Capítulo 46
A una seña de Saga el camarero retira los platos, cubiertos y demás enseres sucios puesto que ambos ya habíamos terminado el plato principal y nos trae una carta para que pudiéramos elegir. La elección sería un tanto restringida debido a la información que solté a mi acompañante pero tal vez ese sería un punto positivo ya que en muchos sitios los postres son tan tentadores que uno no sabe qué probar.
Por suerte a él también le gusta el chocolate y no tuvo problema en sugerir el postre que compartiríamos: mousse de chocolate.
No es que en realidad tuviera ganas de comer nada más, pero al menos la mousse es un postre ligero y la oferta del chocolate me puede. Se dice por ahí que el camino hacia el corazón de un hombre es el estómago pero me pasa igual que a muchas señoras: adoro el chocolate, aunque tampoco llegaría a los extremos de los que según una encuesta que leí en una de esas revistas que dejan en la consulta del dentista o la sala de espera del medico en la que se decía que de tres mil mujeres a las que se les preguntó si preferían sexo o chocolate el 97% respondió que preferían chocolate. Si eso es cierto, mucho me temo que los hombres no quedan en muy buen lugar con las damas.
Creo que de aquí surgió mi anterior comentario acerca de los poderes del manjar de los dioses aztecas.
—El chocolate me pierde —respondo con cara de niño goloso—...¡está bien!, mousse de chocolate.
El chico nos trae unas velas nuevas a la mesa y un ratito más tarde regresa con lo que parece una enorme copa de cristal tallado llena de delicioso chocolate con las dos cucharillas.
—Menos mal que esto es cosa de dos —me río al ver el tamaño del postre.
Cerca de nosotros hay varias personas que vuelven a mirarnos de forma curiosa al vernos compartir aquella delicia, entre ellos una pareja de viejecitos que debían estar celebrando su aniversario de bodas o alguna ocasión especial y que no nos quitan la vista de encima.
