Cenas que se interrumpen.
Ichigo.
La herida en el estómago duele como la puta madre. Si alguna vez se preguntaron, por ahí, al dejar la mente vagar, qué se sentiría tener un tajo de al menos veinte centímetros en diagonal sobre el abdomen, la respuesta no es muy placentera. Duele. Como. La. Puta. Madre.
Lo observo en el espejo de mi cuarto, frunciendo el ceño hacia mi reflejo. El cardenal que me dejó Grimmjow ya está morado, como un mapamundi en mi cara, y a eso hay que agregarle los dos cortes en el lado derecho. Uno sobre la ceja y otro en la mejilla, donde la sangre ya está comenzando a coagular. El labio partido no se ven tan mal, lo cual es una suerte. Si hubiese estado atento, quizás habría notado la navaja suiza que llevaba el tipo al que Jaegerjaquez aplastó contra el suelo.
De todas formas, de nada sirve que me lamente por cómo quedó mi uniforme o cómo quedó mi piel. El corte no es nada más que una cosa superficial, ni siquiera necesita puntos, pero escuece y eso me molesta. Tendré que ponerle alguna gasa o algo encima para evitar que me manche la camiseta.
Suspirando, me paso la camisa inservible del instituto por la cabeza. Yuzu y Karin están en el comedor, así que dudo que quieran ver cómo me quedó la piel luego de mi escaramuza con los imbéciles.
Bajo las escaleras y paso hecho un vendaval por el pasillo, evitando que me vean. Cuando llego a la puerta de la sala donde papá atiende a los pacientes, espero a chequear que esté completamente solo. Y para suerte mía, está sentado tras su escritorio, revisando unos papeles.
—Eh, papá—lo llamo, metiendo la cabeza por la puerta entreabierta. Sus ojos castaños se clavan en los míos y alza las cejas, mirándome con suspicacia—. Antes de que te lances sobre mí a golpearme, te digo desde ya que no fue culpa mía.
— ¿El qué?—inquiere, dejando los papeles sobre la mesa con una calma fingida que me pone los pelos de punta.
Me aclaro la garganta y me paso una mano por el pelo, desordenándomelo más aún, antes de ingresar a la habitación. No se había sorprendido mucho con los cortes y el moretón de la cara (ya lo había visto ayer cuando llegué a casa), pero con el del estómago…
Antes de que pueda verlo ya está lanzándose sobre mí. Suelto un gritito bastante poco masculino y me hago a un lado. Pasa de largo, golpeándose la cara contra el muro y deslizándose cómicamente hasta el suelo.
—Te he enseñado bien, hijo mío—dice con voz ahogada y lágrimas en los ojos, levantándose del suelo y sobándose la nariz enrojecida—. No tengo nada más que mostrarte de la vida…
Pongo los ojos en blanco.
— ¿Podrías curar esta herida para mí? Tengo una cena con una amiga en una hora y no puedo dejar que esto sangre a través de mi camiseta.
Sus ojos caen entonces hacia el corte en diagonal sobre mi abdomen, que abarca desde mis costillas del lado izquierdo hasta casi el oblicuo del lado derecho. No es demasiado grave, pero la piel en esa zona suele ser bastante alharaca. Él frunce el ceño.
— ¿Te metiste en otra pelea?—inquiere, suspirando.
—Me metieron en otra pelea—repongo yo. Eso no parece generar ningún cambio en su actitud—. Yo iba tranquilo por la vida cuando un grupo de tipos me empujó al callejón. Tenía que defenderme, ¿no?
Isshin suspira de nuevo, negando con la cabeza. Ya no parece tan molesto, pero sí preocupado. Aunque sabe que no puede hacer nada, supongo que no puede evitar el sentirse inquieto acerca de los problemas en los que me meto sin pedirlo. Pero no es mi culpa, como ya he dicho varias veces antes; es mi cabello. Naranja brillante. ¿Qué clase de ADN me heredaron mis padres, amigo? Cabello naranja. Aunque viendo la cantidad de cabellos extraños que andan por ahí, supongo que tampoco puedo hablar.
—Siéntate en la camilla y quítate la camisa.
Oh, esa es su voz de médico. Ok, será mejor que haga lo que dice.
Me quito la camisa por sobre la cabeza, componiendo una mueca cuando el corte escuece y manda escalofríos de dolor por mis nervios. A medida que la herida se enfría, la siento pulsar con cada latido de mi corazón. La sangre comienza a coagularse encima y a secarse por los bordes, dándole un peor aspecto del que en realidad debe tener. Los bordes dentados de la piel se levantan desagradablemente, y temo que quizás se haya quedado pegado un trozo de cristal.
Papá compone una mueca de desagrado mientras se lava las manos en un lavamanos cerca de la puerta. La espuma blanca se arremolina antes de deslizarse por el desagüe, y él se seca las manos con el papel absorbente que cuelga del dispensador que está empotrado a la pared justo encima. Se pone los guantes y esteriliza el equipo, haciéndose con vendas, cinta adhesiva, desinfectante y un ungüento que sé de antemano que me va a arder hasta el alma.
—Recuéstate.
La voz de doctor es imposible de ignorar, ¿sabes a lo que me refiero? En plan, este no es mi viejo. Es un profesional. Y, amigo, si lo conocieras cuando está tonteando por la casa, te costaría creer que es el mismo tipo con la bata blanca de médico sobre la ropa, con la placa plateada que reza «Dr. Kurosaki Isshin» en letras negras. Como si dejara todo lo que es fuera de la habitación cuando tiene un paciente, y le da lo mismo que el paciente sea su hijo.
Acerca la charola con los instrumentos y otra para dejar las gasas usadas, y se mete de cabeza al trabajo. Limpia la herida son suero fisiológico, desechando al menos tres montones de gasa en limpiar toda la sangre pegada a mi piel. Intento no removerme mientras hace su trabajo, pero, diablos, la fricción duele como la mierda.
Y entonces el antiséptico. Colega, eso arde de una manera atroz. Aprieto los dientes, los músculos de mi mandíbula hormigueando, amenazando con acalambrarse ante la presión excesiva.
— ¿Con qué te cortaron?—pregunta, apenas respirando cerca de la herida. Tiene un talento para eso, no sé cómo mierda lo hace.
—Una botella rota—contesto a través de mis dientes apretados. Oh, diablos, podría haberme bañado y nada más, quitar la sangre y ponerle un vendaje mediocre encima. Pero, hey, la salud es primero. Además, no quiero arruinar más ropa.
—Te metiste en un buen lío, ¿eh?—murmura, frunciendo el ceño. Ase las pinzas y saca un trozo mínimo de vidrio de color café pegado al borde dentado de la herida—. ¿Por qué fue esta vez?
—Lo de siempre. No les gusta mi pelo.
—Ah.
Con eso, la conversación parece morirse ahí mismo. Se queda silencioso como una sepultura, silencioso como nunca lo ves en la vida, excepto quizás las veces en las que vamos a ver a mamá al cementerio y él mira la tumba de su esposa con ojos fijos y ausentes. Es casi la misma rutina; parece que su mente estuviera por otro lado, mientras alguien desconocido surge ante mí y trabaja minuciosamente en limpiar cada trozo de piel rota.
Después de unos minutos, de varios paquetes de gasa, media bolsa de suero y bastante antiséptico, decide que la herida está lista. No me venda ni pone nada encima, lo que me sorprende.
— ¿No vas a vendarla?
—No es necesario—contesta, haciéndome una seña para que me siente. Comienza a trabajar silenciosamente en los cortes de mi ceja y mi mejilla—. Ninguno de estos es lo suficientemente grave. Puedes incluso bañarte y no habrá problema.
Eso es una buena noticia.
Después de veinte minutos, las heridas escuecen como si tuviera sal sobre ellas, pero ninguna sangra. Están completamente limpias, sin rastro alguno de cristales o sangre, y la piel sonrojada alrededor de las brechas rosa brillante comienza a picarme debido al antiséptico.
Dejo salir un suspiro de alivio.
—Gracias papá.
—De nada.
—Recuerda que voy a cenar en casa de una amiga. No me esperen a comer, ¿sí?
Alza las cejas hacia mí, y el profesional doctor Kurosaki desaparece, dejando solamente a Isshin, mi maniático, loco y sicópata padre. Una sonrisa expande sus labios, y unas arruguitas cargadas de doble sentido le nacen alrededor de los ojos.
—Ah, ¿una chica?—pregunta, sentándose más cerca. Su mirada de pervertido hace que se me suba el rubor a la cara. De nuevo, no tiene idea de cuánto odio sonrojarme—. ¿Es bonita?
—Es una amiga, diablos, quita tu apestosa cara de la mía—gruño, poniendo mi palma abierta sobre su rostro y alejándolo lo más posible—. ¿Quién te crees que soy?
—Un joven sano de diecisiete años—se encoge de hombros, con mi mano aún sobre su cara y con la voz amortiguada por mi piel—. Sería normal que tuvieras novia. ¿Qué tal Orihime-chan? Es bonita y simpática.
Sí, Inoue es guapa y simpática. Pero no puedo sentir nada más que amistad hacia ella, aunque hubo un tiempo en que se me aceleraba el pecho con sólo pensar en verla. Eso pasó hace tiempo, cuando teníamos quince años. Ya no. Fue fugaz como un fuego artificial.
—Nah.
—O un novio. ¿Qué tal Renji? Son buenos amigos.
Arrugo la nariz ante ese comentario.
—Cuando tu padre comienza a sugerir que salgas con alguien de tu mismo sexo, esa es una gran señal para salir corriendo como un murciélago huyendo del infierno. Voy a bañarme.
Lo dejo en la habitación, frunciendo el ceño durante todo el camino hacia mi cuarto mientras busco un par de toallas, y mantengo mi expresión cuando cruzo la puerta del baño en el primer piso.
Me ducho lo más rápido que puedo. De la hora que tenía para ir donde mi amiga, apenas me quedan cuarenta minutos, y no sé cuánto tiempo voy a demorarme en llegar. Se cambió de casa hace un par de años, por lo que realmente ya no sé dónde vive. Tengo la dirección, sí, pero ya saben cómo es esto.
Me seco el pelo con la toalla y me echo la ropa encima cuando todavía tengo la espalda húmeda. Una camiseta azul con blanco, unos vaqueros grises ajustados y una chaqueta de mezclilla negra. Mientras hago mi camino hacia la puerta de mi cuarto, me detengo ante el armario, sopesando la posibilidad de echarme unos guantes al bolsillo y una bufanda alrededor del cuello.
Nunca está demás ser precavido, ¿verdad?
Termino enrollándome una bufanda blanca al cuello y guardándome unos guantes de cuero forrados en chiporro en el bolsillo. Odio sentir frío.
Me meto las llaves al bolsillo y camino directamente hacia la dirección que me dieron hace unos días. El lugar no está lejos de mi casa, a unos quince minutos de caminata como mucho, por lo que espero no llegar tarde. La cita es a las siete y son las seis cuarenta. No mi mejor tiempo en la ducha, eso seguro.
Cuando por fin los números de la casa y la calle en la que se encuentra coinciden con el papel escrito a mano por esta chica, echo la cabeza hacia atrás para poder observar en totalidad el edificio. No es nada demasiado ostentoso, aunque por alguna razón eso lo hace más elegante. La madera de la fachada está pintada de un agradable tono verde claro con los marcos de las ventanas negros, el techo de tejas de color rojizo terracota. La entrada de auto está cubierta por un techo separado del de la casa, sostenido por unos pilares pintados de azul, al igual que el techo inclinado.
Es una casa bonita al estilo occidental. Nada demasiado llamativa, pero con clase en su simpleza.
Suena como la clase de lugar en el que Nell viviría.
Camino un par de pasos y toco el timbre adosado al muro. A través del citófono, la voz agitada y rebosante de alegría de Nell suena con un tinte de estática.
— ¡¿Si?! ¡¿Ichigo, eres tú?!
Dejo salir una risita.
—Soy yo, Nell, abre la puerta.
— ¡Está abierta!
Le dedico una sonrisita al aparato aunque sé que no puede verme, y empujo la rejita que me llega hasta el estómago antes de cruzar el camino pavimentado hasta la puerta principal, pintada de color caoba. En cuanto la abro, un borrón de cabello verde y suéter blanco se lanza sobre mí. Me rodea un olor a sándalo bastante agradable mientras los brazos de Nell me aprietan contra ella.
Me falta el aire, porque aunque es pequeña, tiene una fuerza sorprendente, justo como Rukia. Y creo que estoy sobre mi trasero. No sería una sorpresa. Cada vez que Nelliel Tu Odelschwank me ve, se lanza sobre mí; mide un poco más de un metro setenta, tiene una figura que es simplemente perfecta, la piel broncínea y unos enormes ojos grises pardo que ocupan casi la mitad de su cara. Su largo cabello es verde azulado, como turquesa, brillante, abundante y sedoso.
— ¡Ichigo!—dice, tendida sobre mí. Amigo, si fuera cualquier tipo estaría en el séptimo cielo, pero ahora mismo está presionando justo sobre la herida de mi estómago y eso duele—. ¡Ha pasado tanto tiempo!
—Nell—digo apenas, con la voz ahogada—, ¿puedes salirte de encima? No puedo respirar.
Ella me suelta, aún sentada a horcajadas sobre mí. Sus ojos grises se clavan en los míos y una sonrisa radiante le cruza los labios. Siempre me mira así; se le iluminan las facciones.
— ¿Cómo es…?
Entonces, nota los dos cortes en mi cara, el corte en el labio, y el moretón de mi mejilla izquierda. Su cara de felicidad se transforma a una mueca helada llena de preocupación, y sus dedos suaves como plumas recorren mi cara.
— ¿Qué te pasó?—pregunta, su voz como un suave murmullo.
Ay mi madre. Está furiosa.
—Unos tipos se metieron conmigo en la calle—le explico, lentamente, con tono conciliador. Quizás así no se ponga tan furiosa. Incluso aunque sabe que las peleas en las que me meto no son completamente por culpa mía, sigue enojándose un montón por ellas. Sobre todo porque siempre salgo con algún corte o algo. Eso la pone de los nervios—. No fue nada, no te preocupes.
Frunce el ceño.
— ¿Por qué?—inquiere, lentamente, emulando mi tono. Hay un matiz peligroso en su voz y trago saliva al notarlo.
—Mi cabello. Ya sabes, me da problemas el ochenta porciento del tiempo. Nell, ¿podrías levantarte? Estás en una posición algo comprometedora, y a no ser que te vayan los chicos menores, pues…
—Ay, lo siento…
Se levanta y por fin puedo respirar mejor. Cuando se equilibra sobre sus pies, me tiende una mano y me ayuda a levantarme también; su mano se siente pequeña y cálida en la mía, completamente familiar.
Le dedico una sonrisa.
— ¿Qué delicia preparaste hoy, Nell?
—Ah, preparé algo dulce—sonríe, cerrando sus dedos alrededor de mi muñeca y dirigiéndome por la casa hasta la cocina. Tengo que correr tras ella para no caerme de cara y lesionarme más de lo que ya estoy—. Hice crepas con crema de chocolate.
La sola mención del chocolate me hace la boca agua. Crepas. Dios, hace mucho que no como ese tipo de cosas. Espero que haya hecho bastantes, porque tengo hambre. Quizás podríamos ir a comer a alguna otra parte más tarde; mal que mal, para eso tengo algo dinero ahorrado.
—Ven, ven—ríe, cuando por fin estamos en la cocina. Es un sitio amplio y decorado con sobriedad, paredes blancas con una que es completamente de cristal. Encimeras brillando de limpias y con unos pocos utensilios encima se arriman a los muros de concreto y sobre la estufa hay una sartén plana y baja que asumo es la crepera—. ¿Te parece bien comer aquí?
—Ningún problema.
Con una risita, Nell saca de debajo de una de las encimeras unos taburetes que no había notado que estaban allí. Me hace una seña para que me acerque y me siente, mientras trae los platos y un bol con una espesa crema que huele a chocolate y naranja. La deja frente a mí, junto con un par de tenedores y cuchillos, para luego ir a buscar un par de tazas y una tetera.
Del pico sale vapor, que se ondula lenta y perezosamente en el aire. Me sirve un poco de té y luego se sirve ella, para después sentarse con el cuerpo medio girado hacia mí.
Prepara una crepa con facilidad y fluidez. El olor a chocolate hace que mi estómago gruña en protesta, y para cuando ya me la tiende, lista para comerla, estoy salivando con la sola visión. Colega, si Nell y yo no fuéramos amigos desde hace tanto tiempo, seguramente le pediría que saliera conmigo.
Aunque no es que vaya a hacerlo realmente, soy demasiado tímido para eso.
Doy el primer bocado y tengo que contener el gemido que me presiona la garganta. Dios, esto está bueno.
Me mira expectante, con sus grandes ojos grises abiertos y una sonrisa en sus labios.
— ¿Y? ¿Cómo están?
—Deliciosas, Nell.
—Me agrada oír eso—asiente, llevándose su propia crepa a la boca. La mastica lentamente y cuando traga, deja salir un suspiro—. El chocolate. Manjar de dioses.
—Oh, Dios sí—dejo salir.
— ¿Qué has hecho últimamente?—inquiere. Hay algo en su voz que me dice que sabe algo que yo no.
Me pregunto qué será.
—Gané las olimpiadas ayer—me encojo de hombros—. Mi club de taekwondo es actualmente el mejor de Japón.
—Esas son grandes noticias—me felicita, asiendo su taza de porcelana finamente decorada con flores y llevándosela a los labios para darle un sorbo a su bebida—. ¿Y las notas?
Compongo una mueca.
—Pues bien, igual que siempre. Mi cabello ya me da problemas, así que tampoco quiero que me vayan dando la lata por ahí con mis notas.
— ¿Todo bien en la escuela?
Ahí está de nuevo. Ese tono que dice que sabe algo pero que quiere que yo se lo confirme. Frunzo el ceño hacia ella, algo confuso con la actitud, notando su mirada fija en mí. Está analizándome, como siempre lo ha hecho.
—Tuve un par de problemas por pelearme con un gamberro. Nada grave.
Deja salir un suspiro.
—Ichigo…
—Vamos, Nell, no te preocupes—le dedico una sonrisa. Está mirándome con esos ojos grises grandes y enojados, aunque parecen más preocupados que nada. Es como la hermana mayor que nunca tuve—. Está todo bien. Promesa de boy scout.
—Nunca has sido boy scout.
—Vale la pena tratar ¿no?
Ella se ríe, esa risa que la hace cerrar sus ojos y negar con la cabeza.
—Eres todo un caso.
—Sí, por eso me quieres.
Pone los ojos en blanco.
—Idiota.
Esa es la forma que tienen las chicas para decirte que te quieren. Le dedico una sonrisa, volviendo a mi crepa.
Conocí a Nelliel harán unos cinco años atrás. Estaba caminando a casa desde la escuela, luego de una práctica, cuando la vi. Ya a los trece estaba practicando taekwondo en la secundaria (había comenzado como a los ocho años), compitiendo y preparándome para ser un deportista de alto rendimiento. La cosa fue que me encontré con un tipo que intentaba robarle el bolso. Nell vestía el uniforme de la secundaria, y noté desde lejos lo asustada que estaba.
Me acerqué y golpeé la mierda fuera del tipo que intentaba asaltarla. Cuando salió corriendo, dejando tras de sí el bolso de Nell, me giré a verla. Estaba acurrucada en el suelo, llorando, cubriéndose la cabeza.
—Hey—le dije—. Ya se ha ido. ¿Estás bien?
Ella alzó los ojos del piso y recuerdo haberme sentido como un héroe cuando me miró como si hubiese salvado su vida. Viéndolo desde una perspectiva más amplia, quizás hice más que evitar que le robaran el bolso. Era ya muy guapa en ese tiempo, con diecisiete años, y Dios sabe qué otras cosas habría intentado ese imbécil hacerle si no hubiese aparecido.
—Estoy bien. Muchas gracias por salvarme.
Le tendí la mano para ayudarla a levantarse. Cuando estuvo en pie, se agachó y recogió su bolso, limpiando el polvo que se había pegado a la lona. Aún lloraba, las lágrimas cayéndole por las mejillas, aunque ya no sollozaba.
—No te preocupes—le contesté. Me sentía un poco intimidado por lo guapa que era, y no me culpen, pero tenía trece años y a esa edad tus hormonas vuelan como locas—. ¿Necesitas que te lleve a casa?
Ella me dedicó una sonrisa. Era una sonrisa preciosa, que mostraba sus perfectos dientes blancos y le hundía unos hoyuelos en las mejillas. Ahora que lo pienso, tenía un enamoramiento juvenil con Nell bastante fuerte.
—No es necesario. ¿Cuál es tu nombre?
—Ichigo—me sonrojé—. Kurosaki Ichigo.
—Oh, vaya—se sorprendió, acercándose a mí y agachándose. Era varios centímetros más bajo que ella en ese tiempo—. Es un muy lindo nombre. ¿El protector?
Asentí con la cabeza, azorado.
—Soy Nelliel Tu Odelschwank. ¿Te parece si te invito un helado para agradecerte el que me salvaras?
Volví a asentir.
—Vamos, pues.
Hemos sido amigos desde ese momento, cinco años atrás. Con el tiempo descubrí que el enamoramiento juvenil hacia ella había ido decayendo, para mi alivio, porque no es agradable ser un chico preadolescente y estar enamorado de una chica cuatro años mayor.
Nunca he sabido de nada de su familia, no obstante. No sé si tiene hermanos, qué pasó con sus padres, ni nada de eso. Tampoco voy a preguntarle así porque sí. Si no me lo ha dicho, tiene que tener una buena razón, ¿no?
Cuando estoy a punto de hablar, alguien irrumpe en la cocina y veo de reojo que Nell pone los ojos en blanco, girándose hacia la puerta.
—Hey, Nell, ¿me dejas el auto? Nnoi acaba de mandarme un texto. Quiere salir a comer alguna mierda de comida rápida y su auto está capút.
Es Grimmjow Jaegerjaquez.
