Capítulo 37

—Goya —me apresuro a responder—. Mi pintor favorito es Francisco de Goya.

Mencionaría a Rembrandt también pero no sería tan honesto: Rembrandt me gusta a base de clases de arte y el nulo juicio juvenil en que yo quería hacerle caso a mi maestro de Artes Plásticas y al de Filosofía, quienes se pasaban el tiempo mencionando a Rembrandt y a Picasso como dioses. Rembrandt me parece del tipo amable, de las cosas lindas y con cierta luz, mientras Goya era sombra y día, una dualidad definitivamente más interesante para mí.

Mis mandíbulas se tensan al darme cuenta que mi gusto por el pintor mencionado no es sólo porque sí. Mis pupilas hacen cuanto pueden por sostenerse en las de Shaka cuando apuro una sonrisa y un sorbo de agua mineral. Me siento tan estúpido por discutir con mis propios pensamientos que la siguiente sonrisa sí es honesta. Encojo los hombros, doy un suspiro (siento que todo esto lo hago a propósito) y finalmente asiento con lentitud.
—Improvisaremos con el restaurante, entonces, ¿está bien? En todo caso, me gustan las opciones tuyas, es más sencillo buscar un restaurante cerca. Si la exposición nos aburre siempre podremos ir al cine o al teatro.

Me gusta el teatro aunque el cine es, por supuesto, menos cansado.

Él vuelve a comer con calma, ¿se imaginará que estoy intentando agradarle? Me inclino hacia delante con mi profesional sonrisa y una mueca que, decía mi madre, me he quedado desde que era un niño y le pedía que me comprara chocolates y los escondiera de Kanon. Una mueca que, dicen, me hace ver infantil.
—¡O quizá entonces aceptes tomar agua en mi casa!, ¿qué te parece?