3. LA COCINA
-¡NO! ¡Sarada, espera!
- Katon: Gōkakyū no Jutsu
Naruto Uzumaki apenas tuvo tiempo de tomar a su sobrina por la cintura y taparla con el chakra de Kurama antes de que las lenguas de fuego incendiaran la cocina.
Después de unos segundos y cuando dejó de sentir el calor abrasador de las llamas en el ambiente, abrió los ojos temeroso de la escena que se podría encontrar.
-Ay madre mía...
Negro. Todo lo que veía alrededor era negro. Negro como los oscuros ojos de Sasuke, esos que le perseguirían en sueños por haber incendiado su casa.
Se encaminó hacia uno de los armarios de la estancia y, con tanta delicadeza como pudo, intentó raspar un poco el polvorín que cubría la madera. No solo no dio resultado sino que acabó rompiendo el listón que sostenía la estantería contra la pared y el mueble se vino abajo.
Naruto quería llorar...
-Tus padres me matarán por esto, dattebayo –se lamentó el rubio llevándose las manos a la cara-. ¿Sabes que, Sara-chan? Has conseguido lo que ningún ninja de rango S ha logrado: voy a morir –y no pudo hacer otra cosa que dejar escapar una risa nerviosa.
Pero mientras que el Hokage reía por no llorar, la pequeña Uchiha miraba aquella escena con el arrepentimiento pintado en sus facciones. Un puchero se empezó a formar en su cara y unas traviesas lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. ¡Ella solo quería ayudar, demostrar todo lo que sabía y lo grande que era!
-Oh, no, no, no, no pasa nada, Sara-chan…
El rubio se acuclilló ante ella e intentó limpiar el sendero de las lágrimas.
-Yo… solo quería a-ayudarte…
Naruto sonrió con ternura mientras su pequeña sobrina intentaba explicarse. Pues claro que sabía que era lo que aquella niña quería decirle, no en vano había perseguido a su padre durante años. Sarada había querido demostrar lo mayor que era, lo fuerte que era a pesar de sus ocho añitos, lo capaz que era. Quería que su padre estuviese orgulloso de ella. Quería demostrarle que tan bien dominaba los jutsus característicos de su clan. Quería reconocimiento. Un gesto, un mirada, un guiño… Un toque en la frente.
El Uzumaki comprendió que le era realmente complicado enfadarse con la pequeña Uchiha a pesar de que esta hubiese carbonizado la cocina. En el fondo (muy en el fondo, donde Sasuke y Sakura no lo pudiese ver), aquello le hacía gracia. ¡Todo había sido por unos bizcochitos! ¡Unos estúpidos bizcochos de chocolate!
-¿Sabes que? –Naruto elevó el mentón de la niña y le sonrió de forma burlona-. Toda la culpa la tiene tu madre.
Sarada se sorbió la nariz y se enjuagó las lágrimas.
-¿Mamá? Pero si mamá no está aquí.
-Pero es tu madre la que se empeña en que comamos cosas sanas. Si hubiésemos cenado ramen esto no hubiese pasado, ¡dattebayo! –añadió convencido.
Aunque el ramen hay que calentarlo y quizás se le hubiese ocurrido la feliz idea de utilizar su recién aprendido jutsu para cocinarlo…
Cuando Sarada le comentó que estaba comenzando a aprender las técnicas del Clan, a Naruto se le hizo realmente dulce ver lo contenta y orgullosa que estaba la pequeña. Quizás no había sido una buena idea comentarle que Sasuke a su edad ya daba forma a cualquier chispa de fuego, quizás había sido una terrible idea retarla, invitarla a que le mostrara su tan apreciado jutsu… Si solo se hubiese esperado a probar en el jardín y no hubiese intentado hornear los bizcochitos con las llamas de fuego…
En realidad la culpa es de esos dos bakas… mira que dejarme a mi de canguro…
Naruto resopló intentando buscar soluciones para salvar su trasero de la colosal fuerza de Sakura.
-Está bien Sarada, vamos a pensar. El último informe dice que tus papás vuelven de la misión sobre las 7 de la tarde… Veamos, ¿Qué hora es? –El rubio husmeó en los bolsillos de su pantalón en busca del pequeño reloj que su hijo le había regalado para que nunca llegase tarde a las cenas familiares-. Son las seis y media... ¡LAS SEIS Y MEDIA! –Naruto tuvo que recordarse mentalmente que él era el Hokage, una figura que jamás perdía los nervios, una figura conocida por la responsabilidad que cargaba a sus espaldas, alguien que nunca abandonaba sin haber encontrado una solución. Y unos estúpidos bizcochos de chocolate no podrían con él. -Está bien, que no cunda el pánico, no perdamos los nervios –añadió intentando serenarse.
-Tarde –musitó la Uchiha-. ¿Crees que se enfadarán mucho? –susurró.
Naruto se detuvo en seco.
-No, bueno…Es verdad hemos quemado la cocina, sí; la hemos dejado inutilizada, también; nos hemos quedado sin cena, correcto. No, en realidad no se me ocurren motivos por los que puedan enfadarse –añadió irónico.
Sin embargo su comentario devolvió la tristeza a la cara de la Sarada, quien era demasiado pequeña como para entender ironías y sarcasmos.
-Nee Sara-cha, no te preocupes, en serio. ¡Anda que no he quemado yo cocinas! –Añadió con una sonrisa.
-¿En serio?
-Bueno… cocinas no… Pero oye, ¿sabes que? Siendo pequeño un perro me obligó a entrar en un campos de minas. ¿Te lo puedes creer? Así que no te apures, solo tenemos que encontrar la manera de que esto se vea mejor.
-¿Que no se note?
-Exacto.
La pequeña frunció el ceño.
-¡Yo tengo muchos dibujos! Podemos pegarlos en las paredes, así papá y mamá no verán lo negro.
Naruto sonrió a su pesar. Claro, estoy seguro de que un ninja con el Sharingan y el Rinnegan y una jounin médico no se fijarán en esos detalles.
-¡Está bien! Ve a por ellos. Y quizás deberíamos prepararles algo de cena, para que vean que la cocina tuvo un último uso antes de fallecer…
Y así, mientras la pequeña Uchiha empapelaba literalmente la cocina, Naruto se esforzaba por preparar unos míseros bocadillos.
-¿Crees que así se enfadarán menos?
Naruto sonreía nervioso mientras observaba el resultado final. A la vista estaba que la cocina había sufrido un cambio drástico. Aunque las paredes estaban salpicadas de dibujos infantiles, los armarios y la nevera ennegrecida eran un gran punto de atención. No, aquello no se podía ocultar.
-Bueno, creo que nos ha quedado muy bonita…-Y que deberíamos salir de aquí antes de que lleguen, añadió el rubio para sus adentros mientras se encaminaba poco a poco y de espaldas hacia la puerta- Nee Sarada, ¿que te parece si vamos a comprar unas flores? Un poco de color no…
-¿Qué tal si compras un cactus, teme? Para que vaya a conjunto con la cocina.
Un escalofrío sacudió todo el cuerpo del Uzumaki.
Oh por Kami
Respiró hondo y se fue girando lentamente, intentando forzar una sonrisa tranquilizadora. Y, al mismo tiempo que él se preparaba para encarar a los Uchihas, la pequeña del clan se iba girando en sentido contrario, quedando oculta tras el cuerpo del Hokage.
Descifrar los pensamientos y sentimientos de Sasuke siempre había sido un arduo trabajo pero, en esta ocasión, Naruto estaba seguro de que se estaba conteniendo para no coger su Katana y conventirlo en un pincho moruno. Su mujer, sin embargo, era otro asunto… Naruto ni siquiera estaba seguro de que Sakura estuviese respirando. Sus ojos miraban atónicos miraban la chamuscada cocina y su boca estaba entreabierta, ahogando una exclamación.
Si esto sale bien, lo siguiente será decirle a Hiashi Hyuga que Boruto estaba en camino cuando me casé con su hija.
-¡Sasuke! ¡Sakura-chan! Que bien que llegast…
Unas manos se ciñeron en torno a su cuello y comenzaron a zarandearlo como solo Sakura Haruno sabía hacer.
-¡TÚ! ¡¿ESTÁS LOCO?! ¿Qué ha pasado aquí?
-¡Mamá! No, no, tío Naruto no tiene nada que ver…
Sasuke observaba la escena apoyado contra la pared de la destartalada cocina. Una vez hacía ahora mucho tiempo su mujer le había prometido que si se quedaba con ella todos los días serían divertidos… y razón no le faltaba, pensó el Uchiha mientras veía la hilarante escena ante él. No pudo reprimir un atisbo de sonrisa al ver como Naruto empezaba a adquirir una tonalidad verdosa fruto del mareo que le producía el zarandeo de la pelirrosa. Su mujer, sin embargo, no parecía ser consciente del estado del rubio, al que seguía agitando como si fuese a hacer zumo con él. Y su hija… La pequeña Sarada había salido de su escondite y agarraba a su madre por la camiseta mientras gritaba que era su culpa. Su culpa… Sasuke recorrió con los ojos la cocina. Nada más llegar a casa y ver aquel estropicio, su Sharigan le había revelado que no había enemigos cerca ni ninjas extraños en varios kilómetros a la redonda. Además, en aquella estancia no había más chakra que el de Naruto y Sarada… Su culpa… Un jutsu ígneo.
Una pequeña explosión y una nube de humo congelaron la situación por un instante.
-¿Uchiha Sakura?
Un recién llegado Ambu preguntaba por su esposa. Con desgana, ésta soltó el cuello del actual Hokage y se acercó hacia é. Mientras Sakura leía el pergamino que le entragaba el hombre con una máscara de halcón, Naruto y Sarada resoplaron aliviados. El Uzumaki se llevó las manos al cuello y, masanjeándoselo, cruzó la mirada con el mayor de los Uchihas.
Tu esposa es un animal. Parecía recriminarle el Uzumaki.
Tsk. Te lo mereces. Era la contestación del Uchiha.
-Ino me llama por un asunto del Hospital, shannaro –Sakura estrujó la hoja con fuerza mientras su expresión reflejaba lo molesta que estaba por el mensaje-. Está bien, iré –añadió mirando al Ambu. Después de recibir la confirmación, éste desapareció de la vista de los presentes.
La kunoichi suspiró y, tras una breve cruce de miradas con su esposo, se encaminó hacia Naruto. El Uzumaki tragó saliva pesadamente, temiéndose otra violenta sacudida. En su lugar, Sakura se acuclilló para quedar a la altura de su hija, que la miraba llorosa.
-Y usted, señorita… Vamos a tener que aclarar este desastre cuando vuelva, ¿si? -La pequeña asintió entre sollozos. Sakura se enterneció y le acarició la mejilla. -¿No me vas a dar un abrazo?
Por toda respuesta, Sarada asintió con fuerza y, entre hipos, se arrojó a los brazos de su mamá. La medic-ninja sonrió ligeramente y besó el cabello de su hija.
Al separarse y antes de encaminarse hacia la puerta, la pelirrosa posó en la mesa de la cocina la pesada mochila que había llevado consigo durante toda la misión… Demasiado pesada como para que una mesa que había sobrevivido a duras penas a un incendio pudiese con su peso: la mesa se vino abajo y Sakura fulminó al Uzumaki con la mirada.
-No te vayas… -siseó-. Cuando vuelvas aclararemos esto. Y recuerda, Naruto… se donde vives –añadió antes de abandonar la estancia.
Otro temblor sacudió el cuerpo del rubio para después dar paso a un sonoro suspiro cuando sintió alejarse el chakra de su compañera de equipo.
-Bueno Sarada, no ha sido tan malo, ¿verdad? –Preguntó el rubio mirándola con una sonrisa-. ¡Choca esos 5! ¡Misión cumplida!
La pequeña, ahora más tranquila, sonrió contagiada por la alegría del rubio, y le chocó la mano.
-Bueno, yo me voy a ir yendo… No quiero estar aquí cuando Sakura-chan regrese. ¡Sayōnara! –se despidió alegremente mostrando aquella sonrisa zorruna.
Apenas se había alejado un par de metros cuando el brazo de Sasuke lo detuvo en el umbral de la puerta.
-¿A donde crees que vas?
-Oh vamos Sasuke, no quiero morir –suplicó Naruto tratando de agarrar el pomo de la puerta.
-Hmp. Quiero hablar contigo. Vamos al jadrín.
-¿Vas a tardar mucho? –inquirió el rubio.
Por toda respuesta, Sasuke golpeó la cabeza de su amigo.
Una de las cosas que más le sorprendían al Uchiha del séptimo Hokage era su capacidad de transformación. Naruto Uzumaki era ruidoso, molesto, pesado, infantil e impulsivo. Sin embargo, cuando se ponía la capa que mostraba su cargo, su personalidad cambiaba, se convertía en una persona adulta, seria, razonable y responsable. Incluso puede que tuviese algo de inteligencia. De la misma forma, Naruto era un tio estupendo, un buen compañero de juegos; y el séptimo Hokage era una persona que sabía que Sarada Uchiha merecía una atención especial por su parte.
-No te apures, Sasuke. No ha activado el Sharingan.
-Hmp.
Sasuke se cruzó de brazos. El Sharingan de su hija era un asunto en el que pensaba constantemente. No había una confirmación ni ninguna prueba que le demostrase que su primogénita había heredado ese poder ocular de él, de la misma manera que los hijos de Naruto aún no habían logrado despertar el Byakugan. Sarada era una Uchiha, eso ya la marcaría de por vida. Pero una existencia sin Sharingan podría ahorrarle muchos problemas, alejarla de intereses ajenos y protegerla de oscuras intenciones. Los Sharingan siempre estarían en alza, eran un valor seguro, y sería mucho más fácil quitárselos a una niña pequeña que a uno de los ninjas más temidos del mundo Shinobi.
-Al menos parece que sabe defenderse –comentó Sasuke para si.
Naruto sonrió al escucharlo y estiró sus brazos como si quisiera tocar las nubes del cielo.
-¡Claro que si, dattebayo! No veas que susto cuando veo que prepara los sellos y…
-¿Cómo se te ocurre dejarla practicar los jutsus en casa, dobe? –cortó Sasuke.
-¡No fue culpa mía, teme! No me dio tiempo a impedírselo.
-¿A caso animo yo a tu hijo a que practique con sus Kage Bushin?
-No, por Kami Sasuke, no. Ya tengo suficiente con un Boruto, no necesito 100 como él.
La expresión de cansancio de Naruto le hizo sonreir. Ser padre era difícil y ambos lo sabían.
El viento azotó sus rostros. A pesar de que recién entraba la noche, el clima era cálido, propio del verano, y en el pequeño jardin de la casa de los Uchihas, el aire iba acompañado del suava aroma de las rosas y los jazmines.
Ambos ninjas se miraron a los ojos recordando una vieja promesa.
-Míranos Sasuke –le había dicho Naruto en una ocasión-. Lo hemos conseguido. ¿Recuerdas el primer día del Equipo 7, cuándo Kakashi-sensei nos preguntó cuales eran nuestros sueños? Lo hemos logrado, teme. ¿Sabes? A veces me despierto de golpe de noche y necesito comprobar que Hinata-chan está a mi lado, que no es un sueño, que no me voy a volver a despertar en mi viejo apartamento. ¿A ti no te pasa? No, no pongas esa cara de cretino, se que también te pasa. Y te reconozco, teme, que tú tienes mucho más mérito que yo. Los dos hacemos lo mismo, los dos protegemos la Hoja, pero mientras yo me ahogo entre informes y reuniones en un despacho, tú haces las misiones en absoluto secretismo. Muchas veces pienso que no es justo, yo puedo ver a mi familia todos los días, pero tú… Se que Sakura-chan es fuerte, vaya que lo se, y se que te quiere, y se que tú la quieres. Pero Sara-chan… es apenas un bebé. Y los bebés crecen, se convierten en niños que no entienden las ausencias, que necesitan a sus padres cerca. Como nos pasó a nosotros. No se teme, a veces pienso que trabajamos tanto para el resto, que intentamos proteger a tantas y tantas familias, que a veces se nos olvida cuidar a la nuestra.
Hagamos un trato, teme. Yo cuidaré a Sara-chan. No te puedo prometer el oro cuándo ni siquiera soy capaz de dárselo a Boruto y Himawari. Pero estaré pendiente cuando no estés. Ahora bien, si algo me pasara a mi… Será tu turno de cuidar a mi familia.
Solo ellos podían entender lo que significaba aquello. Solo los que habían crecido con tantas carencias podían entender que para aquellos ninjas sus familias lo eran todo.
-Nee, teme, yo me voy a casa. Pasaros más tarde a cenar si quereís, estoy seguro de que a Hinata-chan no le importará. ¡Con un poco de suerte habrá hecho Ramen, dattebayo!
Observó a Naruto mientras este se alejaba despreocupadamente. Respiró hondo… aún le quedaba una charla pendiente.
Sarada Uchiha aguardaba en la puerta de salida a la terraza. Sujetaba en sus brazos unos de sus peluches preferidos, un enorme oso panda que su padre le había traído de una de sus misiones.
Cuándo Sasuke la vio no pudo evitar posarle una mano en la cabeza, sobresaltándola. Sarada elevó la mirada, aún con restos del recorrido de las lágrimas en su rostro.
-¿No me odias? –le preguntó.
Sasuke frunció el ceño extrañado. ¿Odiarla? Como iba a odiarla. Se acuclilló ante ella, quedando a la misma altura, y su mano bajó hasta su mejilla.
-Nunca.
Sarada hipó sosteniendo un sollozo y se lanzó a sus brazos, donde fue recibida con un cariñoso apretón.
-Mamá está enfadada –se lamentó la pequeña.
-Hmp. Sakura está preocupada, se asustó al ver la cocina –Sasuke la separó para poder verle el rostro, instándola a que le relatara lo ocurrido.
-Yo solo quería que estuvieseis orgullosos…
Orgullo. Sarada había heredado muchas cosas de Sakura: era dulce, amable, risueña… Pero de él tuvo que heredar la peor: el orgullo.
-No necesitas quemar la cocina para eso Sarada… -Sasuke dejó que la frase flotara en el ambiente mientras estiraba dos dedos que golpearon con cariño a su hija en la frente-. Yo llevo el apellido con orgullo, es cierto, y tu mamá también. Pero hay una cosa más importante que el nombre que tengamos, Sarada: somos una familia.
Aquella misma noche, un par de horas más tarde, el sonido del timbre de la puerta principal zanjó el alboroto en el que se había convertido la cena en casa de los Uzumaki-Hyuga.
-¡Konnichi wa! Sasuke-san, Sakura-chan, Sarada-chan, pasen. Naruto-kun me ha contado lo sucedido, podéis venir siempre que queráis.
-Tenlo por seguro –susurró Sakura mirando amenzadoramente al Uzumaki mientras tronaba sus manos.
¡Hola de nuevo!
Se que he tardado en publicar, intento hacerlo una vez a la semana pero este relato se me fue alargando y complicando. Tenía esta idea en mente desde hace mucho tiempo así que he intentado mimarla mucho, ¡espero que os guste!
De nuevo, muchísimas gracias a todos los que comentais, seguís y leeis, de verdad.
PD: ME ENCANTA la relación familiar de Naruto y Sarada, en serio, creo que es súper bonita.
¡Un beso enorme y nos leemos!
