Y más limonada. Primera vez alternativa, y quise probar algo distinto, una prosa más lírica y más descriptiva de sensaciones. Es medio experimental así que agradecería sus impresiones.


Debilidad elemental

El aire huele a ozono y vegetación. Él lo odia. Siempre lo ha odiado. Lo crispa, lo enloquece, lo pone de los nervios.

Su sensibilidad a la energía estática hace que su cabello se erice un poco. Síntomas físicos que reflejan los emocionales demasiado bien. Van a tener que dejar la práctica por hoy. Con su ánimo tan plomizo y gris imitando a las nubes bajas que cubren el cielo, los ingredientes para la discordia están a punto.

Gris. Qué odioso color. Neutro y decadente. Pero él sabe como darle variedad cromática al mundo.

Lanza el pequeño insecto blanco contra la pared, está tan enojado que involuntariamente sus manos cargan la figura con chakra de más, algo que siempre le pasa cuando no puede controlar sus emociones. Le gusta la forma en que incluso sin proponerlo, su arte expresa su estado de ánimo. Pero la explosión no es como siempre. No lo llena. No tiene lustre ni energía. Ni violencia, lo más importante. Y todo es por culpa de la energía estática que satura el aire, afectando a su debilidad elemental. Se siente hasta algo mareado y con el estómago revuelto, debido al rechazo de dicha fuerza maldita por su sistema de chakra.

Está vulnerable, y el retumbar del trueno se encarga de recordárselo. No quiere que Tobi lo note, difícil tarea, la sutilidad no va con él, y estando al borde del colapso, cualquier mínima cosa lo desbordaría. Porque él funciona así, tiene esa necesidad de sacar el exceso de emoción que lleve dentro para poder ser una persona más equilibrada. Todo lo equilibrado que puede ser un terrorista maníaco al menos.

—Senpai, no estés enojado— dice Tobi a sus espaldas.

Se voltea súbitamente, su mano formando un puño. Su compañero es además una de las razones por las que no puede encontrar dicho equilibrio.

—¡No estoy enojado! ¡¿De dónde mierda sacaste eso, idiota!?

Tobi da un paso atrás, intimidado. Suele insultar a Tobi a menudo, pero es él quien se lo busca. Esta vez no ha hecho nada para merecerlo, es la primera vez que lo está insultando gratuitamente.

—Es cierto... Deidara-senpai no está enojado. Está muy, muy, muy furioso.

Un rayo quiebra el aire y segundos después se oye otro trueno. Su mandíbula se aprieta tanto que hasta duele. No tiene nada amable que decir, y por eso no dice nada. No quiere que Tobi comprenda la razón de su malestar. Volverá a estar bien cuando todo pase pero ahora no lo está y tampoco tiene como canalizar toda esa rabia que siente.

—¡Podemos volver mañana! Todo pasará pronto y el arte del senpai volverá a funcionar.

Pero eso también tenían que negárselo, porque el maldito idiota no lo es tanto. Nunca le gustó que la gente supiera, ni siquiera él. Es su debilidad, y desea sufrirla sin hacer partícipe a nadie. Pero ahí está su compañero, prestándose tan amablemente a ser el blanco de su ira, de la violencia pura que lo vapulea como una barca en una marejada.

—¿¡Y a ti quién te ha dicho que es eso lo que me enoja!? ¡Quizá es tenerte todo el día pegado a mi trasero lo que lo hace!

Avanza hacia él, haciéndolo retroceder. Lo está asustando, lo sabe, y él hace bien en conservar las distancias. Cuando un terrorista furioso avanza hacia ti, es lo más inteligente. Tobi pone las manos frente a su cuerpo, en un ademán conciliador.

—Tobi s-sólo quería ayudar a Deidara-senpai a tranquilizarse— dice con vocecilla más aguda de lo normal.

—Ha... Esa es buena. Seguro que estás feliz ahora. ¿¡No era esto lo que siempre quisiste!? ¿¡Verme indefenso!? ¿¡Verme incapaz de hacer arte!?

—¡Eso no es así! —se apresura a decir.

—¡MIENTES! ¡Siempre que cometo un fallo estás ahí para resaltarlo, como buen compañero, es como si disfrutases viéndome jodido! ¡Bueno, pues ya lo estoy! ¡Alégrate porque ya lo estoy!

Sus bombas ya no sirven, usa pues palabras. Palabras que destruyen e intimidan. Poco le importa estar siendo injusto, quiere desahogarse pero no siente alivio. Comienza a chispear. El silencio entre ellos llenado con el suave rumor de las gotas cayendo sobre el suelo y la vegetación. Tobi se quita la túnica y se acerca a él, sujetándola por encima de su cabeza para cubrirlos a ambos.

—Deidara-senpai agradecerá a Tobi cuando no se resfríe gracias a él.

Y él no comprende por qué el gesto lo inquieta. La necesidad de seguir hiriéndolo, aún sabiendo que está mal, sigue ahí.

—Maldito seas...

La hostilidad verbal se vuelve física. Desesperado, va a empujarlo, a decirle que no necesita su compasión pero Tobi parece averiguar sus intenciones y soltando la túnica lo agarra de las muñecas con fuerza. Nunca ha sido tan brusco con él, y como no habla ni puede ver su expresión, Deidara no sabe lo que está pensando.

—¡Suéltame, imbécil!

Hace un débil intento por soltarse, sólo para calcular con más precisión la fuerza y firmeza con la que lo sujeta. Comprueba inmediatamente que es mucha y que está comenzando a sentir la falta de riego sanguíneo en las manos. El dolor físico mitiga un tanto el caos que lo sacude por dentro, ambos mojándose en la lluvia de intensidad creciente, inmóviles.

Tobi lo atrae hacia sí, sin darle explicaciones de por qué lo hace. Rodea su cuerpo con un brazo a la altura del pecho, apoya la mano libre en la parte de atrás de su cabeza y su barbilla en lo alto de la misma. No sabe muy bien si su intención es abrazarlo o asfixiarlo, pero comienza a arrepentirse profundamente de su rabieta, que ha cesado tan repentinamente como vino. Su cuerpo entero se estremece por la calma y el alivio que lo invade, quizá contacto con el cuerpo de su compañero actuó de conductor y ha absorbido la sobrecarga emocional. Se pregunta si eso es posible y no una hipótesis estúpida creada por su mente. No lo sabe. Lo que sí sabe es que se siente mejor, que no quiere volver al estado anterior y que por eso se aferra a su cuerpo en respuesta. Como si soltarlo fuera a matarle.

—No odies a Tobi, Deidara-senpai.

Cuando entró a Akatsuki no trataba a nadie con respeto, era su forma de vengarse por haberlo obligado a unirse. Fue Sasori quien domó al niñato salvaje que solía ser, aunque él no se lo puso fácil. Aprendió a respetar de una forma dura pero efectiva, pues él era un hombre sin paciencia. No tenía excusa para haber actuado así, hasta el punto de hacer creer a Tobi que lo odiaba.

Y ahora no puede ni mirarlo a la cara, o a lo que la cubre para ser más exactos. Lo reconforta a pesar de ser inmerecido, y en medio de esa caída en picado, siente de nuevo el descontrolado palpitar del corazón del otro. La escena le suena. Hay cosas que no se pueden esconder tras una máscara, pero esos cambios tan sutiles requieren cercanía y es algo que últimamente rara vez obtiene. Llega a la conclusión de que no le sirven de nada esas pequeñas señales, si todo permanece igual. A riesgo de que Tobi se cierre a él aún más, se prepara para su siguiente movimiento. Está harto de ignorar el tema. Quiere detonar esa bomba. Quiere patear el maldito avispero de una buena vez. Ya lleva un tiempo anhelando picaduras. El dolor caliente y humeante de las toxinas bajo su piel hinchada. Presiente algo oscuro bajo todas esas capas de misterio que envuelven a Tobi. Pero lo quiere obtener.

Va a enloquecer si no lo hace.

Su mano se posa en la parte izquierda de su pecho y presiona. El incesante empuje de cada latido es captado por la misma. No se supone que sea muy fuerte, pero a él le suena como si alguien estuviera tocando el tambor justo a su lado.

—Tobi... —dice, su tono suave, como un suspiro—. Explícame esto.

Él parece darse cuenta de su error, y lo intenta solucionar dando un paso atrás. Deidara lo ha predicho y se agarra a su suéter negro impidiéndole irse muy lejos. El rayo los ilumina un instante.

—¡Explícate! —grita.

—No es nada.

Suena tan diferente que él casi no puede creer que sea Tobi quien lo dice.

—Mentira —espeta, cortante.

Y las grises nubes truenan, y Tobi se arranca la máscara y lo mira. Qué mirada. Deidara jamás imaginó que iba a ser así. Tobi solo tiene un ojo, tan negro como el agujero de su máscara, pero le transmite lo mismo o incluso más que si tuviera ambos. Recuerda las discusiones con su antiguo compañero por los ojos que él pintaba para su colección de gente secuestrada en madera cuyo tiempo ya pasó.

Los ojos son ventanas y tras estos no hay nada.

Deidara odiaba mirar aquellos ojos sintéticos llenos de vacío. Muertos.

Tras la ventana frente a él ve dolor, tristeza, y rabia, o una mezcla de ellos, es tan intenso que siente como si ese abismo de desesperación sin fin se lo estuviera tragando. Al menos eso es real. Debe tener una razón que él quiere saber. Una que probablemente vaya de la mano con su maltratado físico. Porque el Tobi que persigue gatos para abrazarlos y ve patitos en las formas de las nubes se ha volatilizado. Y posiblemente no vuelva.

—No es mentira, Deidara. No hay nada ahí dentro. Hace muchos años que no.

Y él de esa frase, piensa varias cosas. La primera, que Tobi está mintiéndole sin pudor, a la vez que le asegura que no lo está haciendo. La segunda, la metáfora con la que él ha intentado darle una cierta profundidad lírica a sus palabras, pero que a él le había sonado forzado y simplón. Decide pasar por alto la crítica literaria -no espera que Tobi fuera un poeta de todos modos-, y quedarse con la tragedia que implica. No es cosa de un día ni de una semana, ese dolor enmohecido, esa tristeza enquistada tiene las raíces largas. Es muy diferente a sus arrebatos breves pero intensos. Va a permanecer cuando pase la tormenta.

Está demasiado afectado por todo lo demás como para reaccionar como es debido.

Cuando da un tirón de su suéter para acercarlo a él, y se engancha a su cuello, Tobi colabora en acortar la distancia hasta que sus labios se encuentran. Por fin encuentra una respuesta de su parte, lleva semanas esperando que el otro decida rendirse a la atracción mutua imposible de ocultar. No se besan. Se devoran. Se muerden. Enredan sus lenguas sin ritmo ni compás. Y es ese trocito de carne que falta en la parte derecha del labio inferior de Tobi donde insiste más. Le da una textura áspera. Quiere que esté lleno siempre con la punta de su lengua. Deidara ya no sabe ni como se siente, pero no quiere parar ni cuando su sentido del gusto detecta un matiz a sangre. Uno de los dos, ha acabado herido. Quizá ambos. El deseo tiene sabor alcalino.

—Esto es lo que querías —susurra Tobi, parando para respirar.

Sujeta su rostro con ambas manos, y él puede sentir lo frías que están en comparación con la piel de su cara. El beso continúa, ninguno de los dos se siente capaz de saciarse.

—No me vengas con esas...Tú... También lo querías.

Deidara es como un rayo, aunque seguro a él la comparación lo enfurecería. La quebrada línea luminosa que ha partido en dos su oscuridad. Oscuridad disfrazada de vivaz espiral naranja, de la risilla que se le escapa cuando la bomba de su senpai falla su blanco -él siendo el blanco-, de carreras hasta el puesto de dango y bailes propios de alguien falto del sentido del ridículo. ¿O será que había algo de verdad en la mentira?

—Que quiera no significa que deba.

No debe. Pero ya no tiene fuerzas para seguir yendo contra esa marea de sentimientos que le retuercen el estómago hasta hacer que duela.


Tobi corre a abrazar al tercer gato con el que se cruzan, y la parte de él que no es Tobi, se está divirtiendo.


"Esa nube de ahí es un patito. ¿No crees, Deidara-senpai?" Obito opina que sí, también. Es más que obvio. Su senpai lo está mirando con expresión hastiada. Y vaya, si no es hermoso su pelo color patito y sus ojos, aunque lo miren con hastío. Tobi toma entre sus dedos la coleta de Deidara. "Y esto es la colita del pato". Ahí viene la bomba directa a su cara.

Sale de la tierra cuando el estruendo ha pasado y siguen caminando como si nada. Bueno, su compañero le está regañando, pero él asiente en piloto automático. Se lo pasa tan bien con él ¿En serio había pensado en hundir a su senpai en la miseria? Qué idea tan idiota.

Obito sueña esa noche con dos trozos de cielo llenos de patitos. "Oye, qué bello eres, senpai". Está solo montado en una nube, hablando consigo mismo. Cuando se despierta, está confundido. Últimamente, se siente alegre.

Las alarmas de su cabeza se activan.


La lluvia enfría la piel de Deidara, pero el contacto con el cuerpo de Tobi devuelve el calor en las zonas donde lo roza. Siente como si hasta su misma alma estuviera mojada, pero es una molestia que soporta con gusto. Al fin está ocurriendo lo que él quería, jamás se le había resistido tanto alguien. No piensa perder la oportunidad por un poco de agua, o la posibilidad de que lo parta un rayo. Quizá para el momento en que encuentren un lugar resguardado, la atmósfera se ha ido. No va a arriesgarse, y es culpa del cabeza hueca por no acceder en otras ocasiones, con escenarios más idóneos. Lo único que pide es que se lo coja hasta que no pueda andar. Si no es mucho pedir. Es la forma que ha escogido para olvidar que su arte está fuera de servicio.

Obito está sentado en su propia túnica de Akatsuki con Deidara a horcajadas en el regazo. Ambos sin camisa. Ha deseado tantas veces que ocurriera como las que se ha odiado por ello. Nada de eso se le pasa por la cabeza ahora. Su senpai abrazado fuertemente a su cuerpo, frotándose sensualmente contra él es razón más que suficiente para hacerlo olvidarse de toda su mierda autocompasiva. Siente su aliento cálido en el cuello helado y empapado, su párpado cae a la mitad al pensar que es su saliva la que está ahora en su cuello en lugar del agua, al sentir cómo sus dientes se cierran sobre la sensible piel. Se aferra a su espalda con ambos brazos, anhelando más cercanía aún.

En la mañana, pasaron por una casa vieja y en ruinas, con hiedra venenosa trepando por su fachada. Obito siente que él es la casa en ruinas y Deidara la hiedra trepadora. Uno atrapado en ese resentimiento que no se ha ido por casi dos décadas y que le ha despojado hasta su identidad, el otro destructivo e indomable, colándose en cada resquicio de su mente y su cuerpo. Quizá lo que necesite no es sanar, sino destruirse y empezar otra vez. Aunque no sabe por qué exactamente está pensando lo que piensa. Será que el lento y sensual vaivén de Deidara contra su pecho lo está llevando a la locura.

Una mano sube y baja por la espalda suave y fría, mojada y pulida del artista. Siempre fantaseó con tenerla para él, mejor aprovechar ahora que ha ocurrido. Puede que Deidara decida que con una vez basta y sobra, lo cual sería lo mejor honestamente. La otra mano agarra su trasero pegado a la tela empapada. El párpado entrecerrado cae del todo, ya quiere meter la mano y entrar en contacto con ese hermoso traserito que tantas veces ha protagonizado sus pensamientos.

Mientras se aventura por fin bajo la ropa, Obito deshace su peinado y le quita la bandana con su mano libre, luego coloca su largo cabello mojado tras sus hombros antes de tomarlo de la barbilla y besar su frente.

Dorado, azul y rojo, son los únicos tonos que tiene el mundo en ese momento según Obito. Un mundo que parece haber dejado de girar en el momento en que Deidara lo mira fijamente con los ojos bien abiertos llenos de curiosidad y desconcierto. Hasta el aguacero se ha transformado en una fina llovizna.

Obito quiere que la tierra se lo trague.

Deidara ha aprendido una nueva forma de leer a Tobi. Su pulso ya no puede engañarlo, pero no tiene ganas ningunas de tratar ese tema, ni de elaborar teorías de qué se le debe estar pasando por la cabeza para actuar como lo hace. No necesita besos. Necesita mordiscos. Necesita el dolor chispeante y pasajero, el redondeado hematoma que le haga recordar que el rojo fulgor de las explosiones aún no se ha ido. Lo toma de la nuca y lo empuja hacia su cuello. Un escalofrío lo sacude cuando sus labios lo rozan. El beso se olvida.

—Muérdeme... Tobi —le susurra con necesidad reprimida.

Sus dedos se aferran a mechones morenos cuando los dientes se cierran de su piel. La medida casi justa de dolor y placer. Lo primero potenciando lo segundo. Tobi lame la marca, como para aliviarla antes de morder de nuevo.

—Mmmmh... Más... Hm.

Él cocede su petición, sin dejar desatendido ni un centímetro de piel. La temperatura sube, Deidara a penas siente frío ya. Como Tobi parece estar demasiado nervioso, tendrá él que romper el hielo. La mano en su pecho recorre su escultural torso en dirección descendente. Lo tentó tanto en el pasado que sus ansias por que lo haga suyo de una vez se multiplican. Tobi reacciona a la súbita presión en su entrepierna mordiendo más fuerte. Deidara gruñe, y lo guía de su cuello a su pecho. Él parece más decidido ahora, y para incentivarlo, decide no reprimir más gemidos. Eso es más como lo que tenía en mente.

Años convenciéndose de que carecía de identidad e individualidad, años de asegurarse que su destino era mucho más grande que él mismo, convertidos en arte en un parpadeo. Siente como si esa pasión ardiente y prohibida que está acabando con todas sus convicciones es lo único que tiene ahora, por eso decide abandonarse a ella. Dejar que lo consuma entero. No es una mala manera de mandar todo al diablo, en realidad.

La mano que ha estado un rato frotando su miembro erecto por encima de la ropa, arranca el botón del pantalón de un mordisco. Con cada nuevo avance, no puede evitar sentir una leve culpabilidad residual, aunque cada vez menos. Deidara apoya todo su peso en él, obligándolo a recostarse. La lluvia ha cesado, y Obito no sabe qué es más sofocante, si el agua que asciende al comenzar a evaporarse de nuevo, o tener a Deidara encima, derritiéndolo con esa mirada azul cargada de deseo. Hace reaccionar su cuerpo de formas en que jamás lo había hecho antes.

—Cógeme de una vez maldito cabeza hueca. Hazme estallar —susurra con rabia.

Deidara se incorpora un momento para arrancarle el pantalón, que tarda un poco más en salir por estar empapado. Lo tira al suelo embarrado, como si no lo fuera a necesitar luego y se le vuelve a echar encima. Una prenda menos, su cuerpo más descubierto, y con cada una de las prendas que caen, más expuesto se siente. El artista se le echa de nuevo encima. A estas alturas, todas las dudas de Obito sobre su posible arrepentimiento se han ido. Casi parece un milagro. Mentiría si dijera que no le iría a importar que él decidiera parar ahora. Él es la primera persona a la que se ha acercado en décadas. Aunque no es como si hubiera tenido control sobre la situación, de haberlo hecho, algo muy distinto a eso habría pasado. Se estaría perdiendo a Deidara sobre él, sin ropa, pidiéndole que se lo coja como si su vida dependiera de ello. El deseo tiene olor a pólvora y arcilla.

Otra vez, sus labios se unen, sus brazos se enredan en el cuerpo del otro y Obito se siente un poco más valiente. Rueda sobre la túnica tendida en el suelo y deja a Deidara bajo él. No se para a pensar en lo que hace, sólo se deja llevar por su instinto, agarra con ambas manos el elástico de su ropa interior y da un tirón hacia abajo. Él le ayuda a deshacerse de su última prenda, la cual no sabría explicar por qué, se niega a soltar.

Obito no puede creer que tenga a Deidara completamente desnudo justo a su lado. Nunca consideró hasta hace poco que estaría dispuesto a tener sexo con otro hombre. Bueno, hombre o mujer, lo cierto es que nunca pensó que ocurriría. Pero no es hora para sentir pudor. No a estas alturas. Concentra algo de chakra en su mano derecha para calentarla, antes de cerrar la mano sobre su erección y comenzar a acariciarla. Su respiración se corta mientras espera una reacción en el otro. Deidara jadea y dice su nombre, y a Obito jamás le sonó tan bien, aunque sea inventado. Sin dejar de observar sus reacciones, lleva a su nariz la prenda que acaba de quitarle y toma aire con fuerza.

—¿Qué mierda estás haciendo?

Y él, sintiéndose seguro tras la ropa interior cubriendo la parte inferior de su cara, no pudo evitar una breve sonrisa al verlo tan extrañado y a la vez sin dejar de experimentar placer. No le contesta. Poco a poco, baja la prenda hacia su cuello y la frota contra su pecho. Hacerlo lo apacigua. Es menos complicado tomarle cariño a un objeto que a una persona.

No puede apartar la vista de él. Deidara jamás ha estado en una situación así en su vida, pero tratándose de Tobi, se esperaba alguna rareza, y no es como si él no estuviese a favor de probar cosas nuevas. Sólo le frustra que él esté yendo tan lento.

—Quítate... Ah... La ropa que te queda ahora mismo, Tobi.

Con el enredo de pensamientos y emociones en su cabeza, Obito decide no dar importancia a sus exigencias. Recorre sus abdominales con el boxer en la mano y lo mete en el suyo. Primero frota su duro miembro contra él, luego lo envuelve en la prenda y se masturba con el mismo ritmo con el que se lo hace a él. Tiene el acto un factor de placer extra que no sabría describir mas que con lo erótica que le resulta la idea del contacto indirecto. Deidara mueve con frustración las caderas contra su mano. Luego se incorpora súbitamente, parece enfadado.

—¡Basta! ¡Se supone que me tienes que coger a mí, no a mi ropa, idiota!

—¿No te gusta?

Se da cuenta que lleva un rato sin hablar. Deidara le baja el boxer y él no se atreve a contradecirlo, a pesar de que la desnudez es algo que le asusta. Que él no esté intimidado, ayuda.

—Me gustará más si te pones de una vez con ello, hm —dice, mirando con descaro su recién liberada erección.

Cuando comienza a juguetear con su glande, frotándolo entre sus dedos y rozándolo con la lengua de su mano, Obito debe suprimir el impulso de cubrirse la cara con un brazo en un intento por cubrir los cambios en su rostro que el placer le provoca. No es como si no hubiera fantaseado nunca con hacerlo gritar de gozo, pero sus fantasías en general nunca fueron demasiado realistas. ¿Quién puede culparlo cuando en ellas uno puede controlar todo? En la realidad, debe adaptarse a lo que sucede. Lo único que tiene que hacer si su senpai está impaciente, es complacerlo.

Sus miradas se cruzan y Obito aparta un largo mechón pegado a su cara. Es tan bello y sensual, que se toma unos segundos para admirarlo mejor de arriba a abajo.

—Deja que me encargue de eso, Deidara-senpai.

Qué voz. Deidara no tiene ni idea de dónde ha salido pero dejará las preguntas para después. Esa voz profunda y grave que logra estremecerlo hasta la médula merece que le dedique toda su atención. Pasa un brazo por sus fuertes hombros cuando Tobi lo empuja para recostarlo otra vez sobre la túnica, sus piernas separadas con él entre ellas. La pasión vuelve a encenderse cuando se besan de nuevo. Chupa sus dedos con una mano, y su miembro con la otra. Ha esperado más de lo que debería para que le venga con esas. Ya no puede más. No puede con el peso de ese cuerpo escultural sobre él, ni con la enorme erección que se roza con la suya con el vaivén de sus cuerpos.

No puede más...

—Tobi... Haz... Hazme hacer katsu —susurra contra su boca.

Definitivamente, Deidara no parece estar por arrepentirse. Obito separa con cuidado sus nalgas y coloca el índice cubierto de saliva en su entrada trasera. Comienza masajeándolo en movimientos circulares pero no tarda demasiado en introducirlo antes de que él se vuelva a quejar. Siente como su cuerpo se contrae. La cavidad es estrecha y caliente. Muy caliente. Casi parezca que no hay espacio para su dedo y no sabe cómo va a caberle su pene ahí dentro, y de caber, teme correrse a los diez segundos o menos. Qué inconveniente sería que eso pasase.

Pero por el momento, está pasándoselo bien experimentando, moviendo el dedo en diferentes direcciones y observando su reacción, la forma en que su cuerpo se sacude, en sus gruñidos y suaves gemidos, o en como frunce el ceño a veces, en sus ojos entrecerrados y mejillas encendidas por la pasión.

—¿Qué tal? —no puede evitar preguntar.

—Mmm... Quiero más...

Así que, tras humedecer su mano con saliva otra vez, Obito agrega otro dedo. A Deidara se le escapa una palabra malsonante y él sabe que no le está resultando todo lo placentero que a él le gustaría.

—¿Seguro que está bien? —insiste.

—¡Mierda, Tobi! ¡No me hagas repetir otra vez que te des prisa, hm!

Aún con su mal genio, su senpai desnudo bajo su cuerpo se ve todo lo irresistible que puede un ser humano verse. El frío y la humedad tras el aguacero emana de todos los elementos a su alrededor, el artista siendo el gran constraste. Sus gemidos lascivos lo tienen en un trance del que no quiere salir. Pensamientos aún más locos se pasan por su cabeza. Si tiene que quedar atrapado en el Tsukuyomi infinito, eso es lo que le gustaría estar haciendo por toda la eternidad.

Mientras sus dedos se adentran cada vez más en él, Obito no puede evitar inclinarse y morder con hambre la parte interior de su muslo. Acaba de darse cuenta que tener a Deidara gimiendo de placer por algo que él le está haciendo le hace olvidar lo cansada que está su alma de sentir tanto dolor. El cuerpo de su amante reacciona al movimiento de sus dedos, tensándose y relajándose, invitándolo a seguir, y él en respuesta separa sus dedos, los dobla y los gira.

—¡Más...!

Para Deidara no parece ser suficiente. Pasa una de sus piernas por encima de su hombro y lo aprieta contra él. Obito muerde más fuerte, agarrándolo de la parte posterior de su rodilla. No sabe qué más hacer para saciarlo, y no sabe si está preparado ya o no, pero al levantar la vista y ver sus ojos azules rogándole que lo haga suyo de una vez, saca los dedos y cubre su miembro con toda la saliva que puede antes de separar sus nalgas y acercarlo a su orificio trasero. Cuando entra en contacto con el mismo parece cobrar incluso más vigor. Saliva y líquido preseminal se mezclan y rozan la parte más íntima de la su anatomía. Obito se permite un pequeño paréntesis. Los nervios son tantos que casi no puede respirar, pero la realidad de sentirse deseado lo tranquiliza un tanto.

No es hora de pensar. No es hora de darle la enésima vuelta a un tema del que ya está harto. Llegado a ese punto, repasar una vez más la lista de inconvenientes de lo que hace y pensar en los remordimientos que va a sentir después, está absolutamente de más. No. No es hora de pensar, porque es hora de cogerse al artista hasta dejarlo exhausto. Armándose de valor, empuja.

Duele. Pero a Deidara le permite olvidarse de todo lo que lo enoja y cuando el dolor remite, se siente mejor. Tobi lo mira como si estuviese considerando disculparse o volver a preguntarle si de verdad todo está bien. Va a matarlo si lo hace.

El aire que respira está demasiado frío, pero necesita más de la capacidad que puede tomar mientras esa dura erección que tiene entre sus nalgas lo perfora como si fuera a partirlo en dos.

—Deidara-senpai —susurra Tobi, dejando que la preocupación se haga presente en sus palabras—. Está demasiado estrecho. Tal vez no se puede.

Y él no necesita contestar a eso. Una mirada que quiere decir "te tiraré un C3 a la cara si vuelves a decir algo así" es suficiente para convencer a Tobi para seguir empujando. Ahoga un grito, y vuelve a maldecir mientras agarra y retuerce la túnica bajo él.

A Deidara le gusta sentir dolor primero, porque después puede recrearse en el placer el doble, ambas son las caras de una misma moneda y el acto se siente incompleto si escogiese sólo una de ellas. Quizá por eso sus entrañas arden en anticipación a lo que viene cada vez que abre los ojos y visualiza a Tobi, el cabeza hueca del cuerpazo divino, entre sus piernas, cada vez que lo siente un milímetro más dentro. Parece que no vaya a acabar nunca.

Tobi sigue agregando saliva en un intento por hacerlo todo más fácil, Deidara aprecia el gesto. Se siente demasiado lleno, más ensanchado que nunca. Es una tortuosa escalera que sube al paraíso, pero la sube gustoso si se trata de él.

—Sólo un poco más, senpai.

Sólo un poco más...

Siente la tentación de dejarlo así y acabar con el mal rato un poco antes, pero Obito quiere meterla entera pues algo le dice que lo peor ya ha pasado. Vuelve a humedecer la base y lo embiste.

—¡Aagh...! ¡Bastardo...! ¡Te voy a...!

—Ya está —anuncia, observando hipnotizado cómo la respiración agitada del otro se tranquiliza.

—¿Quién te mandó tenerla tan grande?

Obito no sabe si darle las gracias por el cumplido o disculparse. Pasan unos segundos sin que ninguno de los dos diga nada más, aún no ha conseguido quitar los ojos de esa visión ante él, ni se ha repuesto de la agradable sensación de saber que están unidos.

—¿Piensas quedarte así? —agrega Deidara.

—No mucho más —contesta, echándose sobre él.

—No sabes cuánto tiempo esperé que esto pasase, hm.

La confesión viene en el momento propicio. Deja a Obito sin habla ni capacidad de reacción, a pesar de que eso él ya lo intuía. Lo llena de un sentimiento cálido al que aún no se atreve a abandonarse. No del todo. A lo que sí se atreve, es a estropear todo un poco más. Debe estar a la altura de las circunstancias. Sube la otra pierna a su hombro y se prepara para la primera embestida.

—Yo también —admite al fin.

Se siente bien dejarse llevar al fin por el deseo. Obito debe esforzarse porque su párpado no se cierre ante el increíble placer abrasante que le proporciona entrar y salir de aquella estrecha cavidad. No quiere perderse ni un segundo de las expresiones de placer de Deidara, ni de su mirada llena de desesperación y deseo. Puede que él también se vea ridículo, y al principio trata de mantenerse sereno, pero después eso deja de importarle. Lo embiste sin parar, cada vez más rápido, las uñas del artista clavadas en su espalda tan fuerte que deben estar dejándole marcas.

—Ah... Tobi... M-mas... Nggh...

El dolor no se ha ido del todo, pero el placer es mucho mayor y decide que le gusta en esa exacta proporción. Cada vez que esa erección descomunal se roza contra su próstata, Deidara pierde la noción de sí mismo. Ese momento se va a quedar grabado a fuego en su mente. Un momento que quiere repetir muchas más veces. Lo tiene claro.

Es difícil de creer que están a la intemperie. Obito olvida eso también, perdido en la ardiente lujuria recién desatada. Cualquier intento por mantener la situación controlada se va en cuanto lo escucha pronunciar su nombre, junto a la orden posterior. Nunca pensó que entendería por qué una explosión es bella, pero ahora, consumido por el fuego que emana de él, puede verla venir. Puede ver que es hermosa, que lo va a destruir entero y que él será feliz cuando eso ocurra.

Intenta besarlo, pero el ritmo de sus embestidas es tal que sólo consiguen juntar torpemente los labios por una fracción de segundo. Obito se da por vencido y continúa bombeando a un ritmo bestial, sintiéndose a punto de sucumbir y sintiendo que Deidara también lo está. Para acelerar el proceso, comienza a masturbarlo. Y funciona. Con un grito, el artista se aferra aún más a su espalda, se retuerce y contrae.

Hace que él también quiera aficionarse a las explosiones. Aunque él es la única cosa que desea ver explotar de esa precisa manera.

Sólo verlo disfrutar así es suficiente para precipitarlo al orgasmo a él también. Con rapidez, se sale de él, la visión de su semen salpicando sus apetitosas nalgas y muslos el complemento perfecto para la explosión de placer. Poco importa que no tengan como limpiarse. Toda su ropa está mojada para empezar. De momento, todos esos pequeños problemas le dan igual, porque Obito no se ha sentido tan bien en años. No se ha sentido tan bien en su vida, de hecho y se niega a pensar en el pasado o en el futuro por miedo a que se rompa el genjutsu en el que parece estar metido. Porque tanta felicidad no puede ser real.

Qué bien se ve ese mechón rubio pegado a su cara mojada y satisfecha. El mundo no es un infierno. ¿Por qué rayos pensó eso en primer lugar? El mundo es absolutamente maravilloso.

Deidara ya no está enojado. Tal y como vino, la tormenta se fue, la real y la que había en su cabeza. Lo único que necesitó fue tener el mejor sexo de su vida. No se arrepiente que haya sido así, y ahí, en lugar de algún sitio más resguardado o cómodo. Tobi lo observa aún arrodillado entre sus piernas con cara de bobo. ¿Por qué rayos le gustará tanto esa cara de bobo que tiene? Esa cara que parece estar diciendo "eres mi dios y voy adorarte hasta que se acabe el universo".

Coloca un brazo bajo su cabeza a modo de almohada y le guiña un ojo, haciéndole una seña para que se eche sobre él. El frío ya está empezando a notarse y necesita de su cercanía para retener calor. No quiere pensar aún en tener que moverse.

—Tienes muchas cosas que explicarme —le dice, tras un pequeño beso, su dedo recorriendo de derecha a izquierda el pequeño hueco del trocito de labio inferior que le falta.

—Puede ser.

No se ve convencido. Por eso Deidara insiste.

—¿Lo harás?

—Puede ser... —Obito quiere decirle que no puede, pero no tiene el valor para hacerlo. De nuevo está nervioso—. Creo que te amo.

Ya no sabe ni lo que está diciendo. Abriendo mucho los ojos, Deidara reprime una carcajada.

—No, Tobi. No lo haces. Sólo tuviste el mejor sexo de tu vida. Si tanto te ha gustado, repetiremos. Voy incluso a dejarte cambiar de tema de esa forma tan poco sutil, pero solo porque me has puesto de buen humor, hm.

—¡Senpai...!

Está acorralado. Tal vez el mundo no fuera absolutamente maravisoso. Pero tampoco era un infierno. Si Deidara estaba en él, no podía serlo.

—¿Qué?

—Vas a resfriarte. Mejor nos vamos a darnos un baño caliente. Tobi se preocupa mucho por la salud de su senpai.

Le tiende el pantalón mojado y él busca el suyo. Deidara comienza a recoger todo, saca un poco de arcilla de su bolsa y crea un halcón. Ninguno de los dos se molesta en ponerse la túnica, las cuales han quedado sucias, llenas de barro y hojas, aunque no es como si sus ropas estuvieran en mejor estado. Ya en el aire, Deidara ordena a su creación que los lleve de vuelta a la guarida. Con un poco de suerte nadie los verá entrar así, y si preguntan, estuvieron entrenando en la lluvia.

—Tobi. ¿Dónde pusiste mi ropa interior?

—No lo sé, senpai. ¿No la tienes tú?

—Tú eres el último que la tuvo en la mano, oliéndola como un pervertido.

—Se la debió llevar una ardilla —dice, sin hacer comentarios sobre eso último.

Lo que Deidara no sabe, es que mientras él estaba ocupado moldeando el pájaro, Obito activó su mangekyo sharingan un segundo y la absorbió con su kamui.

—Con que una ardilla... —repite, mirándolo con desconfianza.

Hay algo en su forma de actuar que le resulta sospechoso, pero no le desagrada del todo que él pudiera habérsela robado y mentido al respecto. Si Tobi lo iba a adorar hasta que se acabase el universo, él no iba a oponerse. Un artista tiene un ego exigente.

—¿Sabías que suelen robar pequeñas prendas para hacer sus nidos más mullidos?

Ofendido ante su descaro, Deidara gatea hasta él y golpea su pecho varias veces con su índice.

—Como alguna vez te pille con ella, te explotaré por mentiroso. ¿¡Me oíste!?

Obito sonríe. Con la máscara puesta, esas cosas salen más fácil.

—Hmm... Déjame ver, Deidara-senpai. Podrías dejar de pensar que unos cuantos roedores van a dormir esta noche sobre tu ropa interior usada... —el dedo de su compañero parece querer perforarle el pecho, su mirada desprende fuego y azufre—. Y sobre lo otro. Explótame cuando tú quieras. No vas a encontrar en mí oposición alguna.


Este fic me costó bastante, llevo casi dos semanas trabajando en él. El problema está en la pequeña variación que introduje y con la que no me sentía cien por cien segura. Pero bueno, uno no sabe cómo va a salir algo si no se lanza xD

El tema era primera vez alternativa juntos. Ya escribí un oneshot de ello, pero era más bien en clave humor y desde entonces bueno... como que he ido agregando headcanons y me apetecía usarlos. Obito siempre es un poco emo, como buen Uchiha ofc, hay que sacarlo de ahí arrastrando. Estoy segura que sólo Dei podría lograr eso con su lindo culito. :D

Me gustaría recomendarles un fic Tobidei en español, su título es "Get Down" de Lybra98, es Rated M y muy, muy, muy suculento, vayan con pañuelos para el nosebleed eyebleed.

Mochi, pues más limonada! :D Es buena para la salud (? Dei vale por todos los tsuki no me que pueda cavilar Madara. Arreglé la serie wajajaj xDD Imagino a Deidara gruñón por las mañanas, pero con un despertar así cualquiera se pone de buen humor. Soy partidaria de que el tiempo lo cura todo. Y con un traserito sexy pues más aún. Tomo nota para lo de los clones. Quizá en unos cuantos capítulos.

Creo que tengo idea para el siguiente. Aunque antes de eso, viene "Cambiemos".

¡Gracias por leer, y hasta la próxima!