V de verde esmeralda

Me costó abrir los ojos al principio. Sentí que me había pasado una apisonadora por encima. Nunca terminaría por acostumbrarme a ese dolor tan insufrible por mucho que me gustara luego lo que conllevaba.

La luz del sol se colaba por la franja entre las cortinas de la habitación del hotel. A pesar de las paredes blancas y del tono un poco lúgubre del lugar, las flores y cartas de felicitaciones de amigos y familiares alegraban el entorno.

Intenté removerme un poco para sentarme un poco mejor en la camilla en lugar de estar tumbada. Había caído rendida en los brazos de Morfeo una vez salí de la sala de operaciones. Me removí un poco inquieta al no ver a nadie en la habitación al principio. Pero tras escuchar ciertos murmullos detrás de la puerta, solo pude sonreír imaginado el torbellino que me iba a saltar encima en cuanto me viera.

-¡MAMI!- Gritó una Enma entusiasta abriendo la puerta y acercándose a la camilla corriendo. Se sentó junto a mí y me abrazó lo más fuerte que pudo con sus pequeños brazos.

-Cariño, con cuidado.-Le recordé preocupada porque le diera sin querer a alguno de los cables o aparatos cercanos a la camilla. La abracé con cariño mientras acariciaba su sedosa y larga melena rubia, tan suave como la de su padre.

-¡PAPÁ! ¡Mamá ya despertó! ¡Mamá ya despertó!-Repetía una y otra vez dando pingos en la camilla a mi vera mientras me deba la espaldas y miraba hacia la puerta.

Su padre entraba en la habitación con unos sencillos vaqueros, su polera favorita de estar por casa los domingos y el cabello totalmente descontrolado. Pero para mi gran entusiasmo también portaba algo entre sus brazos oculto con una manta azul que tiempo atrás recordaba me había regalado mi madre.

-¿Cómo estás?- Preguntó con la sonrisa más reluciente de todas, aunque también parecía hecho polvo. Nunca pensamos que nuestra pequeña escapada de fin de semana nos llevara a tener que salir corriendo con Enma en brazos al hospital por haber roto aguas.

Todo había sido demasiado rápido y hace apenas un par de horas que sucedió todo. Mis padres y el Gabriel Agreste debían de estar llegando en camino todavía.

-Con ganas de reclamarle a ese pequeñín por habernos asustado de esa manera.-Dije no perdiendo de vista la figurita que Adrien portaba con devoción entre sus brazos y a quién mecía por haber empezado a sollozar un poco.

-¡Quiero verle papá! ¿Me dejas ya verle? ¡Mamá! ¡Papá no me ha dejado ver todavía a mi hermanito!- Replicaba la rubia de ojos azules cruzándose de brazos e inflando los mofletes de manera más graciosa que enojada.

-Eso es porque Mamá tiene que verle antes primero en Enma.-Dijo con la voz más calmada y paciente posible en respuesta. La pequeña a veces podía resultar demasiado inquieta.

Mientras ese diálogo último sucedía, él se acercó al lado de nuestra, junto a la cama. Inclinándose un poco, besó la sien de mi frente con ternura y lentitud y a continuación me mostró a la pequeña criatura que llevaba en brazos para dejarme cagarla finalmente. Se sentó junto a mí para contemplarnos a ambos.

Me morí del amor al ver a mi pequeño y sentirlo al fin junto a mí.

-No sabes las ganas que teníamos de tenerte aquí…Hugo…-Susurré feliz a mi pequeñín meciéndole con lentitud para que sus sollozos fueran desapareciendo poco a poco.

Parecía tan frágil…Sus mejillas estaban un poco sonrosadas y parecía reticente a abrir los ojos. Sus pequeñas manitas agarraron por un momento uno de los dedos de Adrien, que intentaba distraerlo diciéndole boberías para igualmente calmarle. Verle haciéndole esas caras se me hacía demasiado divertido, y si bien le encantaban los niños, solo le había visto tomar esa faceta paterna y divertida con Enma. Su piel parecía sensible y suave. Tenía también tanto las mejillas, como los brazos y muslos regorditos, entrándome unas ganas locas de comérmelo a besos. Pero me conformé con besarle la coronilla de su cabeza, tal y como había hecho antes su padre conmigo, mientras lo dejaba descansar sobre mi pecho.

-Será idéntico a ti Marinette-Concluyó Adrien, acariciando con lentitud la cabeza del pequeño una última vez para después colocarse junto a Enma, sentándola, entre las risas divertidas de esta, en su regazo con ciertas cosquillas que le hacía en el cuello con su nariz.

Reí ante el gesto de mi pequeña. Yo lo había sufrido muchas veces durante todos estos años juntos.

-¿Por qué piensas eso? Aún es muy pronto para decir a quién se parece o no, ¿no crees?

-De los pocos cabellos que tiene he podido notar que los suyos son oscuros. Eso ya me da la razón.- Dijo con una sonrisa felina de las suyas para rebatir mi argumento orgulloso.

-He de admitir que Enma sacó mucho más de ti que de mí. Así que no me importaría nada que en esta ocasión Hugo tuviera algo más mío.-Dije sonriendo divertida mientras me perdía ante la visión de mi pequeño en brazos, que parecía haberse calmado al fin.-Pero con una condición…

-¿Cuál mami?-Pregunté curiosa como su madre la pequeña rubia.

Alcé la vista y alargué uno de mis brazos para tocarle la nariz con gracia a Enma como antiguamente hacia a modo de confidencia con su padre en nuestras versiones heroicas. Ella rio ante aquello.

-Que tenga los ojos de tu padre, mi cielo…

-¿Mis ojos?-Preguntó más para sí mismo que para mí mi marido.- ¿Por qué dices eso?

-¿Acaso no has aprendido después de todos estos años que me encantan tus ojos?-Dije guiñándole un ojo graciosa. Fue aún más divertida la situación cuando sentí un pequeño gemido del pequeño, más divertido que apenado, curiosamente.-De tener tus ojos sería todo un conquistador como su padre… ¿Verdad que sí, Hugo?

-Pero a mí me gustan tus ojos azules Mami.-Dijo Enma poniéndose también a favor de su padre. Esos dos normalmente siempre se ponían en complot a favor o en contra mía.

-Pero para ojos azules te tengo a ti, Enma. –Dije palpando el lugar junto a mí para que la pequeña se sentara junto a mí y al fin pudiera disfrutar de ver a su hermano a gusto.-¿Te cuento un secreto?

-Dime-Dijo ansiosa de saber mirándome a los ojos.

-¿Te he dicho alguna vez que me enamoré de tu padre a primera vista?

-¡Sí! O…más o menos…-Dijo no muy segura colocándose un dedo sobre los labios y alzando los ojos de modo pensativo.

-El día que lo conocí no tuve el mejor de los encuentros con él. De hecho,-Dije haciendo como que bajaba la voz aunque Adrien nos veía divertido desde su sitio-llegué a pensar que era un chico arrogante buscando burlándose de mí.

-¡¿Qué?!-Expresó incrédula la de ojos azules mirando de manera alternativa a su padre y a mí. Al primero me hizo reír que lo viera con la misma mirada de reproche que yo le dedicaba ante sus bromas frente a los akumas. Que la princesa de la casa ahora le recriminara algo a su padre no se veía todos los días.

-Todo fue una enorme confusión que luego intenté arreglar con tu madre.-Intentó excusarse él vagamente nervioso ante la mirada incrédula de la Agreste.

-Y vaya que así fue…-Susurré mirándole de frente y perdiéndome en sus ojos mientras seguía contándole la historia a Enma con Hugo en brazos queriendo ahora palpar las mejillas de mi rostro.-Ese día sucedieron muchas cosas y hubo muchas emociones entremezcladas de por medio. Pero tu padre, en un gesto desinteresado, en mitad de la tormenta que se levantó al final del día, me prestó su paraguas en la entrada de la escuela para que yo pudiera volver a casa.

Al bajar la vista y ver con incredulidad a mi pequeño no pude evitar sonreír bobamente mientras sentía que mis ojos empezaban a parpadear; señal de un futuro llanto de entusiasmo al ver mi petición cumplida.

-Ver a tu padre a los ojos aquel día me hizo enamorarme de él como si de amor a primera vista fuera. Porque pude ver a través de ellos tanta emoción, sinceridad y esperanza por arreglar las cosas que su parte que mis propias emociones se vieron desbordadas. Desde ese entonces mi color favorito es el verde. Porque el verde es el color de la esperanza; pero también es para mí el de la luz y el del amor. Me enamoré ciegamente de tu padre como lo he hecho con tu hermano al verlo. Y o reafirmo porque por fin he podido ver el color de sus ojos.

Incrédulos ante mi última confesión ambos rubios se apegaron más a mí; uno a cada lado mío. Contemplaron con fascinación y emoción lo mismo que yo: la sonrisa iluminada y divertida del pequeño y nuevo integrante de la familia Agreste con unos bellos orbes verdes como los de su padre.