S de sexy
¿Sexy?
Oh mi dios…
¿Es en serio la pregunta?
…
¿Por dónde comienzo?
Nunca se lo admitiría abiertamente para agrandar más si cabe su ego. Pero el condenado gato, tal y como decía mi amiga Alya en nuestras charlas de chicas, estaba para mojar pan.
Ojos verdes esmeralda expresivos, cabello rebelde revuelto y labios apetecibles; brazos fuertes y manos amplias; sonrisa conquistadora y voz profunda; tez morena y piel tersa…
¿Qué parte en él no era malditamente atractiva? ¡Qué alguien me lo explique!
Con los años sus atributos atractivos se vieron incrementados para mi gran incomodidad. ¿Y por qué digo esto? Porque si ya suficientemente me intimidaba antes en su forma civil cuando no conocía su identidad, cuando conocimos quienes éramos no sabía ni como trabar palabra los primeros días sin que me estallara la cabeza.
¿Cómo compaginaba yo entonces todas las cualidades, buenas sobre todo, de ambas personalidades en un solo chico? Protector, cariñoso, gracioso, educado, valiente, romántico, dedicado, fiel… Por dentro era y es el chico perfecto. ¡Su físico para bien lo empeoraba todo! O al menos si quería permanecer con un estado de salud mental sano, para mi propio bien.
¿Era malo que a cada día que pasara con el paso de los años con mi novio más me gustara?
Obsesión o amor no sé si irían de la mano, pero de lo que si estaba segura es que ese gato era un aprovechado. Era conocedor de mis estados de parálisis a su alrededor cuando me intimidaba. Cuando fuimos creciendo y él fue más consciente de que ciertas acciones suyas tenían efecto en mí sus intentos por llamar mi atención de forma coqueta se fueron volviendo menos "sutiles".
¿Captáis el mensaje?
Para cuando llegó la boda y el tan ansiado viaje de novios…
No puedo evitar morderme el labio, ansiosa, solo con recordarlo ahora.
No fuimos a una capital de otro país, a la playa o a otro sitio al que hubiera ido otra pareja de recién casados. Todo fue planeado en secreto por Adrien y su mejor amigo Nino a escondidas de Alya y de mí. Por mucho que quisimos adivinarlo, no llegué a saber mi lugar de destino hasta pocas horas después de la ceremonia de la boda y el convite familiar. Nos subimos en la limusina de los Agreste y por lo que fueron un par de horas largas en carretera permanecimos en el coche hasta llegar a nuestro lugar de destino.
Mi rubio ahora marido nunca me había revelado el pequeño detalle de que la familia poseía una "pequeña", por así decirlo, casa de campo en la frontera que separaba Francia con Bélgica. Entre espacio verde y bosques de árboles altos y frondosos se alzaba una casa que para mi impresión tenía más pinta de castillo o mansión de época victoriana que de una casa de campo. Estaba cansada por el largo viaje y medio dormida habiéndome recostado en el hombro de Adrien disfrutando de sus caricias por mi brazo y sus besos suaves y delicados en la sien, los ojos, la mejilla y el cuello ocasionando a veces cosquillas. Los pies me mataban con los tacones y ni siquiera sabía si podría salir del coche en pie. Pero antes de planteármelo siquiera, él salió antes que yo, rodeó el coche abriendo la puerta y con todo el cuidado del mundo, como si estuviera echa de porcelana, me tomo en brazos llevando estilo princesa por el largo camino de tierra hasta la enorme entrada de la mansión. Una educada mujer nos atendió en la entrada y pude escuchar cómo se ofrecía ante Adrien como ama de llaves del lugar para cualquier cosa que deseáramos durante nuestra estancia allí. Yo recosté mi rostro sobre parte del torso de Adrien y escondiéndolo en el hueco de su cuello, sintiendo su calidez penetrarme dejando atrás la brisa fresca que había sentido al salir del coche a la calle. Su aroma varonil me abrumaba.
Sonreí bobamente durante todo el camino mientras contemplaba esa sonrisa natural y satisfactoria en su rostro. Tanto tiempo juntos habiendo compartido tantas cosas hacia casi irreal el hecho de que por fin fuéramos oficialmente "marido" y "mujer". Mi sueño de adolescente se había hecho realidad…y todo aquello no podía ser más perfecto.
Estaba tan perdida en él, que para mí pasaron desapercibidos el resto de detalles del que sería nuestro lugar de residencia por casi un mes entero. Me despreocupé aun así, porque sabía que ya tendría tiempo de investigar el lugar y de conocerlo a fondo, si es que mi esposo no me lo quería mostrar el mismo a su manera.
En un momento dado, paró en el pasillo abriendo con una de sus piernas una de las dos puertas dobles que comunicaban con la que habría de ser la habitación principal del lugar. Un gran dosel se alzaba a la izquierda con dos pequeñas mesitas de noche a sus laterales. Sobre él reposaban pétales de rosas rojas y blancas y en las mesitas una velas aromáticas aportaban un toque más romántico si cabía al lugar. Ya era de noche y la luz de la luna entraba por el gran ventanal abierto de par en par dando unas maravillosas vistas del lugar y sobre todo del bosque que lo rodeaba. Una vez cruzó el umbral conmigo aún en brazos me depositó con delicadeza en el suelo, agachándose ante mí y apartándome con el mayor de los cuidados los tacones que llevaba puestos, besándome después el empeine de cada uno y haciendo un pequeño masaje con sus manos en ellos para aliviar mi dolor ante la rozadura.
Yo cada paso que hacía lo contemplaba anonadada. Podía ser el chico más atrevido y descarado del mundo y al mismo tiempo el más meloso de todos. Aquella noche era especial. Ambos lo sabíamos. Él se me había insinuado demasiadas veces antes de la boda ansioso y durante esta. Por dentro yo también deseaba estar por fin con él, pero me retenía a mí misma para que aquello fuera especial. Y parecía que él por dentro también lo quería así.
En sus mil y una formas de ser, era encantador ante mis ojos. Era capaz de conquistarme sin quererlo y eso me aterraba internamente al mismo tiempo que me fascinaba.
Nuestra diferencia de altura era notoria. Sin los tacones era más notoria, pero no me resultaba incómodo. Un palmo no era nada a fin de cuentas y con solo ponerme de puntillas le había robado muchos más besos de los que podría llegar a contar en la vida.
Tomándome de las manos y arrastrándome junto a la cama me hizo sentarme en el borde besando mi frente y poco después el dedo en el que ahora poseía mi anillo de casada; todo esto sin nunca romper el contacto entre nuestras miradas. Mi estómago se removía por dentro por el tornado de mariposas en su interior y una sencilla caricia en mi mejilla junto a uno de sus besos tiernos en los labios terminó por hacerme perder por completo la razón aquella noche.
-Te amo.
Sus ojos verdes parecían brillar de la emoción y casi con un toque mágico por el ambiente de la habitación y la luz que se colaba a través de la ventana. Me sentía flotar en una nube mientras me rodeaba con sus fuertes brazos por la cintura, acercándome más a él. La calidez de su frente con la mía era agradable y solo pensaba en que aquello se extendiera por todo mi cuerpo; un cosquilleo nervioso que no sabía cómo empezaba ni como acababa. La respiración se me iba por momentos.
-Adrien…
Su rostro era para enmarcar. La sonrisa que tenía no era ni por asomo una de las tantas que mostraba en las revistas de moda. Era una tan única como él y de las que había podido disfrutar durante muchos años desde que caí del cielo sobre él en nuestro primer día como héroes de París.
¿Quién me iba a decir en ese entonces de verdad que iba a "caer" enamorada de él?
Apoyando una de mis manos sobre su robusto pecho con la otra aparté uno de sus mechones rebeldes del rostro para poderlo contemplarlo a gusto y sostener así su mejilla.
Antes de que me atreviera si quiera a pronunciar algo más sus labios habían vuelto a callarme. Me mordió el labio haciendo que yo me agarrara a sus hombros para no perder el equilibrio. En el momento en que solté un suspiro aproveché para hacerle lo mismo, gimiendo el por primera vez en la noche con una voz tan gutural que me dejó con ganas de escucharla más.
Los botones de mi vestido empezaron a ser desabrochados con lentitud en mi espalda mientras que su esmoquin caía al suelo y su corbata era deshecha. Atrape en cierto momentos uno de sus brazos para quitarle los gemelos y después hice lo mismo con el otro. Él por otro lado me iba deshaciendo el peinado con una lentitud que me provocaba cosquillas y pequeñas risas entre nosotros mientras acariciaba mi pelo y me robaba besos por el cuello y la nuca. Para no perderme en aquello me sostenía a él por su propia nuca tirando a veces con suavidad de esos mechones rebeldes que tanto me gustaba acariciar cuando se tendía sobre mi regazo en nuestros descansos durante la patrullas nocturnas parisinas.
Todo él era una completa adicción.
Pero a fin de cuentas era MI droga.
Una vez tendidos en la cama, sentir como investigaba mi cuerpo y silueta con sus dulces caricias y besos me hacía removerme inquieta. Su sonrisa traviesa, propia de Chat Noir se mostraba por momentos cuando me mostraba demasiado angustiada por el cúmulo de sensaciones y la ansiedad de necesitar más de todo. Me contenía por momentos sosteniendo ambas manos sobre mi cabeza para después soltarme para que yo también disfrutara provocándole los mismos efectos que él ocasionaba en mí.
El contorno de mis pechos parecía tentador para él, mientras que yo me deleitaba con pasear mis manos por pecho haciéndole exclamar mi nombre mientras mordía su lóbulo, divertida.
Todo era tan divertido y a la vez excitante que no parecía siquiera algo que estuviéramos a punto de hacer por primera vez. Me emocionaba poder estar así con él; una de las muchas formas más en las que nos habíamos mostrado siempre lo que nos amábamos y de las que nos mostraríamos siempre. Aquello solo era el comienzo de una nueva vida juntos.
Porque yo tampoco tenía otra palabra para describir lo que sentía… sí es que de verdad existían palabras para aquello.
-Te amo, Adrien Agreste.
