Capítulo 13.

¿Debo darle el pésame por lo de sus padres o luego de unos años ya es muy tarde?
Pienso en este momento que tenemos más cosas en común de las que imaginaba pues la primera impresión, aquella que tuve cuando él llegó a la empresa como transferido de otra ciudad, fue la de un chico encantador que no duraría una semana en un trabajo tan duro. Me sorprendió con su corta presentación frente a sus nuevos compañeros en la que nos dio algunos detalles personales como su edad y sobre el ser budista pero aunque nunca tuve claras referencias sobre ello, sabía lo básico: no dañar, no sufrir.
¿Cómo no dañar en una empresa de publicidad?, me pregunto. Aquí, hay que destrozar a cualquiera que sea competencia, desgarrar cualquier obstáculo para sobresalir. Así que desde mi juicioso punto de vista, el muchacho se quedaría un par de meses hasta que no soportara más la presión del nido de víboras que somos en esa oficina.

Tomo el saco que me devuelve sonriendo internamente por la equivocación que tuve ya hace dos años. Fue todo lo contrario, cabe mencionar: lo de budista venía a medias, pues un carácter dócil nunca le he conocido. En cambio es entretenido conversar con él durante las comidas, sólo para variar los chismes típicos que intercambiamos los del grupito con el que yo salía; en realidad decimos más banalidades que otra cosa, pero me agrada hablar sobre el horrible tráfico de la mañana, sobre lo que tenía pensado preparar para cenar cuando llegara a su casa...

Es fácil tomarle confianza, sin embargo, nunca me he creído ser su mejor amigo para agobiarlo con problemas; en lugar de ello, le hablaba sobre la última película que había visto y de los nuevos muebles de la sala. No gran cosa, pero era importante para mí. Muy importante.
Soy muy resistente, no suelo enfermarme comento con una sonrisa ya con el saco puesto. No te preocupes, adentro debe hacer mucho calor.

Creo que iba a suspirar, pero el aliento se me va, cualquier rastro de oxígeno desparece de mis pulmones por un instante, El instante que él se ha tomado para entrelazar sus dedos con los míos y luego pedirme con completa naturalidad que entremos. ¿Lo hace a propósito?, ¿estoy paranoico?. ¡Hoy más que nunca!.

Me muerdo el labio inferior, aprieto su mano y esbozo la sonrisa más auténtica que me es posible.
¡Vale!, sé que te gustará.

¡No, ya no sé nada! Me temo que incluso se me ha subido la sangre a las mejillas, quizás a toda la cara, por lo tanto agacho un poco la cabeza, aprovechándome del cabello largo para disimular un poco. No tengo intenciones que en cuanto me vea empiece a pensar que soy fácilmente excitable (otra de las palabras donadas por Kanon). Caminamos juntos y lo que me convence sobre lo maravilloso de esta situación es el montón de ojos dirigiéndose hacia nosotros. ¿Es por las manos unidas?

Me inclino a pensar que mi popularidad aumenta debido a Shaka, a su expresión entre soñadora y ausente.

El maître que nos invita a seguirlo nos sonríe a un lado de una mesa dispuesta ya junto a una ventana. Tuve que darle un par de billetes para que no nos recordara que el restaurante es caro y que hay muchas personas que quisieran un buen lugar.
¡No me importa! Yo quería esto, justamente esto: el tipo aquel acomodando el asiento a Shaka, las cartas para ordenar sobre la mesa, mi mejor sonrisa. No sé si debe su reputación a esto, sin embargo, puedo asegurar que este restaurante es de mi agrado porque a pesar de los candiles enormes, de los cubiertos de plata reluciente y del alfombrado rojo, es lo bastante relajado para que cualquiera pueda entrar y sentirse cómodo. Los meseros sonríen, nos preguntan cómo estamos, la gente a nuestro alrededor no viene de smoking, el área de fumadores está al otro lado... Un buen lugar, definitivamente.

El pato se ve delicioso frunzo el ceño, aunque no podría despreciar el rostizado de ternera que se ve como hecho por Dios.

"¡Ah, vaya metedura de pata!, seguro que él no cree en Dios"