Capítulo 43

Otra vez la lluvia, pero es únicamente una llovizna aumentada por las gotas anteriores todavía pegadas al vidrio de la ventana y por las luces de los focos que apuntan directamente a nosotros, a nuestra mesa. Me siento como en algún tipo de escenario a punto de llegar al clímax de la obra con el otro estelar justo frente a mí. Mejor dicho con el estelar porque cuando lo miro me siento como uno de esos personajes secundarios que salen en cámara más de la cuenta.
Es porque me pierdo en sus ojos que parpadeo tanto, que me echo hacia atrás de tanto en tanto para no contemplar por demasiado tiempo sus irises azules, de un azul cristalino, casi gris, como ágata echada en agua. Además, me siento locamente enamorado y me pone francamente triste saber que tengo que respetar algunas normas más morales que éticas antes de decirle a Shaka de una vez por todas que me gusta y que lo quiero como amante. Seré todo un hombre, me quitaré el miedo y lo echaré en el cesto de la basura, ¡diré lo que siento!; sin embargo, eso no es suficiente: él no tiene por qué pensar que las relaciones deben empezarse con rapidez, ni siquiera parece una de esas personas poco cautelosas que "se dejan llevar"; al contrario, de algún modo siento que presta atención a lo que hago sólo para saber si, soy de su tipo.

—¡Qué malo, Shaka! —río por lo bajo con los hombros encogidos— ¿eso haces con quienes te aburren? No me molestaría verte dormir pero procuraré no hacerte roncar en un lugar público, ¿de acuerdo?

Deja los cubiertos, pero el levantarse todavía con el último bocado en la boca no es precisamente correcto y no parece tener mucha prisa, así que me relajo en el respaldo de mi silla con la copa de agua en la mano derecha a la que doy sorbos lentamente.
—¿No te apetece nada más?, ¿quizá un postre? Hace unos tres meses me mandaron al norte para rogar a los inversionistas que firmaran un nuevo contrato con nosotros, comí algo que llamaban "Delicias del lecho". Era impresionante, tenía varios tipos de mieles, nata y unas frutas que no podía distinguir. Algún día lo prepararé para ti aunque no me quedaría tan bien. ¿Cuál es tu comida preferida?

Quiero alargar la charla, o ¿tiene algo de malo? No es que yo sea un mal conversador, no por nada me enviaron a conseguir esa bendita firma. Claro que no soy un orador como ese estúpido de Oscar, que convencio al jefe y se quedó con el aumento de sueldo que más me merecía yo, pero a estas alturas ya no hay razón para quejarme: despidieron a Oscar, me transfirieron de oficina y puedo agradecer que por trabajar en equipo ya tengo el número telefónico del guapo rubio sentado frente a mí.

En la oficina no había podido darme cuenta de lo agradable que es pasar el tiempo con él. ¿Me echarían, si lo supieran? Se supone que no debe haber relaciones entre empleados, pero todavía no la hay y si la hubiera, pienso que somos lo suficientemente discretos como para mantenerla en privado. Después de todo, nuestros compañeros de trabajo ni siquiera han de saber cuándo es nuestro cumpleaños, ¿no?