Capítulo Tres.

Temari abrió los ojos poco a poco, pero solo podía ver una nube blanca. Sentía como si la hubiese atropellado un camión, pero... ah, qué sensación tan maravillosa. Tardó un momento en darse cuenta de que tenía la cara enterrada en la almohada y se incorporó con gesto impaciente para mirar alrededor. Estaba sola en la habitación, su ropa cuidadosamente doblada a los pies de la cama; un sutil recordatorio de que debía marcharse en cuanto despertase.

Temari arrugó la nariz. Shikamaru no se había quedado para decirle adiós y nada indicaba que había pasado la noche con ella porque su lado de la cama estaba frío. No quedaba ninguna señal de que hubieran pasado la noche revolviendo las lujosas sábanas. Suspirando, se cubrió con el embozo de la sábana y tuvo que sonreír al pensar que estaba siendo ridículamente pudorosa. Pero Shikamaru lo había dejado bien claro: no quería encuentros matutinos. Temari dejó escapar un suspiro, sintiendo un cosquilleo al recordar lo que había pasado por la noche. Sentía la tentación de darse una ducha porque su último intento había sido interrumpido por Shikamaru, pero él quería que se fuera por la mañana y ella no tenía intención de quedarse.

Eran las nueve, comprobó, mirando su reloj. Debería haberse marchado mucho antes, pero no había logrado dormir hasta el amanecer. Cuando se levantó de la cama todos sus músculos protestaron. En realidad, le dolían músculos que nunca se hubiera imaginado que existían. Después de vestirse, entró en el cuarto de baño para intentar hacer algo con su pelo. Llevaba maquillaje en el bolso, pero no iba a molestarse. No tenía que impresionar a nadie y el coche la dejaría en su apartamento.

Después de desenredarse un poco el pelo, se hizo un moño que sujetó con un prendedor y se puso las gafas de sol. Respirando profundamente, salió del dormitorio y se asomó a la escalera. No sabía si Shikamaru estaba en casa, pero lo último que deseaba era encontrárselo, de modo que bajó de puntillas... y cuando llegó al vestíbulo se encontró con un hombre alto y serio de entre cuarenta y sesenta años.

–Señorita Sabakuno, el coche está esperando.

–Ah, lo siento. ¿Lleva mucho tiempo esperando? –El hombre sonrió.

–No, en absoluto. Venga, la acompaño.

Temari dio un paso adelante... y se detuvo bruscamente al recordar que había olvidado su abrigo. Pero cuando se volvió, el hombre tenía el abrigo en la mano.

–¿Me permite?

–Gracias.

Shikamaru le había dicho que hacía tiempo que no tenía relaciones, pero tenía la impresión de que no era la primera mujer que pasaba por allí. El mayordomo, o lo que fuera, parecía tener los movimientos bien ensayados.

Cuando abrió la puerta se quedó sorprendida.

–¡Ha nevado! – Exclamo sorprendida al ver en manto blando que cubría la entrada de la casa.

–Desde luego que sí. Al menos diez centímetros según las noticias.

El hombre le ofreció su brazo y ella lo aceptó para bajar los escalones. Seguía llevando los zapatos de tacón que había llevado por la noche y, aunque eran muy sexys, no eran apropiados para la nieve. El mayordomo abrió la puerta del coche negro que la esperaba y se despidió con una sonrisa.

–Que tenga un buen viaje, señorita.

–Gracias –dijo ella.

El conductor arrancó y Temari se volvió para mirar la casa a la luz del día. Era una construcción grande, pero no daba miedo como había pensado por la noche. Se parecía a las demás mansiones de la zona. La propiedad estaba rodeada de altos muros y debía ser muy grande porque no veía ninguna otra casa. Sí, aparentemente Shikamaru vivía una vida de recluso. Y después de haber disfrutado de su pasión, se preguntó cuántas veces llevaría a una mujer a su guarida. Ese pensamiento la hizo reír. Pensaba en él como si fuera un monstruo cuando era todo lo contrario. Shikamaru Nara era pecaminosamente guapo y perfecto. Y hacía el amor de maravilla. Tanto que sufriría los efectos de esa noche durante una semana.

Temari miró la imponente casa por última vez cuando el coche tomó la carretera y luego, suspirando, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Shikamaru miraba el coche alejándose por el camino desde la ventana de su estudio mientras fumaba un cigarrillo, siguió mirando durante unos segundos incluso cuando el auto desapareció de su vista y el cigarrillo se había acabado.

Estaba inmóvil, y con las manos en los bolsillos del pantalón. Le molestaba no saber qué iba a hacer. Sentía el deseo de hacer algo, pero no sabía qué. Solo sabía que estar en su casa, solo, de repente le parecía insoportable. Era esa maldita mujer, pensó. Lo había pillado desprevenido. Tal vez había esperado alguien como Hinata: dulce, tímida, inocente y necesitada de protección. Tal vez se había acostado con Temari porque su ego masculino lo necesitaba. O tal vez había pensado que estaba haciéndole un favor, cuando en realidad había hecho lo que llevaba deseando hacer desde el día que la conoció. Cualquiera que fuera el impulso que lo llevara a compartir cama con esa mujer de enigmáticos ojos verdes por una noche ya no importaba, las cosas ya estaban hechas y no podía dar marcha atrás. Temari había puesto su mundo patas arriba. Sabakuno Temari era una mujer segura de sí misma, que no tenía miedo de tomar lo que quería y la noche anterior lo había querido a él. Su ego debería estar tranquilo, pero se sentía raro porque los papeles se habían cambiado. Era casi como si le hubiera dicho: «Estoy dispuesta a acostarme contigo, pero no quiero saber nada de ti». Temari había tomado el control y él había actuado como un adolescente enloquecido la noche anterior. Nada que ver con el hombre serio y controlado que le gustaba mostrar ante el mundo. Y eso le molestaba mucho.

Sacudiendo la cabeza, Shikamaru volvió al dormitorio y entró sin hacer ruido; lo cual era una estupidez porque la había visto salir de su casa. Pero la presencia de Temari seguía allí y podía oler su perfume... Miró entonces las sábanas arrugadas, una de ellas en el suelo. Deberían haber dormido en el cuarto de invitados, pensó entonces. Él no llevaba mujeres a su dormitorio. Nunca. Si hubiera pensado con la cabeza la noche anterior se habría quedado en el piso de abajo para no invadir la zona privada de su casa. Pero en lo único que podía pensar la noche anterior era en llevarla a su cama lo antes posible.

El deseo era un asco, una amante controladora y voluble de la que no se podía escapar. Pero tal vez después de haber hecho el amor con Temari durante horas no perdería la cabeza cada vez que la viese. El instinto le decía que eso no era verdad, pero tenía que creerlo. Entró en el baño y encontró tirado todo lo que había sobre la encimera para sentar allí a Temari y hacerle el amor de nuevo. Había al menos dos preservativos en el suelo. Suspirando, tomó un pañuelo de papel para recogerlos y tirarlos a la basura cuando se le aceleró el corazón. Se quedó inmóvil, incapaz de creer lo que estaba viendo... y luego masculló una serie de palabrotas, con el estómago encogido y la frente cubierta de sudor. Cerró los ojos, deseando que no fuera verdad, pero cuando volvió a abrirlos vio la prueba irrefutable en su mano. Uno de los preservativos estaba roto. Un escalofrió recorrió su espalda advirtiéndole del peligro que se avecinaba.