CAPÍTULO IV - HARRY

08 de Abril

Después de aquel encuentro con Draco Malfoy en el Ministerio de Magia, la castaña y el rubio se habían encontrado varias veces para cenar y de paso conversar. Hermione ya sabía algunas cosas de la vida del rubio y por boca del mismo, claro le había costado mucho que Malfoy abriera la boca y su corazón a ella. Él aún era reservado en ciertas cosas y ella no quería presionarlo a hablar, pero le intrigaba mucho este nuevo Malfoy. Aunque, ella tampoco podía pedir mucho ya que ella no había hablado mucho de su pasado; de hecho, por increíble que fuera, Malfoy abrió más su corazón que ella misma.

Ahora sabía que Draco era un empresario importante; también, con tal de alejarse de las duras críticas del mundo mágico se había instalado en una lujosa mansión en el mundo muggle, aunque la mayoría del tiempo pasaba en Malfoy Manor para acompañar a su depresiva madre. Odiaba comer verduras pero le encantaban las manzanas verdes y todo lo que tuviera manzana verde como ingrediente, esto le hacía mucha gracia pues era como un niño pequeño. Y por supuesto, ya estaba al corriente de la enfermedad de Lucius y el estado de Narcissa, aunque esta información había costado un poco más sacársela al rubio, ya que eran temas delicados, ahora solo faltaba ponerse manos a la obra e idear un plan para ayudar a Draco.

Hermione se encontraba en el recibidor del Ministerio junto a su asesora, esa tarde debía asistir a una conferencia de prensa sobre los derechos de los elfos domésticos. La castaña se encontraba esperando que su séquito de aurores llegara, ya que ellos serían su escolta personal aquella tarde. Mientras Hermione le echaba un último vistazo al discurso que daría esa misma tarde, por el ascensor salieron siete hombres vestidos con capas y trajes negros.

–¿Hermione? –preguntó el hombre que se encontraba de último.

La aludida volteó al escuchar su nombre. Observó detenidamente a los hombres que acababan de llegar, algunos eran completamente desconocidos para ella y otros que la habían escoltado en alguna ocasión anterior. Siguió buscando con su mirada al dueño de la voz que la había llamado, cuando su mirada se detuvo en el último auror.

Desde hacía años, ella se encontraba ocupada y no tenía tiempo para nada; además, sabía perfectamente que ella había cambiado mucho físicamente y era obvio que los que un día fueron sus compañeros de Hogwarts también habrían cambiado con el paso de los años, pero era imposible olvidar aquellos ojos verdes tan cálidos como la última vez que los vio. No pudo evitar perderse en ellos mientras su mente viajaba en el tiempo y traía consigo todos aquellos momentos que vivió al lado de aquel ojiverde.

–¿Harry? –dijo Hermione.

El pelinegro sonrió ampliamente al escuchar de los labios de ella su nombre, fue como música para sus oídos, se adelantó a sus compañeros y caminó hacia la chica. Sin aviso previo, la atrajo hacia su cuerpo y la abrazó fuertemente. Harry no quería terminar aquel abrazo, había pasado tanto tiempo sin verla, sin saber de ella más de lo que decían en el Profeta, había esperado mucho por aquel encuentro. De pronto, ambos chicos escucharon una pequeña tosecita que los hizo separarse.

–Disculpe Señor Potter, sé que usted es el jefe de los aurores y el héroe que rescató a la comunidad mágica de la oscuridad, pero debo recordarle que eso no le da ningún privilegio para aproximarse de tal manera a la Ministra de Magia –sentenció la asesora de Hermione de forma seria.

–Yo lo siento Mrs. Jennings, olvidé mis modales y mi lugar –dijo Harry agachando la mirada y reprendiéndose internamente por no controlarse.

–Mrs. Jennings, le pido que no le hablé así a Harry. Aunque Potter sea un funcionario del Ministerio y yo la Ministra, él –señaló al pelinegro–, Harry, es alguien a quien aprecio y no nos vemos hace mucho tiempo, por lo que le solicito que no le imponga ninguna restricción a Harry, ya que él es de mi completa confianza. Es más, de hoy en adelante tiene derecho a visitarme en mi despacho o acompañarme en mis actividades de Ministra cuando él lo desee -afirmó seriamente Hermione para dejar claro su parecer.

–Entendido –fue la respuesta que dio Mrs. Jennings mientras se acomodaba sus gafas y añadió–. Disculpe mi atrevimiento Sr. Potter.

–No tiene que disculparse, fue mi error. –Harry le sonrió ampliamente a la asesora de su amiga. Él en cierta parte entendía a Mrs. Jennings, no era fácil ser la asesora de una Ministra al mínimo veinte años más joven. Por lo que los ideales y pensamientos eran un poco, por no decir mucho, diferentes, pero ella debía actualizarse así como lo estaba haciendo el mundo mágico.

–Harry –lo llamó Hermione sacándolo de sus pensamientos– ¿Hoy me escoltarás a la conferencia o como buen jefe vienes a despedir y desearles buena suerte a tus aurores? –preguntó Hermione riendo un poco por su propio comentario.

–Quiero aclararle Sra. Ministra que soy un buen jefe y no me avergüenzo de ser sobreprotector con mis aurores –dijo Harry lo más seriamente que pudo, cosa que no le salió como esperaba ya que la risa estaba esperando luz verde para salir de su boca–. Pero hoy para su satisfacción o lo que usted quiera, seré su escolta personal y eso no impide que le desee suerte a mis compañeros –terminó Harry de decir su pequeño discurso y soltó una pequeña carcajada a la que se unió Hermione y se ganó un gruñido de parte de Mrs. Jennings.

–Harry es bueno volverte a ver, no sabes cuánto te he extrañado –logró decir Hermione cuando paró de reír.

–Si tanto me extrañaste hubieras enviado una carta al menos –dijo Harry sonriendo aunque en el fondo era un pequeño reproche a su amiga por haberlo abandonado durante tantos años.

–Harry James Potter ¿acaso es eso un reclamo? –preguntó Hermione intentando lucir enojada pero ¿cómo podría enojarse con Harry si era como su hermano, su amado mejor amigo? Y sin contar que él tenía razón, hacía mucho que no se hablaban y ni se veían pero ella tenía sus razones, pero no era el momento ni el lugar para hablar de eso.

–Hermione Jean Granger, me temo que sí; sin embargo –dijo rápidamente al ver que Hermione abría su boca para decir algo–, olvidaré todos estos años de abandono si acepta salir a cenar conmigo, ya que este no es lugar adecuado para hablar y... –consultando su reloj de bolsillo–... tampoco es el momento adecuado, ya que si no partimos inmediatamente puede que llegue tarde a la conferencia de prensa y conociéndola como la conozco, sé que odias llegar tarde.

–¡Tienes razón es muy tarde! –exclamó Hermione al consultar también su reloj–. ¿Te parece si salimos este viernes? ¿Puedes a las siete? Estaré en mi oficina, así que puedes recogerme ahí, ¡ah lo olvidaba! Me encanta la comida china, de vez en cuando es bueno salir a dar una vuelta por el mundo muggle, ¿no te parece?–Hermione dijo todo esto sin darle tiempo a Harry de responder.

–Me encanta la comida china; también, extraño el mundo muggle en algunas ocasiones y me parece perfecto el viernes a las siete pues ese día salgo a esa hora, si me permite Sra. Ministra –dijo Harry tendiéndole un brazo, el cual Hermione aceptó y se encaminaron a la chimenea que los llevaría a la conferencia de prensa.

···

A pesar de ser de noche, hacía mucho calor en el pequeño pueblo de Hogsmeade. El pueblo había cambiado muy poco con el pasar de los años, aún existían las mismas tiendas y edificios que había cuando el trío de oro eran estudiantes de Hogwarts, la diferencia era que ahora había más tiendas de todo tipo e incluso había un salón de actos que en ese momento se encontraba ocupado por muchas personas y elfos domésticos. Era de esperarse tal aglomeración de personas y elfos domésticos, pues ese día el Ministerio de Magia daba un discurso acerca de la aprobación de la nueva ley mágica a favor de los derechos de los elfos domésticos, y eso era de interés público, ya que la mayoría de lugares comerciales y familias mágicas aún disponían de los servicios de los elfos domésticos. Tampoco era de extrañarse que hubiera tantos periodistas o de la comitiva de seguridad que se encontraban en el lugar, pues era la misma Ministra de Magia quien se encontraba en ese momento explicando todo lo relacionado a dicha ley.

Harry se encontraba afuera revisando el perímetro con otros tres aurores. Ciertamente, el trabajo de los aurores no era tan ajetreado como en la época del Señor Tenebroso, pero aún había unos cuantos mortífagos sueltos causando estragos de vez en cuando. Además, era conocido por todos que el trío de oro no eran santos de la devoción de los mortífagos, ya que gracias a ellos, los mortífagos habían perdido todo después de la guerra. Así que no era necesario darles motivos para que atacaran o a Harry, o a Hermione, o a Ron.

–Ron, si estuvieras aquí sería como en los viejos tiempos, ¿no te parece? –le habló Harry a la noche.

Harry al ser el jefe del departamento de aurores sabía que Ron no los había acompañado ese día porque se encontraba en una misión en Irlanda, donde había rumores de avistamiento de mortífagos. De lo contrario, Ron estaría ahí con él cuidándole la espalda a la castaña, pues así como él, Ron anhelaba volver a ver a la chica que una vez amó y dejó ir por no saber afrontar su propio dolor al perder a su hermano Fred.

Cuando Harry, se reunió con sus tres compañeros aurores para comprobar que todo marchaba en orden, una luz resplandeció detrás de él y subió al cielo desde el salón de eventos. Harry rápidamente para buscar la causa de aquel resplandor, se quedó congelado unos minutos al descubrir que aquel rayo de luz formaba la marca tenebrosa sobre el salón de eventos, escuchó gritos y sin pensarlo dos veces corrió velozmente en busca de Hermione.

–¡Hermione!, ¡Hermione! –gritaba Harry lo más alto que podía mientras intentaba localizar a su amiga.

Los hechizos pasaban volando a todas direcciones, las personas corriendo en busca de refugio, los gritos por todos lados, aquello era un caos completo. Harry vio a una figura enmascarada que lanzaba maldiciones a diestra y siniestra.

–¡Expelliarmus! –apuntó Harry al enmascarado. Este al ver a Harry aproximándose y al verse desarmado no dudo en desaparecer del lugar–¡Hermione!, ¡Hermione! –continuó llamando Harry a su amiga sin poder hallarla. Aquello era doloroso, no quería pensar lo peor.

Harry buscaba entre la multitud enloquecida a la castaña, pero no había rastros de ella. De vez en cuando, se topaba con algún enmascarado, y éste los desarmaba mientras ellos desaparecían como si hubieran visto un demonio. Pero no era eso, sino que simplemente era Harry Potter el único mago que pudo derrotar a Voldemort y eso ya era decir mucho. Harry como podía esquivaba los hechizos, pero no podía evitar que estos de vez en cuando dieran contra algún objeto de vidrio que explotaba al instante.

–¡Hermione!, ¡Hermione! –volvió a llamar temiendo que algo realmente malo le hubiera sucedido a la chica.

–¡Harry! –escuchó un grito desgarrador que provenía detrás de una estatua de un elfo tomando la mano de un mago–¡Reducto!

Un rayo de luz paso cerca de la oreja izquierda de Harry y le dio en el pecho a un enmascarado sin varita que se acercaba por detrás de Harry con un vidrio en su mano dispuesto a atacarlo. Con un grito de sufrimiento el enmascarado desapareció. Harry corrió hacia donde Hermione se encontraba refugiada.

–¡Hermione! ¿Estás bien? –Harry sabía que la pregunta era tonta pues podía ver el estado tan lamentable en que se encontraba su amiga.

–¡Harry, no puedo caminar! ¡Creo que algo le pasó a mi pierna, no la siento, no me responde! –Hermione estaba en pánico, apunto de llorar.

–Hermione, debemos irnos. Apóyate en mi ¿quieres? –Harry como pudo incorporó a su amiga.

–Mrs. Jennings, ella... ella... –la castaña no pudo decir más. Se aferró fuertemente al cuello de él mientras sollozaba. Harry no podía esperar, sabía que aquello podía empeorar, lo importante era sacar de allí a Hermione del resto se encargaría su equipo de aurores. Sin perder más tiempo, Harry tomó a Hermione de la cintura, la apretó fuertemente a su pecho y se desapareció.