CAPÍTULO III - UN POCO MÁS CERCA DEL CORAZÓN
–Draco Malfoy, me importa un... –Hermione se detuvo, no iba a dejar que Malfoy modificara hasta su lenguaje, sea como sea ella seguía siendo la Ministra. Malfoy alzó una ceja esperando que continuara–...a insignificancia tu opinión respecto a tu cuerpo. Solo quiero ayudarte de buena voluntad y para ayudarte necesito que te quites tu... –respiró profundamente para no decir todo lo que pensaba en ese momento-... lujoso saco y camisa para curarte. Sé que lo puedes hacer por ti mismo, pero cómo yo derramé el café sobre ti me siento responsable, así que no seas orgulloso ni te hagas de rogar y acepta mi ayuda; además, mientras yo te curo, tú puedes ir desayunando, ¿te parece la idea? –dijo Hermione más calmada.
–Creo que es un buen razonamiento y te tomaré la palabra, ya que mi tiempo es valioso. Además como dijiste, tú fuiste la culpable de que ahora deba ir a mi casa a cambiar mi ropa, ya que no voy a dártela para que la laves. Ni se te ocurra decir algo al respecto, porque es mi ropa y yo hago con ella lo que se me venga en gana –dijo rápidamente Draco al ver que la castaña iba a protestar por el comentario.
Draco comenzó a quitarse el saco y luego desabotonarse la camisa pero no se la quitó, solo la dejó abierta. Hermione observó silenciosamente como Malfoy dejaba abierta la camisa para que ella lo curará y muy a su pesar tuvo que admitir que Draco estaba muy mal físicamente. No se refería a las manchas rojas que tenía en su abdomen provocadas por el café expreso sino al hecho de que Malfoy estaba jodidamente bueno. Su piel de porcelana, tan blanca y perfecta ceñía unos músculos bien formados, no algo exagerado pero si bastantes firmes, y eso para ella era muy malo. Nunca había estado con un hombre, debía admitir que aún era virgen. Sus padres le habían inculcado que debía llegar virgen al matrimonio y ella quería esperar al chico correcto para dar aquel paso. Pensó que Ron era el indicado, pero después de la guerra todo lo que sucedió hizo que esos sueños desaparecieran en el aire. Y ahí estaba ella babeando internamente por el perfecto cuerpo de Malfoy, eso no era bueno, empezó a sentir un calor en sus mejillas. Hermione decidió levantar la vista para olvidar aquella imagen, pero la medicina fue peor que la enfermedad. Al subir su mirada se topó con ese par de ojos color mercurio que la miraban seductoramente, al parecer Draco había leído el conflicto mental de Hermione y no por que usara la Legeremancia sino porque ella en ese momento era como un libro abierto fácil de leer.
–¿No que no Granger? –dijo divertido Draco; sin embargo, al ver los inocentes ojos color miel de la castaña, sus mejillas sonrojadas y su boca entreabierta removieron algo en el interior de Draco, por lo que él decidió romper el contacto visual y cambiar de tema–. Si vas a curarme pues que sea rápido, tener el tórax desnudo puede afectar mi salud. Cambiando de tema, ¿Qué quieres hablar conmigo?
–No sabía que fueras tan frágil de salud Malfoy –dijo burlonamente Hermione recobrándose de lo ocurrido, el aludido solo hizo una mueca mientras tomaba una jarra con café y un panecillo. Hermione tomando fuerza quién sabe de donde comenzó a curar a Malfoy–. En la mañana venía distraída porque venía leyendo El Profeta, tu familia sale en la primera plana.
Malfoy comprendió ha donde quería llegar Hermione, le hubiera gustado decir un montón de cosas. La verdad es que él estaba peleado con el mundo. Desde que terminó la guerra, su vida fue un completo martirio. Su familia, que antes había sido amada y respetada por el mundo mágico, habían sido enjuiciados por todo lo relacionado a Voldemort y ahora eran odiados; regresar a Hogwarts a terminar el colegio fue una pesadilla total, ser despreciado por todos, aguantar los comentarios ofensivos y verse abandonado por todos no fue nada fácil, él había vuelto solo por amor a su madre que le decía que debía redimirse por todo y no seguir los pasos de su padre, sino buscar su propia felicidad y propósito en la vida. Ser rechazados por la mayoría del mundo mágico no había sido fácil, comenzar de cero fue agotador, ya que al ser empresario y portador tanto del apellido Malfoy como la Marca Tenebrosa en su antebrazo izquierdo, no habían sido buenas cartas de presentación para sus empresas aunque él hubiera cambiado radicalmente. Su vida se volvió un caos, había olvidado sonreír, tuvo que trabajar arduamente para superar las barreras de los prejuicios hacia él, en el amor era un completo idiota ¿Cómo pudo llegar a pensar que alguien lo amaría sinceramente con el pasado que tenía? Si alguien se fijaba en él, era por la reciente popularidad y confiabilidad que había adquirido en sus empresas dejando bien parada su imagen, no era feo y tenía dinero por doquier, no por nada era el empresario más rico no solo de Londres sino de todo el mundo mágico, todo lo había conseguido gracias a incansables años de esfuerzo y sacrificio, pero ahora se sentía completamente solo. Y sin embargo, ahí estaba Granger preocupándose por una simple quemadura de café y a punto de preguntar por una cosa que aunque fuera mínima, era difícil para él hablar.
–Sé que es, no sé, muy imprudente de mi parte tal vez preguntar esto, pero ¿Porque nadie quiere ayudar a tus padres? –preguntó Hermione mientras se mordía el labio y pasaba una toalla con hielos sobre las manchas rojas.
–Granger... –Malfoy se detuvo, ¿Qué iba a decir? ¡Diantres! él no hablaba de esas cosas ni con su sombra, él no tenía a nadie de confianza para expresarle esos asuntos tan personales, y ahí ella libremente le estaba preguntando algo tan íntimo para él, lo peor de todo es que al observar a Hermione se dio cuenta que ella también tenía manchas del café sobre su capa– ¡Por Dios Granger tú también estas herida! Anda quítate la capa y déjame ver cómo están tus heridas –ordenó Draco poniéndose en pie de un brinco.
–Malfoy, no es necesario, estoy bien además no he terminado contigo –replicó la chica.
Pero Draco levantó del piso a Hermione, le quitó la capa de viaje y vio que la chica vestía un sencillo pero elegante vestido azul oscuro sin mangas, por lo que pudo observar que el café solo le había caído en el brazo izquierdo dejándole unas cuantas manchas rojas.
–Malfoy, te estoy hablando, escúchame –dijo Hermione un poco enfadada.
–Granger, escucha tú. También necesitas ayuda, no seas orgullosa y déjame ayudarte –aseveró Malfoy tomando otra toalla con hielo y aplicándolo sobre el brazo de la castaña.
–Gracias... –susurró Hermione bajito pero suficientemente audible para ambos–. Malfoy sé que mi pregunta no fue...
Draco cortó a la chica, no quería ser maleducado, no quería hablar de eso ni con ella ni con nadie. Pero ¡diantres! ¿Qué le estaba pasando? Hermione era metiche, sabionda, preocupona, inocente, amable y ahí estaba él con los sentimientos a flor de piel. Había esperado por alguien que se interesara realmente por él y de pronto ahí estaba ella, cuidándolo a pesar del detestable pasado que compartían juntos, y ella olvidándolo todo, le preguntaba inocentemente por su familia desinteresadamente. Se odiaba así mismo por ser tan débil a pesar de intentar ser frío y decir cosas hirientes a todo el mundo, pero esa era su fachada para el mundo entero. Y ella con una simple pregunta derrumbaba toda la muralla que él había construido para defenderse del cruel mundo en el que vivía. Sin darse cuenta empezó a explicarle a Hermione.
–Es una historia complicada y larga, pero la resumiré: mi padre tiene una enfermedad grave, al estar preso en Azkaban es difícil que pueda ser atendido; además, aunque yo he redimido mi nombre y el mundo mágico me ve con diferentes ojos, para mi padre no es la misma situación. Él fue un mortífago toda su vida, nadie está dispuesto a ayudarlo a él ni a mi madre, a mi sí, pero al explicar que es mi padre quién necesita la ayuda, todos se retractan. Sé que lo hizo mi padre no merece perdón por eso está en Azkaban, pero mi madre, ¡Por Dios Granger, mi madre! Ella no ha hecho nada malo, y nadie la quiere ni respeta, la depresión la consume día a día, ella ama a mi padre a pesar de todo y saber que no lo puede ayudar, que nadie lo quiere ayudar ¡es frustrante! Temo que no sobreviva y muera del dolor, si mi padre muere ella no resistirá, mi madre nunca hizo caso al Señor Oscuro, todo lo que hizo lo hizo por amor a mi padre y a mí, por cuidarme como madre. Pero estamos solos en esto, no sé qué hacer. Simplemente estamos solos –soltó todo Draco con la voz un poco quebrada por las diferentes emociones que sentía.
–Malfoy... –Hermione tomó con una mano la mano de Draco y con la otra levantó la barbilla del rubio para que éste la mirara a los ojos, apretó fuertemente la mano de Draco.
El chico sintió la calidez que desprendía la mano de la castaña. En el colegio, siempre había imaginado que sí por alguna razón debía tocar a una sagresucia como ella, su mano se contagiaría de alguna enfermedad extraña, pero nunca imaginó que ese contacto se sintiera cálido.
–Malfoy... ustedes no están solos, yo...
–Granger no digas nada –la cortó Draco–. No es necesario que intentes ser la buena samaritana...
–¡Hermione! –dijo la castaña alzando un poco su voz de manera que sonó un poco chillona–. Dime Hermione de ahora en adelante, y no me calló. No estoy intentando ser amable ni nada por el estilo, solo creo que la comunidad mágica le debe a Narcissa más de lo que todos piensan.
-¿De qué rayos hablas? –Malfoy quedó sorprendido por lo que decía la castaña, él no estaba entendiendo.
–Mira, si Narcissa no le hubiera mentido a Voldemort sobre la muerte de Harry, la historia hoy sería muy diferente y nadie nunca en el mundo mágico les reconoció eso, estamos en deuda con ustedes –aclaró la chica.
–Sigo sin entender tu punto, pero si quiero decirte que no necesitamos nada de lo que estés planeando Granger –dijo rápidamente.
–Solo te ofrezco voluntariamente mi ayuda, no me rechaces por favor –le suplicó la chica mirando directamente a los ojos mercurio del chico–. Confía en mí, déjame ayudar a Narcissa.
Hermione extendió su brazo derecho para estrechar la mano de Draco, él meditó un momento las palabras de la chica. No podía creer que esto estuviera pasando, la castaña llegaba como un salvavidas a su vida cuando él sentía que iba a dejar todo botado, él solo debía extender la mano y ella lo rescataría de la oscuridad en la que vivía. Draco se levantó del sillón, abrochó su camisa y miró directamente los ojos miel de Hermione.
–¿Nos ayudarías sinceramente? –Hermione sonrió ante la pregunta de Draco y asintió. Draco sintiendo la sinceridad de Hermione, levantó su brazo y estrechó la mano de Hermione.
Aquella fría mañana de pronto se había convertido muy cálida para ambos, aquel simple gesto, aquel simple choque de manos había disipado buena parte de la oscuridad que habitaba en los corazones de ambos. Aquel apretón de manos significó tanto para ambos que fue capaz de borrar lo que vivieron en Hogwarts. Ambos necesitan ese contacto para sobrevivir. Ambos ahora estaban un poco más cerca del corazón del otro, un avance que nunca pudieron hacer en los siete años que estuvieron en Hogwarts y que ahora les había tomado una mañana.
Draco soltó la mano de Hermione, y miró el reloj de pulsera que andaba. Ya debía volver, había tomado más tiempo del que podía y aún debía ir a su casa a cambiarse de ropa.
–Ya debo irme, y te debo una disculpa y también las gracias, pero no puedo quedarme a hablar más –dijo apenado el chico.
–Escríbeme, si no lo haré yo y así podremos ayudar a tu familia lo más pronto posible. Aún hay cosas que debemos hablar antes de decidir cómo actuar con tu mamá y tu papá, así que porque no vamos a comer para platicar un poco más.
–Buena propuesta, te parece si cenamos el Domingo, es el día más próximo que tengo libre, si estás de acuerdo paso a recogerte a las siete Granger –dijo Malfoy sin meditar mucho en lo que estaba diciendo, simplemente las palabras salían como si estuviera hablando con una vieja amiga.
–Me parece perfecto, pero dime Hermione de ahora en adelante ¿sí? –volvió a repetir la castaña mientras sonreía–. Y estaré esperando tu lechuza.
–Recibirás mis lechuzas todas las mañanas Hermione... –dijo pícaramente, pero decir el nombre de la chica fue extraño pero cálido a la vez. Creo que se podría acostumbrar a ello, a ser el Malfoy que realmente era y no la máscara que le mostraba al mundo. Hermione estaba sacando lo mejor de él a flote.
–Estaré esperando Malfoy –Hermione acompañó a Draco a la puerta de su despacho.
–Hasta luego Hermione –se despidió Draco, pero antes de irse volvió a ver a Hermione–. Draco... –vio como la expresión de Hermione cambiaba a una de confusión–. Llámame Draco –le guiñó un ojo y caminó fuera del despacho dejando a Hermione sin poder reaccionar.
Hermione lo vio irse, definitivamente aquella mañana no fue como la imaginó, fue mejor. El gris frío y penetrante de aquella mañana ahora era un gris cálido, era un par de ojos mercurios que habían cambiado con el paso de los años, ese gris tenía nombre...
–Draco... –susurró Hermione.
