Pues nada chicos aquí va el quinto capítulo de este fanfic. Creo que todos damos por hecho que mi tardanza ya es tradición por estos lares, pero he estado muy liado estos últimos días y por tanto no me he visto con fuerzas para actualizar. Además dentro de poco voy a tener una semana entera de vacaciones e intentaré escribir más de seguido. Por cierto, soy consciente de los errores ortográficos del anterior capítulo, los corregiré en breves. Como siempre, perdonad si cometo alguna falta.

PD: gracias por el apoyo ^^

Sin más dilación:

Miradas indiscretas

Elevó la mano dirigiéndola hacia su pecho.

-Inspira – me dijo.

Acto seguido giró la muñeca y movió su mano hacia abajo.

-Expira.

El sol apenas penetraba por las diminutas aberturas que las ulceradas maderas dejaban expuestas. El estruendo implacable de las olas atronaba sin cesar, pero lo que de verdad nos inquietaba era el continuo eco del fragor de combate que se podía distinguir en la lejanía. La escasa iluminación no me dejaba apreciar su rostro, pero me bastó con el movimiento tranquilizador de su mano, el cual iba acompañado de palabras que en aquel momento me trasmitían una ficticia serenidad. Cada vez me hallaba más cerca de la costa de Jonia, en cambio, mi denuedo parecía haberse quedado en Noxus. El nerviosismo y la angustia estaba presentes en todo momento, aun así las tropas permanecían inmóviles, tanto como las columnas de madera que elevaban el tejado por encima de nuestras cabezas. No pude divisarla entre los rostros que habitaban aquel compartimento, aunque preferí que no me viera como un cándido corderito.

De repente, justo cuando me encontraba absorto en mis pensamientos, la voz ronca de un hombre anunció el mensaje que todos y cada uno de los peones que nos hallábamos allí temíamos.

-Tierra en treinta segundos.

El monótono ritmo de las olas cesó, instaurándose unos segundos de silencio entre las sombras de aquella putrefacta embarcación. Nada se podía oír en el exterior. Tras este tenso sosiego la enorme puerta que comunicaba con la playa se abrió, cayendo estrepitosamente contra el suelo. Tan solo hizo falta una milésima de segundo para que el estruendo de las balas metálicas asesinara la tranquilidad existente momentos antes, llevándose también la vida de los desafortunados soldados que se encontraban la parte delantera. Di gracias, no sé a quién, la verdad, por haberme tocado ir en la parte trasera.

Cuando emergí de entre las sombras que habitaban la anticuada nave, mis ojos se encontraron, cara a cara con espectáculo de fuego y sangre. El paisaje tan sumamente grotesco hizo que me quedara en blanco ante tal escena. Cuerpos mutilados se arrastraba y yacían por igual. Los que sufrían el mártir de aferrase a su vida intentaban cubrirse entre los estáticos cadáveres de sus compañeros, suplicando a la diosa fortuna que fuera piadosa con ellos. Otros, en cambio, se acercaban a los malheridos con la intención de tomar prestada sus municiones, ignorando por completo la cruel agonía que los abrazaba. El característico color beige de la arena se había transfigurado en un lienzo coloreado de rojo, y los autores de esta obra de arte no eran otros que los peces gordos que descansaban en sus mullidas butacas.

Una bala me rozó la oreja. Su intenso zumbido hizo que despertara de mi conmoción, y corriendo lo más rápido que pude, me puse a cubierto detrás de unas rocas. Fue entonces cuando dirigí la mirada a mi izquierda. Lejos de encontrar sosiego pude ver como la cabeza de un soldado volaba por los aires debido al impacto de un arma de fuego. Cada vez sentía más pavor. Esta vez decidí mirar a mi derecha, pero mis anhelos de dar con un panorama más tranquilizador se vieron frustrados. Vi a una soldado corriendo en dirección al enemigo. El gesto de enojo de su rostro manifestaba un grotesco deseo de sangre, pero este se vería contrariado, pues el terrible estallido de una mina terrestre inmolaría su cuerpo. Antes de que pudiera reaccionar tenía el torso de la mujer frente a mí. Fuente inagotable de sangre y miseria. No pude evitar vomitar, todo aquello me sobrepasaba tremendamente.

Era menester que hiciera acopio de valor y que avanzara hasta llegar a una zona más segura. Es por ello que me dirigí corriendo en dirección a lo que parecía unas trincheras. Mientras corría un soldado hizo detonar otra mina de tierra. Pronto me vi en el suelo cubierto de sangre y pólvora, llevándome las manos a los oídos con el fin de evitar que un infernal pitido atravesara mis oídos. Este sonido pronto se haría familiar.


Salimos victoriosos de los vestuarios de la Grieta del Invocador, a diferencia del equipo enemigo, que se veía muy resignado. Supongo que un sentimiento tan trivial como el de la euforia de la victoria es, para muchos, indispensable. Una ruidosa muchedumbre nos estaba esperando al llegar a las galerías de la Liga de Leyendas. Todo el mundo se dirigió al resto de campeones, quedándome, pobre de mí, en una esquina sin admirador alguno. La verdad, no me importaba en absoluto. Saqué el paquete de cigarrillos que guardaba en mi mochila y cogí uno con el fin de disfrutar del nocivo placer mundano al que conocemos como tabaco. Encendí el pitillo y absorbí su fragancia.

De repente, una muchacha se acercó a mí esbozando una sonrisa de timidez. Llevaba una libreta en la mano. Detrás de ella, pude observar a su madre, la cual me observaba con un gesto de complicidad.

- Hola campeona – le dije sonriendo.

La muchacha, sin pronunciar palabra alguna me ofreció la libreta, dando a entender que quería mi firma. Ligeramente entusiasmado, garabateé mi firma en el amarillento papel. Aquella niña parecía tener ahí guardadas todas las firmas de los campeones de la liga.

- De mayor quiero ser aspirante, como tú – me dijo convencida.

- No es tan bonito como piensas – le dije riendo.

- Si lo es – obcecada.

- Pues si quieres ser campeona de la liga no fumes nunca.

Dicho esto opté por irme, tenía por atender un asunto de urgencia.

Los suburbios de la ciudad próxima a la Liga de Leyendas no eran muy diferentes a las infectas cloacas de Noxus. Mientras caminaba por las estrechas calzadas fui reconocido más de una vez, pues la mirada de las personas es a menudo delatante e indiscreta. Había acabado allí por un motivo en concreto, y no pararía hasta cumplirlo. Me dirigí a lo más profundo del aquel océano suburbano en busca de un par de zapatos, pero no para calzarlos precisamente. Tras andar un rato por el frío adoquín, di con un par de zapatos colgados de un cable eléctrico. Allí encontré lo que buscaba.

Un varón de aspecto depauperado me tendió la mano con un gesto de falsísima simpatía.

-Busco diversión – le dije serio.

-Tengo de todo.

-Calmantes, en pastillas.

-¿Cuántos?

-Todos los que tengas

El hombre me miró con cara de asombro, como si le estuviera tomando el pelo. Para justificar mi respuesta agité un fajo de billetes frente sus ojos. Nervioso, empaqueto todo el material y me lo dio esperando impaciente su parte. Como es lógico le di su sustento.

-Antes de que te vayas, ten esto – me ofreció una jeringuilla.

-No soy de esos.

-Venga, invita la casa.

Acepté.

-No te arrepentirás – me aseguró- todos mis clientes dicen que es espectacular.

La verdad, no sabía si fiarme de aquel hombre, pero guardé receloso su obsequio junto con las demás adquisiciones.

Me despedí de aquel varón y me di la vuelta con intención de salir de aquella cloaca inmunda, pero no llegué a cumplir mi objetivo. Al girarme me encontré con la última persona a la que esperaba hallar por aquellos lares, Katarnia. Me quedé conmocionado, no supe que hacer ni que decir. El hombre con el que había hablado momentos antes no dudó, se fue aterrado.

- Sabía que le dabas al… – se llevó la mano a la nariz y aspiró – pero no que te lo metías por vena.

- No te concierne lo que haga o deje de hacer.

- La verdad es que sí, soy tu hermanita – dijo arrogante, poniendo especial énfasis en la última palabra. Me sacaba de quicio.

-Hermanastra – contesté igual de arrogante.

Estuvimos mirándonos a los ojos un buen rato, compitiendo para finalizar una batalla de miradas la cual nadie parecía ganar. Sostenía la vista con una sonrisa en la boca y un gesto irónico. Se aproximó lentamente abrazándome.

-Vuelve a casa, Talon – me susurró al oído.

-No mientras este él.

El sonido metálico de los cubiertos era el único que tenía el valor suficiente como para perturbar el silencio que conllevó aquella cena. Los dos mirábamos a nuestros platos sin atrevernos a romper el incómodo sosiego. Como siempre Riven tuvo más iniciativa que yo.

-¿Puedo preguntarte una cosa?

-Adelante.

-¿Qué te pasó ayer por la noche?

Intenté no parecer sorprendido, pero sin la reconfortante protección de mi capucha era difícil parecer apático. Decidí ser sincero. Al fin y al cabo, era Riven.

-Tengo un problema…

-¿Qué problema?

-Desde lo de Jonia no puedo dormir bien, y cuando lo consigo siempre me despierto porque me duele muchísimo el pecho.

-¿Por qué no me lo has dicho antes?

-Supongo porque creí que era personal.

-Eres la persona más inteligente que conozco, pero a veces te comportas como un completo idiota, ¿lo sabías?

-Tenía una ligera sospecha- contesté irónico.

Tras mi respuesta se volvieron a instaurar unos segundos de silencio. Riven volvió preguntar.

-¿Sabes lo qué es? ¿Has ido al médico?

-No.

-Tú mismo.

Observaba, tumbado, aquellas figuras volar. Aunque suene irónico y a la vez un poco macabro, me sentía relajado. Lo que observaba no eran pájaros, eran naves de guerra. Desde que Noxus había robado los planos de los ingenieros de Piltover, el ejército noxiano había puesto a prueba una infinidad de armas, entre ellas, aquellos aviones. Solía llamarlos las aves de la locura. Estupideces propias de mi persona. La calma que me transmitían las hileras de humo de los navíos, se vio interrumpida por el dolor al que ya estaba acostumbrado. Mi cuerpo se retorcía sobre la verde hierba. La onírica voz de una mujer repetía mi nombre desde lo lejos. Fue haciéndose cada vez más real, hasta el punto de que pareciera que estaba a mi lado. El azul cielo fue sustituido por la cara de Riven.

-Talon.

Balbuceé algo.

Me arrastró hasta su habitación, tumbándome en la cama. Después me tapó metiéndose ella también. Limpiaba el sudor de mi frente mientras repetía:

-Tranquilo, estoy contigo.

Mi agitada respiración fue relajándose lentamente hasta que pude volver a inhalar normalmente.

La cama era muy cálida, pero lo era aún más el brazo que rodeaba mi pecho.

Bueno chicos hasta aquí el quinto capítulo de este fanfic. La verdad, no sé cúando subiré el siguiente, hasta entonces, que os sea ameno. ^^