Solo Tobi y Dei haciendo arte juntos, yay. Dirty lemon.


Una extraña manera de querer

Obito Uchiha, alias Tobi, no podía dejar de pensar en Deidara.

Ni un-maldito-segundo.

Nunca se había obsesionado con alguien, se había estado concentrando en dejar de estarlo, pero no estaba funcionando.

Más bien hacía el asunto más grave aún.

Parecía como si los pensamientos sucios sobre él hubieran llenado el espacio en su interior donde antes no había nada más que odio, mientras que en su subconsciente, sueños eróticos con él como protagonista habían reemplazado lo que antes eran pesadillas.

Era consciente de que no era una forma muy saludable de querer a alguien, pero quizá era demasiado tarde para su mente dañada el hacerlo. A parte, el artista no era la persona más idónea por la que sentir algo. Pero ese no era el punto; el punto era que había ocurrido e intentar parar aquellos impulsos que lo dominaban casi con violencia era una acción que se encontraba completamente fuera de su poder y su fuerza de voluntad. Le gustaba consolarse pensando que una cosa concordaba con la otra. Sus sentimientos intensos y obsesivos con la forma de ser de Deidara explosiva y voluble.

Se sentía ligeramente depravado cuando lo espiaba en secreto. Lo hacía mientras dormía, para memorizar sus gestos y expresiones inconscientes, y cuando trabajaba en su taller, cuando creía que nadie lo observaba, para estudiar su comportamiento. No estaba bien, pero analizando su situación, pocas cosas de las que había hecho en los últimos años lo estaban. ¿Qué más daba otra más a la lista, especialmente una tan gratificante como aquella?

Mirando a través del agujero de la cerradura, podía ver a Deidara trabajar en lo que posiblemente sería un nuevo diseño para su colección de figuras de su técnica C1. Su taller siempre olía a aquel aroma terroso, cáustico y ligeramente sulfúrico de la arcilla explosiva, que le recordaba un poco también al olor de la pimienta. Había aprendido a asociarlo a él. Lo volvía loco. Cada vez que lo tenía bajo él en el futón, sus cuerpos conectados de la manera más íntima de todas, y aquel olor se mezclaba con el del sudor y las feromonas, sentía como si aquella necesidad de él no se fuera a saciar nunca, sin importar lo que hiciese.

De pronto, Deidara frunció el ceño y estrujó en su puño lo que fuera que estuviera haciendo, notó que la consistencia de la arcilla era diferente a la de siempre. Estaba algo más líquida, como si se hubiera derretido un poco. El material blanco escapaba de entre sus dedos, algunas gotas del mismo resbalando por su muñeca y su brazo. Por unos instantes casi apartó la mirada de aquella visión sobrecogedora. Quizá estaba perdiendo la cabeza, pero veía connotaciones eróticas en todo lo que hacía. Especialmente eso. La arcilla dejó de ser arcilla en su cabeza para pasar a ser otra cosa, su imaginación desbocándose ante las ideas sobre lo que podía hacerle en ese momento.

—Maldito... ¿Por qué me haces esto? —masculló, un cosquilleo caluroso recorriendo su cuerpo.

Su suéter negro comenzaba a incomodarle, haciéndole sentir ligeramente sofocado. Sólo él podía conseguir que sus hormonas se revolucionasen así, y sólo había tenido que estrujar un poco de arcilla entre sus manos. Una de las gotas blancas ya estaba llegando a su codo, Deidara observaba el estropicio fijamente, molesto.

—Tendré que dejarla secar un poco más, estúpida lluvia... —dijo para sí.

Luego se agachó para agarrar un pesado cajón de plástico lleno de arcilla en la mesa, tras lo cual fue a limpiarse en el lavabo. Llevaba puesta la camiseta de tirantes de red bajo la azul, de manga corta y minúscula, que dejaba al descubierto desde poco más arriba de la cintura hasta el elástico de los pantalones. Mientras se lavaba el brazo, Tobi tuvo una buena visión de su trasero. Ese que tantas veces había acariciado, apretado, mordido y lamido. Ese en el que tantas veces había estado y del que no parecía poder tener suficiente.

Se dio la vuelta de nuevo, secándose con una toalla y tirándola despreocupadamente sobre la mesa de trabajo antes de tomar una botella de agua y comenzar a beber. Aquello se estaba pasando ya de ridículo. Él era ridículo. Sólo estaba bebiendo... Sólo eso... Sus labios pegados a la botella, ojos cerrados, un hilillo de agua escapando por la comisura de su boca, goteando hasta su camiseta... E imaginó, otra vez, que la botella era otra cosa. Quiso evitarlo, después de todo, sólo había querido espiarlo un poco. Pero no contó con que la sensualidad de Deidara convertiría un gesto cotidiano en algo obsceno en su cabeza. Abajo, metido en su ropa interior, algo despertó.

—Traidor... —susurró, bajando la vista hacia el bulto que estaba comenzando a notarse.

Ni su propio cuerpo le guardaba lealtad, ya.

Y lo peor era, que Deidara estaba ahí tan tranquilo, ajeno a todo, mientras él sufría afuera no pudiendo ni controlar sus propias reacciones. Deidara prosiguiendo sus tareas como si nada cuando él ya no iba a poder ni caminar bien con la bandera izada.

El artista estaba ahora abanicándose con un pedazo de cartón, apoyado en la mesa, mechones de su cabello agitándose levemente con el aire levantado, trayéndole recuerdos...

No estaba controlando sus acciones completamente cuando empujó la puerta bruscamente, dando un ruidoso portazo, Deidara dejó escapar un grito de sorpresa.

—¿¡Cómo te atreves a entrar aquí así, hm!?

Caminó hacia él a paso ligero, empujándolo hasta la pared donde lo aprisionó, pasando un pulgar enguantado por la tersa piel de sus mejillas.

—¿¡A esto vienes!? ¿¡Es que no puedes esperar a que termine por hoy!? —dijo, dándole un empujón que sólo hizo que Tobi se pegase más aún a él, echando las caderas hacia delante para que notase lo que le había provocado.

—No.

Ser desafiado así le dio a su mirada un brillo peligroso. Usó su mano izquierda para morder su costado a la vez que lo volvía a empujar, castigo que Obito aguantó estoicamente, no moviéndose ni un ápice de donde estaba. Viendo que su plan resultó infructífero, Deidara bajó la mano hasta su entrepierna, su boca en ella abierta de par en par, los dientes de la misma presionando, suave y peligrosamente su erección.

—Voy a hacerlo... —susurró, mirándolo con suficiencia, como quien está a punto de ganar una partida de poker.

—Yo me lo pensaría un poco —contestó, su voz varios tonos más grave que la perteneciente a Tobi, a la vez que activaba su mangekyo para hacer intangible la parte inferior de su cuerpo.

Los dientes se cerraron en el aire, desconcertando al artista, el cual odiaba profundamente cuando él hacía uso de dicha técnica. Obito aprovechó dicho desconcierto para sujetar sus muñecas sobre su cabeza con una mano, para no darle la oportunidad de que volviera a morderlo.

—Te dije que no usaras tus malditas técnicas de Uchiha inmundo conmigo si aprecias tu vida, Tobi —masculló, conteniendo su rabia—. No me provoques. No me cabrees más de lo que est-

—Hablas demasiado —lo cortó, metiendo su mano libre bajo la camiseta para pellizcar y retorcer un pezón, de la manera en que sabía que lo volvía loco. Le apetecía lamerlo, y saborearlo, succionarlo hasta dejarlo morado, pero para eso tendría que quitarse la máscara, y tenía ambas manos ocupadas...

—Nggh... —Deidara intentó reprimir aquel gemido, pero no lo consiguió, sus brazos se rebelaron inutilmente contra su agarre.

Y tuvo la certeza que ya lo había hecho cambiar de opinión. Hacerse de rogar con agresividad era parte del juego que ambos ya conocían. Una forma de avivar más el deseo que sentían por el otro.

—Suenas tan sensual, senpai —susurró, aproximando su cara oculta a su rostro.

—Tienes valor. Venir aquí a mi taller a disponer, um —dijo desafiante.

—Pero tú me perteneces, y voy a venir aquí siempre que yo quiera, no importa lo que estés haciendo, te tendré cuando me plazca. Artista mío...

Dejó de pellizcarlo para quitarse la máscara y tirarla al suelo, luego subió la camiseta hasta dejar su pecho descubierto. Se detuvo un instante para admirar su cuerpo, esbelto pero tonificado, antes de bajar la cabeza y tomar entre sus labios el pezón cubierto por el tatuaje que sellaba su técnica más mortífera. La sensible piel de la areola reaccionó al contacto con su lengua endureciéndose mientras su dueño seguía empeñado en reprimir sus jadeos, cada vez con más dificultad. Su mano libre se dirigió hacia el pezón desatendido, trazando círculos con gentileza, confiándolo para pillarlo por sorpresa cuando decidió pellizcar en un lado y morder en el otro, sólo para volver al tratamiento anterior, suave y delicado.

Miró hacia arriba, sólo para ver a Deidara con los ojos cerrados y el rostro enrojecido, concentrado en recuperar la compostura perdida. Su miembro daba espasmos con cada uno de sus jadeos, de la enorme y creciente necesidad que sentía de él.

—Sé que te gusta —dijo para molestarlo.

—¡Cállate, um!

Bajó lentamente su mano, recorriendo su abdomen, más allá del elástico del pantalón hasta colocarla entre sus piernas, para hallar erección que sabía se escondía ahí.

—¿Cómo explicas esto entonces? —preguntó, recorriendo la longitud con un dedo.

—¡C-callate!

Pero aún teniéndolo contra las cuerdas, Obito no se sentía al cien por cien en control. Porque sabía que un solo parpadeo de aquel artista ridículamente sensual era suficente para que comenzase a preocuparse por su salud cardiaca. Y Deidara también lo sabía bien, demasiado bien... Porque en un instante había cambiado de estrategia, de la rebeldía casi agresiva a esforzarse en gemir lo más obscenamente posible a las caricias recibidas en su zona más íntima, mirándolo a los ojos, humedeciéndose los labios.

—Quitemos esto. Me molesta —dijo al sacarle la camiseta.

Liberó sus manos, para poder comenzar a desnudarlo, estaba seguro que ya no se rebelaría, pero no podría asegurarlo. Deidara era impredecible. La hubiera roto, pero le ponía demasiado para su propio bien verlo con ella puesta, nunca se cansaba de observar lo que se insinuaba tras aquella red. Su suéter negro sin embargo, le daba igual, era fácilmente reemplazable. Tras deshacerse de sus guantes, lo arrancó de un tirón sin quitarse la túnica de Akatsuki. Luego agarró a su artista de las nalgas y lo levantó en peso.

—¿¡Qué haces!?

—Quiero hacértelo en la mesa de trabajo donde creas tu arte, senpai —explicó Obito con calma.

Pero no había espacio, todo estaba lleno de pequeñas herramientas, papeles con bocetos y restos de arcilla. Usando su brazo, empujó todo lo que encontró a su paso para hacer sitio.

—¡Eh, ten mas respeto por mis cosas! ¿¡Cómo te atreves a tratarlas así, um!? —gritó, a la vez que lo colocaba sobre los bocetos de papel, que se habían quedado pegados a la mesa.

Él lo ignoró, demasiado ocupado en besar su recién descubierto abdomen, tan perdido en su tacto y su olor enloquecedor que no vio que Deidara había metido la mano en el cajón de la arcilla hasta que dicha mano no se deslizó por su pecho, tiñéndolo de un manchurrón blanco.

—Si te sigues portando mal, te explotaré —susurró, con una sonrisa malvada en su rostro.

Obito no pudo evitar sonreirle de vuelta, orgulloso por conservar la ventaja a pesar de sus esfuerzos. Alcanzó el cajón de plástico y agarró un poco de arcilla de consistencia semi líquida. Al ver lo que iba a ocurrir, Deidara se retorció intentando soltarse, pero él lo tenía bien sujeto. Dejó una marca con la forma de su mano desde su cuello hasta su ombligo.

—Explotemos juntos, entonces —susurró con voz grave, dejando caer la túnica al suelo y apoyando las rodillas en la mesa para subirse a ella.

Deidara se echó hacia atrás, dando otro empujón a las cosas para hacer espacio, menos preocupado por ellas que antes, con el único pensamiento en la mente de darle pelea a su insolente discípulo que estaba gateando sobre él en esos momentos para chocar sus labios contra los suyos, demandándole un beso apasionado y salvaje, mientras las manos de ambos recorrían el cuerpo del otro, dejando huellas blancas impresas en sus caras, en sus brazos y hasta en el pelo. Obito no quería terminar demasiado sucio. Le gustaba lamer al artista de arriba a abajo, perderse en su sabor y en su olor al que era adicto, pero con el cuerpo cubierto de arcilla explosiva, esa idea quedaba definitivamente descartada. Sin embargo, era variación le estaba gustando. El tacto de él cobrando protagonismo, el roce de sus manos y su piel perfecta, suave y cálida mientras se revolcaban en la amplia mesa de trabajo, llenos de arcilla que delataba los sitios por los que ya habían tocado, cada caricia avivando el fuego más y más.

Algo cayó al suelo, rompiéndose, pero a ninguno de los dos le importó. Obito se impuso de nuevo, colocándose sobre él y entrelazando los dedos de ambas manos con los suyos. Se miraron, su senpai tenía marcas blancas en una mejilla y otra pequeña mancha en la punta de la nariz.

—Deberías verte —susurró al artista, que contestó con una carcajada.

—Tú sí que deberías verte —replicó, arqueándose hacia arriba para frotar su erección contra la de él—. Estás haciendo un desastre aquí, así que más te vale compensarme bien, um.

En respuesta, Obito frotó su erección contra la de él aún con más energía, haciéndolo gemir. Era lo único que podía hacer sin terminar aún más sucio. Aunque no era como si le importase tanto, a esas alturas.

—Voy a compensarte tan bien —dijo, quitándose los pantalones y ropa interior a la vez—... tan, tan, tan bien... que vas a ponerte duro cada vez que estés aquí trabajando y te acuerdes de lo que te hice.

Tras ocuparse de sus prendas, hizo lo mismo con las de Deidara, quien colaboró con él en lugar de hacerle las cosas más difíciles.

—Y yo espero que no sea todo palabrería —contestó, una vez desnudo.

Se irguió frente a él, separando sus piernas mientras se tomaba unos segundos para mirarlo de arriba a abajo, con una sonrisa. Quería recordar aquella visión por siempre, su senpai sobre la mesa de trabajo, su cuerpo marcado, su mirada expectante, exigiéndole más. ¿Era así como se sentía él a hacer una obra de arte?

—¿Quieres esto, senpai? ¿Lo quieres en tu culito? —susurró, acariciando su propio miembro que ya lubricaba en anticipación, tentándolo.

Deidara cambió de postura, lamiendo su mano derecha con ayuda de la izquierda hasta que estuvo limpia de restos de arcilla. Después se irguió hasta quedar a su altura, ambos de rodillas.

—Si me hubieras avisado que ibas a entrar aquí como si tal cosa con ganas de ponerme sobre la mesa me habría preparado. Esto es tu culpa, por salido, hm.

Mientras hablaba, rodeó su cuerpo con un brazo, pegándose mucho a él, su mano derecha fue hasta su miembro, cerrándose alrededor de la punta, su lengua enroscada en ella, lamiendo con insistencia el frenillo. Sintió que sus fuerzas le fallaban, arrastradas por un cosquilleo de placer húmedo y cálido, debatiéndose entre dejarlo hacer y cumplir su afirmación anterior. Pero si tenía algo en mente, toda su fuerza de voluntad lo abandonó de golpe cuando el artista se puso a cuatro patas para tomar la punta de su miembro entre sus labios humedecidos.

—Dei... mmmmmh... dara-senpai.

Luchó contra la necesidad de jadear, sin conseguirlo. Se sentía demasiado bien tener su miembro en el interior de su boca, que parecía estar al rojo vivo. Sus párpados cayeron del puro placer que le proporcionaba el suave roce de su lengua alternado con la sensación de succión. Se obligó a sí mismo a abrirlos de nuevo, sólo para ver cómo toda la longitud de su erección iba desapareciendo, adentrándose en su boca, chocando con el cielo de la misma sólo para seguir adelante hacia su garganta. ¿Cómo era posible que pudiera hacer eso sin atragantarse? No lo sabía. Lo único que tenía claro es que era superior a sus fuerzas.

Cada movimiento de vaivén, era un golpe directo a sus planes de hacerlo suyo ahí mismo en aquella mesa, hasta que al final, mientras su mano se perdía en las hebras doradas de su cabello, mirando como Deidara estaba ahora acariciando con su mano de la mitad hacia la base y estimulando con su lengua y labios la otra mitad, pensó que no le importaría acabar ahí. Descargar en el interior de su boca, verlo tragar hasta la última gota...

Maldijo, entre jadeos. El artista aminoró la marcha un momento para esbozar una leve sonrisa de suficiencia. Ya podía sentir su estómago contraerse de la placentera presión que crecía y crecía.

Tuvo que reunir todas sus fuerzas para darle la vuelta a la situación y poder hacer a su senpai disfrutar como nunca en su propio taller. Mientras su respiración se calmaba y las sensaciones casi desbordantes que aún sentía en su estómago remitían, lo obligó a erguirse y giró su cuerpo para dejarlo de espaldas a él. De un empujón en la parte superior de la espalda, lo puso de nuevo a cuatro patas, su apetitoso culito expuesto ahora, sólo para él. La más grande obra de arte que esa mesa había visto, eso pensó. Estrujó ambas nalgas con las manos, imaginándose que él era ahora el artista, plasmando su creatividad en el lienzo, pequeños restos de arcilla seca pegándose a él, superpuestos a los senderos rojizos que la presión ejercida con sus dedos iba dejando a su paso.

Incapaz de aguantarlo más, se inclinó sobre él para apretar sus nalgas la una contra la otra y dejar varios besos en ellas antes de abrir bien la boca y tomar entre sus labios una porción de piel, rozándola con sus dientes sin llegar a morderla. Repitió la acción varias veces, imaginándose que estaba devorando aquel culito que tenía frente a él, el ligero matiz picante de la arcilla explosiva sólo conseguía incitarlo más.

—Sí... Me gusta eso, me gusta... Sigue haciéndolo...

Pero Obito no podía recrearse demasiado, sino, la lubricación en su miembro se secaría. No podía complacer a su amante en lo que le pedía, pero estaba seguro que lo que estaba a punto de hacerle le gustaría aún más. Concentró algo de saliva en su boca, a la vez que separaba de nuevo sus nalgas y escupía sobre su entrada, usando el pulgar para extenderlo mejor. Luego se inclinó aún más y lo rozó con su lengua.

—¡Ahh... Tobi! ¿¡Qué demonios... haces Uchiha desgraciado!? —gritó Deidara.

Pero a pesar de sus quejas, los gemidos que siguieron después le indicaban que todo estaba más que bien, mientras, él siguió lamiendo aquella entrada rosadita, a veces de arriba a abajo, a veces en círculos, cambiando de velocidad y escuchando sus reacciones, gemidos que eran casi gritos, mezclados con palabras malsonantes.

—¡Mmmhh... más! —se quejó cuando paró.

Escupió sobre su pulgar y lo introdujo en su entrada. Debía darse prisa. Su artista volvió a gritar ante la intrusión, cuando su dedo fue directo a rozar un punto sensible en su interior. Lo sintió arquearse, sus brazos casi fallando al sujetar su cuerpo. Para compensar por la brusquedad, recorrió sus nalgas con la lengua, besándolas, dando pequeños mordiscos. Volvió a sacar el dedo, tras moverlo en círculos por un rato, usando más saliva para meter juntos el índice y el corazón. Sus ganas por ver su miembro ser tragado entero por aquel trasero, del que parecía no poder saciarse, eran tan fuertes que comenzo a entrar y salir de él a una velocidad de vértigo, estrechando con torpeza, todo lo bien que la escasa cordura que le quedaba intacta le permitía. La fase del tercer dedo, duró demasiado poco, pero ya no podía más.

—Date la vuelta... Quiero verte mientras te lo hago —ordenó.

Para su sorpresa, Deidara obedeció sin rechistar. Se recostó en la mesa, apoyando sus tobillos en los hombros del otro para dejar al descubierto su culito, que esperaba recibirlo con ansias.

—De momento estás cumpliendo con lo que dijiste, um —dijo con descaro.

Sosteniendo su mirada, con una sonrisa desafiante, conectó al fin su miembro con su entrada.

—Voy a hacerte recordar este día por siempre... mmmhhh... —dijo, dando el primer empujón—... Vas a tener que tocarte urgentemente cada vez que estés aquí y venga a tu cabeza... aahh... s-senpai...

Obito casi perdió la cabeza del todo al sentir a Deidara contraerse a su alrededor, a la vez que echaba la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello manchado de arcilla a él. Salió de su interior, para volver a embestirlo con fuerza, de un solo golpe que los hizo gemir a ambos.

—Mira lo que me haces —susurró Obito, terminando de abrirse paso, la gentileza ya olvidada a pesar de sus intentos, como tantas otras veces—... Mira lo loco que me vuelves...

¿Cómo sucedió? Se preguntaba a veces, sintiendo algo de vértigo por verse envuelto en algo que jamás pensó que haría. Al principio, sólo al principio, también se preguntaba cómo lo permitió. Aunque para esa pregunta no tenía respuesta. Ya había dejado de hacérsela, y había al fin admitido que se alegraba de haberlo permitido.

Aquella penetración inicial se transformó tan sutilmente en otra cosa, que no registró que estaba ya en mitad del acto hasta que no fue consciente del ritmo frenético al que se movían sus caderas.

—¡T-tobi...! ¡Mmmh, Tobi, como pares te haré explotar... hm! —gritó mientras sus dedos se tensaban sobre la superficie de la mesa, cada embestida sacudiendo su cuerpo al ritmo del sonido de sus gemidos, de piel chocando contra piel.

Agarró sus nalgas con fuerza, incitado por sus palabras.

—No pararé... No quiero parar... Mmmh... Nunca...

Nunca...

Necesitaba aquello, lo necesitaba a él...

Fue Deidara quien comenzó a hacer avances e insinuarse. Y ahora había creado un monstruo.

—Eres perfecto —agregó, muy bajito, porque su senpai no creía en aquella palabra, pero necesitaba decirlo, porque en ese instante no se le ocurría otra palabra para definirlo más que esa—... Deidara-senpai...

Una oleada de placer que no pudo controlar lo obligó a cerrar sus ojos, haciendo temblar su cuerpo, oyó su propia voz gemir, ronca por llevar un rato haciéndolo sin descanso. Su placer se intensificó cuando pudo sentir cómo Deidara acababa también, justo mientras él eyaculaba en su interior y sus uñas se clavaron aún más en la piel de su culito. Poco a poco, sus gemidos se transformaron de nuevo en jadeos, y se miraron, agotados, exhaustos, sucios de pies a cabeza. Deidara le guiñó un ojo y él sonrió, sabiendo en ese instante que el sentimiento de saciedad no le duraría mucho.

Se recostó junto a él, atrayéndolo hacia su cuerpo y haciendo que rodase los ojos.

—¿En serio, Tobi? ¿Aquí en la mesa?

Bien sabía ya que después del sexo sucio y salvaje, a Obito le apetecía ponerse mimoso sin importarle dónde estuvieran. Y si la comodidad del lugar no estaba a gusto del artista, él debía remediarlo.

—Entonces, ponte sobre mí —contestó.

Y sin esperar a su respuesta, lo atrajo a él para hacerlo apoyar la cabeza en su pecho, su cuerpo bien pegado al suyo, una mano rodeando sus hombros y la otra acariciando su espalda con lentitud, arriba y abajo. En momentos así, jamás protestaba a sus caprichos, ya había aprendido que le costaba un rato recuperar la agilidad mental después de hacer katsu.

Siempre fantaseó con esa localización, y hoy por fin se había cumplido, en ese taller por el que tantos otros artistas habían pasado. En un extremo, aún estaba la estantería, llena de pergaminos con garabatos tan sólo comprensibles para la mente de un científico. Llevaban ahí desde que Orochimaru dejó la organización, artista de la genética humana, incomprendido, pero conocedor de cosas tan sorprendentes como macabras. Criando polvo en otra esquina había cajas y cajas apiladas llenas de brazos y piernas de madera, pelucas formadas mechón a mechón, contenedores de plástico llenos de globos oculares de todos los colores, todo lo cual había pertenecido a Sasori. Todo eso era suyo ahora, incluído el rubio sobre él. Obito no era un artista, aunque ese día se sentía como uno. Pensaba darle un buen uso a ese taller en lo sucesivo.

—Tobi quiere ser un buen chico... Pero su senpai no lo deja —dijo para hacer reaccionar a Deidara, que llevaba un rato sin decir nada.

Pasaron unos segundos hasta que él respondió, adormilado.

—Quizá porque tu senpai no quiere que lo seas, um.

Y lo estrechó mas fuerte contra él, sonriendo, mientras se preguntaba por enésima vez qué era y de dónde había salido esa extraña manera de quererlo. Mientras sopesaba a dónde aquellos sentimientos fuertes como un huracán iban a arrastrarlos a ambos, sabiendo muy bien que lo iba a poner como prioridad, a él, costara lo que le costara, y lo más alarmante, sin remordimientos. Porque ya no concebía vivir sin él. Sin su artista, su amante. Su obsesión.


Holis.

Vengo un día más tarde de lo que calculé. Pero aquí vengo. Espero que no esperasen nada demasiado profundo, aquí lo único profundo es Tobi adentrándose 19 centímetros en el culito uke que se respeta de Dei a prueba de bombas. Ok no.

Lybra, viva Tobi y su poder stripper, es cierto que va tapado como una monja. Mi Tobidei peligra con tanta ropa encima. Pobre, pobre e inocente Dei indignándose porque Tobi ha besado a un Uchiha, ejem, tengo malas noticias para ti, Deidara. Menos mal que Tobi le dijo que lo de Itachi era broma, pero por si acaso, mejor ir a enseñarle quién manda a ese Uchiha sucio, revolcándose en su futón con Tobi mientras está en una misión (teoría de Ale, eso tengo que escribirlo, sí o sí). Mejor dejémoslo en la ignorancia porque sino capaz explota. Aunque ya se ha visto que le pone que un Uchiha lo ponga mirando para la pared. :P Bueno, ya Dei ha comprobado que Tobi no es un ser asexual cuyo único amor es el dango, es más le quiere echar el lazo ahí mismo. Aunque solo sea por si lo ha dejado embarazado con el beso y quiere responsabilizarse (Dei lo explota mil veces si le dice eso). Espero que Pein-sama esté complacido por esta nueva entrega. Quise dejar lo que pasa después de la pregunta así un poco abierto para que cada uno se imagine lo que quiera. xD Si lo hubiera escrito, habría sido algo como que Dei no le contesta y lo ignora, y sigue andando a pesar de los esfuerzos de Tobi por sacarle conversación, y así de repente y sin previo aviso le saca la máscara y lo besa otra vez (pero sigue cabreado y sin hablarle).

Mochi, son tann celosos los dos. Tobi les dijo a las chicas "DEIDARA-SENPAI ES DE TOBI" así con el sharingan activado para dar más miedo. Seguro ellas no entendieron demasiado lo que quería decir. Pobres. Y ellas que solo querían alegrarse la vista. Sí, mi usuario es Tracy y ya vi tu carpeta, está bien suculenta *-* algunas no las conocía. ¡Gracias por compartir! Dei y Hidan best friends, aunque bueno son ukes es normal que se lleven bien.

Ale, en efecto por muy uke que se sea, tres bocas son tres bocas, o sea. Me gusta eso de que Dei lo abrace al dormir para que no se le escape otra vez ni se vaya por ahí sin su permiso. Sehh, Dei es tauro, dicen que son pacientes y pacíficos jajaja, huehuehue, aunque me gustan esas otras facetas tauro suyas, que Tobi lo conquiste con sus habilidades culinarias. Sobre el del primer beso, Tobi ya es un poco menos virgencito que antes, colegiala recién besada por su senpai. ¿Qué mas quiere? Perdió un poco el control, pero creo que es normal, por dentro estaría como askdhdskfja, seguro que se fue a espiar a parejitas de enamorados con su kamui para aprender e impresionar a su senpai. Está loco, y me encanta. Dei teniendole que explicar a Tobi que un chico con un chico no hace bebés, y menos con un beso. Lloro. Not sure if, Obito es un bobo, o solo finge para interpretar a Tobi.

Rotten Panda, muchas gracias por tu review! Comencé ayer a escribir el siguiente de cambiemos, a ver cuando lo tengo listooo, tengo muchas ganas de escribirlo.

No sé de qué irá el siguiente, tengo un par escritos pero para más adelante. Ya hasta he perdido la cuenta de las partes del cuerpo que ya han besado. Esta se supone que era en el estómago. Y el significado dominación, lo cual creo que quedó claro.

¡Gracias por leer y hasta el siguiente!