VERDADES

-¡Aaaaaaaaah!

Un continuo de chillidos y lloros comenzó a oírse en el recinto de la escuela básica de Konoha. La fuente de aquellos lamentos era un niño moreno recostado en el suelo que agarraba con fuerza su brazo, intentado que la pequeña rozadura de su codo fuese lo más visible posible.

Sarada Uchiha le miraba sorprendida. ¡No había sido para tanto! Aquel niño la estaba molestando y ella solo le había empujado por los hombros, ¡nada más! De hecho, la pequeña Uchiha estaba segura de que aquella molestia estaba fingiendo dolor para que su sensei la castigase a ella.

Un corrillo de niños comenzó a formarse a su alrededor atraído por los gritos. Y, entre ellos, una cabellera violeta se hizo presente.

-¡Sarada-chan! ¡Sui-kun! ¿Están bien? –Hinata se agachó para poder observar mejor la herida de Sui Ketyu -. ¿Qué ha pasado?

La Uzumaki la miraba con el Byakugan activo, el mismo que había usado para asegurar la salud del niño.

Byakugan.

Sarada conocía bien a Hinata-sensei. Su mamá tenía muy buena relación con la familia Uzumaki así que solían almorzar mucho juntos. Además, Sarada sentía fascinación por los ojos perlas de Hinata. Alguna vez su madre le había dicho que en el clan Uchiha había un dojutsu muy especial, y ella se preguntaba continuamente si sus ojos adquirirían el color perla de los del clan Hyuga.

Sarada intentó explicarse.

-Yo no…

-¡Me ha pegado, Hinata-sensei! ¡Sarada me ha pegado! ¡Yo no le he hecho nada y me ha pegado! –Sui Ketyu, el molesto niño moreno, parecía estar mucho mejor de su "tremenda" herida. Se había incorporado y ahora, sentado en el suelo, miraba con furia a la descendiente del clan Uchiha.

Sarada correspondió su mirada y le acusó con el dedo.

-¡Eso es mentira! –Gritó ofendida.- ¡Hinata-sensei, ha empezado él! Estaba diciendo mentiras y…

-¡Yo solo dije la verdad! ¡Mi…! -Como si se hubiese dado cuenta de que estaba a punto de gritar a los cuatro vientos un secreto, Sui bajó la voz, convirtiendo las palabras en un susurro al alcance de Sarada e Hinata-. Mi papá me ha dicho que el suyo es un criminal y que no debería estar en la Aldea.

Un escalofrío recorrió la espalda de la Hyuga.

Sui... ¿De donde sacaste eso?

-¡Eso es mentira! –El gritó de Sarada hizo que Hinata volviese su mirada hacia ella. La pequeña tenía los ojos anegados de lágrimas y apretaba con fuerza los puños.

-Sarada…

Hinata intentó acercarse a ella, tenderle su mano, pero ésta retrocedió un par de pasos y echó a correr.


Antes incluso de traspasar el umbral de su propiedad, un llanto infantil llegó hasta sus oídos. Sasuke frunció el ceño, extrañado.

¿Sarada?

Su hija apenas lloraba y, cuándo lo hacía, nunca de aquella forma. La pequeña Uchiha de apenas seis años era una de las niñas más tranquilas de la Hoja, aunque solía hacer muecas cuando no estaba de acuerdo con algo. Pero Sarada nunca había llorado de aquella forma.

Sasuke apuró el paso y, tras abrir la puerta principal de la residencia familiar, siguió el llanto hasta el salón.

-No pasa nada, linda, no pasa nada… -Sakura tenía a Sarada recostada en su cuello, acunándola suavemente con palabras tranquilizadoras y pequeños masajes en la espalda y en el cabello. Posó sus ojos verdes en él y frunció ligeramente los labios en un gesto de preocupación.

Sarada, quien no parecía haberse dado cuenta de su llegada, seguía sollozando en su regazo.

Sasuke tomó aire y con paso lento se sentó en el suelo junto a ellas.

-¿Qué te ha pasado, Sarada? –Preguntó suavemente mientras posaba una mano sobre su espalda.

La niña dio un respingo al sentir la presencia de su padre y, aún con lágrimas en los ojos, se separó de su madre y se abalanzó sobre el cuello de su padre mientras intensificaba su sollozo.

-¡Papá!

Sasuke la abrazó con fuerza aún extrañado, mientras veía como Sakura negaba con la cabeza con una sonrisa triste.

Colegio. Fue lo que entendió de labios de Sakura.

-¿Te ha pasado algo en el colegio? -Sasuke apartó un poco a su hija para poder mirarla a la cara.

Sasuke no era un hombre dulce, no era romántico, ni siquiera era cariñoso. Todo en él era frío, distante. Sin embargo, estiró el brazo y con su única mano fue apartando poco a poco el flequillo de la frente de su hija, intentado que ésta abriese los ojos y le devolviese la mirada. Sonrió levemente cuando su mente sustituyó la imagen de su niña pequeña por la de su mujer hacía muchos, muchos años atrás. Tiempo atrás, justo cuándo él había decidido comenzar su venganza, Sakura lo había descubierto desertando de la Aldea. Por aquel entonces, las lágrimas habían surcado las mejillas de la kunoichi sin control y él nada hizo por deternerlas.

Sarada apenas lloraba, sin embargo, a su mujer la había visto llorar cientos de veces. Ojos brillantes, mejillas sonrojadas, ríos de sal en las mejillas y labios temblorosos que intentaban mantener los sollozos. Sasuke no había hecho nada en la mayoría de veces que había visto llorar a su esposa, pero quizás ahora podía ayudar a su hija. Sasuke la besó en la frente.

-¿Me dices que ha sucedido, Sarada?

La pequeña asintió y, lentamente, tras unos segundos en los que consiguió calmarse, comenzó a relatar entre hipos lo ocurrido.

-En el cole un niño me ha dicho algo feo. Es mentira, papá. Yo se que es mentira. No te vayas a enfadar –añadió mirando con preocupación los ojos de su padre. Sasuke asintió dándole ánimos para continuar-. Me dijo que…Que fuiste malo, que intentaste hacer daño a la Aldea y al Séptimo… Y… Y a mamá… ¡Pero yo se que es mentira, papá! Por eso me peleé con él… y Hinata-sensei me riñó –añadió avergonzada bajando la mirada.

La mandíbula de Sasuke se cuadró y su única mano se convirtió en un puño de hierro que descendió hasta la altura de su pierna. Sus ojos se oscurecieron, se endurecieron, y sintió una rabia que llevaba años sin sentir.

No.

Sarada seguía mirando al suelo como si estuviese esperando una reprimienda, una riña por algo que ella hubiese hecho mal. ¿Ella? ¿Qué iba a hacer mal una niña de 6 años? Él era el culpable, él.

Buscó la mirada de Sakura mientras dejaba que el enfado recorriese su cuerpo. Su mujer seguía allí, sentada a su lado. Ella también estaba enfadada. Lo veía en su cuerpo rígido, en su ceño fruncido, en sus ojos verdes relampagueantes, en sus manos que apretaban su vestido. Sakura le devolvió la mirada. Enfado. Ira. Calma. Resignación. Cansancio. Calma. Calma. Calma. Calma.

Calma.

Eso era lo que le pedían aquellos ojos verdes. Calma, Sasuke-kun. Calma.

Porque ambos sabían que algún día alguien le diría algo a la pequeña Uchiha. Ambos sabían que algún día la pequeña Sarada tendría que soportar conocer la verdad de sus antepasados. Ambos lo sabían.

-Sarada -. La llamó suavemente, convirtiendo su nombre en un pequeño silbido. Y, cuándo la pequeña levantó la cabeza, le golpeó suavemente la frente con dos dedos. Tac. -Te contaré un secreto, ¿de acuerdo? Pero antes, ve a por un abrigo, debemos ir a un lugar.

La pequeña, que parecía haber olvidado todo recuerdo del llanto, asintió con fuerza y echó a correr por el pasillo que conducía hasta su cuarto en busca de cualquier prenda de abrigo que le pudiera servir.

Por su parte, Sakura se levantó entre suspiros y se encaminó hacia una de las capas que colgaban del perchero. Una vez puesta, tomó una bufanda azul. Sasuke se levantó siguiendo sus pasos.

-Un paseo, ¿eh? –Comentó distraídamente la kunoichi mientras se giraba para encontrarse con los ojos azabaches de su esposo. Él no le respondió. El Uchiha parecía estar a kilómetros de ella, con la mirada perdida en algún punto de su turbulento pasado. Sakura posó su mano en su mejilla y consiguió devolverlo a la realidad.- Has hecho bien, Sasuke-kun.

Has hecho bien.

Sakura se lo decía, sus ojos verdes se lo decían.

Y él quería decirle tanto… ¿Qué le dirían a Sarada? Él mismo sólo contaba con un año más cuándo toda su vida cambió. ¿Y si a ella le pasaba lo mismo? ¿Qué debía decirle? ¿La verdad? ¿Toda la verdad?

No lo entenderá. Ni él mismo llegaba a entenderlo todo. Mentiras, traiciones, engaños, pactos… Su clan era un amasijo de guerra y sangre, ¿cómo se lo explicaría? ¿Cómo le contaría lo que él mismo había hecho?

-Sakura… -Ella seguía allí, mirándolo. Ella siempre estaba allí. Alzó su mano hacia su mejilla, la acarició levemente para después seguir el recorrido hasta su nuca. Presionó ligeramente, lo suficiente para que Sakura acercara su cabeza y chocara su frente con la suya. Sasuke cerró los ojos.- Ayúdame.

Él nunca, jamás, había pedido ayuda.

Sakura elevó la mirada y se separó ligeramente, haciendo que su nariz rozara la de su esposo. Sasuke abrió los ojos.

Verde. El color de Sakura no era el rosa de su cabello, era el verde esmeralda de sus ojos.

-Siempre.


La lluvia y los truenos caían con fuerza en la Aldea Oculta entre las Hojas. Sasuke alzó la vista al tiempo en el que un rayo rasgaba en dos el cielo.

A pesar de que Pain convirtiese la Hoja en escombros y tierra, a pesar de no haber allí ninguna edificación que señalase la localización, para Sasuke había sido tan fácil hallar el desaparecido el Barrio Uchiha como sostener su katana.

Hacía años, muchos años, allí había habido vida. Había tiendas, comercios, viviendas, familias, niños, ancianos. El clan Uchiha estaba vivo. Ahora, frente a él, sólo veía polvo y rocas, un amplio terreno que probablemente sería utilizado para ampliar los límites de la Hoja. Ahora, aquel lugar en el que había pasado parte de su vida, no era más que un recuerdo agridulce en su memoria. Su casa, la casa de sus tíos, la panadería, el cuartel de la policía de Konoha… Polvo y recuerdos, todo era polvo y recuerdos.

Sin embargo, había un lugar que seguía aún muy vivo.

Una mañana, siendo él aún uno niño, Itachi Uchiha le había cargado en su espalda y le había llevado hasta las puertas torii del gran Santuario Nakano. Lo que para el resto de ciudadanos de la Hoja no era más que otro símbolo de fuerza del poderoso clan, para los Uchiha allí había un secreto enterrado bajo el séptimo tatami a la derecha.

Séptimo tatami a la derecha…

Itachi parecía estar allí, a su lado, susurrándole las indicaciones para descubrir el pequeño pasadizo que desembocaba en la gran sala subterránea. La primera vez que había bajado por aquellas escaleras era poco más que un niño asustado tras la masacre de su clan. Ni siquiera había activado su Sharingan para leer las inscripciones talladas en la gran roca. Por aquel entonces, Sasuke no sabía nada, absolutamente nada. Solo le habían contado mentiras, falsedades, cuentos.

Mentiras.

-Itachi era un traidor. Mentira.

-Itachi le odiaba. Mentira.

-Su clan estaba maldito. Bueno, quizás esa fuese verdad.

-Obtendrás el máximo poder del Sharingan acabando con tu mejor amigo. Mentira.

¿Qué había de verdad en su vida?

Mentiras…

Sasuke giró levemente la cabeza para poder ver a su hija, rezagada al lado de Sakura. Ellas eran su única verdad. Kakashi, Naruto y Sakura, ellos habían sido su verdad en su pequeño mundo de mentiras.

Mentiras…

¿Qué le diría a la pequeña Sarada?

Sasuke volvió su rostro al frente y dejó que su Rinnegan localizase el punto exacto para bajar a la sala oculta del desaparecido santuario. Uno, dos, tres pasos al norte le separaban del único recuerdo material que tenía.

-Kuchiyose no Jutsu.

Tres serpientes blancas movieron la tierra que ocultaba el pasadizo.

Sasuke descendió primero. Prendió con uno de sus jutsus las antorchas que se disponían a lo largo del pasillo y todas ellas iluminaron la vieja estancia. La sala se conservaba aún mejor de lo que había esperado. Las paredes seguían intactas y aunque el techo se había derrumbado ligeramente en una de las esquinas, parecía seguir siendo segura.

Y allí, al fondo, los restos de la destruída tabla de Hagoromo Ōtsutsuki aguardaban a los pies de un retrato colgado en la pared. Una foto de su familia. Mikoto. Fugaku. Itachi. Él.


Sarada se agarró del vestido de su madre en un gesto infantil. Sakura, quien iba a emprender el descenso, le sonrió dulcemente y le ofreció su mano. Poco a poco, ambas bajaron juntas a los últimos vestigios del Clan Uchiha.

Tap. Tap. Tap. Tap.

El sonido de las botas de agua de Sarada golpeando los malgastados escalones llenó el silencio de la habitación.

Sasuke tomó en su mano el marco de la pared y, dándole un último vistazo, se acercó con él hacia las recién llegadas.

-Sarada… -Sasuke se agachó ante ella y le cedió la fotografía.

La niña la miró con ojos curiosos, como quien busca las diferencias entre dos imágenes idénticas. Hasta que se dio cuenta de algo.

-¡¿Este eres tú, papá?!

-Hmp.

-¡Shanaroo! Era guapo, ¿verdad mamá?

La pequeña se volvió con la fotografía hacia su madre, quien mantenía una pequeña risa en su boca.

-Sí, linda, papá siempre ha sido muy guapo –Corroboró ella mirando a su marido con una sonrisa traviesa.

-Hmp.

-Ella se parece a ti. –Comentó Sarada señalando a la única mujer de la fotografía.

-Sí… -Sasuke posó una pierna en el suelo y sentó a su hija en la otra para que ambos pudiese ver la imagen juntos.

Sakura dejó ver una sonrisa dulce y se unió a la estampa, sentándose en el suelo al lado de su esposo.

-¿Sabes quien es? –Preguntó suavemente.

Su hija negó con la cabeza.

-Mikoto Uchiha. –Habían pasado décadas desde la última vez que Sasuke había pronunciado el nombre de su madre y, aún así, aquel nombre quemaba en su garganta. El recuerdo de una mujer hermosa, de ojos profundos pero dulces y larga caballera azabache, inundó su mente. Cuando su madre le preparaba la comida para la escuela, cuando le curaba las heridas después de un duro entrenamiento, cuando mediaba entre él y su padre…

-Es muy linda.

-Hmp. Como tú.

Una sonrisa iluminó la cara de su hija y el rubor se instaló en sus mejillas. Sarada posó sus ojos en otra de las figuras, la de un hombre serio, fuerte, severo. Le señaló.

-Fugaku Uchiha. Mi padre. –No tanto tiempo había pasado desde la última vez que su padre había acudido a su mente. Ahora Sasuke Uchiha era capaz de entender que se sentía siendo padre, que era que tu corazón se inflara de orgullo a ver a tu hijo y que significaba tener buena compañía durante el viaje de tu vida. Sasuke miró de reojo a su esposa por encima de la cabeza de Sarada.

-Y, ¿Mikoto era tu mamá?

-Hmp -. Solo quedaba una persona en aquella fotografía-. Itachi Uchiha. Mi hermano.

Itachi. Muchas veces, la mente de Sasuke quedaba en blanco cuando pensaba en su hermano. La última imagen que tenía de él, sonriente, a punto de desaparecer, disculpándose una vez más y prometiéndole que siempre le querría, se solapaba con la imagen que siempre había tenido de él, la de un criminal. Sasuke sabía la verdad, sin embargo, haber convivido tantas veces con una mentira le jugaba malas pasadas. Había tenido sentimientos tan contrarios por su hermano, que había veces que había sentido que era imposible juntar toda la información. Sai lo había llamado "Mal del pintor". Según le escuchó decir, algunos grandes artistas tenían tantas ideas en su mente que les era imposible seleccionar una y plasmarla en el papel, por lo que sufrían grandes periodos de sequía a pesar de que su mente estuviera a pleno rendimiento.

-Y… ¿Dónde están?

La pregunta de Sarada le devolvió a la realidad. Apartó la mirada de la imagen de Itachi y la miró a los ojos.

-Ya no están, Sarada. Se fueron cuando era pequeño.

Sarada le devolvía la mirada a su padre. Muchas veces, la pequeña intentaba aguantarle la mirada e intentar comprender por que su mamá decía que le encantaban aquellos ojos tan oscuros que ambos tenían. Ella decía que, si los mirabas bien, podías verlos brillar, como una noche con estrellas. Y Sarada siempre lo había intentado con su padre. Había intentado ver las estrellas en un campo oscuro.

-¿Y eso te pone triste? –preguntó ella escrutándolo con la mirada.

Sasuke observó aquellos ojos tan parecidos y a la vez tan distintos a los suyos. Sarada los había heredado de él: oscuros, con un destello de suspicacia y de inteligencia a pesar de ser tan pequeña.

-No –susurró-. Os tengo a mamá y a ti. Sois mi familia. Pero… me puso triste durante muchos años y me llevó a hacer muchas cosas mal. Naruto y mamá me salvaron. Y ahora tú. No tengo más tristeza, no tengo más remordimientos, y no quiero que tú los tengas. No me gusta lo que te han dicho en la escuela, pero no puedo impedir que lo vuelvas a escuchar. Y no quiero volver a verte triste por eso. Escúchame bien, Sarada, porque no lo volveré a repetir: tú papá ya no está triste y ahora cuida la aldea.

Sarada se lanzó a su cuello, donde fue recibida por el brazo de su padre, que la abrazó fuertemente y se levantó mientras ella seguía abrazada. En esa posición podía ver como el retrato familiar de su infancia le devolvía la mirada.

Esa sería la historia que Sarada conocería, de momento. Hasta aquí. Su madre, su padre, Itachi… Los recuerdos que él tenía de niño serían los que dibujaría para Sarada y, cuando llegara el momento, el resto de la historia le sería revelada. Sin mentiras. Sin prisas. Él se aseguraría de eso.

Sin embargo, una nueva idea se dejó entrever en su mente. ¿Se enfadaría Sarada con él, por no haberle contado toda la verdad? ¿Se sentiría… engañada?

Sasuke frunció el ceño tan sumido en sus pensamientos que el pequeño contacto que hizo el cuerpo de Sakura con su costado le despertó como si de un pinchazo se tratase. Sakura se había levantado a su vez.

Sus miradas se cruzaron, como tantas otras veces. Negro y verde. A veces, Sasuke deseaba que Sarada hubiese heredado aquellos magníficos ojos jade.

Sakura.

Sakura Uchiha.

Ella era la respuesta.

Sarada podía haber heredado el fuerte carácter de su clan, pero era la mitad de Sakura la que compensaría todo lo malo. Como había hecho con él.


C'est fini.

Vale, ha sido difícil. Siempre que pienso que voy a ser rápida en subir un capítulo nuevo porque tengo la idea casi, casi hecha, zas! Tardo mogollón. Mis disculpas.

Dado que el anterior capítulo fue uno de mis favoritos, no se que pensareis de este jejejeje.

Y, que decir, muchas gracias de nuevo a todos y a todas, en serio. Ah! Y tengo en cuenta las ideas que me habéis dado, lo que pasa que necesito tiempo para llevarlas a cabo.

¡Un beso enorme y nos leemos!