Capítulo 19
Mi nombre en sus labios es música, música dulce que me halaga y que para el resto de la gente puede no ser algo excepcional, pero para mí es una prueba de la existencia de algún ser divino o iluminado que me está otorgando un regalo de los más grandes: los labios de Shaka moviéndose para llamarme, para hablar conmigo y pronunciar mi bendito nombre que ahora es el mejor de todos. ¿Estoy pensando como un crío?, no, hablo como un buen tipo que ha encontrado a otro buen tipo y que está completamente feliz por la ocasión. Por supuesto, Shaka no es sólo un "buen tipo" sino un encantador ser de ojos de cielo y sonrisa de fuego.
Me gusta, ¿qué le puedo hacer?
De todas formas no pienso dejar que la imagen me lleve la cabeza las nubes, motivo por el que me concentro en su mirada serena y en sus manos blancas que dejan sobre la mesa como si se tratara de una estatua. Shaka no parece sentirse importunado por mi no tan velada pregunta sobre su vida personal sino que me responde con cierta naturalidad que me hace pensar que en la oficina más que pulpos, somos estúpidos por no preguntar con franqueza lo que queremos saber: tal vez, sólo tal vez, a Shaka no le habría importado responder del modo que me responde. Es que si empiezo a pensarme especial en su manera de actuar y resulta que sólo me cuenta esto por educación, la decepción será horrible.
Su risa deliciosa me hace callar hasta que termina de decirme todo lo que desea.
—La gente que describes —suspiro— me temo que no sólo está en la oficina: estamos en todas partes y todos tenemos algo de esas características terribles.
Yo, por ejemplo... ¿inescrupuloso?, no dejaré dinero en los bares o en cigarrillos pero tampoco puedo decir que soy un buen ejemplo a seguir: mis imperfecciones empiezan por la excesiva meticulosidad en ciertos asuntos, pasa por una seriedad-amargura de todos los días y termina con mi cuerpo desnudo y con los brazos extendidos ocupando toda la cama mientras duermo. Cosas pequeñas, digamos; sin embargo, no descarto que en tal o cual situación afloren las características humanas inherentes: lo bueno y lo malo, todo conjugado.
Él, en cambio, parece absolutamente perfecto o posiblemente mejor que el resto. Un hombre virtuoso al que se le perdonaría o debería perdonársele cualquier pecado porque las obras benéficas han sido más. Me sorprende que podamos llevarnos bien, él siendo tan puro hasta en sus palabras y manera de expresarse, y no es que piense que soy malvado pero eso tampoco me da un rango en el lado opuesto.
Esbozo una sonrisa y me inclino hacia delante apoyando mi antebrazo derecho en la mesa adornada con un mantel blanco. El instinto de caza viene de nuevo.
—No me refería específicamente a las parejas que hayas tenido, pero... —le hago un guiño— es bueno saber que eres exigente: me encantan los retos.
¿Soné muy deseoso? El mesero me salva dejando la botella de vino metida en hielos entre mi acompañante y yo y nos sirve una copa para cada uno. Nos informa que la comida está casi lista y en el momento en que se va regreso mis ojos a Shaka.
—Aprecio a las personas como tú —sonrío apenas—. Te hiciste cargo de tus abuelos, de la carrera que tomaste incluso teniendo un trabajo de tiempo completo, de ti mismo... Permítime decir que eres un hombre excelente; yo apenas pude con mi hermano y creo que ni eso.
Hablar de Kanon es tan confuso. Puedo decir que es irresponsable, holgazán, vividor; lamentablemente, tengo el estigma, una especie de signo de Caín que no me deja en paz porque se suponía que era yo quien debía criarlo y ocuparse de él a pesar de que la edad me hacía mayor solamente por unos cuantos minutos. Eso nunca importó, siempre pensé en mí como cabeza de la familia, así que, ¿no es entonces culpa mía cualquier mal paso que él dé?, ¿no significa entonces que hice mal el trabajo?
Es verdad que ahora mismo mi admiración por Shaka crece: también debió haberlo pasado mal.
—Salud —intento sonreír levantando la copa y llevándomela casi enseguida a los labios.
