De sangre y amigos desconcertantes.

Grimmjow.

—Eh—llama una voz. No quiero ponerle atención. Diablos, si pudiera, me quedaría con los ojos cerrados por el resto de mi puta vida. Nunca siento tanta paz como cuando estoy durmiendo, excepto quizás por las piscinas. Aunque esa paz es diferente; es el hecho de saber que estoy en mi entorno, que nadie puede vencerme allí. Eso es lo que me hace sentir tranquilo. Dormido, sin embargo, logro a veces escaparme de la vida de mierda que tengo. Así que sí, voy a odiar a quien quiera que sea este cabrón que trata de despertarme—. Jaegerjaquez. Despierta, imbécil, el castigo ya terminó…

Aprieto los párpados con fuerza. No quiero moverme. Estaré incómodo, acalambrado, con los brazos dolorosamente puestos bajo mi cabeza y con el cuello duro como una tabla, pero por lo menos no tengo que enfrentarme a ni una mierda.

—Ah, que te den. Que no se diga que no lo intenté.

La voz se queda finalmente callada. Pero, para mi pésima suerte, ya no puedo seguir durmiendo. Me duelen los ojos; se sienten hinchados y tengo la sensación de que miles de agujas me los pinchan a la vez. Incluso mi nariz me duele debido a lo poco que dormí ayer.

Eso es lo que pasa cuando tienes horarios decentes para dormir en la semana.

Abro un ojo con pereza. Estoy en la biblioteca del instituto. A través de las ventanas, se ve la luz crepuscular iluminando el horizonte, el cielo revuelto en mezclas de dorado, rojo, rosado y violeta. Se ven algunas nubes negras por sobre la ciudad; va a llover pronto.

Estoy completamente solo. Kurosaki ya se ha ido.

No es que me sorprenda. Es decir, se nota que el tipo apenas soporta estar en la misma escuela conmigo, y mucho menos en la misma habitación. Pero me había gustado su mirada de fastidio cuando me dejé caer en la silla, la forma en la que sus cejas se fruncieron y sus ojos color chocolate se clavaron en mí con enojo.

Ah, podría tener algo más de eso antes de romperle la cara.

Me paso una mano por la frente, echándome el cabello hacia atrás. Me levanto de mi asiento sin siquiera dignarme a volver a poner la silla en la posición correcta, y camino hacia la mesa siguiente, para recoger mi bolso y mi chaqueta. No voy a cometer el mismo error de ayer; ni loco me muero de frío solamente por flojo. Hoy no.

Dejo la escuela caminando apenas. Estoy lo suficientemente muerto de sueño para que se me nuble la visión. Por lo menos, me digo, mientras bostezo al salir de las instalaciones, no me dormí en ninguna clase. Ese es un lado positivo de todo esto.

A unas cuantas cuadras de camino a casa, me sobresalta el sonido de una botella quebrándose. Mira, colega, no es que sea fácil sorprenderme. Estoy acostumbrado a estar alerta todo el tiempo, ¿me entiendes? No es como si ir por la vida con tatuajes bajo los ojos, el cabello azul y una cicatriz que haría que el mismo Freddy Kruegger arrugara el entrecejo sea la cosa más fácil del universo. Cuando eres yo, tienes que aprender que del cien porciento de las personas que andan por la calle, un ochenta van a intentar hacerte algo.

Y con algo, me refiero a golpear la mierda fuera de ti.

Pero me estoy desviando del tema. La cosa es que tengo la cabeza nublada y me cuesta ver, por lo que el sonido de los vidrios quebrándose logra que dé un muy poco atractivo bote en mi lugar.

¿De dónde viene? Pues viene de mi derecha, desde un callejón. Es angosto y los edificios que lo delimitan son de ladrillo rojizo, de al menos dos pisos cada uno. Veo el contorno borroso de las sombras de un enorme contenedor de basura, el brillo de una que otra posa de agua oleosa en el suelo, y unas siluetas.

Y una se mueve más rápido que las demás. Y por rápido me refiero a que apenas puedo seguirla con la mirada.

Me detengo con las manos metidas en los bolsillos, deseando tener unas cuantas tazas de café expreso a la mano (o mejor, una inyección de adrenalina) para poder despertar a mi cerebro que parece haber decidido que hasta aquí no más llegamos funcionando juntos. Eso debe de haber pasado, porque cuando por el rabillo del ojo detecto el brillo de un cabello naranja, me encuentro a mí mismo caminando hacia el callejón.

¿Qué mierda…?

En cuanto mi cuerpo se da cuenta de la situación en la que estoy, la neblina blanquecina que cubre mis ojos se dispersa tan rápido que comienzo a dudar de mis facultades mentales. Atrapo el reflejo de Kurosaki que cae elegantemente sobre sus pies luego de darle una patada en la mandíbula al tipo que había quebrado una botella para ir contra él. Tiene el lado izquierdo de la cara morado, pero eso no tiene nada qué ver con estos tipos; ese es un regalo que le dejé yo.

Sin embargo, hay nuevas heridas en su rostro. Un corte sobre la ceja sangra copiosamente, haciendo correr una línea carmesí que se desliza por el lado derecho de su cara, goteando por su mentón sobre la chaqueta gris del uniforme. Otro corte que parece de preocupación sangra en su mejilla derecha y hay una raja de al menos veinte centímetros manchada con sangre en la parte delantera de su uniforme, en diagonal sobre su estómago.

—Eh, Strawberry, ¿necesitas ayuda?

Los ojos color chocolate de Kurosaki se desvían por un momento del tipo que se agazapa frente a él con una piedra en la mano. Hay una sonrisita de cansancio en sus labios, y no me pasa desapercibido el corte en el labio inferior. Cuando habla, una hilillo de sangre gotea por su mentón.

—No—dice, moviéndose justo a tiempo para evitar que la piedra, del porte de un puño, le dé en plena sien—. Puedo yo solo con ellos.

Su codo conecta con la nuca del tipo y éste cae con un golpe seco al suelo, con las piernas estiradas. Por lo que se ve, Kurosaki le dio un buen golpe; creo que está inconsciente.

Cuando comienzo a contar los cuerpos en el suelo, más los que siguen de pie, comienzo a pensar que si yo soy un sicópata, este tipo es una máquina de hacer mierda a los imbéciles. Es decir, del grupo de quince, quedan sólo tres conscientes. Y apenas. Y todos parecen enojados como si el infierno los estuviese picando con una vara en sus partes íntimas.

No sé si quiero reírme o sorprenderme, así que hago ambas.

Uno de los tipos, un gigantesco mastodonte de por lo menos dos metros, se gira hacia mí. Tiene un ojo inflamado, cerrándose ya bajo la hinchazón, y el labio inferior tan roto que no puede cerrarlo. Un hilo de saliva mezclado con sangre gotea por su mentón.

— ¿De qué te ríes, fenómeno?

Le dedico una sonrisita sarcástica.

—Lo siento, ¿me hablas a mí?—inquiero, fingiendo inocencia. No se me pasa desapercibida la mirada sorprendida que Kurosaki me dedica, sus cejas naranja alzadas y su boca medio abierta. Parece atónito, y, nuevamente, pienso que podría tener más de esas expresiones que hace. Es muy expresivo. Me gusta eso. Mierda.

— ¿A quién más?—escupe, acercándose a mí. Oh, miren eso. Hay una cortapluma suiza en su mano derecha. ¿Quiere amenazarme con eso?—. ¿Eres amigo del otro de allá?

—Nah.

—Entonces mueve tu trasero de aquí, desgraciado.

—Nah—repito, encogiéndome de hombros. No es como si con eso pudiera hacerme nada.

—He dicho que te largues—sisea.

—Y yo he dicho que "nah". ¿O es que no te funciona el cerebro, pedazo de mierda?—replico, sonriéndole con sarcasmo. No puedo evitarlo; la esquina de mis labios se levanta y estoy dándole mi sonrisita de depredador. Estos tipos piden a gritos que les parta la madre. Odio a esta clase de gamberros que atacan en grupo y con armas.

—Hijo de perra…

—Hey, amigo—lo corto. Oh, eso sí que no. No way in hell that shit is flying. Nadie se mete con mi madre—. Si quieres que te rompa la cara, deberías decirlo a la de ya. Soy muy poco paciente…

Oigo un desagradable crujido detrás del mastodonte. Kurosaki acaba de literalmente voltear el brazo de un tipo casi tan grande como el que se está metiendo conmigo. Hay una mueca de asco en su cara, mientras sostiene el miembro inutilizado por la muñeca, y le da al tipo una patada en la boca del estómago que lo hace escupir sangre.

—Bastardo—escupe. Lo suelta, y el tipo cae al suelo, gimiendo de dolor.

—Oye, tío, eso fue maleducado—le digo, alzando las cejas—. Creía que tú y tu club creían en las peleas limpias.

—Cierra el pico, Jaegerjaquez.

Ah, esa es una gran respuesta.

—Oye, niño bonito—llama el mastodonte. Parece más enojado que antes—. ¿Qué d…?

Mi puño conecta con su cara antes de que termine la oración. Una sacudida me sube por los músculos del brazo y la adrenalina explota en mi sistema cuando oigo el crujido de su nariz bajo mis nudillos. La sangre caliente explota contra mi piel, y retiro la mano, dedicándole una sonrisita.

— ¿Decías?

— ¡Hijo de puta!—grita, sosteniéndose la nariz con la mano libre. La sangre le corre entremedio de los dedos como ríos.

A pesar de que es más alto que yo (algo a lo que no estoy acostumbrado), alzo la misma mano con la que lo golpeé, asiendo entre mis dedos la mata negra de cabello. Tiro de ella con fuerza, haciendo que caiga directamente sobre su cara en el pavimento. El crujido aumenta cuando pongo mi pie sobre su cabeza, presionándola contra el suelo, gruñendo en la base de mi garganta.

—Una que otra lección sobre dirigirte a mí, saco de porquería—escupo entre mis dientes apretados. La mano que sigue en mi bolsillo se aprieta en un puño mientras ejerzo más fuerza contra su cráneo—. Nunca. Te. Metas. Con. Mi. Madre.

Remarco cada palabra con una presión mayor. Un ruidito sale de su garganta, como si se estuviera ahogando, pero no podría importarme menos. El desgraciado puede asfixiarse en sus propios fluidos corporales y a mí me seguiría dando la misma mierda. Solamente saco el pie para no mancharme los zapatos con su sangre.

Pateo su estómago con fuerza, sonriendo ante el crujido de sus costillas bajo mi empeine, justo en el momento en que una patada directamente a la cabeza derriba al último de los imbéciles que quedaba en pie.

Me giro a mirar a Kurosaki. Está jadeando, el sudor corriéndole por la quijada y goteando en su cuello. El líquido le pega el pelo a la frente y la nuca, y la sangre se aclara al mezclarse con el fluido transparente.

— ¿Estás bien?

No es como que me importe, de todas formas.

—Sí.

La respuesta escueta me toma desprevenido. No me malentiendan, no me esperaba un discurso sobre sus sentimientos, pero un tono menos cortante habría sido un poco mejor. Aunque, viéndolo desde otra perspectiva, quizás lo único que hice fue molestarlo. Como si me importara una mierda.

Se inclina a recoger su bolso, se mete la mano libre en el bolsillo, y comienza a caminar. Está inexpresivo, y parece que intentara no mirarme. No sé por qué. Nuevamente, debería preocuparme de mis propios asuntos, pero no puedo evitar mirar más de lo que debería cuando noto la gota de transpiración que gotea desde la línea de cabello en su nuca y se pierde en los confines de su ropa.

Hey, no me miren así, no es como si yo fuera de piedra. Y este chico está como quiere.

Pero aunque quiero decir algo más, retenerlo para ver la forma en la que me mira con desprecio, él ya se ha ido, dejando tras de sí catorce tipos gimiendo de dolor en el suelo. La sacó bastante limpia, con sólo tres cortes, tomando en cuenta el tamaño de estos tipos.

¿Qué habrá estado haciendo, dándose de golpes con estos desgraciados?

No, no tengo para qué preguntar. Seguramente tiene que ver con su cabello. De hecho, los problemas que tuve anoche mientras estaba en El Arrancar nacieron de la misma raíz.

No les he dicho nada, ¿verdad? Por qué no pude dormir una vez llegué a casa luego de la parranda. Planeaba quedarme con Nnoi y Harribel por un par de horas, ya saben, pasar el tiempo antes de que el bastardo me diera un aventón, porque, si me sacó de la cama para beber con él, es lo menos que podría haber hecho. Pero la cosa no es esa. La cosa es que terminé golpeando a alguien en la cara.

Por culpa de mi cabello.

Mientras Nnoitra se bebía el resto del tequila que le quedaba en la botella y yo me empinaba la cuarta cerveza, Harribel volvió con un trago en la mano. Si no la hubiese conocido, habría pensado que era un maldito jugo natural. Pero cuando me llegó el fuerte olor a alcohol, mezclado con limón, menta y hierbabuena, reconocí la mezcla con facilidad. Un mojito cubano.

Se apoyó contra el pickup, demasiado cerca de Gilga como para mi comodidad (no es que sea mojigato, es que ver a estos dos demasiado cerca me da la misma sensación que tendría si me tirara a Nelliel), y sus ojos se clavaron en los míos.

—Así que Grimm—comenzó, revolviendo su trago con la pajita casi parsimoniosamente—. ¿Qué ha sido de tu vida en el último año?

—Gané las olimpiadas escolares hoy—me encogí de hombros. Llevaba todo el día con la noticia atascada en la garganta, y se sentía demasiado bien para mi gusto el poder decirla en voz alta. Ahora, no es como si a Nell no le interesara, pero estaba demasiado furiosa conmigo como para siquiera escucharme. Y sigue furiosa—. Así que no tan aburrido como cabría de esperar.

— ¿Y no te estás follando a nadie?

Maldito Nnoitra. Siempre tan indiscreto.

—No—arrugué el entrecejo. ¿Por qué no podía meterse en sus propios asuntos? Ah, claro. Yo había preguntado si se estaba tirando a Harribel. Era lógico que él quisiera saber dónde estaba poniendo yo a mi amiguito—. Nada interesante.

Intenté ignorar los ojos castaños de Kurosaki mirándome con furia, que aparecieron en un parpadeo y se desvanecieron igual de rápido de mi vista. Maldito crío. No podía ser que me sintiera atraído por el bastardo.

— ¿Estás seguro?—inquirió Nnoitra, entrecerrando su ojo violeta hacia mí con una sonrisa que se comía toda su cara y mostraba sus dientes parejos—. No eres de los que pasa mucho tiempo sin follar. Es una imposibilidad biológica.

En eso tenía razón. Pero tampoco estoy demasiado interesado en enredarme con nadie últimamente. Cuando alguien luce como yo, tiene el derecho de escoger a quién tirarse y a quién no. Y por ahora, no ha aparecido ningún prospecto a pasar la noche en mi cama. La cosa es, tampoco me interesaría en cualquier cosa.

—Nadie que pueda conseguir esto—le dije, sonriéndole con superioridad, apuntando a mi cuerpo con un ademán de la muñeca—. Mercancía de primera clase.

Algo en la esquina de mi ojo captó mi atención. Un tío cualquiera estaba mirando el trasero de Harribel casi con las babas colgándole por la boca, demasiado cerca y demasiado ebrio para mi gusto. No me malinterpreten, me importa una mierda lo que ella haga o deje de hacer con su vida, pero tipos así suelen ponerla de los nervios. Y si bien la dejo hacer lo que le plazca, también es mi amiga. Muy por el contrario de lo que muchas personas creen, no soy un bastardo que deja que su amiga pase un mal rato. Mal que mal, para eso somos amigos. Así que ni una mierda.

—Oye, Bel—le dije, inclinándome sobre la baranda del pickup para alcanzar otra cerveza. Estaba ya medio borracho y lo cierto era que no me importaba. Ebrio o no, no había nada que me importara hacer después. Oh, sí, claro, la escuela. Cinco horas más. Si mis cálculos no fallaban, ya habría eliminado todo el alcohol para cuando comenzara la hora de clases—. Un idiota está soñando con follarte contra el pickup de la camioneta mientras hablamos. No es muy guapo, así que dudo que sea de tu interés.

Ella puso los ojos en blanco y se giró, buscando al tipo que tenía su vista clavada en su trasero. Cuando lo encontró, a dos autos de distancia, frunció el ceño con asco, dándole un trago a su mojito.

—Puede mirar todo lo que quiera. Si no se hace la paja aquí mismo, no va a molestarme.

Sabía que mentía, pero es la clase de personas que evitan los conflictos. Mayor razón para preguntarme por qué orbita alrededor de Gilga y de mí, sabiendo que nos metemos en problemas (violentos problemas) más seguido de lo que es saludable.

En ese mismo instante, el baboso se acercó a nosotros. Le pasó un brazo por la cintura a Bel, abrazándola contra su costado. Tenía una mirada de ebrio irremediable y una cara bastante fea. Ni siquiera recuerdo cómo lucía, pero sí sabía que parecía que le hubiese pasado la llanta de un camión por el rostro. Y la llanta seguramente habría lucido mucho mejor que él.

— ¿Por qué no dejas a este par de idiotas y te vas conmigo a alguna parte?—preguntó; su voz apenas modulaba las palabras. Harribel compuso una mueca de asco al oler su aliento—. Podríamos pasarla bien.

—No estoy interesada, muchas gracias—siseó hacia él.

—Vamos…

—Eh, cara de llanta—se envaró Nnoitra, sentándose en el pickup y dejando la botella vacía de tequila a su lado. Eso me gusta de Nnoi. Piensa los insultos de la misma forma en la que lo hago yo—. Te han dicho que te vayas a la mierda. ¿Eres imbécil o qué?

— ¿Qué mierda te metes tú, pirata de pacotilla?

Diablos, me dije, alzando las cejas hacia Nnoi; el tipo estaba jodido. Nadie se mete con su ojo, como nadie se mete con mi madre o con Nell. Bueno, hay un par de excepciones, como Luppi o yo. Pero nadie más.

El metro noventa de Nnoitra se deslizó a una velocidad mortal fuera de su lugar de descanso y le plantó cara al borracho con su ojo fijo en él. Fue un chiste ver al supuesto machito dar un paso atrás cuando notó su altura. Nnoitra puede ser un delgaducho con apariencia de enclenque, pero el bastardo sabe dar golpes.

— ¿Quieres que te parta la cara, hijo de perra?—siseó él, dando un paso hacia el tipo. Harribel clavó su mirada en él, y no pude evitar notar la sonrisa de superioridad que le cruzaba los labios.

—No estoy solo, ¿sabes?—escupió el tipo de vuelta, como dándose cuenta de la situación—. Tú y tu mierda de amiguito con pelo de maricón no me dan miedo.

¿Me estaba dando mierda a mí? ¿Y por qué?

La cosa es, que en ese momento estaba lo suficientemente borracho como para que no me importara por qué tiraba su porquería hacia mí. El problema era que acababa de decir que mi pelo era de maricón, y aunque no es que me ofendiera el epíteto, considero bastante desagradable el uso de esa palabra. Es decir, ¿cuál es el maldito problema con que a alguien le guste una persona de su mismo sexo? Le gusta lo que le gusta y ya. No soporto a los homofóbicos.

— ¿Has dicho algo, cabrón?—siseé, dejando mi cerveza medio vacía sobre el pickup.

—Lo que has oído—chistó, mirando hacia el lado. Cuando su pandilla de amigos se acercó a nosotros y vi las caras de ebrio entre ellos, supe que estábamos condenados a golpear un par de culos para pasar el rato.

—Trae más—le dije, dedicándole una sonrisita mientras me quitaba la chaqueta. Bel extendió su mano y dejé que la tomara sin siquiera mirarla—. Esos pobres hijos de puta no van a poder con Nnoi y conmigo.

Y eso pareció ponerle un cohete en el culo.

Se lanzó hacia mí para barrerme y tirarme al suelo. Para mala suerte de él, es difícil tirarme al suelo. Vean, soy puro músculo debido a la natación, sin mencionar que practiqué boxeo antes de ingresar al club y encontrar algo que realmente me gustara. Por lo que el bastardo se encontró con una pared que no podía mover.

Excepto que yo sí podía moverlo a él.

Lo golpeé directo en el estómago. Gracias al cielo, alcancé a moverme justo antes de que el vómito me manchara la ropa. Fue realmente asqueroso, se los digo en serio. Mi puño conectó con su abdomen y pude oír la mierda subiéndole por la garganta mientras la arcada lo ahogaba.

Cuando cayó al suelo, encima de su propio charco de alcohol devuelto, lo miré con asco.

—Que pase el siguiente bastardo.

Y así. Fueron unos minutos desagradables. Pelear con el alcohol en la sangre, latiendo a través de tus venas y adormeciéndote los sentidos no es fácil, aunque no tengo ni la más remota idea de cómo fue que, al final, logré salir sin ni un solo rasguño. Nnoitra se lo pasaba bomba; es de los que usa más las piernas que las manos. Y el desgraciado sabe cómo usarlas perfectamente.

Conté por lo menos diez de ellos. Todos en el suelo, tirados como marionetas a las que les cortaron los hilos, muchos de ellos con sangre saliéndoles de alguna parte. Yo mismo tenía manchas del líquido carmesí en mis nudillos y mi ropa, lo cual, para mala suerte de ellos, me enfureció aún más.

Nnoitra se envaró y miró a su alrededor. La multitud se había ido formando a nuestro alrededor en un círculo que se agitaba con miedo, voces susurrantes hablando quizás qué porquería acerca de nosotros. Y sus comentarios, sus palabras insidiosas cargadas de temor, se esparcían como fuego sobre pólvora.

— ¡¿Queda alguien más que quiera su cara partida a la mitad?! ¡¿No?! ¡Entonces metan las narices en sus propios asuntos, montones de mierda!

Los ojos de la multitud se fijaron en mí. Yo había estado callado todo el rato, simplemente burlándome de los tipos que creían que podían con Nnoi y conmigo. No es como si las peleas no me gustaran, pero me gusta que me den algo de pelea. Estos hijos de puta ni siquiera me habían durado lo suficiente como para comenzar a divertirme.

— ¿Qué me ven?—ladré, abriendo y cerrando las manos. Sentía un hormigueo no del todo desagradable en todo el cuerpo, esa sensación que siempre me recorre cuando golpeo a alguien. Es un placer oír los huesos crujir bajo mis puños—. ¿Quieren algo de esto?

Claro que no lo querían. Simplemente miraban anonadados cómo dos simples tipos habían hecho mierda las caras de diez personas sin siquiera sudar.

—Eso es lo que pensé—siseé bajo el aliento, acercándome de nuevo al pickup de la camioneta. Harribel me entregó la campera con una sonrisita cansada en los labios. Su vaso estaba vacío.

— ¿Vamos adentro a conseguir más de esto?—preguntó, moviendo el vaso para que llevara mi atención hacia el cristal que aún sudaba agua por los bordes—. El olor a vómito, sangre y hombría destruida no es muy agradable.

— ¡Eh, Nnoi!—llamé, mientras el otro idiota miraba a la multitud con su único ojo bueno lleno de sadismo—. Vamos a buscarle a Bel otro trago. Le molesta la mierda aquí fuera.

—Nah, yo me largo. Estos hijos de perra me echaron a perder la noche.

— ¡Pero Gilga!—refunfuñó Harribel, mirándolo ofendida—. Estaba comenzando a divertirme.

—Siempre te divierte que le quebremos la madre a algún bastardo—comenté.

Ella dejó salir una risita.

—Se ven tan machotes—suspiró, casi encantada.

No me habría importado tirármela una y mil veces, pero donde Nnoitra Gilga había puesto su herramienta, yo no iba a poner la mía.

—Sí, sí, como sea. Vamos, Gatito, te dejo en casa. Eh, Bel, súbete al auto.

—Manejar ebrio es un delito—se burló la rubia, encogiéndose de hombros y cerrando la portezuela del pickup con un movimiento fluido que delataba que había hecho eso un montón de veces—. Aunque no me importaría un poco de adrenalina.

—Mete tu culo en el auto, Bel.

Parpadeo para alejar los recuerdos. Son borrosos y están difuminados en los bordes de los ángulos, presumiblemente por la cantidad de alcohol que consumí mientras estaban sucediendo los eventos. Para ser sincero, podría haberme tomado un paquete de seis y habría seguido teniendo sed.

Hago mi camino hasta la casa, ignorando por completo el jeep de Nelliel estacionado en la entrada de auto. Si está en casa y sigue molesta, entonces no hay razón alguna para hablarle de nada. Ni siquiera voy a dirigirle la mirada. Por supuesto, eso es una mentira grande como una casa, pero ese no es asunto suyo.

Cuando ingreso por la puerta principal, me llega el olor a la comida. Alzo las cejas en sorpresa, porque realmente no me esperaba que cocinara. Si está molesta conmigo, suele dejar que me alimente solo. Lo cual es una mierda, porque no podría ni siquiera prender una cocina sin causar un desastre de proporciones épicas.

Me deslizo hacia la cocina en silencio. Tengo sangre en el uniforme y eso seguramente va a hacer que pierda toda su mierda gritándome acerca de cómo me metí en otra pelea estúpida.

No como que me importe una mierda. Por alguna razón desconocida, hoy estoy mintiendo mucho. ¿Saben qué? Ignórenme.

Entro a la cocina con cuidado. Nelliel es de las que salta a tu garganta si la sorprendes, y como mi idea de terminar con alguien encima no conlleva dientes (no la gran mayoría de las veces, porque me encantan los que muerden ciertos puntos de mi anatomía), y tampoco es mi idea de pasar el rato tener a mi hermana sobre mí, prefiero hacerle saber que estoy en casa en cuanto cruzo el umbral de la puerta.

—Hey, Nell.

Alza sus ojos grises de la mezcla que bate en un bol, y entrecierra los párpados hacia mí.

—Tienes sangre en el uniforme—es lo primero que dice, en voz alta, autoritaria, y, si mi oído no me falla, preocupada.

—Me metí en una pelea estúpida. Nada de qué preocuparse.

—Ah, lo usual.

Wow, eso duele.

— ¿Qué preparas?—pregunto, mirando hacia la cocina. Parece que hubiese una cena importante hoy.

Mi pregunta parece iluminar su rostro y una sonrisa le extiende los labios. Ella pocas veces sonríe así por algo que haya hecho yo. Me pregunto quién será el afortunado.

—Hoy viene un amigo a cenar.

— ¿Novio?—inquiero, llevando mis pasos hacia el refrigerador. Al abrirlo, un surtido de cosas que hacen que mi estómago gruña de hambre aparecen ante mis ojos. Oh, colega, podría comerme un caballo entero. Pero dejando de lado a mí estómago (algo difícil de hacer, si soy sincero), la perspectiva de que Nell tenga novio es desconocida y causa cierta desazón en mí. Sin embargo, es hora de que deje sus traumas y comience a vivir un poco. Al final no es algo en lo que yo pueda opinar.

—Amigo—recalca. Oigo el aceite caliente crepitar sobre una sartén—. Lo conocí hace años. Es hijo de un médico que tiene una clínica por aquí cerca.

—Eso suena la bomba, Nell—le digo, metiéndome un trozo de pavo frío a la boca—. ¿Vas a tirártelo?

Ella me lanza una cuchara que esquivo por poco.

—No, Grimmjow. Tiene diecisiete, por el amor de Dios. Y por todo lo que es santo, niño, deja de creer que todo tiene que ver con lo que te cuelga entre las piernas.

Recojo la cuchara del suelo y la dejo sobre la encimera, al lado de donde está trabajando. Me dedica una mirada agradecida mientras saca un cucharón de uno de los cajones que tiene a su lado. Se mueve por la cocina con la facilidad de una cocinera experta, y no es que pueda decir que su comida es buena. Es excelente.

— ¿Y ese amiguito tuyo tan joven… tiene un nombre?

—Se llama Ichigo. Me salvó de un atraco hace algunos años atrás. Hemos sido amigos desde entonces.

Me atraganto con mi propia saliva.

— ¿Estás bien?—inquiere Nell, preocupada, mirándome directamente a la cara.

— ¿Ichigo Kurosaki?—toso, intentando encontrar mi respiración—. ¿Pelo naranja?

—Sí. ¿Lo conoces?

Que si lo conozco…

—Sí. Es mi compañero de castigo.