CAPÍTULO II - DRACO

03 de Abril

Era una mañana oscura y lluviosa en todo Londres, el ambiente era frío, si se tuviera que definir ese día con un color, ese sería el gris, pero no un gris cualquiera sino un gris claro y penetrante como el hielo.

Hermione caminaba rápidamente por el recibidor del ministerio de magia en dirección al ascensor que la llevaría a su despacho mientras las gotas de agua escurrían por su capa azul marino y unas cuantas huían de su cabello castaño. En su mano derecha llevaba su ejemplar de El Profeta, el cual iba leyendo ya que la noticia de primera plana había captado su atención, y en su mano izquierda llevaba un café expreso bien caliente. En el instante que Hermione avanzaba enfrascada en la noticia, del ascensor salió precipitadamente un hombre que también leía el periódico provocando que ambos chocaran estrepitosamente de frente y como consecuencia el café de Hermione cayó sobre ambos quemándolos.

–¡Hey! ¿Qué te pasa? Mira lo que...aaay –gritó Hermione desde el piso buscando con sus ojos con quien había chocado mientras su cuerpo le reclamaba donde había caído el café.

Hermione se topó con unos ojos grises que la miraban con un dejo de sorpresa. La castaña abrió desmesuradamente sus ojos al reconocer al dueño que aquella mirada.

–M..Mal..foy... –logró articular.

El chico no respondió nada, simplemente se le quedó viendo de abajo hacia arriba y se detuvo en el logo que tenía la capa de la chica. Al reconocer el logo de ministra cayó en cuenta de quién era la chica, cómo había sido tan idiota de no reconocerla. Reaccionó inmediatamente y se puso en pie para extender una mano hacia Hermione y ayudarla a levantarse. Hermione por su parte se había quedado en shock sin saber que decir después de haber pronunciado el nombre de Draco, al ver al chico levantarse y tenderle la mano dudó en tomarla, pero ella era la Ministra de Magia, ella que había borrado la discriminación mágica entre criaturas y magos e incluso la discriminación por prejuicios de sangre, ¿no iba a aceptar aquel gesto de caballerosidad aunque fuera del hombre que la humilló durante sus siete años de colegio y que fue partidario de Voldemort? Ella debía dar el ejemplo de que todo aquello había quedado en el pasado.

Lentamente tomó la mano de Malfoy y se levantó, lo miró más detenidamente y se dio cuenta que el chico se veía completamente diferente, ya no se veía como aquel niño inmaduro que hacía todo lo que sus padre le mandaban, tampoco se veía flacucho y ojeroso; por el contrario, era más alto que la última vez que lo vio, se estaba dejando crecer la barba, aunque esta era todavía muy corta le daba un toque muy masculino y sexy. Su cabello platinado también era diferente, no lo llevaba hacia atrás pulcramente peinado, tampoco usaba el peinado que tenía en su último año de colegio, ahora lo usaba largo y despeinado en la parte superior de su cabeza y un poco más corto a los lados. Sus intensos ojos grises simplemente eran hermosos, eran de envidiar pues no existía otra persona en el mundo que tuviera esos mismos ojos. Su cuerpo se notaba bien formado debajo de aquel traje negro que le quedaba a la medida; pero ella notó que aquel traje en varias partes se encontraba empapado de algún líquido y recordó: el café también le había caído a él.

–Granger, si me sigues viendo de esa forma me voy a gastar –dijo Malfoy lo más frío que pudo, al notar la mirada examinadora de la chica.

–Oh, ¡yo lo siento Malfoy! es solo que choque sin querer y no te había reconocido -se justificó rápidamente Hermione recordando sus modales y obviando el tono frío del chico–. Pero mira mi torpeza he derramado mi café sobre ti, acompáñame a mi despacho y te ayudaré a limpiarte y a curar tus heridas.

–Disculpas aceptadas, yo también lo siento, no me fijé por donde iba. No es necesario que me ayudes, puedo arreglármelas yo solo –respondió Draco al notar que Hermione respondía amablemente a sus palabras, aquello definitivamente era extraño. Era cierto que hace mucho que él no tenía prejuicios de sangre, por eso no empleó nunca más la palabra sangresucia. Pero dejando de lado esa palabra, él personalmente se había encargado de fastidiar la vida de Hermione durante sus siete años en Hogwarts y ahí estaba ella hablándole amablemente a él, a Draco Malfoy.

–Oh no, no. Insisto, acompáñame y te ayudaré; además, hace años que no nos vemos y esta es una oportunidad única en la vida. Tal vez podamos recordar viejos tiempos y enmendarlos –sonrió ampliamente la castaña. No era que se muriera por hablar con Malfoy, pero después de leer minutos antes aquella noticia y verlo frente a ella definitivamente era el destino, tenía que hablar con él a cualquier precio.

Estaba sordo o lo habían descerebrado con un hechizo, ¿Granger le estaba pidiendo, por no decir casi que suplicando, que fuera a su despacho y que hablaran de su pasado? ¿Estaba loca? ¿De qué iban a hablar? ¿De cómo él le amargaba la existencia cada vez que la veía en los pasillos o la razón que lo incitó a lanzarle aquel hechizo para que le crecieran los dientes cuando estaban en Hogwarts? No, definitivamente aquello era gato encerrado, él no tenía nada que hablar con ella pero también sentía curiosidad por lo que ella pudiera decir.

–Mira Granger, mi agenda es muy apretada. Aunque no lo creas soy un empresario muy ocupado –dijo de forma fría y continuó al ver que la chica iba a decir algo-. Pero puedo sacar unos cuantos minutos para conversar con la Ministra –sonrió de medio lado al ver que un pequeño rubor se ponía en las suaves mejillas de la chica y ella cerraba su boca.

Hermione se sintió como tonta, aquello no se lo esperaba ¿Ella sonrojada por las palabras frías de Malfoy? Increíble, se estaba volviendo loca pero de verdad quería hablar con él por lo que meditó un poco sus palabras antes de responder.

–Pues la ministra estará encantada de recibirte en su despacho, así que si no te importa sígueme –dijo escuetamente mientras caminaba hacia el ascensor lo más elegante que pudo y espero que él la siguiera.

Ambos sentían un poco de ardor en las zonas donde el café caliente los había quemado, pero nada se comparaba a la incomodidad que sentían ambos en el ascensor, el silencio era sepulcral. Pero ¿qué podían decir? nunca se habían llevado bien y de pronto ahí estaban intentando hablar civilizadamente. Draco solo presentía que aquello no podía ser bueno, la insistencia de la castaña en hablar con él, salía de todos los parámetros normales. Es que no comprendía la situación, qué hablarían sí él cuando abría la boca para dirigirse a ella solo salían insultos y viceversa. Aunque debía reconocer que aquella castaña se veía completamente diferente a la sabionda sabelotodo come libros que él molestaba en Hogwarts y eso lo intrigaba más. ¿Cómo diantres esa mujer podía ser Granger? ¿Cómo había logrado ocultar semejante cuerpo? ¡Un momento! ¿Acaso él estaba pensando que Granger era guapa hasta el punto de llegar a verse sexy? No, definitivamente aquello no era normal.

–¡Sigo siendo un idiota a esta edad! –Pensó internamente Draco– Dejé de confiar en las mujeres después de que Astoria y todas las demás quisieron casarse conmigo por mi dinero y posición social. Y ahora aparece una Granger diferente a la que recuerdo y mi yo interior se vuelve frágil, ¡Soy un asco! –se reprendía mentalmente Draco mientras bajaba del ascensor y seguía a Hermione a su despacho.

Hermione por su lado presentía que iba a descubrir un lado de Draco completamente desconocido para ella. Sentía esa necesidad de atacarlo a preguntas, sabía que él era un hombre ocupado, ella también lo era, bastaba con ver la pila de papeles que siempre tenía sobre su escritorio cada mañana, pero ¿qué importaba pasar un rato con Malfoy? No es que realmente estuviera loca, en el fondo ella sabía que la movía a hacer aquella locura. Cuando trabajaba como la secretaria de Kingsley había pedido que le hicieran un pequeño informe de todos sus compañeros de clase, no porque fuera chismosa sino porque no mantenía comunicación con nadie y para evitar sentirse sola había escogido aquel método para conocer qué había pasado con sus ex-compañeros. Como Malfoy fue de su generación también recibió un informe de él, así que sabía varias cosas de él, más de las que él imaginaba. Tampoco, era que le tuviera lástima, pero se sentía tan identificada con él por todo lo que había ocurrido en la vida de ambos, claro que esto ella no se lo diría nunca a él.

–Pasa –dijo Hermione mientras abría la puerta de su despacho y guiaba a Malfoy a los sillones–. Espérame aquí unos minutos, traeré unas toallas para que te seques y un botiquín de primeros auxilios para tratar las quemaduras, ¿quieres tomar algo? –dijo todo tan rápido que Malfoy no respondió inmediatamente.

–Hmmm ¿sabes? No he desayunado, ¿podrás hacer algo al respecto ya que me estas quitando el tiempo que iba a emplear para tomar un desayuno rápido en algún lugar? –dijo secamente Draco acomodándose en el sillón favorito de Hermione.

-¡Tan dulce como te recuerdo! Soy la Ministra, tengo algunos privilegios que otras personas no tienen aunque trabajen aquí. Espera unos momentos y traeré algo. Deberías quitarte el saco y la camisa para lavarla y poder tratar las heridas –Hermione dijo esto lo más calmada que pudo pero en realidad le hubiera gustado darle un puñetazo como lo había hecho en tercero, por lo engreído e insensible que era. La castaña se asustó un poco al notar ese arrebato de agresividad que sentía en ese momento, ella no era violenta por nada del mundo, pero Draco Malfoy tenía un don especial para sacar lo peor de las personas en cuestión de segundos–. Por cierto, ese es mi sillón.

–Debo admitir que tienes buen gusto Granger, pero no me pienso mover de este cálido y suave sillón solo porque es tu favorito, a mí me gusta este, soy tu invitado, y no me interesa tu opinión aunque seas la Ministra de Magia, ahora ve rápido por mi desayuno que muero de hambre –terminó de decir Draco mientras dibujaba una sonrisa de medio lado en su rostro.

Hermione dejó salir un poco de su ira y fulminó a Draco con la mirada antes de salir murmurando por una puerta al fondo del despacho. Draco sonrió complacido al ver cómo había fastidiado a la chica. Al parecer aunque los años pasaron por ambos, ellos aún guardaban y reaccionaban ante ciertas actitudes; no es que él quisiera molestarla como antes, era que él quería, por no decir necesitaba, sentirse como antes, relajado, sin tener que tomar decisiones importantes y difíciles, quería recordar un poco la calidez que le producía molestar a la castaña. Como cuando eran jóvenes sin preocupaciones, libres.

Hermione entró nuevamente al despacho cargando un botiquín de primeros auxilios, unas toallas y con su varita traía levitando unas bandejas cargadas de comida. Ella depositó las bandejas en la mesita que se encontraba en medio de los sillones, y puso el botiquín y las toallas en el suelo cerca de Draco mientras ella se arrodillaba frente al chico.

–Pensé que ya te habías quitado el saco y la camisa –comentó duramente la castaña, pues aún estaba molesta por el comentario del chico. ¿Había sido buena idea invitar a Malfoy a hablar? Ahora dudaba un poco de su decisión y se preguntaba sino habría interpretado mal lo que el destino le quería decir–. Puedes tomar lo que quieras de las bandejas, espero y sea de tu agrado la comida.

–Mira Granger, no me interesa que estés ansiosa o necesitada por admirar mi cuerpo, pero yo puedo curarme solo. No te preocupes por la comida, se ve deliciosa –agregó Draco.

Hermione se quedó estupefacta, no sabía cómo reaccionar. Primero le decía groserías, luego la trataba de necesitada sexual y por último la halagaba diciendo que la comida se veía deliciosa. Ese hombre sabía cómo confundirla, pero ella era una leona no se dejaría intimidar tan fácilmente.