Capítulo 31

¡Mierda, Saga, sigue haciendo el ridículo!

Muerdo mi labio inferior inconscientemente como defensa para el sonrojo que por poco se apodera de mis mejillas. ¿Me ha rechazado o sólo quería aplazarlo?, ¿acaso pensaba que yo era un pervertido necesitado de sexo, de lujuria, que sólo busco eso en otra persona? ¡Oh, Dios, cuántas dudas!, aunque Shaka me sonríe estoy tan nervioso que no estoy seguro si su sonrisa es para tranquilizarme o si está siendo sarcástico.

No es que no le dé a Shaka el beneficio de la duda. De hecho, Shaka sería de los pocos que no se burlarían de cualquier tontería, de los pocos con los que me siento a gusto; sin embargo, ¡soy un tarado!... mi voz probablemente delató mis intenciones para con mi acompañante.

Trago saliva para darme tiempo a pensar y analizar mis estupideces. El no me ha soltado la mano aún, así que no debe estar enfadado; es más, me invita a seguir bebiendo alcohol, lo que quiere decir que desea ser negligente conmigo y no tomarse con demasiada seriedad mis actitudes de caballero; guarda silencio, está eligiendo las palabras que le suenen más correctas; cambia el tono de su voz, por lo que...
¡Ah! y sus palabras son tan calmas y sensuales. ¿Por qué será que lo enigmático resulta tan abominablemente sexy? Aprieto levemente su mano, deseo con ello eliminar cualquier rastro de ansiedad y nerviosismo porque no quiero que piense que no he salido de los dieciséis, cuando tuve mi primera cita.

A veces me pregunto cómo es que soy tan buen actor porque suavizo mi gesto, aligero la sonrisa y asiento con levedad.
—Querido —respondo acordándome de los gestos elegantes de mis amigos de universidad—, tentempié, plato fuerte, postre... encajarías en cada una de las partes de mi menú personal.

Para probarlo, acerco su mano a mis labios y deposito un beso corto en sus nudillos blanquísimos; son suaves como la palma que todavía no suelto, como su cabello de hebras de oro, como sus labios carnosos; todo en él parece hecho de seda, incluso esos ojos grandes y tan brillantes.
—Sin embargo, no quiero incomodarte —suspiro con fingida resignación y suelto finalmente su mano con un gesto tan doliente como conciliador—. Terminemos de comer y veremos.

Me concentro nuevamente en el filete, en los cortes que le hago, y llamo al mesero:
—Agua mineral, por favor.