Y las sorpresa suman y siguen.

Ichigo.

—No estoy bromeando. Pateó a ese bastardo en pleno pecho sin siquiera sudar. Si eso no es radical, entonces no sé qué es.

Miro a Renji con exasperación. Un corillo de compañeros de clase se ha reunido a nuestro alrededor para oír la historia de cómo yo, Ichigo Kurosaki, le planté cara al desquiciado de Grimmjow. Tiene fama de ser un gamberro bastante peligroso en la escuela, y aunque no le pongo mucha atención debido a lo mucho que lo detesto, no me sorprende. Todo él grita peligro.

—Lo digo en serio. Arisawa estuvo allí cuando Ichigo le dijo que soltara al crío—alza la cabeza y sus ojos buscan a Tatsuki, sentada detrás de él con las piernas cruzadas en actitud aburrida y cansada, como la mía. Pone los ojos en blanco antes de trabar su mirada con la de Renji—. Vamos, no me mires así. Admite que fue genial.

—Lo suficientemente genial como para que ahora tenga la mitad de la cara morada—remarca Tatsuki, con tono cansino—. No digo nada, Ichigo, pero fue una movida estúpida.

—Demándame, pero no podía dejar que golpeara al tipo—replico yo, encogiéndome de hombros. A cada latido de mi corazón, el moretón en el que se ha convertido mi mejilla izquierda palpita dolorosamente.

—Tienes serios impulsos suicidas que no puedes controlar, ¿eh, Kurosaki?—comenta Hirako, sonriéndome ampliamente con sorna.

—Llámalo como quieras—muevo la mano hacia Shinji, en un ademán despreocupado. La verdad, entre "tendencias suicidas" y "valentía" (que es sinónimo de estupidez la gran mayoría de las veces) hay una línea muy fina y muy difuminada—. La cosa es que el bastardo se lo tenía bien merecido.

—Ya, pero no fue Jaegerjaquez el que terminó de culo en el suelo, ¿o sí?—el tono burlón de Hirako me hace querer lanzarle una mesa. O quizás algo más pesado… ¿alguna sugerencia?

—Todo por culpa de Ochi-sensei—silbo en respuesta. Si ella no me hubiese desconcentrado cuando estaba a punto de volarle la jeta de un guantazo, seguramente no habría terminado sobre mi trasero.

Cuando llega la profesora, el grupo de mis compañeros se dispersa y se sientan cada uno en su lugar. Tras de mí se queda Renji, que sigue alucinado con lo que pasó ayer, y a mi derecha, Rukia, que parece muy interesada en su celular.

Las clases se me hacen tediosas, pero hago mi mejor esfuerzo por ponerle atención a todo lo que diga Ochi-sensei. No puedo darme el lujo de pajarear por la vida cuando mi carrera académica está en juego. Se me vienen unos meses estresantes, sabiendo que voy a tener que esforzarme al máximo en el equipo de taekwondo y en la escuela para subir mis calificaciones de buenas a excelentes. Es la única forma que se me ocurre para no reprobar el curso.

Una clase tras otra, y aunque me siento adormilado y dolorido, me esfuerzo por estar atento a cada palabra, a tomar apuntes con cuidado y a mantener mi mente enfocada en nada más que la pizarra y el profesor. No es como si me fuera fácil divagar en clases, pero hoy me siento algo distraído. Sobre todo cuando pienso en las dos horas extra que tengo que quedarme.

Cuando la campana del almuerzo suena a través de los pasillos de la escuela, dejo mi lápiz sobre el cuaderno y dejo escapar un suspiro cansado. Miro las líneas que he escrito en la hoja blanca, sorprendido de lo mucho que puedo retener en mi cabeza estando lo suficientemente atento.

Siento la mano derecha acalambrada y me late la cara. Estoy destruido.

Guardo las cosas bajo mi pupitre y saco mi almuerzo. No tengo ni la más remota idea de lo que habrá preparado Yuzu hoy, pero seguramente no alcanzaré a ver ni la mitad de ello. Con el hambre que tengo, dudo mucho que la comida me dure más de diez minutos. Sobre todo con lo bien que cocina mi hermana.

Mi grupo de amigos y yo nos reunimos en la puerta trasera del salón y nos dirigimos a alguna parte para poder comer en paz. Durante esta época del año, a pesar de que es primavera, el extraño clima frío es bastante molesto en lo que respecta a estar al aire libre. Además, por lo general, evitamos comer en el salón y preferimos la cafetería. Por lo tanto, nos vamos caminando tranquilamente hacia el comedor, que ya comienza a llenarse de estudiantes.

Nos sentamos en una mesa al fondo de la estancia. Las chicas han decidido comer en el salón, así que solamente estamos Renji, Chad, Ishida (que aún parece algo reacio a aceptar que de hecho le gusta comer con nosotros), Mizuiro, Hirako y a último momento, salido de Dios sabe dónde…

— ¡Keigo!—lo saluda Mizuiro con las cejas alzadas y cara de sorpresa—. ¿Dónde te habías me…?

— ¡I-CHI-GO!

Alzo la mano hacia su cara antes de que pueda acercarse más. Mi palma abierta impacta contra su rostro con fuerza, remeciendo los músculos de mi brazo.

—En serio, Keigo—comenta Mizuiro, componiendo una mueca que va entre el cansancio y la risa contenida—, después de todos estos años, uno creería que has aprendido a no hacer eso.

—Es un impulso—dice Keigo apenas, con mi mano aún presionada en su cara.

—Si tuviera una moneda por cada vez que haces eso, Keigo—lo reprendo, separando mi palma de su nariz y sacudiéndola para quitarme el hormigueo que sube por mis nervios—, seguramente sería millonario.

—No tienes por qué ser tan violento, Ichigo—se queja, dejándose caer en la única silla libre en la cabecera de la mesa. Saca su almuerzo y juguetea con los palillos como si intentara distraerse—. Hablando de violencia…

Aquí vamos de nuevo…

— ¿Es verdad que te peleaste con Grimmjow Jaegerjaquez ayer?—inquiere, demasiado interesado para mi gusto.

Le dedico un ceño fruncido que hasta a mí me parece francamente terrible, y no me decepciona verlo sobresaltarse y tragar con dificultad.

Renji, sin embargo, parece ansioso de volver a contar la historia de nuevo. Por lo que puedo observar de la cafetería, todo el mundo sabe ya lo de la pelea de ayer. A pesar de que estábamos bastante apartados de la multitud que se congregaba para presenciar los eventos deportivos, el rumor, y luego la certeza de que había intercambiado más que una tensa conversación con el gamberro había corrido entre los estudiantes igual que fuego sobre pólvora. No me gusta la atención desmedida que estoy recibiendo. Acarrea más problemas de los que ya tengo.

—… fue la cosa más loca que lo he visto hacer. Te lo prometo. No lo golpeó una vez, sino tres veces. El bastardo no se lo podía ni creer…

Las palabras de Abarai me llegan desde muy lejos. Debería sentirme culpable por no ponerle atención mientras cuenta mis grandes hazañas, pero mi cabeza ha estado demasiado ocupada preocupándose por mi vida escolar y el castigo que me espera dos horas al día cuatro veces a la semana.

Los murmullos de la cafetería se detienen como si hubiesen chupado todo el sonido del mundo con una aspiradora. Inquieto, alzo la mirada de mi comida, cuadrando los hombros y sintiendo un peso caerme por el estómago de manera desagradable.

Por la puerta de entrada, seguido de su séquito de amiguitos cuyos nombres nunca me he molestado en saber, se desliza grácilmente Grimmjow. Es como si su impactante altura y los músculos feroces que se hinchan cuando se mueve no existieran. Camina con facilidad y elegancia, mirando a todo el mundo con una sonrisa socarrona que da a entender que cree ser el mejor del mundo. Tiene las cejas alzadas, dando la impresión de estarse riendo de un chiste privado que sólo comparte con él mismo.

Escucho los suspiros que se escapan de las bocas de las chicas que están sentadas a nuestro alrededor. Los gruñidos de odio de los chicos que me rodean. La tensión cae sobre nosotros con la misma desagradable consistencia del caramelo caliente; el aire podría cortarse con un cuchillo. Todo se ha quedado estancado por unos momentos. Siento un escalofrío, una mezcla entre pánico, aborrecimiento y algo más, bajarme por el espinazo con tanta fuerza que me quedo casi sin resuello.

Se pasean por la cafetería hasta encontrar una mesa relativamente desocupada. Hay dos chicos de primer año de secundaria sentados comiendo, conversando entre ellos animadamente. En cuanto registran la presencia del desgraciado en su metro cuadrado, ambos alzan los ojos de sus respectivas comidas y los clavan en Grimmjow, que les dedica una sonrisa que, si no lo conoces, podrías incluso considerar afable.

Eso, por supuesto, queda totalmente descartado cuando su voz se alza por sobre el silencio del casino con tanta maldad que trago saliva sin poder evitarlo:

—Levanta tu culo del asiento y déjame la mesa, pequeña mierda.

Es automático. Si alguna vez has visto a un gato saltar asustado, te imaginarás la reacción de los chicos sentados a la mesa. Las patas de las sillas chirrían contra las baldosas del suelo cuando las empujan hacia atrás con las rodillas, asen sus almuerzos y salen pitando de la cafetería.

Tengo la acuciante necesidad de levantarme. Volver a plantarle cara y patearle la cabeza. Y al parecer, estaba a punto de comenzar a hacerlo, porque la mano segura y fuerte de Renji se posa en mi brazo, afirmándome con fuerza.

Le dirijo una mirada sorprendida, alzando las cejas. Él simplemente niega con la cabeza lentamente, sabiendo que estaba a punto de arriesgar mucho más que un simple castigo.

La ausencia de sonidos, más allá de las respiraciones de todos, cuelga sobre la cafetería como una araña gigantesca, peluda y asombrosamente asquerosa.

— ¿Tengo algo en la cara?—alza la voz, recorriendo con sus ojos azules las caras en la estancia. Frunce las cejas al medio de su frente, de esa forma en la que parece que casi se están tocando, los tatuajes verde azulado bajo sus ojos dándole un tinte de mayor ferocidad a su mirada—. Vuelvan a sus malditos asuntos.

Igual que al accionar un interruptor, las conversaciones se reanudan y cada par de ojos se vuelve a su comida y a las caras de quienes se sientan con ellos.

Una sonrisa cruel se desliza en sus labios, alzando las comisuras de su boca, y sus ojos se clavan momentáneamente en los míos. Siento que se me aprieta el estómago y mi boca lucha por colgar abierta. Aprieto los dientes, los músculos de mi mandíbula entumeciéndose ante la fuerza, y le devuelvo la mirada con furia.

Grimmjow simplemente amplía su sonrisa y se deja caer desgarbadamente sobre la silla que está delante de él. Sus "secuaces" (dormí con el diccionario debajo de la almohada, muchas gracias por apreciarlo) se dispersan y se sientan a su alrededor. Me da asco la forma en la que lo miran, como si fuera alguna clase de dios o algo así. Quiero golpearlos a todos y cada uno, en especial a él.

Últimamente he tenido muchas ganas de golpear gente. Y eso no es bueno para nada.

Me rasco la nuca mientras intento concentrarme en el libro que tengo delante. Es algo difícil de lograr cuando tienes a un idiota jugando con una pelota de tenis de mesa, cuya procedencia es francamente desconocida para mí. Y no es que quiera saberlo tampoco; no es de mi maldita incumbencia.

De nuevo, me encuentro demasiado pendiente de él como para poder concentrarme.

Siento su mirada clavada en mi espalda y oigo el rebote crujiente de la pequeña esfera de plástico contra la madera vitrificada de las mesas de la biblioteca del instituto. El segundero del reloj marca el paso tedioso del tiempo sobre nuestras cabezas; han pasado exactamente cuarenta y cinco minutos desde que puse mi trasero en esta incómoda silla para recibir mi primer día de castigo.

Me la he pasado leyendo desde que llegué. Es una buena forma de distraer mi mente de Grimmjow, sentado tras de mí con expresión aburrida y un bostezo constante que me hace preguntarme qué estuvo haciendo anoche.

Y ahí voy de nuevo, preocupándome de lo que el maldito bastardo haga o no con su tiempo.

Cuando vuelve a hacer rebotar la jodida pelotita en la mesa, siento el tirón del músculo sobre mi ceja izquierda. Inhalo profundo para poder ignorarlo, pero las letras ya no me llaman la atención; estoy absolutamente abrumado por el sonido que provoca el plástico. Oigo cómo se ríe por lo bajo, como si estuviera haciendo la broma más graciosa del mundo, burlándose de mí y mi intento de ignorarlo.

¿Cómo planea Aizen que me pase dos horas con este tipo, cuatro días a la semana, y no termine ahorcándolo con sus propios intestinos?

Le dirijo una mirada enfurecida por encima del hombro izquierdo. Está echado hacia atrás en la silla, con una mano en los bolsillos y la otra sobre la pelota de tenis de mesa. La esfera blanca ha desaparecido bajo la palma de su mano, sus dedos largos y sorprendentemente gráciles estirados sobre la madera y las uñas tamborileando sutilmente.

— ¿Puedes dejar de hacer tanto ruido?—gruño bajo el aliento. Mi tono de voz parece causarle risa—. Estoy intentando leer.

Una nueva carcajada silenciosa que silba entre sus dientes.

— ¿Podrías dejar de leer? Estoy intentando hacer ruido—se burla, sus ojos azules resplandeciendo con la luz que cae en un agudo ángulo desde uno de los ventanales. La iluminación crepuscular arranca brillos de color plata a su cabello y oscurece su piel un par de tonos.

Pongo los ojos en blanco ante su comentario estúpido. ¿Está tratando de sacarme de mis casillas? Está teniendo bastante éxito en su cometido. O será que su sola presencia logra hacerme hervir el ácido estomacal.

Vuelvo mis ojos hacia las páginas delante de mi nariz. A pesar de que no estoy leyendo ni una mierda, porque no puedo concentrarme, por lo menos me sirve para no tener que mirarlo mientras se ríe por lo bajo.

¿Qué es? ¿Todo risitas o qué? Maldito fenómeno.

Enfoco toda mi atención en el tic tac del segundero. Si logro calmarme lo suficiente, si logro que mis manos dejen de temblar, si logro de dejar de morderme el labio, de golpear el suelo repetidamente con el pie… quizás podría sentir que controlo un poco mi propio cuerpo. Pero el pequeño bastardo parece estarme traicionando ¿me entienden? Porque hay algo en Grimmjow que me pone de los putos nervios. Y no tiene nada que ver con las alarmas de peligro que se encienden en mi cabeza cuando compartimos la misma habitación. Tiene que ver con otra cosa. Con algo que hace que mi estómago dé vuelcos y mi corazón se salte latidos como un loco.

—Deja ya de intentarlo, Strawberry. Habla conmigo, venga. Me estoy muriendo de aburrimiento.

Cierro el libro casi con parsimonia y lo dejo sobre la mesa. De nuevo, le dirijo una mirada enojada por encima del hombro.

— ¿Y de qué quieres hablar, Jaegerjaquez? Dudo que haya algo que nos interese a ambos.

—Salir de aquí podría ser una buena idea.

—Ni en el séptimo círculo del infierno—bufo hacia él, rodando los ojos con tanta fuerza que me invade un vahído.

Incluso aunque no lo estoy mirando, sé que me dedica una sonrisa llena de sarcasmo.

—Te das cuenta de que vamos a pasar mucho tiempo juntos, ¿verdad?—comenta. Oigo su silla correrse y dos segundos después está frente a mí, dando vuelta el asiento que está directamente al otro lado de la mesa. Se sienta a horcajadas en la silla, su estatura doblándose con gracia sobre el artefacto de madera. Apoya los brazos cruzados contra el respaldo y coloca su mentón sobre ellos como si estuviera mirando una película sumamente divertida—. Sin contar con que todavía me debes una por el puñetazo que me diste.

Me permito mirarlo. Y me refiero a mirarlo en serio. Su rostro es ligeramente alargado, con una nariz recta y proporcionada a su cara. Sus ojos perfilados le dan un aire felino y los mechones de cabello celeste que le caen sobre la frente amplia esconden apenas unas cejas aguzadas. Tiene ojeras bajo los ojos y luce cansado como la mierda.

—Te lo merecías—suelto, enredándome con las palabras. ¿Qué diablos me sucede? No es como si yo fuera gay. No al menos lo suficiente como para ignorar su mierda de personalidad. Pero me estoy desviando del tema; no es momento para reconsiderar mi orientación sexual. No por su culpa.

Ahora eso lo toma desprevenido. Alza las cejas y unas arrugas ínfimas aparecen horizontalmente sobre su frente, hundiendo la piel broncínea en líneas cargadas de sarcasmo. Sus ojos despiden un brillo malévolo mientras una sonrisa socarrona se extiende por sus labios, alzando la esquina derecha de sus labios.

Debería dejar de mirarlo.

—Así que, ¿ganaste tu competencia, Berry?—inquiere, ignorando el tema anterior. Se pasa una mano por el cabello, despeinándose la mata celeste, y la necesidad de imitarlo y correr mis dedos por su pelo me seca la boca. Es tan repentina, tan acuciante, que con el sólo hecho de contemplar la posibilidad, mi corazón golpea fuertemente contra la parte interna de mis costillas.

—No es de tu incumbencia—respondo, frunciendo el ceño. Aprieto los dientes, lo cual es un hábito que debería dejar, y desvío mis ojos de los de él. ¿Qué le importa? No es como si fuéramos amigos. Además, toda la escuela sabe los resultados de las olimpiadas.

—Que maleducado—canturrea. Una burla así en su voz grave podría parecer fuera de lugar con alguien que no sea Grimmjow, pero por alguna razón, esa misma voz de barítono parece darle a la mofa un sentido más malicioso. Inclina la cabeza hacia un lado, como lo haría un halcón curioso mirando a su presa—. Estoy tratando de armar una conversación aquí ¿sabes? Podrías ser un buen chico y cooperar.

—Yo estoy tratando de ignorarte, por si no lo habías notado.

—No estás haciendo un buen trabajo—puntualiza.

—No hay un buen ambiente de trabajo aquí—refunfuño por lo bajo, frotándome la frente con el dorso de la mano. ¿Estoy sudando? ¿Qué mierda me pasa?

Grimmjow se ríe por lo bajo. El sonido reverbera en su pecho como un gong, y un escalofrío me recorre el espinazo.

—Además, ¿por qué querrías entablar conversación conmigo? Si mal no recuerdo, la última vez que hablamos amenazaste con golpearme.

—Estoy tratando de ignorar el hecho de que quiero partirte la cara—se encoge de hombros, como si estuviese hablando del clima—. No me apetece pasar más tiempo castigado.

—Entonces tienes cerebro, ¿eh?—me burlo, dedicándole una sonrisita sarcástica.

Él frunce el ceño. ¿Está ofendido? Pues que bien.

Aunque creo que va a decir algo, simplemente se queda en silencio. Me observa atentamente, igual que un dibujante miraría a su modelo. Me da la impresión de que intenta memorizarse mi cara.

O burlarse de ella.

— ¿Tengo algo en la cara?—inquiero, alcanzando de nuevo mi libro. Busco la página por donde dejé de leer y finjo enfrascarme en la lectura.

—Nah.

Vuelve a quedarse callado. Y sigue observándome. Esa mierda me pone de los nervios; ¿es que nadie le ha dicho que mirar a alguien a la cara por mucho tiempo puede interpretarse como deseos de asesinato? O deseo sexual. Dudo que sea del segundo tipo. No parece la clase de chico que se interesaría por alguien de su mismo sexo.

Todo en él es confuso, no obstante, y eso me deja sin balance. Al momento de estar frente a mucha gente parece un gamberro sin remedio, un bastardo cruel que cree que puede tratar mal a los demás solamente porque tiene la posibilidad de hacerlo. Y estando aquí, a solas conmigo (evito removerme en mi asiento ante ese pensamiento, lo que me hace sentir mortificado), parece bastante tranquilo. ¿Quién es este tipo?

Cuento los segundos que pasan sin ponerle atención a la lectura. Ya puestos, sé que no podré leer ni un solo párrafo con Grimmjow sentado delante de mí. No me siento lo suficientemente seguro como para quitar mi enfoque de él.

Cuando ya han pasado treinta minutos y alzo la vista de las páginas medio amarillentas por el paso del tiempo, descubro que Jaegerjaquez se ha quedado dormido. Me sorprende un poco, pero decido no molestarlo.

Después de todo, nadie dijo que no podíamos dormir durante el castigo.

Sabiendo que ya no me observa, que ya no tengo que preocuparme por la posibilidad de él lanzándose sobre mí para golpearme, puedo centrar mi atención en lo que estoy haciendo. Me relajo más rápido de lo que debería ser natural, tomando en cuenta que él aún podría despertar, pero finalmente la historia me atrapa y termino leyendo ávidamente.

Mi celular timbra en mi bolsillo justo cuando estoy pasando la página. Siento la vibración contra mi pierna izquierda, avisándome que tengo un mensaje. Me pregunto a quién se le ocurrirá enviarme un texto. Las posibilidades son bastante amplias.

Saco el aparato del bolsillo y la luz fría y blanca de la pantalla me hiere las retinas. Parpadeo para aclarar mi visión, aún con estrellas de colores bailando ante mi mirada. Cuando por fin mis ojos dejan de doler, los bajo hacia la pantalla y reviso el mensaje.

~Rukia [4:40 pm]: ¿ha tratado de asesinarte ya?

Dejo salir una risa en voz baja.

~Ichigo [4:41 pm]: ha tratado de conversar conmigo… ¿puedes creerlo?

El celular zumba de nuevo, pero esta vez no son palabras. Es un emoticón de sorpresa.

~Rukia [4:41 pm]: no te creo, ¿en serio? ¿Estás seguro que estamos hablando de Grimmjow Jaegerjaquez?

Como si yo no me sintiera igual de sorprendido que ella. Frunzo las cejas, analizando la situación por unos momentos antes de contestarle.

Literalmente, no parece que fuera la misma persona que peleó conmigo ayer por la tarde. No se parece en lo absoluto al tipo con mirada de asesino que casi me quiebra la mandíbula con un gancho derecho. Al mirarlo ahora, hay alguna clase de fragilidad que no estaba allí cuando estaba despierto. E incluso, ayer, mientras estábamos en la oficina de Aizen, cuando por un momento pareció que todo su mundo se derrumbaba por completo por algo de lo que el director había dicho. No va con la imagen que tengo de Grimmjow en mi cabeza.

~Ichigo [4:43 pm]: sí, estoy seguro.

Al parecer, mi respuesta la deja tan desconcertada que no me contesta.

Bienvenida a mi mundo, Rukia.