Saga por fin llega cuando ya creía que no lo haría. Sus fuertes manos se posan sobre mis hombros mientras que yo ando distraído con mis jueguecitos de papel y el sentirlas hizo que me diera un apenas perceptible temblor. Antes de que pueda girarme se pone frente a mí y me ofrece unas palabras de disculpa.
No voy a negar que no estuviera algo molesto pues de nunca me ha gustado que me hagan esperar durante largo rato, pero algo me dice que no puedo dudar de la sinceridad de sus palabras, después de todo, su súbita marcha de la oficina es algo que en él está totalmente fuera de carácter y ya supuse que sus motivos habría tenido.
Aun así, debo reconocer que a veces tengo un sentido del humor un poco cruel y como buen nativo de mi signo, soy algo vengativo. El ver como se movían esos carnosos labios más que el oír sus palabras me hace poner una expresión de lo más seria y mirarlo fijamente.
—¿Qué horas son éstas de venir? —le pregunto algo severamente arqueando una ceja y señalando el reloj.
Noto como él mira con desprecio a alguien que fuma cerca de donde estamos y no lo culpo, a mí también me gustaría decirle un par de cositas o dos a aquel tipo, que apenas acaba de meterse en el bar, pero no quiero organizar una escena al saber que no iba a estarme mucho tiempo por aquí.
¡Cómo me gustaría que prohibieran tal hábito!, en verdad que es una asquerosa costumbre y para mí no hay nada peor que salir a algún sitio, ya sea para disfrutar de una comida o de la compañía de alguien y que haya gente con los dichosos pitillos en las manos exhalando ese horrible y maloliente humo. Si no fuera porque está permitido fumar dentro de este establecimiento ya la habría arrancado el suyo de la boca a ese tipo y se lo habría apagado en su bebida, y eso pillándome de buenas.
En fin, no vale la pena amargarse por algo así, aunque debo apestar a cenicero.
—Está bien, Saga, será mejor que salgamos de este sitio... —le digo riendo, pues no pude mantener mi expresion seria por mucho más tiempo y la situación tiene su lado cómico— si quieres podemos ir a un café que hay cerca de aquí donde sirven buena comida y donde ¡no nos asfixiaremos!.
Las dos últimas palabras las dije bien en alto para que aquel tipo nos oyera y lo hago mirándolo de mala leche, cosa que surte un perfecto efecto ya que el tío me lanza una mirada asesina a la que no hago el menor caso y me voy a la barra pagar lo que había estado tomando.
Mi atención de todas formas está ahora centrada en el hombre de largos cabellos azules que siempre parece tan seguro de sí mismo, ¡no como yo!, que a pesar de mis miradas desdeñosas y arrogantes, no me atrevo a tomar la iniciativa en mucho aunque lo esconda muy bien. La oficina es como una jungla y si no te andas con ojo, te comen vivo.
Me alegra mucho el verlo aquí puesto que si hubiera tardado mucho más ya me habría ido.
—¿Nos vamos? —le digo sonriendo pícaramente tras pagar mi cuenta.
