El bar cerca de casa.

Grimmjow.

Tener las costillas magulladas apesta a cien mil kilos de mierda. Así tal cual. Me importa un cuerno la educación y espero que te lo tragues antes de que termines hartándome y yo me vaya derechito al mismísimo infierno. Y, ¿por qué no? Podría arrastrarte allí de camino, para ahorrarme un viaje tedioso y devolverme sobre mis pasos. Porque tengo a alguien entre ceja y ceja. Antes de instalarme como el rey del lugar, tengo un trasero que patear hasta que me duela el último cabello de la cabeza.

El trasero de Ichigo Kurosaki.

El maldito crío osó golpearme. No una, sino tres jodidas veces. De no haber estado tan idiotizado por la sorpresa, seguramente le habría partido las piernas en el acto. ¿Quién diablos se cree ese pedazo de mierda que es? Aunque admito que pega fuerte. No querrías ser un enclenque cualquiera y cruzártelo de mal humor, eso tenlo por seguro. Si no me quebró una costilla con esa patada lateral que me mandó a guardar hasta el fondo de mi hombría, fue de pura suerte.

Dejo escapar un gruñido de dolor mientras me quito el uniforme de la escuela y lo dejo arrugado en el suelo al costado de mi cama. Me quito la camiseta por sobre la cabeza y me paro frente al espejo para observar el desastre que el bastardo hizo en mis costillas. No me decepciona ver el moretón casi negro que se extiende más grande que mi propia mano sobre la piel broncínea.

Hace un pésimo conjunto con esa mierda de cicatriz que tengo en el pecho y el abdomen.

Estoy a tres segundos de darle un puñetazo al espejo en medio del arranque de ira que me saca con gancho un taco medio gritado medio siseado. Inhalo hondo y exhalo el aire. Una, dos, hasta tres veces. ¿Qué de bueno saco si me rompo la mano con el espejo? Nada. Yoruichi me impediría practicar durante lo que resta de la semana y eso no lo transaría por nada en el mundo.

Para suerte mía, mi hermana mayor, Nelliel, no estaba en casa cuando Aizen llamó para informar de "los acontecimientos ocurridos hoy". Maldito Aizen. Con su mirada condescendiente y sus ideas de que tengo mucho más para dar. ¿Cree que porque es mi tío puede simplemente tener expectativas sobre mí? Pues que se lo folle un pez. Que se lo follen. Me importa una cagada de mosca quién, la cosa es que lo hagan y lo dejen lo suficientemente satisfecho como para que me deje a mí en paz.

Me quedo parado frente a mi reflejo lo que parece una eternidad. Desde el espejo, un par de ojos azul celeste me devuelven la mirada entre unos mechones de cabello celeste. Si me preguntan con qué compararía mi pelo, diría que es una versión jodidamente sexy del algodón de azúcar. Claro está, no es algo que vaya a decir en voz alta. Nunca. Jamás. Primero muerto.

Decido darme una ducha. Luego de mi pelea con Kurosaki (que se lo follen a él también) no pude quitarme el olor a cloro de la piel. Aún huelo a piscina. Y aunque el olor me gusta la gran parte del tiempo, no es agradable cuando viene mezclado con tu propia sangre. Sí, porque aunque el bastardo dejó marcados unos buenos golpes, tampoco es como si se las hubiese sacado muy limpias. Todavía tengo sangre seca en los nudillos de la mano derecha por haberle atizado con tanta fuerza.

No me arrepiento. Hey, demándenme si quieren, pero no podría importarme menos. Aún me debe una. Me la voy a cobrar con el cabrón en cuanto pueda.

Me desnudo de camino al baño, tomando una toalla del armario sin fijarme mucho en la torre que se desliza hacia el suelo luego de quitar una de las de la base. Hasta ahora, hemos aprendido que mi mantra usual suele ser: me importa una mierda.

Doy el agua de la ducha y en cuanto comienza a salir el agua caliente me meto debajo de ella, dejando salir una exclamación ahogada. En contraste con el frío que hace, sentir el agua caliente cayéndote directamente sobre la piel le causa escalofríos hasta al tipo más duro. Maldigo por lo bajo mientras froto el champú contra mi pelo, restregando lo suficientemente fuerte como para eliminar el olor a cloro de piscina. Y maldigo aún más fuerte cuando algo de la espuma del jabón me cae sobre las heridas abiertas de los nudillos.

— ¡Hijo de puta!

Mi voz hace eco contra las paredes. Oigo mi maldición reverberar en los muros hasta perderse entre el ruido de las gotas de agua que golpean sobre mi piel.

Siete minutos en la ducha y es un nuevo récord. A pesar de lo mucho que me gusta el agua (no hay nada que me guste más en este mundo), las duchas no me causan adrenalina. Me adormecen. No me gusta la sensación de tener sueño. Seré un imbécil la gran parte del tiempo, pero soy una criatura más nocturna que diurna.

Hasta ahora, sigo preguntándome cómo es que saco buenas calificaciones.

Salgo del baño con una toalla envuelta alrededor de la cintura, cuidando de no resbalarme con las gotas de agua que se riegan en la cerámica mientras hago mi camino hacia mi cuarto. Tener baño privado es la mejor puta cosa del mundo. Si tuviera que compartir este espacio privado con Nelliel seguramente terminaría equivocándome de champú y usando ese de sándalo que la chifla. No entiendo cómo mierda puede gustarle el sándalo.

Me seco a la rápida y me enfundo en unos bóxers negros. Me paso una camiseta de manga larga térmica y raída por la cabeza y me pongo unos vaqueros. No es que vaya a salir, maldita sea, lo único que quiero es comer algo y luego acostarme, pero tengo alguna fijación estúpida con la tela de los jeans. Me gustan. Listo, ya está. ¿Por qué coño siguen insistiendo en eso?

Estoy terminando de ponerme los calcetines cuando oigo la puerta de la casa azotarse.

— ¡GRIMMJOW JAEGERJAQUEZ!

Compongo una mueca. Su voz ha resonado por toda la casa con una facilidad alarmante. No tengo ni una puta idea de lo que quiere, pero hay algo que es completamente seguro: está fuera de sus malditas casillas.

Y eso no es bueno.

Nelliel tiene una cara muy inocente. Pero verán, no sean estúpidos, ahí está el truco en ella. Es dulce como el almíbar casi todo el tiempo, pero tiene un humor de perros que hasta yo soy incapaz de desafiar. Tío, te recomendaría que corrieras cien metros desde donde está ella si es que te la pillas enojada.

Dejo salir un suspiro resignado. Me permito un breve momento de autocompasión antes de salir de mi cuarto y cerrar la puerta tras de mí con más suavidad de la que creí capaz.

Bajo las escaleras arrastrando los pies. Ya que está enojada, podría disfrutar un poco de los momentos previos al asesinato en primer grado que van a cometer en la casa. Y la víctima voy a ser yo. Mierda.

Nell está parada en la entrada de la casa, con el bolso aún colgándole del hombro. Tiene los brazos cruzados delante del pecho, el largo y abundante cabello verde turquesa suelto alrededor de los hombros y sus ojos grises clavados en mí. Su ceño está fruncido, los labios apretados en una pálida línea llena de ira y los ojos entrecerrados hacia mí.

— ¿Qué hay?—la saludo, dedicándole una sonrisa sarcástica.

— ¿Que qué hay?—pregunta suavemente. En su tono se desliza un matiz tan cáustico que casi siento hervir la piel sobre mi carne—. ¿Es que eres imbécil?

—Nunca he clamado ser lo contrario—me encojo de hombros. Sé que estoy caminando sobre hielo delgado; no debería ni siquiera pensar en hacerla enojar más de lo que ya está, pero ahora mismo no podría importarme menos. Me duelen las costillas del lado izquierdo, el pecho y los nudillos. Si hacer que se enfurezca es la forma en la que me la quito de encima, bienvenida sea.

—Me llamó Aizen—escupe, hecha una furia. Amigo, si Aizen sigue tocándome los huevos voy a tener que hacer algo. Y yo que creía que habían llamado a casa. Estúpido de mí, que no se me ocurrió pensar que podía llamarla al jodido celular—. Dijo que te peleaste con un compañero de un curso menor hoy. Y que casi matas a un chico de otra escuela solamente por chocarse contigo. ¿Es eso cierto?

¿Por qué espera que se lo confirme si Aizen ya se chivó?

—Pues sí. El bastardo me chocó, ¿qué querías que hiciera? ¿Quedarme parado ahí como un paleto? Tch...

— ¡¿Quieres que te saquen del equipo?!—truena, haciéndome dar un bote en mi sitio. Diablos, no, eso ni pensarlo. La única cosa en la que soy realmente bueno es la natación. Sin eso no valgo ni una mierda. Niego despacio con la cabeza—. ¡¿Entonces por qué no haces un esfuerzo, Grimmjow?!

Quizás porque soy incapaz de ello. Pero, cielos, ¿qué quiere que haga? No es como si pudiera cambiar de un maldito día para otro. He sido así desde que puedo recordarlo. La gente me hizo así. Mi padre me hizo así.

—Estoy cansada de darte oportunidades ¿sabes?—dice al final. Su tono es plano y carece de cualquier emoción. Se me abre un hueco en el estómago ante la posibilidad de que la única persona que ha creído en mí pierda finalmente la fe—. Estoy cansada de intentarlo.

Alza las manos, mostrándome las palmas, como en un gesto de completo abandono.

—Haz lo que te plazca, Grimmjow. Terminé.

— ¿Qué?—dejo salir. Mi voz suena más baja de lo que esperaba.

—Eso. Estoy harta. Durante muchos años he creído que hay algo bueno en ti. Me he esforzado por ayudarte a cambiar, pero no pareces dispuesto. Simplemente... te quedas allí y sonríes como si fueras el campeón. Noticias, Grimmjow, eres un perdedor. Y no tienes remedio.

Vaya. Esta clase de enojo no es habitual. No está gritándome ni se le ha subido el color a las mejillas debido a la furia. Simplemente parece un témpano de hielo.

Sus palabras calan más hondo de lo que voy a admitir jamás en voz alta. Ahí está: la única que alguna vez ha creído en mí ha terminado de decepcionarse por última vez. Y eso, colega, aunque no te lo creas... duele incluso más que mis costillas.

—Me voy a mi cuarto—me informa cortante—. Si quieres cenar, pide algo para llevar. No tengo ánimos de cocinar.

Clavo mi mirada en ella mientras camina a zancadas hacia la escalera. Sube los peldaños de dos en dos y su cabello se pierde tras el descanso.

—Demonios—escupo, pasándome una mano por el pelo. La piel de mi palma y mis dedos queda húmeda debido al agua que aún gotea de la mata celeste, pero no me molesto en secármela en los pantalones. ¿Qué caso tiene? Ninguno.

Sigo los pasos de mi hermana por las escaleras, e ignoro olímpicamente su puerta cerrada mientras hago mi camino hacia mi cuarto. Con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros, puedo al menos contener la tentación de darle un puñetazo al muro.

Cierro de un portazo tras de mí. Al hecho de que voy a tener que pasar dos horas al día con ese bastardo de Kurosaki, que voy a tener que comenzara estudiar para los exámenes porque no quiero desaprobar el curso y que me veo obligado a ganar cualquier competencia en la que la escuela me inscriba, tengo que agregarle la cólera gélida de Nell. No esperaba sentirme tan como la mierda. Creí que podía manejarlo. Creí que podía sonreír igual que siempre y fingir que no me importa.

Pues estaba equivocado. Tanto que ahora me parece ridículo.

Me dejo caer sobre la cama, exhausto. No es que el día en sí haya sido agotador (aún no termino de sacarme la euforia de haber sido el campeón nacional de natación a nivel de preparatoria), pero los golpes marcados en mi cuerpo parecieron drenarme la energía. Estoy destruido.

Cuando comienzo a quedarme dormido, alguna parte de mi cerebro me recuerda que aún tengo el cabello húmedo por la ducha. Pues, querida "alguna parte de mi cerebro", puedes ir a joderte al infierno si se te place, porque me importa una mierda tener el pelo húmedo. Soy un nadador. Tener el pelo seco es algo a lo que no estoy acostumbrado.

La vibración de mi celular sobre la mesita de noche me saca del sueño agitado. Me quito la almohada de la cabeza y me giro sobre el abdomen, dejando salir una maldición entre dientes cuando las costillas magulladas me causan una ola de dolor que me quita el aliento. Me apoyo en los codos y alargo la mano más cercana hacia el aparatito.

~Nnoitra [2:30 am]: oye, Gatito, ¿estás despierto?

Dejo salir una gruñido de molestia. Cinco años y aún no le entra en su maldita cabeza de enfermo que odio ese jodido apodo. Aunque, para ser justo, seguramente esa es la misma razón por la que lo usa. Sabe que lo odio.

~Grimmjow [2:31 am]: ahora lo estoy, cabrón, ¿qué mierda quieres?

No espero que conteste al minuto. Simplemente dejo el aparato sobre el cobertor de la cama y entierro la cara en las almohadas aún húmedas por mi cabello. Son las dos y media y yo llevo durmiendo por lo menos siete horas. Mañana voy a morirme de sueño en la escuela.

Sin embargo, eso da alguna luz de lo que quiere ese idiota. Seguramente quiere salir a parrandear por ahí. Y conmigo descansado y listo para lo que sea que se le ocurra, dormir tanto y tan temprano puede tener un muy interesante lado bueno.

Siento la vibración cerca de mi muñeca antes de que la luz blanca ilumine la oscuridad del cuarto.

~Nnoitra [2:33 am]: qué sensible… estamos en El Arrancar ahora mismo. Trae alcohol.

Pongo los ojos en blanco antes de contestarle. Para variar, el imbécil se va de fiesta sin un veinte en el bolsillo.

~Grimmjow [2:34 am]: estoy allí en veinte. Y estás en un pub, imbécil, tienen alcohol de sobra en un PUB.

Entre lograr despertarme como un ser humano normal y no babear la almohada con el sueño que aún tengo, descubro que se me han pasado tres valiosos minutos. No es que yo sea el tipo más puntual del mundo, pero cuando se trata de fiestas, seguramente nunca me verán llegar tarde. Se llama «tener prioridades».

Me cambio los vaqueros arrugados por unos negros y ajustados con un agujero en la rodilla. Dejo la misma camiseta que traía antes de tirarme de cabeza a la cama y quedarme inconsciente, porque, por qué demonios no, y me echo una campera de cuero negro encima. Y ya está.

Checo mi reflejo en el espejo y me paso los dedos por el cabello. Un desastre. Pero no es como si mi pelo estuviera ordenado todo el tiempo, así que, ¿por qué preocuparme?

Completo el atuendo con unas botas negras de motorista y me echo un par de billetes al bolsillo. Listo para partir.

El Arrancar es un pub cercano a mi casa, así que no me molesto en escaquearme las llaves del auto de Nell. Decido que caminar me podría ayudar a despejar la mente (porque sigo pensando en ese maldito mocoso golpeándome), por lo que simplemente salgo lo más callado que puedo y emprendo mi camino hacia el bar. Hace un frío que pela y que me hace pensar que quizás debería haberme echado algo más encima, pero, ya puestos, que continúe la racha. Además, el frío le va a hacer de maravilla a mis costillas magulladas y a la hinchazón de la zona. No me vean de esa forma, no es como que yo vaya de imbécil por la vida; también soy capaz de encontrar cosas buenas a mí alrededor.

No abundan, pero eso no es problema suyo.

Cuando giro por una esquina, el sonido de la música sonando atronadoramente por los parlantes es lo primero que me avisa que estoy cerca del antro. Luego, me llega el olor a clavo, tabaco y alcohol. Y finalmente, avisto el edificio de dos plantas; por las ventanas tintadas se escapan algunos rayos de luz de colores a través de las grietas en la pintura negra, el ladrillo de la construcción luciendo casi invisible debido a la pobre cantidad de iluminación de las farolas. Una multitud de jóvenes y adultos se reúne fuera de la puerta pintada de verde latón, sentados muchos de ellos en los capós de los autos o en los pickups de las camionetas. Se oye el sonido de las risas, las conversaciones, las latas en el suelo y el ocasional estallido de los cristales rotos.

Inhalo hondo. Este es mi mundo. Aquí puedo ser yo mismo sin recibir las miradas de desagrado de todo el mundo.

Déjenme decirles una cosa. Las personas tienden a creer que tienen el derecho de darte un esquema para seguir. Yo no creo lo mismo. Si la gran mayoría de los idiotas de por ahí fuera hubiese pasado por la mitad de las cosas que viví durante los primeros diez años de mi vida, muchos de ellos habrían acabado peor que yo.

Me acerco a una camioneta negra a largas zancadas. En el pickup está sentado un alto y larguirucho tipo de pelo largo y negro. Tiene un parche que le cubre el ojo izquierdo, y aunque lo conozco desde hace bastante tiempo, nunca ha querido decirme cómo perdió el ojo. Siempre que le preguntas, el bastardo cambia la historia, y cada una es más loca, ridícula e improbable que la anterior. Sostiene una botella de lo que sospecho es tequila en la mano izquierda y un cigarrillo en la derecha.

A su lado, apoyada contra el lateral del pickup, está Harribel, una alta chica de piel morena y cabello rubio. Como siempre que la veo, lleva ropa que parece una segunda piel; está vestida con un ceñido par de calzas y una camiseta tan ajustada que me pregunto cómo mierda se la pasa por la cabeza. A diferencia de Nnoitra, ella solamente sostiene una cerveza y su desparramado cabello dorado le cae alrededor del cuello, mientras se parte de risa.

¿Sólo ellos dos? ¿De todo el grupo que solíamos ser, sólo ellos han vuelto a Karakura? Amigo, eso es decepcionante. Esperaba encontrarme con Szyael (bajito, flacucho, pálido, con lentes y con el cabello rosa. Rosa. ¿Qué diablos éramos, una convención de fenómenos?), y reírme de él en su cara como siempre lo he hecho, porque, en serio, el tipo es un repipi. Cualquier cosa medianamente "fuera de los modales" lo hacía perder la calma. Podríamos decir que es la clase de personas que ven a un ratón correteando por el piso y se trepan a la primera silla que pueden encontrar.

Cuando estoy lo suficientemente cerca, el único ojo de Nnoitra se clava en mí. Una sonrisa enorme devora su cara casi completa y le hace una seña a Harribel para que se gire. Ella me mira por encima del hombro, dos ojos azul turquesa clavándose en mí, y me dedica una sonrisa. Tiene unos tatuajes extraños sobre el ángulo exterior de los pómulos, como relámpagos azules que llegan muy cerca de su boca. Aunque yo no soy el más apropiado para hablar de tatuajes extraños en la cara; los que tengo en el párpado inferior, de color verde turquesa, dolieron como el infierno.

— ¡Hey! Miren a quién trajo el gato—se burla Nnoitra, dedicándome un brindis solitario con su botella de lo que ahora estoy completamente seguro es tequila. De sus labios cuelga el cigarrillo medio consumido, dejando escapar el humo blanquecino a la atmósfera fría.

—Cierra la boca, Gilga—le gruño en respuesta. No obstante, incluso cuando acabo de mandarlo a la mierda, se da la media vuelta y rebusca en el bolso que yace tras su espalda. Luego, me lanza una lata de cerveza—. "Trae alcohol"—me burlo, abriendo la lata y dándole un sorbo a la bebida—. ¿Es que eres imbécil?

—Hey, en mi defensa, ya estoy medio ebrio—se excusa, mostrándome la botella medio vacía de tequila—. Empezamos hace un rato y nos acordamos de ti.

—Vaya amigos—comento, alzando las cejas.

—Vamos, no es culpa nuestra que seas el menor del grupo. Además, andas todo idiotizado con tu mierda del equipo de natación y la escuela. ¿Qué quieres que hagamos? Ni siquiera creí que fueras a venir.

—No iba a venir—le miento, sonriéndole con sarcasmo—. Ver tu puta cara de imbécil me revuelve las tripas.

Nnoitra entrecierra su ojo violeta hacia mí.

— ¿Quieres pelear, Gatito?—me reta.

—Cierra el pico, Gilga—lo corta Harribel, poniendo los ojos en blanco—. Realmente eres idiota. No debería dejar que te embriagues.

¿Qué…?

Entrecierro los ojos hacia ellos. Hay cierta… comodidad a su alrededor. Me da a sospechar que quizás se enredaron en alguna parte. No me sorprendería; ambos hacen un montón de estupideces estando borrachos. Y por el rubor de las mejillas de Harribel, puedo decir que está sumamente ebria.

—Ninguno de los dos debería embriagarse—puntualizo, sonriéndoles con sarcasmo. Ambos me miran sorprendidos, pero me importa una mierda si mis comentarios los incomodan. Gilga me dijo que viniera. Ahora se las bancan como sea. La cosa es que no voy a dejar de picarlos con esto, no ahora que Harribel luce tan incómoda—. La gente suele hacer la mierda más loca cuando tiene unas copas encima.

Cuando Nnoitra alza su única ceja visible, sé que he puesto el dedo en la llaga. Escondo la sonrisa de triunfo que se me desliza en los labios terminándome la cerveza casi completa de un trago.

—Como sea, Gatito. ¿Vamos adentro a buscarte a alguien?

¿Buscarme a alguien? No, gracias. El tipo de sexo que me gusta sería imposible de practicar teniendo una costilla tan magullada como la mía.

—Paso por hoy. No ando de ánimos.

Eso parece dejarlo desarmado.

— ¿Tú, Grimmjow Jaegerjaquez, no tienes ánimos para tirarte a alguna perra en un bar cualquiera? Eso sí que es nuevo. No te habrán abducido, ¿verdad, Jaegerjaquez? He oído que esa porquería pasa más seguido de lo que cabría de esperarse.

Le lanzo la lata vacía a la cabeza.

—Dame otra—demando, estirando la mano.

—No quieres follarte a alguien pero sí quieres beber. No concibo la una sin la otra—comenta, más para sí mismo que para nosotros.

—Pues tú eres el imbécil, no yo—me encojo de hombros, riéndome en su cara. Gruñendo por lo bajo, Nnoitra me entrega otra lata de cerveza fría que suda por los bordes. Ya siento el hormigueo típico del alcohol en el estómago y la punta de los dedos. Una cerveza. Una sola, y ya siento que tengo calor. ¿En qué clase de enclenque hijo de perra me he convertido cuando estos desgraciados estaban fuera de la ciudad?

—Aunque me encantaría tomarme otra de tus cervezas baratas, Nnoitra—constata Harribel, aunque arruga la nariz en la palabra "encantaría" como si estuviera mintiendo descaradamente—, yo voy dentro a comprarme un trago más sofisticado.

—Oye, si vas a beber mucho, ¿cuál es el punto de beber algo caro? Terminarías creando el vómito más costoso de la historia, eso seguro—repongo yo, abriendo la segunda lata de cerveza que, luego de crujir, deja escapar un sonido parecido a un suspiro que se pierde entre el ruido de la música y la gente a nuestro alrededor.

—Eres un cerdo, Jaegerjaquez—reclama, componiendo una mueca de asco.

—Estoy para servirte, preciosa—me burlo.

En cuanto sus tacones negros desaparecen entre la gente, me acerco a Gilga, que yace medio sentado medio acostado sobre el pickup. Tiene la mirada desenfocada de un ebrio en su único ojo violeta y una sonrisa bobalicona en el rostro que me habría encantado sacarle de un guantazo bien puesto.

—Si te estás follando a Harribel, dame esos cinco ahora mismo—demando, lo más bajo que puedo considerando el alto volumen de la música. El cartel negro que reza «El Arrancar» en letras blancas se inclina sobre la puerta, iluminado con unas pocas luces de neón azules que aún funcionan, y su zumbido también aumenta el ruido ambiental.

Él me dedica una sonrisita.

—Levanta esa mano, Gatito. Me la he estado tirando por unos buenos meses—repone Gilga. No es como si fuera la gran hazaña del mundo, porque Harribel es bastante desinhibida con respecto a sus parejas sexuales. Le importa una cagada de mosca lo que cualquier persona pueda decir acerca de con quién se acuesta, por lo que muchas personas se contentarían con tratarla de promiscua. Yo simplemente la considero una jodida diosa.

Choco los cinco con el imbécil antes de empinarme la mitad de la cerveza.

— ¿Tan aburrida ha estado con la universidad?

—Ni menciones esa mierda de lugar—gruñe, arrugando la nariz—. No sé cuánto podrán aguantar mis nervios.

—Sigue sorprendiéndome que decidieran ir a la universidad. Al menos tú y Luppi. De Szyael y Harribel me lo esperaba, pero tú, Luppi y Yammi…

— ¿Estás diciendo que no tengo el cerebro suficiente, cabrón?—ruge hacia mí.

Mientras me carcajeo en su cara, me termino el resto de la bebida en mi mano, para volver a lanzarle la lata a la cabeza. Está tan borracho que parece no sentirlo.