Show de fenómenos.
Grimmjow nunca había clamado ser el bollito más dulce de la pastelería. De hecho, si era conocido por algo, era por su pésimo genio y por el casi permanente cigarrillo que le colgaba de los labios. Entre la nicotina y la cafeína, no tenía idea de cuál de las dos le era más adictiva, ni cuál de las dos iba a terminar matándolo primero.
Pregúntenle si le importa un cuerno.
Pues no.
Dejó salir una nube de humo nicotínico a la atmósfera fría. Vaya época para tener que mudarse, se dijo a sí mismo. Apoyado contra la baranda que parecía de juguete junto a él, le echó una ojeada al estacionamiento del edificio donde viviría de ahora en adelante. Habría amado poder tener más opciones para escoger dónde alojar, pero el departamento de Kurosaki había surgido como una bendición caída del cielo. Y aunque era demasiado ateo como para admitirlo en voz alta, sabía reconocer un milagro cuando lo veía.
El problema con su actual casero era que parecía ser el típico niñito de mamá que era incapaz de ver una sola cosa fuera de lugar. Sí, su departamento parecía realmente viejo y desvencijado, pidiendo a gritos un arreglo urgente, pero incluso así, se veía el obsesivo orden que Kurosaki mantenía en su hogar. Grimmjow Jaegerjaquez podía oler a un hijito de mamá a kilómetros, y con todo lo que Ichigo apestaba, seguramente habría sido capaz de olerlo desde la jodida Europa.
Su cigarrillo se consumió más rápido de lo que habría querido, y suspirando exhausto, el joven lo apagó contra la suela de sus Converse, lanzándolo sin preocuparse por la baranda y viéndolo caer en el pavimento del estacionamiento vacío. Nuevamente, pregúntenle si le interesa que alguien le llame la atención por tirar basura al suelo.
No le interesa.
Grimmjow Jaegerjaquez tenía esto de que realmente no le interesaba la opinión de nadie. Sus padres siempre lo habían dejado crecer bajo sus propias reglas, sin importarles mucho lo que hacía o no. Tampoco es que fueran negligentes, era solamente que lo hicieron una persona independiente.
Con los años, su independencia pasó a ser falta de interés. Y con un poco más de tiempo, simplemente pasó a ser hastío. Se aburría con una facilidad francamente vergonzosa de todo. Tener un CI de 150 puntos no hace la vida más fácil… o al menos, Grimmjow no lo creía.
Se giró a ver la desvencijada puerta del departamento en el que viviría ahora. La pintura se descascaraba alrededor de la antigua manija y los números de latón que rezaban «1506» estaban viejos, oxidados y necesitaban una limpieza urgente. Grimmjow se preguntó a sí mismo cuánto tiempo habría pasado ese chico con una mala situación económica antes de tomar la decisión más lógica. Es decir, el tipo tenía cuatro habitaciones sobrantes. ¿No era algo obvio que la forma más fácil de quitarse ese problema de encima era arrendar los cuartos?
Decidió que cuestionar las razones de su nuevo casero no le correspondían. De hecho, no le correspondía cuestionar a nadie más que a sí mismo, así que simplemente frunció el ceño y estiró la mano hacia la manija, empujándola e ingresando de nuevo al departamento 1506.
Dentro, el ambiente se había caldeado considerablemente. Podía oír el crujir de los cierres y el roce violento de la ropa al ser tirada fuera de su lugar de descanso, presumiblemente por Nnoitra, que tenía tanta paciencia como amabilidad. Sus amigos se organizaban con el horario del baño a voz en grito, y el casero, el muchacho al que Grimmjow había apodado Pumpkin con solo verlo, estaba conteniendo la risa de camino a la cocina.
Grimmjow lo siguió con la mirada, realmente curioso. Por un lado, parecía ser un niñito de mamá. Por otro, había una razón muy personal para que les prohibiera ingresar a su cuarto. ¿Qué tenía en su habitación, instrumentos de tortura?
Ya que iba a estar viviendo allí por un buen tiempo, Grimmjow decidió que bien podía intentar saber todo lo posible acerca de su nuevo compañero de piso. Tomando en cuenta que ya sabía más de lo que quería de los demás…
—Hey, Pumpkin—lo saludó, entrando a la cocina detrás de él. Como todo en el departamento, los muebles lucían viejos y desgastados, pero relucientes. Un ligero aroma a limón flotaba en el aire, como si el muchacho hubiese hecho la limpieza recientemente. El piso de baldosas azules oscuro brillaba de limpio, iluminado tenuemente por la luz de la farola que ingresaba por la ventana con cortinas al fondo de la estancia y las luces de ahorro de energía que brillaban con delicadeza desde el techo.
—Tengo un nombre, ¿sabes?—gruñó el peli naranja hacia él, tomando el jarro de la cafetera y vaciando el agua que contenía al compartimiento correspondiente. Dejó el jarro de vidrio en su sitio y le dio a un interruptor que se iluminó de rojo. De inmediato, el fuerte y profundo olor a café comenzó a llenar el reducido espacio, levantándose unas volutas de vapor desde la tapa superior del artefacto.
— ¿Cuál era?—inquirió Grimmjow, no queriendo realmente ser grosero pero sin que le importara lo suficiente.
—Y tu amigo Nnoitra me interrumpe antes de poder presentarme—bufó él, poniendo los ojos en blanco con una rodada que Grimmjow casi aplaudió. Cuánto hastío era capaz de poner su nuevo casero en una sola expresión. Era básicamente increíble—. Ichigo Kurosaki.
Estuvo a punto de presentarse con el apellido por delante, pero recordó a tiempo que en Estados Unidos se estilaba poner el nombre antes que el apellido. ¿Por qué? Ni idea. Cosas de los occidentales.
— ¿Eres asiático?—preguntó el otro, dedicándole al chico una curiosa mirada en sus ojos azules. Grimmjow notó entonces que los ojos del muchacho eran marrones y profundos, ligeras motas color canela y dorado rodeando la pupila. Bajo las luces en el techo, casi parecían completamente dorados. Siempre había sentido envidia por los ojos castaños. Cambiaban con la luz, el clima o el humor. ¿Los ojos azules? Simples genes degenerativos, como ser pelirrojo.
—De Japón—coincidió Ichigo, abriendo las puertas de una de las encimeras de un tirón. Se empinó sobre sus pies, estirando unos gráciles brazos por sobre su cabeza, y extrajo seis tazones de las repisas. Los equilibró en sus manos, cuidando de no dejar resbalar ninguno, y los dejó sobre la encimera de mármol de imitación que relucía de limpia—. Tú eres Gr… ¿Grimmjow?
—Grimmjow Jaegerjaquez, eso es.
—Sin ofender pero, ¿cómo pronuncias siquiera tu nombre sin morderte la lengua? ¿Es alemán, ruso…?
—Ninguno de los dos—informó Grimmjow, apoyando la espalda contra una encimera y viéndolo rebuscar en un cajón. Con la espalda vuelta hacia él, el joven peli azul pudo observar perfectamente la forma en la que la camiseta le caía por los hombros, la tela quedando suelta alrededor de su cintura, justo en la curva que unía su espalda con sus glúteos—. Es francés.
Ichigo se giró a mirarlo con las cejas alzadas. Observándolo más de cerca, fue capaz de notar las pecas que le espolvoreaban la nariz y los ángulos superiores de los pómulos. Tenía unos labios rosados llenos, con forma de arco, y unos grandes ojos almendrados.
Si Grimmjow hubiese tenido que describir al chico japonés, seguramente habría sido de una sola forma: Ichigo Kurosaki quitaba el aliento.
— ¿Francés?—repitió Ichigo, ligeramente incrédulo. Alzó una ceja hacia el peli azul, entrecerrando sus ojos marrones hacia él—. No suena francés.
—Oye—se excusó Grimmjow, alzando las manos en el aire y mostrándole las palmas—, habla con mis padres. Según ellos, es francés.
—Pero tú no hablas francés.
No era una pregunta. Por alguna razón, aquello casi hizo que Grimmjow soltara una risita. Kurosaki parecía tan decepcionado que era imposible no reírse de él.
—Ni una sola palabra.
— ¿Lo hablan tus padres?
— ¿Bromeas? Mis padres solamente hablan en idioma médico.
Aquel comentario pareció encender el interés de Ichigo, que se giró a mirarlo con los ojos entornados. Un fuego de curiosidad se había encendido en sus pupilas, dándoles un suave matiz oscuro mientras la pupila se dilataba sobre el iris.
— ¿Tus padres son médicos?—inquirió, lentamente, saboreando las palabras en su boca. Se humedeció los labios con la punta de la lengua, provocándole a Grimmjow una subida de calor que no esperaba.
—Eh—comenzó el joven, frunciendo el ceño cuando su cerebro se negó en redondo a funcionar como la gente. Sí, se podía decir que el peli naranja acababa de freír la sinapsis entre sus neuronas. Pero no es que nadie pudiera culparlo, ¿verdad?—… sí. Sí, son neurocirujanos. Ambos.
—Eso—dijo Ichigo, apuntándolo con el dedo índice— es lo más radical que he oído en mucho tiempo.
Parpadeando sorprendido hacia el joven, Grimmjow lo observó terminar de sacar el azúcar y la crema de sus respectivos lugares. Se llevó las tazas hacia el living y las repartió sobre la mesa de centro, dejando a cada lado una cuchara y debajo de cada tazón un portavasos de goma. Tarareaba alguna canción que el peli azul no había oído nunca, haciéndose con sillas y más mobiliario para que sus nuevos huéspedes se sentaran cómodamente.
Unos minutos más tarde, Ichigo se metió por el pasillo y anunció que tenía café listo para todos. Como buenos universitarios que eran, la sola mención de una dosis pura de cafeína hizo que todo el mundo dejara el orden de sus habitaciones en un santiamén, siguiendo a su nariz directamente hacia la sala.
Sonriendo, Ichigo sirvió el café a sus invitados, llenando su taza al último y dejándose caer en el sofá, justo entre Grimmjow y Nelliel. Le dio un sorbo a su bebida, entornando los ojos en su tazón, y esperó pacientemente a que alguno de ellos hablara.
Si el chico japonés estaba incómodo, de hecho Grimmjow era incapaz de verlo en su rostro. Quizás se debía que estaba en su propia casa, bebiendo su propio café de su propia taza, o quizás simplemente se debía a que era lo suficientemente bueno controlando sus expresiones como para que alguien que apenas lo venía conociendo se diera cuenta de algo. Inició la conversación con soltura, preguntándole a cada uno qué era lo que estudiaba y pareciendo sumamente interesado en cada una de las respuestas.
Grimmjow se encontró observándolo por el rabillo del ojo más de la cuenta. Tenía esa manía de arrugar la nariz cuando se reía, de entornar los ojos cada vez que algo captaba su interés. Mantenía un perfil relativamente bajo y siempre dejaba que los demás se explayaran sin vergüenza alguna sobre sus propias vidas, sondeando con las preguntas correctas y las expresiones precisas en el momento indicado. Era simplemente un maestro en distraer la atención de sí mismo.
El interrogatorio camuflado de Ichigo pasó desde Ulquiorra, quien habló más en ese rato de lo que lo habían escuchado hablar en años, hacia Grimmjow, que parpadeó confuso hacia Ichigo. Sus grandes ojos marrones lo miraban directamente a la cara, su vista trabada con la de él, una sonrisa tironeándole de las esquinas de la boca.
— ¿Y tú, Grimmjow?—terminó por decir. Su voz sonaba algo ronca de tanto sondear a sus nuevos inquilinos, que al parecer solamente ahora se daban cuenta de lo que acababa de suceder y se miraban unos a otros completamente anonadados—. ¿Qué estás estudiando?
El joven peli azul se aclaró la garganta, dejando la taza de café vacía sobre la mesita de centro. La atención excesiva que estaba recibiendo, al ser el último en pasar por la silla de interrogatorio, comenzaba a ahogarlo de manera desagradable. Por alguna razón, no quería ser juzgado por Ichigo, que parecía reservarse cualquier opinión.
—Arquitectura—contestó, tragando la espesa saliva que se le había reunido sobre la lengua. Los ojos marrones de Pumpkin seguían fijos en los suyos, como si pudieran ver a través de su cara.
— ¿En qué año estás?
—Tercero.
—Vaya—se sorprendió Ichigo, desviando por fin los ojos y dejando que Grimmjow respirara por fin. Se inclinó hacia delante y dejó su propio tazón al lado del de Grimmjow, empujándolo con el dedo índice para alejarlo lo más posible del borde—. Creí que estudiabas medicina, igual que yo. Como tus padres son neuro…
—Espera, espera—lo detuvo Nnoitra, alzando una mano de largos dedos como si pudiera detener la conversación de manera física. Su único ojo violeta se clavó en Ichigo, entrecerrándose para observarlo con más detalle—. ¿Estás diciéndome que estudias medicina, Pumpkin?
—Pues sí—el peli naranja inclinó la cabeza, tal como lo haría un pajarillo curioso—. Segundo año.
—O sea que eres un genio certificado—comentó Szyael, alzando sus delicadas cejas hacia el dueño de casa. Todos los ojos estaban por fin en Ichigo, dejando a Grimmjow tranquilo por unos momentos. Sin embargo, ante la atención de todos quienes lo rodeaban, el muchacho parecía tan relajado como cuando estaba extrayendo cada trozo de información posible de los demás—. Estudiante de medicina… ¿quién lo diría?
—No es la gran cosa—Ichigo se encogió de hombros, quitándole importancia al asunto. Se echó hacia atrás en su lugar, apoyando la espalda contra el respaldo y dedicándole a todos los presentes una luminosa sonrisa que hizo que el corazón del peli azul se saltara un latido—. Mi papá tiene una clínica familiar, así que ya sabía un par de cosas desde antes.
—Eso es trampa—se quejó Nnoitra—. ¿Te imaginas mis padres hubiesen tenido un laboratorio geológico? Trampa de la más pura, ya te digo Pumpkin.
—Nnoitra, tengo un nombre.
—Puedes llamarme Pirata si se te antoja, pero Pumpkin te queda muy bien como para no usarlo—Nnoitra le dedicó a Ichigo un guiño de su ojo, sonriendo de esa forma en la que parecía que su cara completa era engullida por su boca.
—Es un caso perdido—dijo el peli rosado, sonriendo casi con malicia. Miró a Nnoi a través de sus lentes, como si fuera un espécimen muy interesante. Lo cierto era que siendo Szyael un biólogo, cualquier cosa que estuviera viva era un espécimen—. No hay forma de hacer que entienda, Ichigo. Una vez que se le ha metido algo entre ceja y ceja, no hay quien se lo saque de la cabeza.
—Deberías haber sido sicólogo, Aporro—gruñó el más alto de todos—. Es como que puedes analizar a las personas con facilidad… esa mierda asusta a cualquiera.
—Además—dijo de pronto Nell, que había estado callada por unos buenos minutos—, si hablamos de trampas, el más tramposo en ese caso sería nuestro Ulqui, ¿a que sí?
Ulquiorra, sentado en una silla con la espalda muy tiesa, frunció el ceño hacia Nell. Sus ojos verdes como esmeraldas se clavaron en ella, destrozándola con al vista. Sus labios delgados se apretaron en una fina línea cargada de resentimiento que solamente sirvió para que los demás soltaran una carcajada.
—Nelliel—siseó Ulquiorra—, ¿cuántas veces tengo que decirte que no me gusta ese apodo?
—Ya, como sea—dijo ella, rodando los ojos y dedicándole al joven de cabello azabache un ademán despreocupado con la muñeca—. La cosa es que Ulquiorra estudia para ser químico farmacéutico y su familia posee uno de los laboratorios más grandes de Estados Unidos.
—Eso sí que es trampa—murmuró Ichigo, dedicándole al callado Ulquiorra una mirada sorprendida. Todos los demás lo sabían, claro está, aunque les había costado un buen par de años averiguarlo. Grimmjow le dedicó una sonrisita al peli naranja cuando sus ojos marrones se cruzaron con los suyos, regodeándose en el rubor que se le subió a las mejillas—. Ni siquiera sé si es legal…
—Claro que lo es—refunfuñó Nnoitra, cruzándose de brazos. Resultaba raro verlo hacer una cosa como esa, incluso después de tantos años, porque la apariencia de mantis religiosa se acentuaba cuando usaba ese gesto—. Y si me lo preguntas, es una mierda.
Grimmjow dejó salir una risita, porque una vez más, Nnoitra Gilga daba justo en el clavo. Tenían esa conexión extraña en la que siempre adivinaban lo que el otro estaba pensando. Y era gracioso porque siempre andaban imaginándose las porquerías más estúpidas.
Después de un rato de conversación cómoda, Ichigo anunció que se iba a la cama. Les deseó a todos buenas noches, recordándoles que el día viernes pasaba la basura, y luego de dejar los tazones en la cocina, se retiró a su habitación. Cerró la puerta tras de sí, el pequeño letrero de un quince balanceándose de manera casi contundente.
La clase de anatomía era una mierda. Así tal cual. Mientras Ichigo luchaba por aprenderse hasta el más mínimo nombre de todos y cada uno de los huesos que componían el esqueleto humano, su cerebro parecía haber tomado las maletas y haberse largado de viaje de placer al Triángulo de las Bermudas. Así es. Sus neuronas estaban demasiado lejos unas de otras como para hacer sinapsis, rebotando contra su cráneo como si fuera un castillo hinchable.
Cuando el profesor se aclaró la garganta por última vez y los dejó ir, el peli naranja casi se lanzó como una saeta fuera del aula. Respiró profundamente el aire fresco, inflando el pecho lo más posible. Había tenido una maravillosa noche de sueño sin todas las preocupaciones financieras, e incluso cuando su grupo de inquilinos hacía más ruido que una maraca dentro de una lavadora, durmió como un bebé toda la noche.
Pero no había forma de que soportara la clase de anatomía, por mucho que se sintiera descansado y fresco como una lechuga.
Dejando salir un suspiro de alivio, Ichigo se colgó el bolso al hombro y se metió la mano libre al bolsillo de los vaqueros. La hora de almuerzo comenzaba dentro de cinco minutos, y si no estaba sentado en su mesa asignada, Shinji seguramente iba a masticarlo vivo.
Unos minutos más tarde, el joven tenía la bandeja con su comida en las manos y miraba a su alrededor con el ceño fruncido. No alcanzaba a ver ni a Shuuhei, ni a Shinji ni a Kensei. ¿Había llegado demasiado temprano?
Se giró a mirar hacia el reloj que colgaba sobre las puertas de vidrio de la cafetería, constatando que de hecho estaba justo en la hora. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Entonces, ¿dónde estaban sus amigos?
— ¡Eh, Pumpkin!
Suspirando por lo bajo, Ichigo se giró hacia el origen de la voz. Habría reconocido a Nnoitra Gilga en cualquier parte, porque incluso su voz sonaba alta. Es decir, el tipo parecía incapaz de susurrar. En cuanto se dio media vuelta sobre sus talones, el único ojo de Nnoitra se clavó en él, una sonrisa de oreja a oreja extendiéndose por su cara y mostrando sus parejos dientes.
—Pirata, ya te veo veinticuatro siete. ¿Puedes por favor ignorarme en la universidad?—refunfuñó Ichigo, frunciendo el ceño hacia su inquilino. Al lado de Nnoitra, Grimmjow soltó una risita baja y burlona.
— ¿Ignorarte? ¿Tan rápido desechas lo nuestro, Lil' Pumpkin?
—Deja al pobre tipo en paz, Nnoi—bufó el peli azul, rodando los ojos hacia su amigo. Ichigo intentó no mirarlo más de la cuenta, pero, demonios, eso era una tarea complicada. Desde la camiseta blanca con cuello en V que le caía por los hombros como si la hubiesen hecho a su medida, insinuando apenas los músculos marcados de su abdomen y su torso, pasando por esos vaqueros negros ajustados alrededor de esas piernas que parecían infinitas y torneadas como pilares, hasta las botas de motoquero desabrochadas, con el ruedo de los pantalones metido dentro de la caña. Todo parecía haber sido escogido cuidadosamente para atraer todos los ojos a su alrededor—. ¿Es que tienes que mortificar a todo el mundo?
—Es mi negocio, Kitty—Nnoitra se encogió de hombros, balanceando peligrosamente la bandeja con su comida.
—Miren, no…
— ¡Ichi!
El aludido puso los ojos en blanco y decidió que sus amigos y sus inquilinos, juntos en el mismo lugar, respirando el mismo aire, serían una pésima combinación. Simples elementos químicos que provocan caos. Pero ya no podía hacer nada para deshacerse de ninguno, así que cuando Shinji, Kensei y Shuuhei se materializaron junto a él, cada uno con su bandeja repleta de comida, el ambiente se llenó de una incómoda electricidad.
Los ojos color caramelo de Hirako se clavaron en Grimmjow primero, y luego en Nnoitra. Los examinó lentamente, a fondo, desde la cabeza hasta los pies. Ichigo sabía lo desagradable que era ser objeto de ese escrutinio: durante su primer día en la universidad, después de haber llegado desde Japón, se cruzó con Shinji en los pasillos de camino al aula magna de la universidad para recibir la charla introductoria. Resultó que Hirako estaba gritándole a alguien que había tirado sus libros (razón por la cual se había ganado el título de gritón oficial de la mesa), y que estaba a punto de golpearlo.
Cuando Ichigo, Kensei y Shuuhei se interpusieron y evitaron que a Shinji le dieran una paliza, el rubio los miró exactamente como estaba mirando a Grimmjow y a Nnoitra, los analizó a fondo, frunció el ceño y murmuró: «sí, estos son. Me los quedo».
Así que cuando los segundos se arrastraron incómodamente hacia delante, Ichigo le dio un codazo en las costillas a su amigo y le dedicó una significativa mirada de soslayo.
—Ah, mierda—se quejó el peli naranja—. Grimmjow, Nnoitra, estos son mis amigos: Kensei, Shinji y Shuuhei. Ken, Shin, Shuu, estos dos son mis nuevos inquilinos.
Shinji dejó salir un silbido de admiración.
— ¿Vives con eso?—inquirió, apuntando hacia Grimmjow con el mentón. Sus ojos se entornaron hacia el peli azul con aprobación, sonriendo apenas—. ¿Y encima te paga? Ichi, no sé qué hiciste en tu vida pasada, pero de seguro no te mereces tanta suerte.
—Ehm… ¿gracias?—murmuró Grimmjow, frunciendo el ceño y mirando a todas partes menos a Shin. No parecía muy cómodo con el intenso escrutinio del rubio. Nadie parecía cómodo con ello, para ser justos.
—Shinji—comenzó Ichigo, suspirando exhausto—. Eres, por lejos, el peor amigo que alguien podría tener.
—Yo también te quiero.
Se sentaron todos juntos en una mesa desocupada casi al principio del comedor. Decir que los siguientes minutos en los que los amigos de Ichigo y sus inquilinos se analizaron los unos a los otros fueron incómodos sería quitarle importancia a todo el asunto. Pero cuando, finalmente, Shinji rodó los ojos y abrió la boca, toda la tensión se fue por la ventana:
—No, lo siento, no puedo concentrarme con este pedazo de ser humano frente a mí. Eso es todo. Blue, acabas de freír mi cerebro.
Una carcajada estalló en la mesa, haciendo que un montón de cabezas se giraran hacia ellos. Mientras Nnoitra se reía con toda su fuerza, en voz tan alta que su voz realmente hacía eco en las paredes, Ichigo apoyó la frente en la mesa, entre mortificado y muerto de risa. Su abiertamente homosexual amigo Shinji siempre hacía ese tipo de comentarios directos cuando creía que alguien era guapo. Gracioso, porque Shinji tenía un novio. La parte que lo dejaba ser tan coqueto con todo el mundo era que su novio… bueno, su novio vivía en Inglaterra. Sí, el chico ese tenía algo por los británicos.
No es que a Ichigo le molestara el acento tampoco…
—Gracias. Es muy halagador—agradeció Grimmjow, con la voz ronca de tanto reírse en voz alta.
—Oye, no he dicho nada que no sea verdad. ¿Cierto, Ichi?
—A mí no me metas con tus hormonas, Hirako—se excusó Ichigo. Que estuviera completamente de acuerdo con Shinji no significaba que tenía que decirlo en voz alta, ¿verdad?
Shinji rodó los ojos, moviendo la mano hacia el peli naranja con displicencia.
—Ya, claro, mis hormonas…
—Shinji—dijo de pronto Kensei, dedicándole al rubio una significativa mirada bajo un terrible ceño fruncido—. ¿Recuerdas lo que conversamos de pensar antes de hablar?
Ichigo les dedicó una mirada avergonzada. Shuuhei, por otro lado, simplemente negaba con la cabeza. A pesar de que no había estado en el momento exacto en el que Ken y Shin entraron a la habitación de Ichigo sin siquiera tocar la puerta (cosa que el peli naranja les recordaba a menudo) y lo encontraron divirtiéndose con una conquista de fin de semana, estaba enterado de todo. Sobre todo porque el rubio había sido completamente incapaz de cerrar la boca.
El día después de eso pasó tan rápido que el peli naranja comenzó a dudar del estado de su sanidad mental. Parecía que solamente hacía unos minutos había salido de la clase de anatomía con ganas de lanzarse desde el edificio más alto de la ciudad. Así que cuando se encontró a sí mismo de camino a su departamento, dejó salir un suspiro que iba entre el cansancio y el alivio.
Solamente para casi chocarse con un tipo que llevaba un televisor de pantalla plana de al menos cuarenta y dos pulgadas.
—Fíjate por dónde caminas, maldita sea—ladró, dedicándole a Ichigo una mirada sorprendentemente envenenada a través de sus párpados entrecerrados.
El muchacho parpadeó confundido hacia el tipo bajito, vestido con una camiseta blanca con una sospechosa mancha en la parte delantera de la prominente barriga, vaqueros con tanto polvo que el color era indefinido y una gorra con visera que no ocultaba completamente la incipiente calvicie que se hundía por su cráneo.
Se preguntó interiormente por qué un tipo con pinta de fontanero malhumorado estaba acarreando un caro televisor por un estacionamiento en una parte de la ciudad relativamente problemática. Hasta que recordó que el camión de la mudanza de sus nuevos inquilinos llegaba hoy, y que seguramente, ese gigantesco y lujoso aparato iba a dar a parar directamente a su departamento.
Ciñéndose la correa del bolso en el hombro y frunciendo el ceño hacia nadie en particular, el joven peli naranja inició su camino por las escaleras, esquivando a los trabajadores de la mudanza que volvían sobre sus pasos de camino al camión estacionado a plena vista delante del departamento. Se reprendió a sí mismo por ser tan idiota, y se metió a su hogar por la puerta abierta.
Dentro, el desorden era de proporciones épicas, sin mencionar que había un revuelo considerable. Lo primero que Ichigo notó, fue que alguien había reemplazado su anticuado televisor de veintiún pulgadas con aquel gigantesco aparato negro de aspecto caro y lujoso. Segundo, un montón de cajas y muebles desarmados yacían apoyados contra todas las paredes, haciendo de la sala de su casa un laberinto confuso de pasadizos y planchas de madera.
Un borrón verde iba de aquí para allá, indicándoles a los tipos del camión dónde poner sus cosas. Por lo menos, se dijo Ichigo, ella había tenido la decencia de pedir que se llevaran todo directamente a su habitación, y no dejar las cajas repartidas por todo el living como si fuera una bodega.
Cuando un grupo de trabajadores pasó directamente por su lado, sin siquiera dirigirle la mirada, Ichigo esquivó cajas puestas sobre endebles torres de más cajas y se encaminó a la habitación de Nelliel.
La muchacha estaba ya desempacando todo lo que le pertenecía. Había cajas de cartón sobre el desnudo colchón y planchas de madera que Ichigo estaba seguro correspondían a un escritorio, o quizás un librero. Una impresora de aspecto antiguo y desvencijado estaba puesta contra la pared, conectada al enchufe y a un portátil moderno que parecía un poco fuera de lugar entre tanta cosa antigua. Sentada en el suelo, con las piernas cruzadas a lo indio, Nell extraía cachivache tras cachivache de sus contenedores, repartiéndolos a su alrededor como si después no necesitara caminar por el suelo de la habitación.
Cuando sintió la presencia del peli naranja, la joven alzó sus grandes ojos grises del edredón de retazos que sostenía entre los dedos, y al cual le dedicaba una mirada fija y evaluadora. En cuando su mirada se trabó con la de Ichigo, una sonrisa de oreja a oreja le iluminó las facciones.
— ¡Ichi!—exclamó, saludándolo con la mano igual que una niña—. ¡Que alegría verte por fin! No te vi ni el pelo hoy en la universidad…
—Estuve algo ocupado evitando a Nnoitra y a Grimmjow. Ya tuve suficiente humillación por hoy, muchas gracias—murmuró él, pasándose una mano por el pelo. Se rascó la nuca, sorprendiéndose un poco de encontrar nudos que apretaban sus músculos. Con razón la tortícolis lo estaba matando; con lo bocón que era Shinji, pronto más del sesenta porciento de la universidad se había enterado que en su casa se alojaban nada más ni nada menos que Ulquiorra Cifer y Grimmjow Jaegerjaquez.
Nell arrugó la nariz, dedicándole al joven un asentimiento con la cabeza.
—Imagínate haber crecido con ellos.
—Te compadezco.
Soltando una risita, la muchacha siguió desempacando sus cosas. Ichigo la dejó tranquila para que siguiera en lo suyo, retirándose a su cuarto y dejando caer su bolso sobre la solitaria silla que yacía cerca de su cama. No por primera vez, Ichigo se preguntó cómo es que el departamento había costado tan barato, contando la cantidad de cuartos disponibles y la ubicación que tenía. Cerca de supermercados, una universidad, una lavandería…
No es que se estuviera quejando. Sin embargo, nadie podía negarle un poco de curiosidad.
Se recostó sobre la colcha de la cama y se quitó las zapatillas sin desabrocharlas. Una vez con los pies libres, se estiró cuando largo era sobre el colchón, disfrutando de la familiar comodidad de su cama. Su cabeza latía al ritmo de su pulso y el cansancio colgaba sobre él como una araña muy grande y muy fea.
Después de haber soportado meses de problemas financieros, esos problemas habían llegado a su fin de manera abrupta, tan rápido que habría deseado detenerse y analizar la situación por un momento. No obstante, ahora parecía que había cambiado su falta de dinero por otro tipo de situación problemática: sus inquilinos parecían ser un completo desastre.
Dos chicos con dinero suficiente para comprarse su departamento propio, pero arrendándole el cuarto a otro estudiante de la misma edad. Una chica demasiado alegre para su propio bien, un sabelotodo estudiante de ciencias que miraba a todo el mundo como un espécimen que poner bajo la lente de un microscopio, y un tipo alto que parecía estar en guerra eterna con los dinteles de las puertas y que, para verse como un pirata, tenía tanta relación con el mar como el sol.
No por primera vez (y realmente no sería la última), Ichigo murmuró unas cuantas palabras inteligibles antes de quedarse dormido como un tronco:
— ¿En qué me metí?
