Capítulo 39
Me gusta que hable por su cuenta, claro que me recrimino no haber parecido educado preguntándole por su propio pintor preferido pero justamente ¿no es un tipo de pregunta que omiten las personas ya cercanas? Si bien Shaka y yo apenas hemos empezado la primera cita, no puedo negar que me siento más relajado que en cualquier otra y no es que con mis citas anteriores estuviera yo muy preocupado sobre mi comportamiento o los temas de los que hablaríamos, las otras citas simplemente no me interesaban. Esta, en cambio, me gusta; él habla porque quiere hablar. Lo escucho sin apartar la vista y sin que la concentración se pierda ni siquiera por la cera de las velas colocadas en medio de la mesa, goteando y casi por terminarse.
A decir verdad, me siento levemente empequeñecido. Me pregunto si Shaka no esperará demasiado de mí. ¡Qué tontería!, eso no se descubre en la primera cita, seguramente tampoco en la segunda o la tercera, que son las de cortejo antes de pasar a formalidades y si es así, ¿qué podría hacer yo?, ¿actuar como un estúpido para que nunca se imagine que puedo ser un poquito inteligente o decirle sin más que por favor piense en mí como un mediocre porque eso me considero?
No queremos preguntarnos sobre nuestra existencia ahora, ¿verdad? "No, no queremos, ¡qué tontería, Saga!" Si supiera lo que soy sería magnífico, sin embargo, por ahora sólo sé que soy un hombre de veintisiete años, con un puesto más o menos bueno dentro de una empresa más o menos buena y que en este preciso instante estoy en una cita con otro chico que me encanta. Sólo eso, no necesito nada más.
—Botticelli es magnífico lo que más admiro de él es la forma en la que pinta a las mujeres. Hay algo que deja él en ellas que me resulta terriblemente fascinante. En cambio, Velázquez me parece tan triste. ¿No es cierto que hay más oscuridad en sus pinturas?
Obviamente, creo que cualquier ser humano recordaría en primer lugar "El Nacimiento de Venus" cuando se le mencionara a Botticelli; yo había, de hecho, comprado cuando era más joven una postal con ese cuadro y siempre que miraba a los ojos de Venus, estos ejercían sobre mí una influencia tremenda. Durante algún tiempo busqué en las mujeres ese tipo de belleza pero jamás lo encontré, porque me temo que el ideal es un ideal para siempre y los seres humanos podremos maquinarlos en nuestra cabeza pero no hacerlos realidad. Así que desde que lo descubrí únicamente intento conocer a la gente y no hacer suposiciones propias sobre ella porque todo puede arruinarse.
Mis pupilas se pierden un instante hasta que oigo su risa suave, decididamente encantadora, que me obliga a acompañarla con una sonrisa amplia y apretar esa mano delicada que se ha quedado sobre la mía. ¡Dios, cómo me gusta! Lo peor es el palpitar agitado en mi pecho y ese estúpido deseo que aparece de improviso: puedo verme robando sus besos y hurgando bajo sus ropas en cualquier habitación oscura que pueda servirnos de aposentos.
Trago saliva. Me mira de la misma forma que yo le miré a él cuando mis pensamientos erótico-pervertidos me asaltaron aunque tal vez no con la misma intensidad y tras una pausa por demás demoledora parece darme el sí que tanto buscaba. ¿Qué hago?, estoy algo petrificado y no tengo la más remota idea sobre cómo actuar. ¿Qué tal si tiro la mesa y lo beso al estilo de las películas ochenteras de James Bond?, ¿qué tal si le pido huir ahora mismo a mi casa o a la suya?, ¿qué tal si le digo que demostremos nuestros dulces sentimientos con nuestros cuerpos?
"¡Controlate, Saga!". Si quiero que esto funcione no me debo apresurar. "¡Respiras con dificultad!" ¡Ah!, pero si mi sueño se ha hecho realidad lo menos que puedo hacer es excitarme por la emoción. Carraspeo e intento quitarme el sonrojo ahora que no me está viendo. "¿Qué tiene que ver con que seas un caballero, Saga, pedazo de imbécil?"
—¿Sabes, Shaka? Hay algo que quería decirte, es esto: eres el ser humano más irresistible y encantador con el que he podido hablar. Si tuviera que pensar en alguien a quien considerar completamente bueno, ése serías tú.
No le aclararé que es porque tiene la cara de un chiquillo, ni porque en el tiempo que lo he conocido he descubierto que es inocente a todo, tampoco le explicaré que se debe a que es la única persona rubia que me gusta (el amarillo no es un buen color para todos) o que me atrajo más cuando la secretaria del jefe me contó que había oído hablar a Shaka sobre Buda y "otras de esas cosas de las nuevas religiones".
Me está escudriñando, creo, y yo con la cabeza ligeramente gacha le sonrío y encojo los hombros, me parece que recobrando el gesto infantil que hacía reír a mamá.
