirle salir sin sonar sospechoso o, como diría mi hermano, necesitado? Hace tanto que no salgo con nadie que ya me olvidé de cómo pedir una cita, de cómo comportarme, de qué charlar para que las cosas sean interesantes y vayan bien.
Tan seguro que parezco de mí mismo, tan seguro que yo mismo me creo, que resulta irrisorio que me sienta aterrado por imaginarnos en un silencio bochornoso pues ya ninguno tiene nada qué decir.
Puede ser que el que escuche a menudo que somos un par de aburridos ya me haya hecho mella, pero es extraño que nos llamen aburridos o esa clase de cosas y que Shaka me parezca todo lo contrario. Él es agradable, adorablemente soberbio cuando mira a los demás como simples mediocres porque tiene esa clase de aire de superioridad. Sin embargo, cada vez que me acerco a él cuando le ayudo con alguna cosa en el ordenador, su mirada reflejada es la más pura inocencia. Eso me hace parecer un pervertido, ¿verdad? Simplemente por fijarme en la mueca de sus labios pequeños, en sus mejillas infladas cuando se molesta, casi como si fuera un chiquillo en el cuerpo de un hombre.
—¡Por fin! —doy un suspiro y esbozo una sonrisa aliviada porque al fin he llegado y el automóvil rojo ya está dentro del estacionamiento.
Me abstengo de correr para no llegar jadeando. El saco liso, el cabello peinado, la camisa fajada, la sonrisa blanca de la que mi hermano se burla al ponerme un apodo que no es más que la marca de una pasta dentrífica de la que no quiero saber ahora. Subo un piso con tranquilidad fingiendo que tengo las cosas controladas a pesar de estar ideando mucho más.
El cabello rubio me da la bienvenida, sus hombros pequeños sobre esa espalda delgada y los brazos casi frágiles. ¿Es así de delicado o lo he idealizado? No es mucho más bajo que yo, pero hay que decirlo, no hay mucha comparación en la suavidad de sus rasgos y en mi mandíbula fuerte, en la paciencia de sus movimientos y la fuerza con que yo hago mis acciones; mi piel blanca, pero la suya... parece de porcelana. Coloco ambas manos sobre sus hombros y luego me posiciono frente a él con un gesto avergonzado.
Estaba escribiendo algo en su cuadernillo de juegos, así que en cuanto lo interrumpo me apresuro:
—¡Disculpa! Han sido dos horas terribles, no sé cómo puedo recompensarte por esperar —tomo asiento, tosiendo por el humo de cigarrillo y mirando despectivamente al tipo que fuma cerca de nosotros—. ¿No tienes hambre?, podríamos cambiar de lugar...
Sonrío amablemente haciendo un gesto al mesero para que siga esperando.
