¿Qué estás haciendo aquí?
Ichigo descendió lentamente por su miembro, sonriéndole con superioridad desde su posición, sus manos apoyadas con seguridad en su abdomen y una gota de sudor corriéndole por la quijada. Parecía un dios hecho mortal, con la luz mortecina iluminando su piel del color del melocotón, sus labios enrojecidos e hinchados entreabiertos mientras su aliento apresurado se escapaba de ellos. Su cabello desparramado y empapado en transpiración, la ligera pátina del líquido salino cubriendo cada parte de su cuerpo y haciéndolo brillar bajo la tenue luz del sol naciente.
— ¿Te gusta eso?—murmuró suavemente, casi en un ronroneo. Sus ojos marrones se clavaron en Grimmjow, que tenía los dientes apretados y el ceño fruncido en máxima concentración—. Mierda, se siente bien tenerte dentro de mí…
—Cierra la boca—gruñó el otro, asiendo sus caderas y ondulando las suyas hacia arriba, encontrándose con la próstata de Ichigo en el acto. El sonido que salió de sus labios, aquel maullido entrecortado, hizo que Grimmjow soltara una risita burlona que se disolvió en un gemido cuando las paredes del muchacho se contrajeron a su alrededor—. Nhn…
—Dios, justo ahí—murmuró temblorosamente, echando la cabeza hacia atrás. Se mordió el labio inferior cuando Grimmjow se retiró y volvió a enterrarse en él, con fuerza, casi sin cuidado. Sin embargo, aunque Ichigo tenía cierta reticencia hacia el sexo duro, no puedo evitar el calor que inundó su estómago, revoloteando por sus venas como un enjambre de avispas enojadas—. ¡Ah, mierda…! ¡Grimm…!
El aludido apretó los dientes. Si Ichigo gemía su nombre una sola vez más, iba a derramarse patéticamente.
Era ya el cuarto round y ambos estaban tan cansados que apenas se podían mover. No obstante el agotamiento y el ligero adormecimiento de sus extremidades, del dolor muscular y del sueño que colgaba sobre sus cabezas como una telaraña, ninguno de los dos pudo evitar poner toda su energía restante en los últimos vaivenes de sus caderas, que alcanzaron un punto errático y que terminaron por enviarlos a los dos por sobre el metafórico precipicio.
En el momento en el que el peli azul sintió que los músculos de Ichigo se ajustaban y contraían a su alrededor, cerró sus dedos alrededor de la erección dura como una roca del menor. Un par de caricias a su miembro, e Ichigo se convirtió en un desastre cuyo único objetivo en la vida era gemir, retorcerse y temblar bajo la fuerza del orgasmo.
Grimmjow apretó los dientes, su cabeza enterrándose contra las almohadas con fuerza. Estaba seguro que después iba a tener tortícolis, pero no pudo ponerle atención a ese nimio detalle mientras se corría con más fuerza de lo que recordaba jamás.
El cuerpo del peli naranja colapsó cuan largo era sobre el suyo, el aroma almizclado del sudor y las feromonas invadiendo las fosas nasales de Grimmjow. Jadeando y estremeciéndose todavía por la fuerza de su orgasmo, solamente atinó a enterrar su nariz en la curva del cuello de Ichigo, deleitándose con el sensual aroma que se desprendía de su piel.
—No puedo creer que lo hayamos hecho cuatro veces—murmuró suavemente Ichigo en su oído. Sonaba adormilado e irremediablemente cansado.
El peli azul ni siquiera tenía las fuerzas como para burlarse de él. Simplemente dejó salir una risita entrecortada, justo en el momento en el que Ichigo se desasía de él y rodaba sobre costado, volteándose en su espalda al último momento.
—Ugh—masculló, secándose el sudor de la frente—. Tengo clase con Mayuri. ¿Puedes matarme ahora?
— ¿Estás loco?—murmuró Grimmjow, a medio camino entre la realidad y el sueño—. ¿A quién me voy a follar después?
—Ha pasado un mes. ¿Todavía no encuentras a nadie que te interese?—inquirió Ichigo, cerrando los ojos. Ni siquiera se molestó en echarse las mantas encima; no tenía ni la fuerza ni la convicción para hacerlo. Sin mencionar sus músculos doloridos.
Sin embargo, Grimmjow fingió dormirse para no tener que decirle que, seguramente, nunca iba a encontrar a nadie tan interesante como él.
Un par de horas después, Ichigo y Grimmjow salieron de la cama lo más disimuladamente posible. ¿Por qué se esforzaban por parecer inocentes? ¿Por qué intentaban disimular lo que acababa de pasar? Pues había una razón muy simple. Habían logrado superar y eliminar la idea de que estaban saliendo, solamente por el gusto de acostarse con alguien más. Y no obstante su nueva libertad, ninguno de los dos había encontrado una aventura con la qué desahogarse.
Si se lo miraba con lógica, eran una pareja.
Pero no lo eran.
Mierdas confusas.
Cuando Kurosaki se dejó caer delante de su desayuno, compuso una mueca de dolor. Le dolía todo. Absolutamente todo. El sueño le zumbaba en el oído, presionándole los globos oculares dentro del cráneo y llenándole la boca de ese acartonado sabor hueco que siempre le cubría la lengua cuando no dormía lo suficiente. Sentía las caderas calientes y le hormigueaban, como si las tuviera acalambradas.
Mientras miraba fijamente su tazón con cereales, fruta y leche, Nnoitra se deslizó en la silla ubicada a su izquierda, inclinándose hacia él con una sonrisa de oreja a oreja y su único ojo entornado en la cara de Ichigo. Se había atado el cabello en una coleta baja que dejaba a la vista todo su rostro y el parche en su ojo izquierdo, y para completar la desastrosa forma en la que se veía, iba con una raída y antigua camiseta de los Lakers, unos shorts azules y chancletas.
Acomodó su taza de café frente a él, sin quitarle los ojos de encima a Ichigo, y esperó pacientemente a que el peli naranja notara que estaba siendo observado atentamente.
Cuando por fin los ojos marrones de Ichigo se fijaron en el violeta de Nnoitra, parpadeó confuso hacia él. Entornó la mirada y frunció el ceño, intentando recordar si se había puesto pantalones. Lo cierto era que su cabeza parecía estar llena de algodón más que de materia gris.
— ¿Tengo algo en la cara?—masculló. Sonó como si estuviera ebrio. Muy ebrio.
A unos metros de distancia, por el pasillo, se oyó la ducha del baño de los inquilinos. A pesar de su cabeza adormilada, Ichigo supo al instante que Grimmjow había comenzado con su ducha de cada mañana.
—Te ves como quien lo hizo y por qué—le informó Gilga, su ojo brillando con picardía—. Si siguen así van a tener que conseguirse una cama nueva, Lil' Pumpkin.
—No te sigo—dijo Ichigo. Intentó sonar indiferente, pero el bostezo masivo que alargó la última palabra arruinó el efecto.
— ¿Por qué no le dices a Kitty que se mude a tu cuarto y así arriendas el que está usando ahora? Porque se la pasa metido en tu habitación… así que asumo que tiene tu permiso.
El sonrojo enmascaró la cara de Ichigo incluso antes de que pudiera entender completamente las palabras del pirata. Fue como si su subconsciente tomara sus dichos, los despedazara, los volviera a juntar, los deshiciera una vez más y se los lanzara a la cara, analizados y listos para ser procesados. Así que, cuando por fin su cerebro maquinó como el de una persona normal y comprendió lo que Gilga quería decir, casi lo golpeó.
La risa que salió de los labios de Nnoitra hizo que las ganas de querer lanzarle el café encima aumentaran. Ichigo lo sabía, ¡lo sabía! Vivir con un tipo como Nnoitra Gilga era un peligro para cualquiera; no tenía filtros, ni vergüenza, y se burlaba de todo el mundo. Así que realmente era de imaginarse que, en el momento en el que averiguara lo que pasaba entre él y Grimmjow, no iba a dejar que viviera tranquilo.
Ya había sido una tarea titánica sacárselo de encima cuando los rumores de que estaba saliendo con Grimmjow, en plan novios, se esparcieron por la escuela. Se tardó por lo menos una semana en hacerle entender que seguía tan soltero como lo había estado desde que llegó a Estados Unidos. Sin mencionar el tiempo que tardó en hacer comprender a sus demás inquilinos, incluido el callado y reservado Ulquiorra, que nada estaba sucediendo entre ellos.
Era una mentira grande como el Titanic, porque ya se habían acostado una vez, pero nadie puede culparlo por querer mantener su affaire en secreto. Después de todo, Ichigo jamás había tenido ningún amigo con beneficios. La única persona con la que se había acostado más de una vez había sido Byakuya, y aquello terminó ligeramente mal.
— ¿Qué estás insinuando, Pirata?—bufó el muchacho, concentrado en mantener su expresión lo más neutral posible.
Está demás decir que falló miserablemente.
—Oh, por favor, Lil' Pumpkin. Ustedes dos han estado acostándose desde el incidente de la supuesta relación. ¿Qué te crees, que somos idiotas?—rió Nnoitra. Fue una carcajada explosiva, que resonó por los confines más escondidos del departamento, e hizo que los demás huéspedes sacaran sus cabezas por las puertas.
—Nnoi—lo regañó Szyael, poniendo los ojos en blanco—. ¿Puedes dejar a Ichigo tranquilo? Es problema suyo con quién se acuesta y con quién no.
—Szyael tiene razón—asintió Ulquiorra, su mirada inexpresiva fija en el alto joven que se había girado hacia ellos con un ceño fruncido tan terrible como el de Ichigo—. Simplemente ponte tapones de oídos. No es la gran cosa, tú eres más ruidoso.
—Oye, muñequito, cierra la boca—ladró, entornando su ojo violeta hacia el joven de pelo negro. Ulquiorra soltó una risita (sí, esas cosas pasaban de vez en cuando) y se volvió a meter en su cuarto, como si nada hubiese pasado—. Y ustedes vuelvan a sus asuntos, diablos…
—Nnoitra Gilga—dijo Nelliel, lentamente, saliendo de su cuarto aún en pijama. Los cortísimos pantalones del pijama solamente bajaban un par de míseros centímetros desde su pelvis y la suelta camiseta blanca de tirantes parecía haber sido hecha para resaltar sus senos—. Si Ichi y Kitty están acostándose, eso no es problema tuyo. Nadie te dijo nada cuando trataste de meterte en mis pantalones, ¿verdad?
Gilga compuso una mueca de dolor.
—Me golpeaste.
—Claro que te golpeé. Te dije unas trescientas veces que soy asexual. Así que si no quieres que le cuente a Ichi todos los pormenores de tus intentos de llevarme a la cama, simplemente déjalo en paz.
Ichigo parpadeó confundido. ¿Nnoitra había tratado de meter a Nelliel a su cama? ¿Qué clase de disparate era ese? Los miró de hito en hito, sus ojos marrones clavándose primero en el rostro de Nell, que estaba de brazos cruzados, y luego en el de Nnoitra, que había desviado la mirada y de pronto encontraba muy interesante la columna danzante de vapor que ascendía desde su café.
—Eso creí. Por cierto, Ichi—continuó Nell, sonriendo alegremente. Se giró hacia el peli naranja, sus grandes ojos grises brillando—, ¿te apetecería ir con nosotros a tomarte algo? Tengo una presentación en un café y…
—Espera, para—el peli naranja frunció el ceño, presa de una confusión creciente. ¿Qué estaba pasando? ¿De qué se había perdido?—. ¿Presentación?
Ella soltó una risita infantil.
—Nunca te conté, ¿verdad? Pues sí, canto en un pequeño café cerca de la universidad. Es una buena paga y tengo mi séquito de seguidores.
Dicho aquello, y con un guiño de su ojo izquierdo, la muchacha se giró sobre sus talones y caminó hacia su habitación. Tras su espalda, su alta coleta se balanceó de aquí para allá, el largo cabello verde agua enroscándose en sus hombros como una enredadera.
—Te salvaste, Lil' Pumpkin.
—No lo parece.
Mayuri Kurotsuchi era una de las personas más escalofriantes que Ichigo había tenido la desgracia de conocer. Por alguna razón, el tipo se había tatuado toda la cara de blanco y negro, lo que lo hacía parecerse desagradablemente a una calavera con piel transparente encima. Era un efecto extraño al que el peli naranja estaba seguro nunca iba a acostumbrarse.
—No lo entiendo—dijo él, lentamente, mirando a su profesor con confusión. Parecía ser una mañana muy confusa para él, aunque eso podía deberse a la miserable cantidad de sueño que había obtenido y al dolor lacerante en todo su cuerpo—. ¿Quiere que yo haga qué?
Los ojos dorados del director de la carrera de medicina se clavaron en el peli naranja. A Ichigo jamás le había gustado Mayuri, por alguna razón que iba mucho más allá de su extraña apariencia. Estaba acostumbrado a los ojos extraños y las pieles tatuadas o de distintos colores. Después de todo, Shirosaki realmente resaltaba en cualquier lugar al que iba. Su piel y cabello blancos como la nieve hacían que fuera fácil encontrarlo entre cualquier multitud. Sin embargo, Kurotsuchi le ponía los pelos de punta por alguna razón desconocida; parecía que tras su cara se escondiera un sicópata, un asesino a sangre fría.
Seguramente, si se lo hubiese encontrado en la calle sin conocerlo, habría corrido a todo lo que le dieran las piernas.
—Quiero que seas mi asistente.
Ichigo abrió la boca para hablar, pero la cerró sin haber dicho ninguna palabra. La idea rebotaba contra las paredes de su cráneo igual que un niño saltando sobre un castillo inflable, y la masiva falta de sueño hacía que sus procesos neuronales se ralentizaran de manera enervante. Apretó los dientes, obligando a su cabeza a envolverse alrededor de la idea, y luego lo intentó de nuevo:
— ¿Qué?
Wow, vaya, eso fue simplemente merecedor de un Nobel.
Kurotsuchi rodó los ojos y se cruzó de brazos. Para ser considerablemente más pequeño que Ichigo, y ciertamente lucir más enclenque que él, el tipo era aterrador. Quizás era la forma en la que su mirada analizaba los cuerpos de las personas que lo rodeaban como si fueran sujetos de investigación.
—Eres un chico listo, Kurosaki. El mejor de mi clase—ante la última frase, Mayuri arrugó la nariz. No parecía contento con que a alguien realmente le fuera bien en su materia. Era como si su único objetivo en el mundo fuera hacer sufrir a sus estudiantes—. Te mereces una recompensa.
El muchacho realmente no veía cómo era que eso se podía percibir como una recompensa, porque ahora iba a tener que ocupar más de su escaso tiempo en ayudar a uno de los profesores más bizarros que rondaban por los pasillos de la universidad.
El aula estaba completamente vacía; Ichigo había recogido sus cosas en cuanto el profesor les había dado el permiso para irse. Sin embargo, ni siquiera había alcanzado a levantarse de su asiento para retirarse, cuando el maestro lo había llamado sin siquiera mirarlo. Estaba borrando parsimoniosamente algunos escasos apuntes que había escrito en la pizarra blanca y brillante, las líneas del plumón negro desapareciendo a medida que el borrador les pasaba por encima.
Por un mísero momento, Ichigo realmente creyó que iban a asesinarlo. Luego, su cabeza embotada por el sueño cayó en la cuenta de que eso era bastante poco probable.
Lo que nos lleva a su situación actual.
—Eso—comenzó el peli naranja, intentando ponerle tanto entusiasmo como pudo a la frase— suena genial.
Fracasó miserablemente, e incluso su profesor lo notó.
—No pareces muy emocionado con la idea—le informó Mayuri, alzando unas casi invisibles cejas.
—No dormí muy bien—confesó el chico, sintiendo un escalofrío de desagrado bajarle por el espinazo. No solamente iba a tener que sacrificar su tiempo libre para poder ayudar al profesor, sino que iba a tener que pasar tiempo con él. Con todo lo que le asqueaba la idea—. Pero acepto la oferta.
No es que uno se pudiera negar a una petición de Kurotsuchi, incluso aunque fuera una amablemente hecha. El director de su carrera encontraría cualquier excusa para cruzarse por su camino y obtener lo que deseaba. Siempre era así. Y una de las cosas que Ichigo menos quería en el mundo era que alguien tan sociópata como su profesor lo siguiera por ahí; iba a terminar dándole un ataque cardíaco.
Luego de despedirse y salir caminando lo más rápido posible del aula sin llegar a correr, Ichigo dejó salir un suspiro de alivio. Aunque aún le hormigueaban los ojos, le dolían las caderas, tenía entumecidas las piernas y los brazos, tenía una tortícolis épica y le latía la cabeza al compás del pulso, alejarse de ese tipo era algo digno de ser celebrado.
El peli naranja no era prejuicioso para nada. Siendo homosexual y teniendo ese cabello jodidamente vistoso, había aprendido a una muy temprana edad que no se podía juzgar a la gente sin conocerla primero. Sin embargo, había ido descubriendo con el paso del tiempo que por mucho que intentara no hacerse ideas a primera vista, un montón de veces esas primeras impresiones daban mala espina por algo. Mayuri había sido una de esas veces.
Su siguiente clase se la pasó dormitando en su asiento, el almuerzo lo usó para dormir un poco en la biblioteca del campus, y su última clase se la pasó tan inconsciente como la hora de la comida. En resumidas cuentas, al final de su día de escuela seguía siendo un zombi que fácilmente podía rivalizar con los actores de The Walking Dead, con un humor de perros y unos ojos hinchados que lo hacían parecer un pez fuera del agua.
Caminar a casa, solo, fue un suplicio. No solamente los ruidos que los audífonos sonando a todo volumen en sus oídos con un tema de Fall Out Boy eran incapaces de aislar lo hacían fruncir el ceño, sino que serpenteaba como un borracho por la calle. De haberse visto a través de los ojos de otra persona, seguramente habría pensado que era un alcohólico en busca de otra botella.
Cuando llegó a su apartamento, lo primero que hizo fue darse una ducha caliente. Por primera vez en semanas su hogar estaba vacío; sus inquilinos aún estaban en clases o habían salido para alguna parte. Recordaba vagamente tener un compromiso a la noche, algo que tenía que ver con Nell, pero su cabeza embotada debido a la falta de descanso no parecía querer hacer su trabajo.
Solamente al terminar de ducharse y prender su portátil (para comenzar con un trabajo larguísimo que uno de sus profesores les había encargado) y un correo de Nell apareció en su bandeja de entrada, fue que recordó que se había comprometido a asistir a su presentación en un café.
Dejó salir un gruñido de exasperación. Eran las siete y media de la tarde y lo único que quería era quedarse inconsciente sobre su colchón. Sin embargo, le había prometido a su amiga que asistiría a su función, y no podía simplemente romper un compromiso así como así. Seguro, podía decirle a la chica que se sentía demasiado cansado como para asistir, pero sentía que podía herir sus sentimientos.
Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el respaldo de su sofá de color verde. La casa olía diferente ahora que no vivía solo; podía oler la especiada comida latinoamericana que, de vez en cuando, Nell preparaba los días que tenía tiempo para desperdiciar en la cocina. Flotaba a su alrededor el perfume de Nnoitra, mezclado con el reminiscente aroma a tabaco que se desprendía desde el cenicero vacío de Grimmjow, el constante olor de los libros nuevos que Szyael traía casi todos los días, el persistente efluvio del café que los mantenía a todos despiertos las noches que tenían que estudiar para los exámenes. El ligero tufillo a limón del limpiador con el que mantenía los pisos impecables y la esencia de los muffins de arándano que Ulquiorra devoraba como si no existiera otra comida en el mundo.
El cambio era bueno. Lo veía ahora. Ya no llegaba a un hogar solitario para ahogarse en sus problemas, ya no sentía que tenía que estar fuera de casa todo el tiempo porque no soportaba la ausencia de alguien más que invadiera su espacio. Aunque al principio había sentido un montón de dudas con respecto a alquilar las habitaciones sobrantes, ahora sabía que había tomado la mejor decisión posible.
Las horas se arrastraron pesadamente hacia delante, y a eso de las diez, los cinco inquilinos y el dueño de casa estaban vestidos con sus mejores fachas para asistir a la presentación de la muchacha, que saltaba arriba y abajo sobre sus pies. Una guitarra electroacústica que debía costar una millonada de dólares yacía dentro de un estuche de vinilo forrado con terciopelo, que Nell abrazaba contra su cuerpo como si fuera su propia vida.
Ichigo, vestido de vaqueros blancos ajustados, Converse, una camiseta de Vans of the Wall de color azul oscuro y con una campera de cuero encima, le dio un último trago a su tercer café en menos de dos horas. La cafeína le latía en las venas como un corazón aparte del suyo, burbujeando con su energía falsa en cada parte de su cuerpo. Inhaló profundo, mientras se pasaba los dedos por el cabello, y se giró hacia los chicos, que ya salían por la puerta.
Intentó no mirar mucho a Grimmjow, que enfundado dentro de unos ajustados pantalones de cuero negro que eran básicamente ilegales, le dirigió una sonrisa alrededor del cigarrillo encendido que le colgaba de sus labios. La camiseta blanca de cuello en V dejaba a la vista sus afiladas clavículas y la suficiente cantidad de piel para que fuera insinuante y estimulara a la imaginación.
El problema era que el peli naranja no necesitaba imaginarse nada. Se había aprendido el cuerpo de Grimmjow de memoria, cada cicatriz, lunar y curva de sus músculos. Cada recoveco en su piel.
Y los deseaba todos con la misma fuerza que el primer día.
—Oh, esperen—los detuvo Grimmjow, alzando un dedo para que los demás le prestaran atención—. Tengo algo para ti, Nell.
La muchacha se giró hacia él, su largo cabello atado en una trenza que caía elegantemente sobre su hombro izquierdo. Sus ojos grises, delineados con maestría para resaltar los irises, se clavaron en el peli azul, que se devolvió sobre sus pasos y se metió a su habitación.
Por alguna razón, Ichigo sintió cierta desazón. Casi había perdido la costumbre de ver a Jaegerjaquez metiéndose en su cuarto.
Cuando Grimmjow regresó, traía consigo una pequeña cajita de terciopelo. Era un rectángulo plano que cabía perfectamente dentro de la palma de su mano, de un elegante color verde esmeralda.
Se la tendió a la muchacha, con una sonrisa ladeada.
—Esto te lo envía mi madre.
— ¿Tía Annelisse?—inquirió ella, saltando de emoción. Le quitó la caja de las manos a Grimmjow con un rápido arco de su mano, y la miró como si fuera el Santo Grial—. ¿Qué me envió?
— ¿Y tú te crees que yo sé?—bufó él, poniendo los ojos en blanco. Ichigo fue capaz de ver la sonrisita de Nnoitra, que le dedicaba a Szyael y a Ulquiorra una mirada cómplice. La cantarina risita del chico de lentes le dijo al peli naranja que todos, menos él y Nell, sabían perfectamente lo que estaba dentro de la caja.
—Eres tan borde—murmuró la peli verde, imitando a Grimmjow y poniendo los ojos en blanco.
Presionó el cierre de la caja, y esta se abrió en el acto. Dentro, apoyadas contra la arrebullada seda, había un collar plateado con una semi corchea incrustada en pequeñísimos brillantes, y una púa del color exacto del cabello de Nell.
Con los ojos como platos, extrajo primero la púa y la observó detenidamente. En letras doradas, estampadas en bajo relieve, se leía perfectamente «Nelliel», en una elegante letra cursiva llena de florituras y adornos. Luego, casi como si no pudiera creerse lo que había frente a sus ojos, Nell introdujo sus dedos por entremedio de la cadena, y levantó el colgante.
El dije se balanceó grácilmente, atrapando la tenue luz que venía desde la ampolleta sobre sus cabezas, girando sobre sí mismo como un globo terráqueo.
—Esto no lo envió mi tía—masculló, girando sus ojos hacia Grimmjow—. Esto lo compraste tú, Grimm.
—Bueno—concedió él, rindiéndose por fin y dejando salir una carcajada—. Llevas años llorando porque querías uno de esos. Así que le pedí a mi madre que me transfiriera algo de dinero para poder comprártelo.
Nell se lanzó hacia él, pasando sus brazos por el cuello del peli azul, regalándole uno de sus asfixiantes abrazos de cariño.
— ¡Lo amo, Grimm! ¡Es hermoso! No podría haber pedido mejor primo que tú…
—Espera—los detuvo Ichigo, por fin incluyéndose en la conversación—. ¿Son primos?
— ¿No se nota?—se carcajeó Nnoitra, suavemente. Miraba fijamente a Nell, que parecía completamente ajena al escrutinio del alto joven. Había algo en su solitario ojo violeta que Ichigo reconoció de inmediato, pero que se le escapó igual de rápido.
—La púa fue idea de Jack Sparrow—indicó Szyael, apuntando hacia Nnoi con un grácil y delgado dedo.
—Me encanta, Nnoi, gracias—murmuró ella, sonrojándose ligeramente.
Un silencio incómodo se depositó sobre los presentes, mientras una sonrisa sincera se extendía por los labios del más alto de todos. Fue una sonrisa distinta a la que Ichigo había visto desde que lo conoció. Era una genuina.
Ahí fue que lo entendió: Nnoitra no solamente había querido llevarse a Nell a la cama, sino que también gustaba de ella.
—Bueno, es hora de que nos vayamos. Es tu presentación número cincuenta en el café, y nadie quiere perderse ese honor, ¿verdad?
Asintiendo con la cabeza, aullando como lobos vueltos locos y riéndose a carcajadas, el grupo se dirigió hacia la puerta, con Ichigo abriendo la marcha. Tiró de la manija, mientras apagaba el interruptor de la luz, y dejó que todos salieran primero.
Cuando cerró la puerta tras de sí, metió la llave en la cerradura y cerró su casa a cal y canto. Se guardó las llaves a los bolsillos y se giró sobre sus talones, sonriendo ampliamente. Por lo menos, ya no sentía que iba a desmayarse de sueño de un momento a otro.
— ¡Eh, Lil' Pumpkin! ¡Mueve tu trasero o te dejamos atrás!
— ¡Cierra la boca, Nnoitra!—contestó el aludido, dedicándole un ceño fruncido de esos que solamente podía hacer él.
Soltó una risita cuando Grimmjow y Nnoi le mostraron el dedo medio, antes de carcajearse y terminar de bajar las escaleras hacia el estacionamiento.
Estaba tan concentrado en seguirlos, que no vio al alto hombre de piel blanca, cuyo aspecto recordaba a la porcelana. En medio de la oscuridad iluminada tenuemente por las farolas, su cabello negro, cortado a la altura de los hombros, parecía ónix brillando suavemente.
Unos ojos azules oscuros, como el mar Antártico, se clavaron en él, mientras el atractivo hombre sonreía imperceptiblemente.
—Hola, Kurosaki Ichigo—murmuró suavemente el hombre, retirando sus manos de la baranda y dando un paso hacia el peli naranja.
Sin atreverse a creerlo, el muchacho se giró sobre sus talones y clavó sus ojos marrones en el atractivo extraño parado delante de su apartamento.
— ¿Byakuya?—masculló, incrédulo.
