Adrien sin duda, entre muchas de sus cualidades, es un gato juguetón.
Cualquiera al pensar en ello se podría a imaginar la escena de un gatito jugando por la habitación con un ovillo de lana tan feliz de la vida. Pero Adrien era juguetón no en ese sentido por ser su alter-ego un gato.
Era un juguetón y bromista de primera. Nunca podías estar con él sin reír.
Descubrí su lado infantil y cómico por primera vez cuando era Chat Noir, sí; pero empecé a profundizar en él cuando comenzamos a salir y Adrien empezó a mostrarse conmigo tal y como era realmente y se sentía, fuera de los estereotipos que le imponía su padre para con los demás.
Cuando pensé que no podría sorprenderme más, su conversión de novio a esposo fue una mayor sorpresa. Lo mejor fue cuando fuimos padres, porque cuando lo veo interactuar con los niños me doy cuenta de que los trata con un amor e ilusión que supera la de cualquiera. En el fondo soy realista, y sé que los trata como en el fondo siempre deseo que lo tratara su padre tras la falta de su madre.
Cuando lo veía jugar con Enma, que fue la primera, parecía que tenía una hermana pequeña con la que jugar, porque a cada propuesta de juego de la pequeña rubia de ojos azules él nunca decía que no. Eran idénticos tanto en personalidad como en físico. Al menos tengo el consuelo de que esa pequeña rubia saco mis ojos.
Con Hugo, el mediano, fue todo confidencialidad. El chico de ojos esmeralda como los de su padre solo parecían adoptar cierto tono burlón y malévolo cuando se juntaba con su padre. Pero era más prudente que yo y que su padre juntos. Era el vivo ejemplo de lo que podría ser mi alter-ego de la mariquita pero en versión masculina, y Adrien lo admiraba como en su día admiró esa personalidad mía.
Louis era, por otro lado, la versión alter-ego de su padre. El chico rubio había sacado, para sorpresa de todos, un ojo en tono celeste y otro esmeralda. Tenía mi astucia y la diablura de su padre y para cuando llegó a nuestras vidas nunca vi en más apuros a Adrien por intentar frenar las diabluras de su pequeña replica.
Era capaz de tirarse horas cuando volvía a casa jugando con los tres como si fuera un niño más en casa. Era como ver al niño pequeña que deseo ser hace años pero cuyo derecho a serlo le fue arrebatado por las circunstancias.
Por eso, cada vez que veo esa escena tan familiar y acogedora en casa no puedo evitar unirme a sus pequeñas travesuras sin perder del todo el control para que cometan locuras. Entiendo en momentos así lo que pudieron sentir mis padres al criarme y pasar momentos conmigo felices.
Uno de los recuerdos que más tengo grabados sobre la personalidad juguetona de mi ahora marido eran las noches que se escapaba a mi casa como Chat Noir y acabábamos siempre haciendo pelea de almohadas o guerra de cosquillas el uno al otro. Aún nos lo seguimos haciendo cuando uno quiero llevar la razón en un asunto y el otro no cede en nuestra habitación, pero además en ciertas ocasiones se nos unen nuestros hijos cuando empiezan a oír nuestras risas; no queriendo perder la diversión que se estaba dando en nuestra habitación.
Nunca pensé cuando peleábamos como héroes que agradecería tanto que el chico de mis sueños fuera tan juguetón y cómico cuando realmente no aguantaba sus constantes bromas sobre gatos.
Porque sin su aire de niño, siempre faltaría algo en casa…cierta alegría y diablura que llena de dicha y rompe la monotonía. Era un soplo de aire fresco en un día seco.
Era la dicha de mi vida.
