De compras y llamadas desagradables.

Grimmjow.

—Así que crees que puedes ir por ahí nada más, observando a la gente y después correr como una niña ¿no?

—Cierra el pico.

—Si siempre vas a contestarme eso, vamos a terminar donde mismo; me encantaría verte intentarlo.

Tres semanas y media. Tres. Tres malditas semanas de castigo y aún no puedo lograr que el bastardo saque la cabeza de sus deberes o sus libros para mirarme. ¿Es que no tiene educación, el muy desgraciado? Mientras más lo pincho, mientras más le hablo, más se cierra. Es como uno de esos jodidos moluscos que aprietan las barbas cada vez que los tocas. Y lo que más me molesta es verlo periódicamente en las prácticas de mi equipo de natación. Puede hacerse el idiota y pretender que no ha estado dejándose caer por la piscina de la escuela, pero no podría engañar ni a su propio reflejo con sus negativas.

Este chico se ha pavimentado muy bien el camino hacia lo que yo llamo una obsesión. Y yo no suelo obsesionarme con nadie.

Y eso me hace sentir más molesto todavía.

—Ya te cerré el pico una vez, Jaegerjaquez, que no se te olvide—gruñe hacia mí. Su ceño se frunce, profundo sobre su frente, con tanta fuerza que creo que sus cejas van a tocarse. Sus ojos marrones, sin embargo, siguen clavados despreocupadamente en el libro que tiene delante.

—Venga, háblame. Ya han pasado tres semanas, Strawberry. A estas alturas deberías saber que no me rindo con facilidad—lo pico, apoyando mi mentón sobre mis brazos cruzados. Me he sentado aquí durante estas tres semanas, mirándolo fijamente mientras hace lo que sea que haga para ignorarme. Sé que le cuesta.

No es por ser demasiado pagado de mí mismo, pero cuando uno luce así, cualquiera tiene problemas para mantener su atención en otras cosas.

—Estoy intentando leer, Jaegerjaquez. Tengo examen de lectura mañana. Ahora, si me disculpas…—murmura, sin siquiera alzar la mirada del libro.

— ¿Qué libro es?—inquiero. Tiene las manos abiertas sobre portada y la tapa trasera, así que no puedo ver el título o la foto del autor.

Romeo y Julieta.

—Ah, ya lo leí—me encojo de hombros. Espero que dijera algo más, pero sus ojos siguen leyendo las líneas a una velocidad impresionante.

—Y yo. Cuatro veces. Ahora, cierra la boca, siéntate por allá y déjame tranquilo de una buena vez.

— ¿Para qué vuelves a leerlo si ya debes sabértelo de memoria?—inquiero, honestamente confuso.

—Porque—comienza, dejando por fin el tomo sobre la mesa. Sus ojos castaños se clavan en mí, y noto unas pequeñas manchas doradas alrededor del iris que brillan con fuerza bajo la luz que entra por el ventanal— estoy tratando de ignorarte. Leería un listín telefónico solamente para deshacerme de ti.

Le dedico una sonrisita de triunfo.

—Acabas de dejar tu libro sobre la mesa.

—Eres un imbécil—bufa, volviendo a alzar el libro y poniéndolo frente a su cara. A no ser que el tío tenga dificultad para leer, dudo que necesite tener las páginas tan cerca de su rostro. Quizás está intentando esconderse de mí.

—Nunca he clamado ser lo contrario.

— ¿Tengo que ponerme los audífonos para que dejes de tocarme los cojones, Grimmjow?—gruñe, su voz rasposa en su pecho. Tengo que reprimir el gruñido que empuja también en mi propia garganta, mientras su voz se hace un camino directamente hacia mi pelvis. Colega, si me pongo duro a mitad de la biblioteca y por culpa de este crío, voy a ponerme delante de un tren bala.

Me atrapa completamente desprevenido el tono de su voz, como también el que use mi nombre. Es de hecho la primera vez que lo oigo llamarme por mi nombre. Se me seca la garganta y el eco de su voz es como una inyección de sangre directa a mi entrepierna. Voy a ir a ponerme delante de un tren bala ahora mismo.

Maldito crío. ¿Quién se cree que es? Haciéndome tener una erección en medio del lugar más aburrido de la escuela. No, tacha eso. Haciéndome tener una erección. Su voz dominante acaba de hacer que me tiemblen las rodillas. ¿Qué mierda me está pasando?

Vuelve a su libro como si nada hubiese pasado. Como si no acabara de hacer que mi vida completa se pusiera de cabeza. Estoy replanteándome seriamente mis opciones de vida. De haber sabido que iba a terminar sintiéndome dominado por un chico seis centímetros más bajo que yo y considerablemente más delgado, habría evitado golpear a ese crío el día de las olimpiadas. Es más, habría hecho elecciones de vida completamente diferentes. Como haberme quedado en Estados Unidos, por ejemplo.

Aprieto los dientes. El silencio es tan profundo que si no fuera porque me siento paranoico, creería que Kurosaki es de hecho capaz de oír mi músculo cardíaco golpeando a mil el interior de mis costillas. No puede ser que me haya encendido su tono de voz. Es simplemente ridículo.

Se me ha quedado la mente en blanco. No sé qué decirle para seguir picándolo y no tengo ni idea de cómo moverme sin que mis pantalones y mi ropa interior presionen y rocen la erección que ruega por ser liberada, latiendo dolorosamente contra mi pelvis.

Ahora, amigo, puedo decir algo de lo que ya estaba seguro antes, pero que es incluso más fácil de notar dada la situación en la que estoy. Estoy irremediablemente jodido.

No solamente siento esta extraña necesidad de sacarlo de sus cabales, porque, para ser sincero, es gracioso cuando se enoja. Tiene esta manía de arrugar la nariz, y la forma en la que sus párpados se entrecierran y remarcan esas pupilas de color chocolate… diablos. Sino que ahora, también, me siento físicamente atraído hacia él, hacia la dominancia que parece esconderse tras la superficie de su personalidad.

Digan conmigo, niños: Grimmjow Jaegerjaquez está jodido.

Está bien, no digan nada, no es necesario que me confirmen lo que yo ya sé. Pero no soy de fierro así que… no sé, demanden a mi maldito cuerpo por reaccionar ante alguien atractivo. Aunque pensándolo bien, "atractivo" no alcanza realmente a cubrir a este maldito desgraciado.

Verán, soy bastante quisquilloso para escoger a mis parejas sexuales. A pesar de mi bisexualidad, no es como dice Nnoitra; de hecho sí tengo un filtro para follar. Y eso es, nada más, ni nada menos, que la apariencia física. Si el tipo o la tipa no me gustan, ¿cuál es el punto de siquiera intentar desordenar la cama?

Y el problema aquí es que de hecho Kurosaki tiene algo que me atrae. Lo peor es que no sabe que es realmente… no sé cuál es la palabra que busco. ¿Sensual? Sí, quizás.

Tiene esta piel bronceada ligeramente, de un tono uniforme y radiante. Y la piel de su cuello, el punto sobre su yugular… Dios sabe que he intentado dejar de mirarlo, o dejar de imaginarme mis dientes raspando sobre él, pero no es como si mi cuerpo me escuchara. Simplemente me tira imágenes de ese punto en particular a mitad del día. Me hacen perder la concentración.

Sin mencionar, claro, los músculos definidos que sé que se esconden tras la ropa. No es que Kurosaki intente esconderlos tampoco. Le gusta andar por ahí con la ropa ajustada como si yo no tuviera suficientes problemas por la vida. Y ni siquiera me hagan empezar con el cabello.

Entonces están esos ojos. Son castaños y cálidos, y por alguna razón, cambian de color bajo la luz. Por un momento se ven completamente dorados, al siguiente tan oscuros que parecen negros, sin ninguna diferencia entre el iris y la pupila. Y si hay algo que me hace perder la cabeza como un crío de doce años, eso son los ojos que tiene Kurosaki. Expresivos. Podrías saber lo que está pensando con sólo mirarlo. El problema, es que él no suele mirarme de vuelta, así que…

En fin. La cosa es que, aunque me haya costado admitirlo al principio, el tipo me pone al cien. Y su actitud no ayuda a bajarme las ganas de tenerlo en mi cama.

Aunque eso no le quita lo insoportable.

Verán, los santurrones como él suelen sacarme de mis casillas. Tengo esta idea de hacer lo que se me dé la gana, y este tío parece controlar cada aspecto de su vida. Incluso aunque he hecho mi mejor esfuerzo por hacerlo enojar (y soy muy bueno en hacer enojar a la gente), parece que fuera insensible a cualquier cosa que pudiera decirle. He intentado saber cosas de él, porque, no me digan que pasarse dos horas tres o cuatro veces a la semana con alguien que no te mira ni por si acaso no es aburrido, y resulta que él simplemente… me ignora. Ni siquiera sube los ojos del libro o los deberes.

¿Cómo puede controlar tan bien lo que siente? El único destello de sus emociones yace en sus ojos. Y parece que sofocara cualquier intento de expresión igual que se sofoca una chispa. Quitándole el oxígeno.

Me encuentro preguntándome a mí mismo por qué. Por qué intenta sofocar todo lo que siente. Lo he visto aplacar su ira cerrando los ojos y frunciendo el ceño, para luego simplemente parecer ausente. Pero también lo he visto en el clímax de esa misma ira, el día en que me golpeó. ¿Cómo encajan dos personas tan distintas en un mismo cuerpo?

Frunzo el ceño. Si sigo pensando así, seguramente se me va a incendiar la cabeza.

Los minutos se desgranan lentamente del reloj, cada tic tac del segundero tan exasperante como el anterior. A pesar de que han pasado unos buenos momentos desde que Kurosaki me mandó a callar (y de que yo haya descubierto que había terminado por arruinar mi vida), aún no me he atrevido a hablar. Temo que si lo hago, mi voz va a sonar falta de aire. Porque siento como si tuviera un ataque de asma, lo que es gracioso, porque mis pulmones funcionan a la perfección.

La alarma del celular de Strawberry suena con un pitido insistente. Dirijo mi mirada hacia el aparato, vibrando sobre la mesa, y casi me deja atónito el verlo alargar la mano (esas manos… just fuck me up) con tranquilidad y asirlo entre sus dedos, deslizando uno de ellos sobre la pantalla para acallar el sonido. Miro la hora en el reloj de mi propio celular, sorprendido de que ya sean las cinco de la tarde. Es el final del castigo.

Guarda sus cosas con parsimonia, casi disfrutando del final de la hora. Oigo el roce de la tela contra el papel mientras guarda el libro entre sus cuadernos, y las patas de la silla arrastrarse lentamente mientras se yergue. Casi me deja sin aliento cuando soy capaz de ver de nuevo el trozo de piel que cubre el latir de su pulso, la vena yugular que pulsa casi con relajo. Se echa el bolso al hombro y sale de la biblioteca, con la mano libre en el bolsillo, dejándome detrás sin siquiera dirigirme una mirada.

Aprieto los dientes. Quién. Se. Cree. ¿Qué es? Podría por lo menos despedirse. Pasamos ocho horas juntos todas las semanas, más el tiempo que de repente pierde en mi casa, visitando a Nell. A estas alturas, uno creería que su actitud hacia mí se habría ablandado. Nada más equivocado que eso; pareciera que me odia incluso más que antes.

A todo esto… ¿por qué estoy yo preocupándome por lo que él siente hacia mí? Ya, está bien, la atracción física. Sí, lo entiendo, pero no es como si me sintiera atraído hacia él de ninguna otra forma. No. Es ridículo.

Dejo escapar un gruñido de frustración mientras me levanto de la silla y me cuelgo el bolso al hombro. No tiene lógica, y tampoco quiero esforzarme en buscársela. Sé de antemano que estaría perdiendo mi tiempo. Así que simplemente me dirijo hacia la salida de la escuela, intentando encontrar el minuto de mi vida en el que empecé a pensar en Kurosaki de esta forma.

A mitad de camino de la salida, me intercepta una mujer de curvas pronunciadas y un largo cabello morado. Su piel, del color del caramelo, parece brillar bajo la luz del frío crepúsculo, y su ajustada ropa de ejercicio parece estar pensada para ser una tortura hacia los más jóvenes del establecimiento. Sé que debajo de esa ropa hay un traje de baño negro Speedo que parece una segunda piel, y que la hace lucir igual de mortífera que un tiburón cuando se sumerge en el agua. Si yo soy rápido… ella podría dejarme atrás sin siquiera esforzarse.

Sus ojos dorados, como los de un gato, se clavan en mí. Se cruza de brazos, el silbato que cuelga de un cordel en su cuello perdiéndose entre el escote.

—Jaegerjaquez—dice Yoruichi Shihöin. Una sonrisita le curva los labios—. Tengo un favor que pedirte.

Parpadeo hacia ella. No me habla si puede evitarlo, y mucho menos me pide favores.

— ¿Qué sería?—pregunto, imitándola al cruzarme de brazos.

—Necesito que ayudes a Cifer a mejorar sus tiempos y su técnica.

Abro la boca para contestar, pero nada sale de ella. ¿Ayudar a Cifer? Ulquiorra me detesta, así como yo lo detesto a él. Si me tienen a mí en el equipo, ¿por qué querría Yoruichi que le ayudara a mejorar? Entiendo lo de la superación personal, pero ella es una excelente entrenadora. No necesita de mí para que le ayude.

— ¿Por qué?—inquiero con cautela.

Yoruichi alza una ceja, dedicándome una sonrisita paciente.

—Porque como yo lo veo, no creo que dures mucho en el club. Con esto de tu castigo y tu falta de disciplina en la escuela… pues la respuesta es algo lógica—responde.

Lo dice como si fuera un hecho. Como si estuviera destinado a fracasar y mandar todo a la mierda. No puedo poner en palabras lo mucho que eso me enoja.

—No.

El tono duro de mi voz parece sorprenderla. Más que eso: dejarla atónita. Sus ojos dorados se amplían y se clavan en mí, su boca colgando abierta como si estuviera intentando decir algo. No me interesa. No voy a dejar que me subestime de esta forma; nadie tiene el derecho a hacerlo.

—No tienes que preocuparte porque yo vaya a dejar el equipo. No voy a ayudar a Cifer porque no es necesario. Si no confías en mí, Yoruichi, voy a mostrarte que ya deberías haber aprendido que cuando me comprometo, cumplo.

Deja salir un suspiro exhausto.

—Sabía que ibas a decir eso.

Miren, no es que sea sexista. Creo que las mujeres pueden ser tan buenas como los hombres en todos los aspectos, e incluso mejores que nosotros en algunos. Pero, aunque me diga eso una y mil veces, no puedo evitar pensar «mujeres» cuando Nell sale por décima vez del probador, con una tenida que luce exactamente igual que la anterior, preguntándome que cómo se ve.

—Es exactamente igual que la anterior, Nelliel—le digo, echado hacia atrás en uno de los sillones que la tienda provee para quienes esperan a los compradores. Con el cuerpo inclinado hacia atrás, las rodillas abiertas y las manos en los bolsillos, estoy seguro que entiende perfectamente lo aburrido que estoy. Oye, sí, lo entiendo, podría recrear mi vista con alguien por aquí, pero parece que los únicos clientes que están en la tienda somos Nell y yo—. ¿Qué diferencia tiene?

Mi hermana pone los ojos en blanco y sus manos sobre sus caderas. El largo suéter azul que le llega hasta la mitad de los muslos se ajusta a sus curvas de una manera que me hace cuestionarme si debería dejar que vaya sola por ahí vestida de esa forma. Las calzas negras y las botas de tacón no ayudan a que el tipo del mostrador, a unos metros más allá, le quite la mirada del trasero.

—Grimm, este es azul marino. El otro era añil.

—Luce igual para mí—me encojo de hombros, porque realmente no alcanzo a ver las diferencias tan sutiles en los colores. Será porque ella estudia moda y todo eso—. Te ves igual de bien en ambos. ¿Vas a llevártelos los dos?

Su mirada se ilumina y se lanza hacia mí, rebotando sobre el sillón, moviéndolo un par de centímetros. Aterriza sobre mi regazo, pasándome los brazos por el cuello, su olor a sándalo invadiendo todo mi espacio personal.

—Nell—digo apenas. Me está ahorcando. Quizás lo haga a propósito—. No respiro…

—Oh, lo lamento—me deja ir, aún sentada de lado sobre mis muslos, sus largas piernas estiradas en horizontal sobre el borde del sillón—. Hacía mucho tiempo que no salíamos juntos. Es agradable tener una tarde solo de hermanos.

Le dedico una sonrisa. La clase de sonrisa que solamente tengo guardada para ella, sin tantos dientes, sin tanto sarcasmo. Una de cariño genuino.

—Sí. Ahora, por favor, ¿podrías decidirte por la ropa que te vas a llevar? Estoy muriéndome de hambre y mañana tengo escuela. Son casi las nueve de la noche.

— ¿El día sábado?—se sorprende. Sigue sentada en mi regazo—. ¿Qué es? Grimmjow Jaegerjaquez, ¿reprobaste alguna materia?

Ahora es mi turno de poner los ojos en blanco.

—Si hubiese reprobado, me habrían sacado del equipo. ¿No te lo dijo Aizen?

—Tch—deja salir ella. Me sorprende un poco oír ese sonido saliendo de su boca; es algo que suelo hacer yo cuando estoy frustrado o enojado. Generalmente, ella evita adquirir mis costumbres—. Estaba demasiado enojada para entender nada.

Un escalofrío de pánico me baja por la espalda. El peligro que surge en sus grandes ojos grises se parece mucho a lo que me imagino se sentirá ver una aleta de tiburón rompiendo la calma del agua.

—Bueno, pues eso. Así que no. Solamente tengo que ir a un par de clases y quedarme después para mi castigo.

Una sonrisita socarrona le curva los labios.

—Ah, eso suena bien. Te lo mereces. Lástima que Ichigo tenga que desperdiciar un sábado porque está castigado.

El nombre de Kurosaki me toma desprevenido completamente. Tengo la acuciante necesidad de quitar a Nell de mi regazo para que no note que el sólo hecho de pensar en él acaba de mandarme una inyección de sangre directamente a la entrepierna. El calor se extiende por mi bajo vientre, y estoy considerando seriamente golpearme la cabeza contra alguno de los pilares que sostienen el techo de la tienda. No debe ser legal tener una erección solamente por pensar en alguien, mucho menos cuando tu hermana está sentada sobre ti.

Pongo las manos sobre sus caderas y la empujo fuera de mi regazo, sentándola junto a mí. Deja escapar una risita, igual que una niña, y agradezco a cualquier deidad insertada aquí que no notara el bulto sobre mi pelvis.

—Ahora, vamos a pagar.

Asiente con la cabeza y vuelve al probador, dejándome solo nuevamente. Para mi alivio, claro está, porque no voy a acomodarme el pantalón en su presencia. Mucho menos después de oírla decir su nombre.

Dejo escapar un gruñido medio frustrado medio incómodo cuando el pantalón roza una parte ciertamente erógena de mi extensión.

—Bien, ¡vamos a comer!

La voz de Nell saliendo repentinamente de la nada me sobresalta, y parpadeo confuso hacia ella. Está parada frente a mí, con un montón de ropa sobre el brazo que tiene doblado contra el pecho. Su cabello verde turquesa le cae desordenado alrededor de los hombros y tiene las mejillas ligeramente coloreadas por un suave tono rosáceo.

—Grimm, ¿estás bien?

Asiento con la cabeza, levantándome de mi asiento. Me maldigo de inmediato. Diablos.

—Parece como si estuvieras… incómodo.

¿Incómodo? ¡¿Incómodo?! ¿Ha intentado caminar con una erección? No, claro que no. Qué mierda estoy pensando.

—Estoy aburrido, tengo hambre, tengo sueño y aún no he podido quitarme el olor a cloro.

—Eres siempre tan divertido…

Pone los ojos en blanco y se dirige al tipo del mostrador, dejando la montaña de ropa sobre la superficie. El vendedor está de lo más feliz de atenderla, cómo no, y le dedica una sonrisa de galán. Cuando me deslizo silenciosamente al lado de mi hermana, los ojos del vendedor se clavan en mí y su sonrisa decae.

Nell paga sin siquiera mirarlo. Sé de antemano lo incómoda que está debido a la mirada que le dirige el tío detrás del mostrador. Los hombres la ponen nerviosa hasta el punto de los ataques de pánico. Por eso, le dedico al hombre un ceño fruncido y una mirada fija terrible, de esas que sé que los hacen mojarse los pantalones.

El miedo se lleva todo el color de su cara. Palidece con tanta rapidez y facilidad que casi me da un ataque de risa.

Nell ase las bolsas con manos temblorosas, sin dirigirle ni una sola mirada al vendedor. Aprieta la ropa empacada contra su pecho, se gira sobre los talones, y emprende su rápido camino hacia la salida.

La sigo a largas zancadas, sin molestarme en mirar atrás. Cualquiera que haga sentir incómoda a mi hermana no se merece más tiempo de mí del que me toma amenazarle con la mirada. Tan simple como eso.

—Dame acá—le susurro suavemente, quitándole las bolsas de las manos. Sus ojos grises se clavan en mí, y no se me pasa desapercibido el ligero enrojecimiento de sus globos oculares. Maldito bastardo—. Vamos a comer algo.

Una sonrisa tristona se extiende por sus labios.

—Soy un desastre, ¿verdad?—murmura, abrazando sus codos.

—Nah.

Nos quedamos en silencio hasta llegar a una cafetería. Las calles se están vaciando de gente debido a la hora, aunque en un par de momentos más, seguramente los adolescentes y jóvenes adultos van a inundarlas con los bolsillos llenos de dinero y una sed que debe quemar como el mismísimo infierno. Dentro del local, las mesas están casi todas desocupadas, pero ninguno de los dueños está listo para cerrar todavía. Como buen día viernes, esperan la afluencia de clientes listos para parrandear.

Escogemos una mesa al fondo de la cafetería y nos dejamos caer en las sillas. Suelto un suspiro de alivio. La presión en mi pelvis ya no es tanta, sin mencionar que dejar de caminar en esta situación supone un descanso bastante necesitado.

Una mesera se acerca a nosotros, con una libreta y un lápiz listos para tomar nuestras órdenes.

Nell pide un café y una dona de frutilla, y yo pido un café y un trozo de tarta de manzana. A estas alturas, dicho sea de paso, no me interesa lo que sea que le eche al buche. La cosa es comer algo, porque estoy famélico.

Cuando nuestra comida llega, Nell ataca su dona rellena con el hambre de quien ha vuelto a la vida. A pesar de su figura, come un montón; francamente no sé cómo lo hace. Chicas más jóvenes que ella van por la vida quejándose de las dietas todo el tiempo.

— ¿No tienes hambre?—inquiere a través de un bocado de dona. Tiene mermelada de frutilla en la comisura de la boca—. Porque eso se ve delicioso. Si no lo quieres, puedo comérmelo yo.

—Aléjate de mi comida, Nelliel—le advierto, dedicándole una mirada sorprendida. Nunca hace eso. Por lo general, en público es más reservada. Quizás sea porque estamos casi solos—. Tienes mermelada en el costado de la boca.

Se le sonrojan las mejillas y se pasa el dedo sobre la zona embarrada, llevándose el brillante fluido rojizo hacia la boca.

—Podrías ser más discreto—murmura, azorada.

Ruedo los ojos.

—Nell, es mermelada. Cálmate un poco, nadie te está siguiendo.

Sus ojos se oscurecen ligeramente, y ya no luce tan animada. Inhala profundamente, jugueteando con un trozo de masa entre sus dedos, como si no se atreviera a echárselo a la boca.

—Hay… algo que tengo que decirte.

Por favor, que no tenga que ver con Kurosaki…

—Escúpelo.

—Grimmshaw llamó a mi celular hoy en la tarde, mientras estabas entrenando.

La taza de café se queda a medio camino hacia mis labios. Siento como si se me congelara la sangre dentro de las venas, cristalizando dolorosamente. Mi estómago se hunde, haciendo desaparecer mi apetito más rápido que un parpadeo.

Grimmshaw.

Dejo la taza en el plato lo más calmado que puedo. Me arde la cicatriz del pecho y mis manos tiemblan, y sé que Nell está preocupada, pero no puedo evitar el gruñido que me retumba en medio del pecho.

— ¿Y qué quería nuestra querida excusa de padre?—escupo la última palabra con tanto veneno que pienso que así debería sonar una serpiente si ellas pudieran hablar.

Ahora desearía que me hablara de Kurosaki.