El mundo es un pañuelo.

—Mira, Lil' Pumpkin, tu televisor era una mierda, ¿me sigues? ¿Veintiún pulgadas de qué, de vergüenza asiática? No, no, si Nnoitra Gilga va a vivir en alguna parte, esa parte tiene que tener un televisor decente. ¿Cómo crees que voy a jugar FIFA con Kitty aquí presente si no?

Dejando su café sobre la mesa del comedor, que "amablemente" sus inquilinos habían armado en un espacio libre de su sala de estar, el peli naranja se sobó las sienes. Debería sentirse agradecido, porque ni siquiera él era muy asiduo a ese vejestorio, pero era su vejestorio. Aunque ahora que miraba el noticiero en alta definición, incluso la crisis financiera americana parecía interesante.

—Ya les dije yo—intervino la voz de Szyael, que revolvía parsimoniosamente un tazón de cereales con leche de almendras—: «¿por qué no le preguntan a Ichigo primero? Es su casa, después de todo». Pero nunca me hacen caso. ¿Qué es lo que prefirieron hacer? Mover el trasto sin permiso.

—Szyael—dijo Grimmjow lentamente, dedicándole una dulzona sonrisa por sobre el borde de su taza de café con leche. Sus ojos azules brillaron con fuerza, clavados en los naranjos del peli rosa—. Cierra la boca.

—Apoyo moción—asintió Nnoitra.

—No, de hecho Szyael tiene razón—gritó Nelliel desde la cocina. Su cabeza se asomó por el marco de la puerta, su largo cabello verde agua atado en un moño sobre su cabeza, atravesado por algo que se parecía sospechosamente a una daga—. Deberían haber hablado con Ichi primero. ¿Cierto, Ichi?

—Sí—suspiró el aludido, dándole un largo y relajante trago a su café recién hecho. No importaba qué tan estresado estuviera, una buena taza de café nunca fallaba para hacerlo sentir mejor—. Pero la cosa ya está hecha. ¿Dónde dejaron mi antiguo televisor?

—Lo tengo en mi cuarto por el momento—informó el peli azul, sentado directamente al frente de Ichigo—. Con esa norma de «no entren en mi cuarto sin permiso» y esa mierda pretenciosa, supusimos que te iba a dar un soponcio si la dejábamos allí. Voilà, lo dejamos en mi habitación.

Como si le hubiesen dado una descarga eléctrica, el dueño de casa se envaró en su silla, clavándole al peli azul una terrorífica mirada. Su ceño se frunció, profundo sobre su frente, su expresión de marca registrada dejándose ver por primera vez con tanta fuerza delante de sus inquilinos.

— ¿Disculpa? ¿Mierda pretenciosa?—repitió el peli naranja, suavemente. A su izquierda, Szyael movió su silla lejos de él de manera disimulada, y a su derecha, Nnoitra le clavó una nerviosa mirada de su ojo violeta.

—Eso es exactamente lo que dije.

—Permíteme recordarte, Grimmjow—siseó Ichigo, entrecerrando los párpados hacia el aludido, que le devolvió una mirada sorprendida—, que estás en mi casa. Que mientras no tengas un contrato conmigo, puedo echarte en cualquier momento que me ocurra. ¿Estamos de acuerdo?

—Oye, no seas tan…

—Así que mientras vivas bajo mi techo, te tomes mí café y uses mi internet, lo mínimo que espero es algo de respeto. ¿Está claro?

El único ojo de Nnoitra se giró hacia su amigo, mientras una kilométrica sonrisa de oreja a oreja se le extendía por el rostro.

—Acaban de ponerte en tu sitio, Kitty. Lil' Pumpkin ya me cae bien. Venga, Pumpkin, dame esos cinco—rió Nnoitra, extendiendo su mano con la palma hacia Ichigo. El peli naranja clavó sus ojos marrones en él, incrédulo, sin siquiera moverse. Ante su falta de reacción, el alto joven fingió cansarse de inmediato, sosteniendo su brazo estirado con el brazo libre y componiendo una mueca—. Venga, chico, no me dejes colgado…

— ¿Vas a dejar de hacer eso si choco los cinco contigo, Pirata?—inquirió Ichigo, suspirando.

—Tú y yo sabemos que sí.

Kurosaki puso los ojos en blanco, chocando los cinco con Nnoitra, que por fin bajó la mano y compuso una sonrisa satisfecha.

El desayuno pasó sin más incidentes. La gran mayoría de las cajas de cartón y planchas de madera habían desaparecido durante el día de ayer, mientras Ichigo se quedaba inconsciente sobre su colchón. Ahora solamente quedaban cinco en el rincón, una por cada uno de los inquilinos, donde habían guardado tazas, platos y cosas de cocina que tenían que organizar con ayuda del dueño de casa.

El día sábado, para Ichigo, significaba trabajo. Durante el día, limpiaba de piso a techo su departamento, eso incluyendo los cuartos desocupados, el balcón y el baño sin usar, que aunque viejo y desgastado, se mantenía completamente limpio. Ahora, sin embargo, tenía cinco pares de manos que podían ayudarlo a terminar eso mas rápido que nunca y con la sexta parte del trabajo.

Cuando Ulquiorra miró hacia el trapeador que Ichigo le estaba tendiendo como si fuera algo salido de su infierno personal, Nelliel soltó una risita.

—Es un trapeador, Ulqui.

—Sé lo que es—murmuró lentamente el joven de ojos verdes—. ¿Pero qué tiene que ver conmigo?

—Ah, eso es muy simple, compañeros de piso—explicó Ichigo, apuntando hacia el armario de limpieza que estaba escondido en la esquina más alejada de la casa. Un cuarto de un metro por un metro lleno de escobas, baldes, trapeadores, productos de limpieza, desinfectante y esponjas. Todo listo para eliminar hasta la más mínima mota de polvo que pudiera posarse sobre alguna superficie—. Vamos a hacer limpieza.

— ¿Oyes eso?—murmuró Grimmjow, con un cigarrillo sin encender balanceándose entre sus labios—. Creo que alguien me llama…

—Oh no. Eso sí que no—siseó Nell, cruzándose de brazos—. Estamos viviendo con Ichi, estamos comiéndonos su comida, usando su internet e invadiendo su espacio…

—Le estamos pagando—puntualizó Szyael, entrecerrando sus ojos hacia Nell. A través de los cristales de los anteojos, su mirada pareció tan penetrante que Ichigo sintió un escalofrío bajarle por la espalda.

—… lo mínimo que podemos hacer es ayudarlo a limpiar—continuó la peli verde, como si el otro nunca hubiese hablado—. Además, si lo piensan, es solamente la sexta parte del trabajo.

A pesar de que Nelliel era significativamente más baja que casi todos en el departamento, exceptuando quizás Ulquiorra, cuando les dedicó un ceño fruncido tan terrible como el de Ichigo, ninguno protestó. Se repartieron los útiles de limpieza y se le asignó a cada uno un sector de la casa qué limpiar.

Una hora y media más tarde, el departamento brillaba de pies a cabeza, un ligero aroma a limpiador de limón y cloro flotando en el aire. Satisfecho con el trabajo, Ichigo guardó las cosas en el armario y dejó libres a sus inquilinos, que parecían tan cansados como si vinieran llegando de una guerra.

Se dio una ducha, se cambió ropa y se secó el cabello ante el destartalado espejo de su baño. No era demasiado y tenía un par de fisuras cerca de la esquina inferior izquierda que se extendían por el vidrio como venas bajo la piel, pero cumplía su cometido.

Sabiendo que necesitaría arreglar un poco el departamento, sobre todo la puerta de entrada y el baño secundario, el peli naranja se puso en camino a la ferretería. Para llegar al lugar, tenía que tomar un autobús y esperar en el recorrido por lo menos treinta minutos, antes de bajarse y caminar dos o tres cuadras por las calles aledañas al centro de la ciudad.

Así que, sabiendo que se iba a demorar un montón en llegar a la tienda, en comprar todo lo que necesitaba, y en devolverse, se puso los audífonos del iPhone en los oídos, se puso una camisa de franela sobre la camiseta manga corta negra, se hizo de su juego de llaves sobre el bol rojo, y salió de su departamento de camino a la parada del autobús.

El trayecto hacia el centro de la ciudad no duró treinta, sino cuarenta minutos debido a un enorme atochamiento que bloqueaba las avenidas principales y que dejaba poco menos que inutilizadas las calles secundarias. Sin embargo, por primera vez dentro de la semana, Ichigo se echó hacia atrás en el asiento y se dedicó a disfrutar del poco tiempo de paz que estaba experimentando.

Cuando por fin las calles se vaciaron un poco y pudo llegar a su parada, descendió de la máquina y caminó por las callejuelas hasta encontrar el local que estaba buscando. La fachada era pequeña y destartalada, dando la impresión de que el interior era exactamente igual. Sin embargo, al cruzar la puerta y oír el tañido de la campanita que avisaba de los clientes, quien sea que entraba se daba cuenta de inmediato que lo de afuera no tenía nada que ver con lo de adentro.

Primero que nada, la ferretería se componía de tres edificios unidos. El dueño del lugar, Urahara Kisuke, quien también resultaba ser el dueño del taller de autos donde trabajaba su primo, Shiro, había derribado los tabiques de las construcciones aledañas para agrandar el espacio en cuanto las propiedades bajaron de precio. Había conseguido tres construcciones de dos pisos cada una por una ganga, y no había perdido tiempo en remodelar e instalar su negocio allí.

El interior era bastante acogedor para un sitio donde todos los anaqueles estaban llenos de cosas de metal, madera, plástico y goma. Olía fuertemente a hierro y pintura al óleo, y se oía aquí y allá el trajín de los clientes siendo guiados por los empleados a través del stock de productos que se ofrecían en la tienda.

Urahara, además de ser el dueño de aquella ferretería, era también el propietario del taller mecánico donde su primo, Shirosaki (Shiro) Shiba trabajaba. Por consiguiente, Ichigo conocía bastante bien al excéntrico hombre, que iba por la vida comportándose como un idiota con la mitad de neuronas que un avestruz, pero que en realidad era lo suficientemente inteligente como para entender la física nuclear.

Cuando la campanilla repiqueteó sobre su cabeza, una chica de cabello negro atado en dos coletas y una mirada triste abordó a Ichigo. Parpadeando sorprendido, el joven le dirigió una mirada fija a Ururu. La muchacha, de quince años, era hija adoptiva de Kisuke, junto con su hermano Jinta, ambos nacidos y criados hasta los siete y cinco años, respectivamente, en un orfanatorio del pueblo natal de Ichigo allá en Japón. Su ciudad natal era una ciudad pequeña llamada Karakura, ubicada en Tokio, un pueblo pacífico donde nunca pasaba gran cosa y donde Ichigo cursó toda su educación hasta salir de preparatoria, donde dejó amigos, familia, a su primer novio (el hermano de su mejor amiga, un estoico y frío hombre llamado Byakuya Kuchiki, cinco años mayor que él) y la tumba de su madre.

—Kurosaki-san—saludó la muchacha, inclinándose ligeramente ante él. Había pasado tanto tiempo desde que alguien lo llamaba por el honorífico usado en Japón para mostrar respeto, que Ichigo se sintió ligeramente incómodo—, bienvenido a la tienda. ¿Necesita hablar con papá?

—No es necesario, Ururu—la tranquilizó él, dedicándole una sonrisa amable. Se sorprendió ligeramente cuando la adolescente se sonrojó profusamente, pero no dijo nada—. Estoy aquí porque necesito remodelar un par de cosas de mi departamento. Necesito pintura, azulejos, un espejo nuevo, y una llave de lavamanos. Aquí están las medidas de cada cosa y cuánto necesito de cada una…

— ¡Ichigo!

El peli naranja bufó por lo bajo.

—Urahara—saludó, volteándose lentamente hacia el hombre de la hora. Kisuke era ligeramente más bajo que él, con el desordenado cabello rubio ceniciento saliendo en punta desde un sombrero verde lima con blanco, rayas verticales decorando el ala y la parte superior. Vestía siempre de verde, aunque ya no llevaba la típica tenida japonesa que Ichigo recordaba de sus años en Karakura. Ahora llevaba pantalones de pana, una camiseta manga larga, y encima, el único vestigio de su lugar de origen: un haori largo hasta la mitad del muslo—. Es bueno verte después de tanto tiempo.

—Es que eres un ingrato, eso es lo que pasa—negó con la cabeza, su voz cantarina alzándose sobre el ruido de la tienda, mientras una sonrisa boba se le extendía por los labios—. ¿Qué necesitas?

—Acabo de darle a Ururu la lista de compras, así que…

—No es necesario, tengo un nuevo empleado que muy bien puede ayudarte. Ururu todavía tiene que terminar la tarea de la escuela, ¿no es así?—inquirió Urahara, dedicándole una paciente mirada a su hija adoptiva.

Bufando como un gato enojado, la muchacha le entregó de vuelta la lista a Ichigo, murmurando por lo bajo acerca de lo injusto que era todo eso. El peli naranja aún no olvidaba lo que era ser adolescente, ser mayor para algunas cosas pero no lo suficiente para otras. Que te mande todo el mundo y que nadie pregunte tu opinión.

Esperó pacientemente a que el nuevo empleado reuniera todas las cosas que Ichigo había apuntado en la lista, tratando de no ser demasiado duro con el chico debido a su poco conocimiento de la tienda. Unos momentos más tarde, tenía todo su pedido listo, embalado y pagado.

Cuando Ichigo se bajó del taxi que lo llevó a casa, se sorprendió al encontrar un camión de mudanza estacionado frente a su edificio de departamentos. El conteiner estaba abierto de par en par, mostrando sillones, mesas y sillas, cajas de cartón apiladas, lámparas y Dios sabe qué otra cosa. Ichigo sabía que todo eso no iba a caber dentro de su apartamento, así que descartó de inmediato la idea de que el camión estaba allí por alguno de sus huéspedes.

Entonces, un chico de su edad se dejó caer fuera de la cabina del camión, aterrizando sobre sus pies y estirándose igual que un gato.

Lo habría reconocido en cualquier lugar del mundo. Con el cabello blanco como la cal, la piel tan pálida que parecía alabastro y aquellos ojos dorados e invertidos que eran resultado de una confusión genética bastante poco común, Shirosaki Shiba se sacudió las manos en los vaqueros.

— ¿Shiro?—murmuró Ichigo, alzando las cejas hacia él.

Su primo se giró sobre sus talones, dedicándole al peli naranja una amplia sonrisa de oreja a oreja.

¡Aibou!—lo saludó, acercándose a él—. Te tengo una noticia que de seguro te va a dejar estúpido.

— ¿Te mudas a mi complejo de apartamentos?—inquirió Ichigo, con tanto sarcasmo que incluso él consideró que aquello había sido innecesario.

Sin embargo, Shiro se rió por lo bajo, frotándose las manos en un ademán casi maquiavélico, dirigiéndole a su primo una mirada fija con aquellos ojos dorados como el ámbar. Parecía que estuviera pensando en asesinar a alguien.

—Al lado tuyo—le informó, pasándole un brazo por los hombros y guiándolo para que se girara a mirar a la puerta que tenía el número 1505—. Mi hermano y yo nos mudamos para acá.

— ¿Kaien?—preguntó el joven, mirando fijamente al letrero difuminado por la distancia. Sin contar con que ahora tenía cinco inquilinos que parecían estar más locos que una cabra esquizofrénica, ahora su primo, más loco que todo un sanatorio mental junto, se mudaba con su hermano mayor al departamento de al lado. Por lo menos, se tranquilizó a sí mismo, Kuukaku y Ginjou no se veían por ningún lado. Eso sí que sería mala suerte.

—Por supuesto que me mudo con Kaien. Los otros dos están muy ocupados dándole en el gusto a la abuela—Shiro rodó los ojos, usando ese tono de cansancio que siempre usaba cada vez que hablaba acerca de la familia Shiba. Ichigo había pasado por eso hacía algunos años, luego de la muerte de su madre. Como Isshin había tomado el apellido de Masaki, los Shiba habían decidido que, ya que no quería pertenecer a la familia, tampoco iba a obtener ningún beneficio de ella. Y voilà, Ichigo había crecido toda su vida sin ver ni un céntimo de la fortuna familiar, aunque sin necesitarla, teniendo contacto con sus primos poco menos que a escondidas—. No sé qué les dio.

— ¿La adultez?—sugirió el peli naranja, riéndose por lo bajo como si estuvieran planeando un crimen.

—O la estupidez. Venga, dejemos que los señores trabajadores hagan lo que vinieron a hacer. Kaien los está ayudando a acomodar las cosas en el departamento. Lo que es yo, mataría a alguien por un café.

—Te das cuenta de que si los dejas solos pueden robarte cualquier cosa, ¿verdad, Shiro?

Con un ademán desdeñoso, el muchacho albino alejó las preocupaciones de Ichigo.

—Kaien los vigila. A ese no se le pasa nada. Ni siquiera la mata de hierba que tenía a los catorce.

Los ojos del peli naranja se ampliaron de sorpresa. Sabía que su primo no era de los trigos muy limpios (había tenido diversos problemas con peleas callejeras, líos de faldas y un montón de cosas mas que nunca le contó), pero eso de que solía consumir marihuana era algo nuevo.

—Tranquilízate, aibou, tenía catorce. Era un crío—se encogió de hombros, componiendo una mueca que decía a todas luces que no se sentía demasiado orgulloso de esa etapa de su vida—. Me he reformado. Soy un trabajador honrado que está a punto de comerse todo tu refrigerador.

La perspectiva de que su primo se juntara con sus inquilinos no le atraía mucho. Sin embargo, negarle la taza de café y algo de comida significaría que Shiro iba a sospechar que algo extraño estaba pasando, y sinceramente, el joven prefería mil veces tener a su primo entablando relación con sus huéspedes que tenerlo husmeando en su vida.

Subieron las escaleras y se encaminaron al departamento. Shiro cargaba la mitad de las bolsas, comprometiéndose a ayudarlo con las reparaciones necesarias, diciéndole que muy bien podría él sólo hacer todo el trabajo. Ichigo, por supuesto, se negó en redondo. Que lo ayudara no significaba ningún problema, pero que lo hiciera todo, significaba una herida a su orgullo.

Su apartamento estaba tan limpio como cuando lo dejó antes de irse a la ferretería. El ligero olor a limón y cloro se desvanecía de a poco en el aire, dejando tras de sí el aroma del lustra muebles y el del limpia cristales. El suelo de baldosas resplandecía de limpio, reflejando ligeramente las siluetas de todas las cosas que yacían sobre ellas.

Shiro dejó salir un silbido de admiración al ver el buen estado de su hogar.

— ¿Qué hiciste, aibou, contrataste un servicio de limpieza?—inquirió, pasando su dedo sobre la mesita que estaba al lado de la puerta, esa donde descansaba el bol rojo de las llaves. Se miró la yema del índice, solamente para comprobar que no había una sola mota de polvo sobre su piel.

—No, yo…

— ¡Ichigo!—lo interrumpió la voz de Nell. La muchacha se asomó por el marco de la puerta de su cuarto, su largo cabello colgando alrededor de su cabeza—. ¡Grimm pidió pizza para la cena y…!

La muchacha se interrumpió al ver a Shiro parado al lado del dueño de casa. Sus ojos grises lo observaron de pies a cabeza, fijándose con mucho detalle en sus ojos. Frunció ligeramente el ceño, mirando desde Ichigo hasta el otro muchacho, de hito en hito, confundida por el parecido abismal entre ellos.

—Si Grimmjow pidió pizza, supongo que la va a pagar él, ¿verdad?—inquirió Ichigo, casi ajeno al escrutinio que la peli verde estaba realizándole a Shirosaki.

—Eso creo—contestó ella—. ¿Quién es él, Ichi? No me digas que es un nuevo inquilino, porque eso sería demasiado. Sé que la falta de dinero apesta, pero todos los cuartos están…

— ¿Inquilino?—cortó el albino, clavándole a Ichigo una mirada de sorpresa. El peli naranja sintió que el rubor se le subía a las mejillas cuando recordó que no le había dicho nada a su primo acerca de sus problemas financieros. Ni siquiera tenía idea que había puesto los cuartos sobrantes en arriendo—. ¿Hay algo que no me estás contando, aibou?

Dejando salir un suspiro de cansancio, el dueño de casa se sobó las sienes, cerrando los ojos e intentando poner sus pensamientos en orden.

—Tuve algunos problemas de dinero, y tuve que arrendar las habitaciones que me sobraban. Ella es Nelliel, una de mis inquilinas.

—Pero bueno, primo, hubieses comenzado por ahí…—murmuró el joven, entornando su mirada hacia la muchacha, que había salido de la habitación y recorría el pasillo con gracia hacia ellos. No le pasó desapercibida a Ichigo la forma en la que su primo analizaba a fondo a Nell, sonriendo casi con aprobación—. Soy Shirosaki Shiba, primo de Ichigo. Un gusto conocerte.

La muchacha le dedicó una dulce sonrisa.

—También es un placer, pero soy asexual, así que ni siquiera lo intentes.

—Eso es lo que yo llamo un balde de agua fría—suspiró, decepcionado.

—Shiro, si terminaste de coquetearle a Nelliel…—murmuró el peli naranja, poniendo los ojos en blanco con tanta fuerza que casi creyó que se le iban a salir los globos oculares de las cuencas—… ¿vas a querer ese café?

—Por supuesto. Y todo lo que haya en tu refrigerador.

Veinte minutos después, Shiro estaba sentado a horcajadas en una de las sillas del nuevo comedor del departamento 1506, bebiéndose su segunda taza de café y devorando sin preocupación alguna por los modales un enorme sándwich de pavo y mayonesa. Ichigo estaba intentando contener la risa mientras escuchaba atentamente la historia completa de cómo Kaien, el mayor de los hermanos Shiba, había encontrado un día la planta de marihuana que escondía en su cuarto.

—Entonces—continuó él, a través de un enorme bocado de su emparedado—, Kaien entra a mi pieza en calzoncillos, preguntándome si tenía preservativos. A mí, un inocente joven de catorce años. ¿Te imaginas a mi hermano, el santurrón Kaien, preguntándome si tenía condones?

—Me he imaginado cosas más locas—contestó Ichigo, casi solemnemente.

—Pues imagínatelo. Y yo le digo que no, que ni siquiera tenía novia, y que me contesta que no es necesario tener novia para echarse una canita al aire de vez en cuando.

—Espera, ¿entonces Kaien también es primo de Ichigo?—inquirió Nell, que también escuchaba la historia. Tenía los ojos entornados y el ceño ligeramente arrugado en señal de concentración. Su voz sonaba medio amortiguada debido a la paleta de cereza que tenía entre los labios y cuyo palito blanco se movía de aquí para allá cuando hablaba.

—El mayor de los cuatro—le informó el peli naranja a la muchacha.

—A lo que yo le digo: «Onii-chan, ¿por qué crees que yo tendría condones en el cuarto?». Creo que ese fue mi grave error. Supuso que estaba ocultándoselos porque me quería vengar de alguna estupidez de hermano menor. Se puso a revolver mis cosas, ignorándome completamente, y entonces pilló el macetero. Créeme cuando te digo que ardió Troya. Se comportó como si hubiese estado escondiendo órganos humanos para comer o alguna mierda así. Yo no hallaba dónde meterme…

Entre las carcajadas de Ichigo y las risitas de Nell, nadie escuchó la puerta abriéndose. Por ella entraron Grimmjow y Ulquiorra, seguidos finalmente por Nnoitra que cargaba por lo menos siete cajas de pizza familiares. Colgando de las manos de Grimmjow, había dos javas de cerveza Corona, sudando de frío.

—Parece que tenemos una fiesta—exclamó Nnoitra, avanzando hacia la mesa y dejando las cajas de pizza sobre la superficie. Su ojo se deslizó desde Ichigo hasta Shiro, y por unos momentos, la completa confusión llenó sus facciones. Era lo más lógico: casi todo el mundo confundía a Shiro por el hermano gemelo del peli naranja. Y es que su parecido, al igual que el de Kaien, era francamente sorprendente—. Pumpkin, ¿tienes un gemelo?

Ichigo negó con la cabeza.

—Es mi primo. Shirosaki S…

—Espera, espera—interrumpió Grimmjow, materializándose al lado del alto joven con el ceño fruncido—. ¿Shirosaki Shiba?

Los ojos dorados del chico albino se clavaron en el peli azul, y una mirada de reconocimiento brilló en su rostro.

—No. Puede. Ser. ¿Kitty?

Los presentes los observaron de hito en hito, demasiado sorprendidos para hacer otra cosa. ¿Qué tan pequeño podía ser el mundo?, se preguntó a sí mismo Ichigo, frunciendo el ceño. Esperaba muchas cosas, pero no que su primo y su inquilino se conocieran desde antes.

— ¡Maldito bastardo!—exclamó Grimmjow, alzando las cejas tan alto sobre su frente que casi tocaron la línea de su cabello—. ¡Hace un año y medio que no te veo!

— ¿Se conocen?—inquirió suavemente Ulquiorra, que por primera vez mostraba una emoción en su rostro.

— ¿Que si nos conocemos?—rió Shirosaki, componiendo una sonrisita malévola—. Este tipo y yo pasamos la noche juntos hace un par de años…