Bueno, antes de empezar con el capítulo me gustaría aclarar un par de cosas:

-Os pido mil disculpas por la tardanza. Me ha llevado tiempo escribir este capítulo porque dentro de poco tengo exámenes y tengo que llevar la teoría al día. (Además he tenido que hacer todo el trabajo que me había mandado para vacaciones porque lo he acumulado para los últimos días xD). Estoy obcecado por seguir escribiendo y no pienso dejar la historia hasta terminarla, pero iré subiendo un capítulo cada una o dos semanas, ya que quiero hacerlos más largos/elaborados. Si veis que llevo una pequeña racha de inactividad no os preocupéis no me he ido. :P

-Os ruego que me perdonéis por los errores gramaticales/sintácticos del anterior capítulo. No tengo excusa, pero en mi defensa diré que lo escribí a las cuatro de la mañana y lo publiqué sin corregirlo ¬¬. Bueno, espero que no me toméis por un simio semianalfabeto xD. Además me gustaría dar más carácter a los personajes, ya que me parecen un poco banales. Sé que dije que este capítulo iba a profundizar más sobre la relación de los personajes principales, pero me parecía forzar un poco la máquina xD, y como bien dije quiero hacer esto despacio y con buena letra. PD: Garcias por las reviews.

Kafkiano

Siempre había pensado que los campeones gozaban de viviendas suntuosas y que, por lo general, llevaban una vida despreocupada. Mi teoría se vio desmentida cuando entré a casa de Riven por primera vez. Era un loft humilde sostenido por columnas de hierro un tanto oxidadas. Las paredes estaban a medio pintar y aún quedaban viejos trozos de papel decorativo pegado a ellas. El techo estaba lleno de humedades, dejando al descubierto enormes grietas que se expandían sin rumo fijo. La iluminación era bastante pobre, y le daba a la vivienda un aire de aflicción y pesimismo. El inmobiliario de tan modesta morada mezclaba muebles viejos con otros más bien simplones. Ese contraste me hubiera agradado bastante de no ser por el desorden que estaba contemplando. Colgados de los muebles o yaciendo en el suelo, distinguí ropa sucia, material bélico y envases de comida rápida. Un momento… ¿Qué hacía yo quejándome de la situación económica de una amiga? ¿No era un poco hipócrita por mi parte hacerlo cuando había estado viviendo como un perro abandonado? En aquel momento me avergoncé de mí mismo, aunque fuese una completa gilipollez.

Resultaba curioso y a la vez deprimente que con un solo vistazo a su casa pudiera descubrir más de ella de lo que había descubierto en la larga conversación de antes. Al darme cuenta de esto supe que debía ser un poco más abierto, ya que, al fin y al cabo, Riven estaba haciendo lo posible para integrarme aquí.

-Voy a poner agua a hervir, siéntate donde quieras.

-Vale – dije esbozando una sonrisa forzada. Joder, que antipático podía llegar a ser a veces, parecía que no podía estructurar una frase completa.

Me dejé caer sobre el sofá suspirando profundamente. Pero mi calma se vio perturbada cuando Riven me habló desde la cocina.

-¿Cuándo crees que estarás listo para combatir?

- No lo sé la verdad… estoy bastante oxidado, supongo que no me vendría mal algo de calentamiento… ¿Por qué lo dices?

-Ah nada, curiosidad.

Tras esta breve conversación el silencio recuperó lo que era suyo. Durante este corto periodo de tiempo estuve pensando en que iba a decir. Estaba muy nervioso, y desconocía el motivo, solía tener mucha confianza con ella. Solía…

Antes de que pudiera darme cuenta Riven se acercó con dos humeantes tazas de té. Me dio mi taza y por una milésima de segundo nuestras manos mantuvieron contacto. Se quitó las pesadas protecciones de metal arrojándolas contra el suelo y se tumbó apoyando sus piernas encima de las mías.

-¿No te importa verdad?

-No.

- Estoy al borde de la extenuación.

El silencio volvió a dominar la situación, sumiéndonos en un ambiente tenso que ya parecía tradición durante nuestras conversaciones. Como siempre Riven quiso romperlo. Para ello decidió abordar el tópico de conversación más artificial después del típico cliché del tiempo. Se notaba que quería mantener la conversación viva, aunque hablásemos de algo tan sumamente trivial.

-¿Qué haces cuando no combates, Talon?

Aquella pregunta me puso entre la espada y la pared. Podía ser sincero y confesar que era propenso a los vicios mundanos o podía mentir. La segunda opción no me pareció apropiada, por lo que decidí ser sincero pero sin dejarme demasiado en evidencia.

-Bueno… te parecerá una tontería pero… nah, es igual.

-Va, dímelo – rogó.

- No.

- Por favor – poniendo aún más énfasis.

-¿Si te lo cuento prometes no reírte?

Asintió con una sonrisa de satisfacción.

-Cuando vivía en el seno de los Du Couteau solía pintar, pero perdí todo recurso cuando me fui…

Noté un ligero gesto de sorpresa en ella. Se acomodó a mi lado mirándome a los ojos.

- ¿Por qué creías que me iba a reír? Es… precioso, no sabía que apreciaras el arte.

- El de la guerra no es el único existente – dije con intención de lanzar una indirecta.

- Supongo que tienes razón – exclamó cabizbaja.

Volvió a reinar el silencio. Las tazas estaban intactas. Miré el reloj.

- Creo que es hora de que me vaya… - dije levantándome.

- Claro, ¿dónde vives ahora?

- Lo cierto es que pensaba dormir en la calle hasta ganar algo de dinero – manifesté junto con una sonrisa de incomodidad.

- Entonces puedes quedarte aquí si quieres… mientras pagues el alquiler a medias claro.

- Ah, no tienes porqué… no quiero molestar.

- Es lo menos que puedo hacer.

- Bueno pues… en cuanto cobre te paso mi parte.

- Perfecto. Si no quieres partirte la espalda te recomiendo que uses el sofá.

- Lo tendré en cuenta – dije irónico.

- Tú mismo – respondió burlona.

Un pitido. Un pitido penetraba por mis oídos con el fin de implementar banda sonora a mi aflicción rutinaria. Aquella escena ya había pasado de ser atroz a monótona, y por no hacer mudanza de su costumbre, volvió a visitarme cuando el ocaso se despidió de mí. Pero ya no estaba solo en aquel entorno tan onírico y real a la vez, a mi derecha se hallaba Riven, cubierta de sangre. Me agarraba del hombro, zarandeándome con fuerza al son del cielo rojizo. Su mirada flébil manifestaba en ella un gesto de protesta, de enfado. El insistente zumbido no me dejaba apreciar la entonación de sus palabras. Solo pude leer sus labios, manchados por el carmín más caro del mundo. ¿No piensas hacer nada? Repetía una y otra vez hasta que aquella frase se transformó en un paralelismo infernal. El pitido resaltaba cada vez más. Me llevé las manos a los oídos. La agonía ya comenzaba a comprimirme al pecho, más fuerte que nunca, más piadosa que nunca.

Desperté sobresaltado, empapado de sudor. El tórax seguía atormentándome, y con el propósito de aliviar tan agudo dolor, rebusqué en mi bolsa. Los segundos que consumí hasta encontrar mi pequeña bolsita de cuero parecieron horas. Encontré vacío el zurrón. Aquella imagen infundió en mí pavor, mucho más que el que había sufrido segundos antes. Me hallaba en una situación de lo más kafkiana. Desesperado me llevé el puño a la boca y lo mordí con la esperanza de hacer el menor ruido posible. Aquella noche las sombras me abrazaron desnudas ofreciéndome lágrimas tibias como calmantes.

Un suave golpe me despertó de mi breve letargo. Era Riven.

- Levanta y desayuna – dijo acomodándose la armadura.

- ¿Vas a algún sitio?

- Nos vamos.

- ¿A dónde?

- A la Liga de Leyendas. El jungla falta hoy, te vienes conmigo.

- Pero si no me sé las normas.

- Te enseñaré sobre la marcha.

Cogí una manzana y cruzamos el viejo umbral para encararnos con una ciudad gris.

Si he cometido alguna falta ortográfica la corregiré en breves. Espero que os haya gustado. ^^