Frustración.

Grimmjow.

Sé que está aquí. Desde mi habitación, puedo oír su voz ronca traspasando paredes y techo para llegar a mis oídos. Frunzo el ceño hacia mi reflejo cuando mis propios ojos me miran brillantes desde el vidrio. No. No. No way in hell that is flying. No es como si quisiera verlo. No. Solamente lo he visto directamente cuatro veces, y una de ellas involucró golpes que todavía me duelen. Así que no.

Me dejo caer sobre la cama y cruzo los brazos tras la cabeza. Tengo el pelo húmedo por la ducha rápida, pero no es como si me importara realmente. Clavo la mirada en el techo blanco de mi cuarto, frunciéndole el ceño a la nada, molesto por el vuelco que da mi estómago cuando lo oigo hablar de nuevo.

Dejo escapar un gruñido mientras me giro sobre el costado y abro de un tirón el cajón de mi mesita de noche. Dentro, un par de lápices, preservativos, unos audífonos enredados y un paquete de goma de mascar tan viejo como el tiempo mismo se golpean contra la parte delantera. Saco los cascos y los desenredo, asiendo el celular desde la superficie del velador.

Me engancho los audífonos en los oídos, conectando el plus al celular y busco alguna canción ruidosa para aislarme. Lo que sea por no oír la voz de Kurosaki haciendo cosas que no entiendo con mi estómago.

Suspirando en alivio cuando por fin soy incapaz de oírlo, vuelvo a dejarme caer de espalda, con las manos abiertas sobre el abdomen y la cabeza cómodamente puesta contra las almohadas. Debo estar seriamente jodido si me siento atraído hacia el tipo que golpeó la mierda fuera de mí ayer por la tarde. Sobre todo porque fue jodidamente ayer en la tarde. Claro, lo había visto por los pasillos, andando por ahí con esa chica de cabello negro y el tipo de pelo rojo con tatuajes. O con el mexicano. O esa chica realmente guapa que se babea entera por él. O con esa gran cantidad de amigos que parecen orbitar a su alrededor. Casi nunca anda solo. Siempre hay alguien a su lado, y no parece que lo hagan porque lo respetan a muerte como lo hacen mis así llamados "amigos" de la escuela. Tampoco se parece a la clase de amistad que tengo con Nnoi, Harribel o los demás. Parecen realmente felices de estar con él.

Cierro los ojos y dejo caer mi antebrazo sobre ellos. ¿En qué diablos estoy pensando? No es como si el bastardo me gustara. Será que quiero patearle el culo, y eso me tiene obsesionado. No debe ser nada más que eso.

La música del celular se detiene abruptamente y eso hace que me siente como un resorte en la cama, mirando al aparato como si acabara de traicionarme.

Entonces, el tono de llamada comienza a sonar, y el identificador de llamadas muestra una línea escrita en caracteres blancos: «Nnoitra (excusa de hombre)».

Ah, es Nnoi.

Saco los audífonos de su lugar de un tirón y deslizo el dedo por la pantalla antes de poner el artefacto contra mi oído.

— ¿Dos llamadas en dos días? Esto es raro, colega, ¿ya estás ebrio? ¿No es jueves? Es un poco temprano para que estés fuera de tu mierda…

Oi, bastardo, no seas hijo de puta. Estoy llamándote porque somos amigos. Diablos, mira la mierda gay que me haces decir.

Dejo salir una risita sarcástica. Es el único que puede llamarme de esa forma sin resultar en un trasero pateado hasta saborear betún.

—Ni una mierda gay, Gilga. ¿Qué hongo alucina tu mente, bastardo?—inquiero, volviendo a dejarme caer contra las almohadas.

El hongo de «mira, mi porquería de carro se hizo mierda». Quiero ir a comerme una hamburguesa, pero este trasto no anda. ¿Qué tal si me llevas y te invito a comer algo grasoso?

Suena bastante bien. Además, no he comido nada americano en un tiempo.

— ¿Dónde estás?—inquiero, bajándome de la cama y caminando hacia el clóset. Estar en ropa interior y camiseta es cómodo, pero aunque le haría un favor al mundo saliendo solamente así, no quiero que arresten mi trasero.

A las afueras de Karakura.

—Tío, ¿me vas a hacer conducir hasta allá?

¿Quieres tu jodida hamburguesa o no, desgraciado malagradecido?

—Cierra el pico, Gilga.

Eso significa sí, por supuesto. Así que me pongo unos vaqueros azules, me cambio la camiseta, me paso un suéter celeste por encima de la cabeza y me hago con unas Vans raídas de color gris. Me pongo unos calcetines impares y salgo de mi cuarto descalzo.

Bajo las escaleras de dos en dos y me dirijo a la cocina. El cuadro que se está pintando en ella me deja en una pieza, demasiado sorprendido para hablar a la primera.

Nell, mi hermana, la que no le da bola a ni un tío debido a nuestro padre, que no se acerca a más de un metro de nadie, está sentada muy cerca de Kurosaki, con una sonrisa que ilumina todo su rostro. Nunca me sonríe de esa forma. Nunca le sonríe a nadie de esa forma, si soy más preciso. Y se ha vestido sólo para él, con un ajustado suéter blanco de punto, una falda de tablones gris, medias oscuras y botas.

Amigo, creo que a Nell le gusta Strawberry. Y eso me hace apretar los dientes.

—Hey, Nell—comienzo, luego de estar seguro que la ira no se filtra en mi voz—, ¿me dejas el auto? Nnoi acaba de llamarme. Quiere salir a comer alguna mierda de comida rápida y su auto está capút.

Sus ojos grises se giran hacia mí y su ceño se frunce.

— ¿Nnoitra Gilga?—inquiere, sonando algo enojada. Por alguna razón, entre ella y Nnoitra siempre ha habido esta… animosidad que no entiendo—. ¿Alto, pelo negro y parche en el ojo izquierdo?

Yo diría que lo recuerda perfectamente.

—Sí, parece una puta mantis religiosa. ¿Sí o no?

Ella frunce el ceño, justo en el momento en el que los ojos de Kurosaki se clavan en mí. Intento no mirarlo más que de reojo, aunque es imposible mantener la vista lejos de su llamativo cabello naranja y desordenado, levantado en punta alrededor de su cabeza.

—Jaegerjaquez—susurra, atónito.

Es un momento tan bueno como cualquier otro para mirarlo como si fuera un bicho extremadamente desagradable.

—Kurosaki—siseo. Estoy molesto ¿saben? Este maldito crío está ahí, mirándome con esos ojos color chocolate y me hace sentir incómodo. Me acelera el pulso. Maldito cabrón.

— ¿Qué haces aquí?—inquiere. No se me pasa desapercibida la mano de Nell sobre su antebrazo y la mirada que le dirige para que se quede callado.

Vivo aquí—puntualizo, frunciendo el ceño. Mi mirada pasa de él a mi hermana, que parece avergonzada—. ¿No le dijiste?

— ¿Decirme qué, Nell?—pregunta él. Su voz cambia completamente cuando se dirige a ella. Suena más suave, conciliadora, incluso con un matiz de ternura que me desarma. Colega, ¿en qué mierda gay estoy pensando?

—Grimm es… ah—ella se pasa una mano por el cabello, echándoselo hacia atrás—. Es mi hermano menor.

Amigo, la mirada de Kurosaki. Su cara. Es como si le hubiesen dado una patada en los huevos y estuviese tratando de entender qué diablos acaba de suceder. Simplemente no tiene precio; me mira a mí y luego a Nell, como si buscara algún rasgo parecido entre nosotros. No va a encontrarlo, eso es seguro. Nell es solamente mi hermana adoptiva, pero eso no la detiene de ser la única persona en el mundo que realmente me importa. La única que ha creído en mí sin importar cuántas veces haya fallado…

Hasta ayer, claro.

— ¿Hermano menor?—susurra él, frunciendo el ceño. Aún más, porque siempre va por la vida con el ceño fruncido. No parece complacido con la noticia y no puedo evitar la sonrisa que se me desliza en los labios—. Es… ¿por qué nunca me lo dijiste?

Bien, ahora estoy molesto. La pregunta de Strawberry ha dado en el clavo. ¿Por qué nunca le dijo que soy su hermano?

—No suelo hablar mucho de mi familia—susurra.

—Bien, ¿puedo llevarme el auto o no?—la corto con displicencia. Me parece una razón lógica para no haberme mencionado, pero eso no quita lo molesto que estoy.

Nell asiente con la cabeza.

—Tráelo en una pieza, Grimmjow, o voy a patear tu trasero.

—Como ordenes.

Los dejo en la cocina, algo agradecido de por fin salir de la visión periférica de Nell y Strawberry, en dirección hacia la puerta. Descuelgo las llaves del auto de mi hermana colgadas en un gancho justo al lado y salgo de casa de camino a donde el jeep está estacionado. Me deslizo en el asiento del piloto y meto la llave en el contacto.

Unos minutos más tarde, estoy conduciendo hacia las afueras de Karakura. Nnoitra está apoyado contra el capó de su camioneta, mirándola como si hubiese salido de las fauces del mismísimo infierno. Está vestido con vaqueros negros y una camiseta manga larga que le queda ligeramente corta en las muñecas, lo cual no me sorprende en nada, porque el hijo de perra es tan alto que no entiendo cómo se compra ropa.

Piso lentamente el freno para bajar la velocidad mientras me estaciono al frente de Nnoitra. Su ojo sube desde su camioneta hacia mí, y me dedica esa sonrisa que engulle todo su rostro.

—Oi, bastardo.

—Así que tu camioneta se hizo mierda, ¿eh?—le pregunto, apeándome—. ¿Qué le pasó?

—Nah, parece que hay problemas con los pistones. Tendré que llamar a la grúa.

Arrugo la nariz.

—Eso apesta. Venga, Gilga, súbete al auto. Quiero mi hamburguesa.

Dedicándome una mirada con los párpados entrecerrados de su único ojo bueno, Nnoitra murmura por lo bajo mientras se desliza en el asiento del copiloto. Nos demoramos unos veinte minutos en encontrar un local de comida americana que no sea McDonald's. Cuando por fin ordenamos nuestra comida y nos sentamos a una mesa, Nnoi se deja caer sobre la silla con aspecto cansado. No lo había notado, pero tiene una ojera oscura como un moretón bajo el ojo derecho.

—Tienes cara de estarte muriendo—le comento, tamborileando en la mesa con los dedos. A un par de mesas más allá, un anciano me dirige una mirada de desagrado que retribuyo con una sonrisa sádica.

—La universidad, Grimmjow. Está matándome.

—Ni siquiera sé para qué te metiste en la universidad—le comento, encogiéndome de hombros—. No es que seas muy bueno en los estudios.

—Ya, pero quiero forrarme en pasta. Por mucho conocimiento de finanzas que tenga, sin un título universitario nadie me tomaría en serio.

—Podrías traficar—sugiero, medio en broma medio en serio.

Él parece pensárselo.

—Nah. No quiero que arresten mi culo.

—Sí, seguramente alguien te haría su perra dentro de la cárcel—bromeo, levantándome cuando oigo el nombre de Nnoitra por el mesón donde entregan la comida.

Recibo las bandejas y las equilibro sobre mis brazos. No se me escapa el sonrojo que le sube a las mejillas a la chica que me las entrega, escondiéndose tras la gorra con visera antes de irse hacia el fondo de la cocina.

Sonrío para mí mismo antes de volver a sentarme.

—Ahí está—le tiendo la bandeja a Nnoitra—. Espero que la hamburguesa valga los veinte minutos que me demoré en ir a buscarte.

—Oh, amigo, esto luce espectacular—suspira él, atrayendo el plástico azul hacia él. Desenvuelve la hamburguesa con dedos largos y ágiles, sonriendo de esa forma en la que su cara parece desaparecer al verla entre sus manos—. Ven acá, preciosidad…

Dejo salir un gruñido de desagrado.

—Si quieres algo de tiempo a solas con eso—digo, arrugando el labio—, podrías decirme.

—No lo escuches, bebé, no sabe lo que dice—le susurra a la hamburguesa antes de darle un mordisco.

—Eres un jodido asqueroso, ¿te lo han dicho?

—Prefiero la palabra "sucio". A las chicas les gusta cuando hago cosas sucias en la cama.

Le dedico una sonrisa de oreja a oreja.

—A todos les gusta algo de suciedad en la cama—comento, desenvolviendo mi propia comida sin tanto ánimo como Gilga—. Los santurrones se la pasan mal.

—Tú no tienes filtro alguno escogiendo a quién te follas—repone Nnoitra a través de un enorme bocado. Su ojo violeta se clava en mí, brillando con malicia—. Espero que seas el que va arriba o me sentiría avergonzado de ser tu amigo.

—Oye, el que puede, puede, y el que no, se conforma con un solo lado del espectro.

—Si el otro lado del espectro incluye ir por la vida chupando pollas hasta morir, prefiero quedarme en mi lado—Nnoitra arruga la nariz, como si el sólo hecho de pensar en la idea lo hiciera sentir náuseas.

—Me encantaría verte un día si te encuentras con algún tío que te ponga al cien. Me voy a reír de ti en tu cara.

—Mantén esa mierda gay lejos de mí, Gatito, te lo advierto.

Muevo una mano hacia él, como quitándole importancia al asunto.

—Algún día puede que pase. O puede que no. De todas formas, me reiría de la cara de imbécil que tenías la otra noche. Estabas completamente fuera de tu mierda.

—Te dije que habíamos empezado a beber antes de que llegaras—se encoge de hombros. La hamburguesa en su mano ya tiene una mitad faltante.

—Sí, media botella de tequila. Amigo, ese hígado

—Oye—me corta, frunciendo el ceño ahora. Abre la boca para decir algo, pero de sus labios no sale nada. Lo intenta de nuevo—: ¿cómo está Nelliel?

La pregunta me toma desprevenido. ¿Nell? ¿Qué quiere saber este bastardo de mi hermana…?

Oh.

Oh.

— ¿Sigues babeándote por Nell, ah?—le pico, dedicándole una mirada llena de burla. Su ojo violeta se frunce mientras deja salir un gruñido, como si no quisiera aceptar que ha estado por lo menos cinco años enamorado hasta atrás de ella—. Pues bien. Está en la universidad y tal.

— ¿Tiene novio?

La cara de Kurosaki aparece como un relámpago ante mis ojos, la forma en la que Nell lo mira haciendo que se me apriete el estómago y la hamburguesa parezca mucho menos apetitosa de lo que lucía en un principio.

—No. Al menos no lo creo.

Nell dijo que Kurosaki era solamente un amigo. Pero del dicho al hecho…

—Maldita sea—deja salir Gilga, dejando su hamburguesa a medio comer sobre el papel medio arrugado de la envoltura. Se pasa una mano por el pelo, rascándose la frente justo sobre la correa que mantiene el parche en su sitio—. Cinco años y todavía no me animo a invitarla a salir.

Parpadeo sorprendido hacia él.

—Dudo que aceptara—puntualizo, sin querer sonar cruel—. Ya sabes, por mi padre y todo eso. Creo que tiene miedo de los hombres, y no la culparía.

—Ah. Suena lógico. Después de lo que te hizo a ti…

Se me aprieta la garganta y mis dedos se tensan alrededor del frágil pan con tanta fuerza que termino haciéndolo pedazos. Imágenes rápidas como fuegos artificiales, deformadas en los bordes, aparecen frente a mis ojos como el flash de una cámara disparando sin siquiera tener cuidado en no herir mis pupilas.

La cicatriz del pecho me arde incluso aunque sé que la quemadura está curada desde hace años. Sin embargo, el dolor que trajo consigo una herida tan grave sigue siendo lo más grande que he sentido en toda mi vida. Mi umbral del dolor, aunque alto, ni siquiera pudo tolerar cinco segundos de aquella tortura sin gritar.

—Hey, Grimm, lo siento—se disculpa Nnoi, parpadeando ligeramente avergonzado. Nunca le ves esa expresión en la cara a no ser que sepa que ha metido la pata hasta el fondo y más allá—. Sabes que soy un bocón de mierda, ¿no?

—Sí—murmuro, limpiándome los dedos con la servilleta—. Eres un cabrón hijo de puta con una boca demasiado grande.

Él sonríe, más calmado ahora.

La historia detrás de la cicatriz es una mierda. Y no es el mejor momento para pensar en ella, pero es un momento tan bueno como cualquier otro para que ustedes sepan por qué tengo esa marca y cómo fue que apareció en mi cuerpo.

Según los médicos, mi madre la iba a tener muy difícil al quedar embarazada. Así que, cuando mis padres se casaron al cumplir los veintiuno, decidieron adoptar un hijo. Ese hijo fue Nell, que por entonces tenía dos años o algo más. No pasó mucho tiempo cuando mis padres descubrieron que mi madre estaba embarazada. El embarazo era complejo y traía consigo un montón de problemas de salud que podían acarrear su inevitable muerte, y ella pensó que, al tener que cuidar de Nell, lo mejor sería abortar al niño que venía en camino.

Si lo piensan, su idea era bastante lógica. ¿Quién quiere morir teniendo un hijo qué cuidar? Yo lo entiendo perfectamente. Nunca la he juzgado, nunca he creído que fuera una desnaturalizada por pensar en esa opción. Tenía que ser una madre para Nell.

Pero mi padre se negó en redondo. La obligó a llevar el embarazo a término, aunque yo nací a los siete meses y medio de gestación. Mamá murió al darme a luz, dejando tras de sí un marido fuera de sus cabales, una niña de tres años ya devastada por la pérdida de su madre adoptiva, y un bebé recién nacido que apenas podía respirar.

No me crió mi padre. Lo hicieron las empleadas de la casa mientras estuvimos viviendo en Estados Unidos. Nell y yo lo veíamos muy de vez en cuando, y cuando lo hacíamos, sus maltratos terminaban por hacernos desear no volver a verle ni el pelo.

Esa es una de las razones por las que Nelliel se siente tan asustada de los hombres. Teme que le vayan a hacer lo mismo que nuestro padre.

Cuando cumplí los diez, una noche en que nuestro padre había llegado de un viaje de negocios, me llamó a su estudio. Me felicitó por mi cumpleaños, con su frialdad de siempre, pero me di cuenta de que olía a alcohol y que le costaba hablar. Intenté huir de él lo más educadamente posible, sabiendo que si osaba alzar la mirada del suelo, golpearía la mierda fuera de mí. Intenté excusarme para volver a mi cuarto, diciéndole que tenía tarea por hacer.

Ese fue el peor error que pude haber cometido.

No le gustó la idea de mí dejándolo hablando solo. Se levantó del escritorio y me golpeó con más fuerza, más enojo y más sadismo que antes, sin siquiera preocuparse de mi edad. Fue la primera vez que me daba una zurra tan fuerte, dejándome casi inconsciente en el suelo. Por ese entonces vivíamos en Minnesota, uno de los lugares más fríos de Estados Unidos, así que la chimenea estaba encendida. Metió un atizador entre las llamas hasta que estuvo caliente, mientras seguía golpeándome. Creo que perdí la conciencia por unos momentos, porque cuando desperté y parpadeé, tenía la camisa rajada por el frente.

Cuando puso el hierro caliente contra mi piel, fue como si mi cerebro explotara de dolor.

—Eres un asesino—había dicho entre los dientes apretados—. Tu madre murió por tu culpa.

—Eh, colega. Grimmjow. ¡JAEGERJAQUEZ!

—Joder, animal, no me grites. Estás escupiéndome tu bolo alimenticio por toda la cara—reclamo, componiendo una mueca de asco. Me limpio la saliva de la cara y clavo mis ojos en Nnoitra, que me mira ligeramente preocupado—. ¿Qué diablos quieres?

—Estabas en otro planeta. El epítome de perderte en tu cabeza—contesta, dándole un trago al vaso de litro de bebida—. ¿En qué pensabas?

—No es asunto tuyo—gruño hacia él. Se me ha quitado el hambre. Solamente quiero ir a casa y dejar caer la cabeza en las almohadas. Pero entonces, recuerdo quién está en casa, y decido que quizás podría estar más cómodo aquí.

—Uh, amigo, que miedo. Mírame temblar—se burla Nnoitra, sonriendo de medio lado.

—Cierra el pico, Gilga.

Él me dedica una sonrisita.

—Así que… ¿Nell está en casa?

—Sí—replico, frunciendo el ceño ahora—. Pero está con alguien.

Ante eso, Nnoitra alza las cejas, demasiado sorprendido para hacer otra cosa. Luego de unos segundos de tenso silencio, por fin abre la boca.

— ¿Y con quién?

—Con el tío con el que me peleé el día de las olimpiadas.