Bueno chicos pues aquí os traigo en sexto capítulo de este fanfic. No he actualizado antes porque no me he visto con las ganas de escribir, y no puedes decirle a un escritor que escriba ¿no? xD

A propósito, hace poco vi The Revenant (excelente película que recomiendo que veáis), y me gustó tanto que he decidido hacerle un guiño en este capítulo. Si la habéis visto os daréis cuenta enseguida. Por tanto he de decir que el fragmento en el que hago esa referencia es prácticamente de la propiedad de Alejandro González Iñárritu, solo que lo he adaptado a la historia.

Como siempre perdonad faltas de ortografía xD

PD: Gracias por las reviews :3

Aclarado esto, disfrutad:

Nieve

Los rayos de luz traspasaron con brusquedad mis párpados e hicieron que despertada. Pestañeé repetidamente hasta lograr enfocar la difuminada imagen de la habitación. Riven no estaba. Permanecí unos segundos al borde de la cama. Miré al suelo mientras rememoraba lo que había pasado ayer. Resultaba curioso como tu sueño podía cambiar con la reconfortante compañía de un ser querido. A decir verdad, no había dormido tan bien en mucho tiempo, y aunque suene irónico, me sentía extremadamente fatigado. Al levantarme noté como cada uno de mis músculos se contraían. En cierto modo, me rogaban que volviera a la cama. Ignoré el dolor.

Me asomé a la ventana. Nevaba. El suelo y las casas estaban cubiertos de una blanca escarcha que se precipitaba lentamente desde el cielo. Aquella escena era la viva imagen de la melancolía, pues pareciera que el tiempo fluía infinitamente más despacio bajo el movimiento oscilante de aquella lluvia helada. Todavía me recordaba tirado en la nieve, sin más opción que ver los copos caer. Intenté olvidar aquellos recuerdos. El pasto estaba cubierto de frialdad, y yo era pasto del frío que recorría mi cuerpo. Salí de la habitación con la esperanza de hallar a mi amiga en algún rincón de la casa. Tan solo encontré una nota pegada en la nevera.

He ido a la liga. Volveré por la noche.

Simple y conciso. Típico de Riven.

Me dirigí al baño con la intención de darme una ducha, la necesitaba, tenía que aclarar mis ideas. Me desvestí y me planté frente al espejo. Fue entonces cuando observé, por primera vez en mucho tiempo, la marca permanente de mis aflicciones pasadas. Una cicatriz de tamaño considerable recorría mi cuello hasta parar en mi pecho. Recordé. No quería hacerlo, pero era inevitable.


Habían pasado algunos días desde el desembarco. Era por la mañana. La noche anterior habíamos invadido una aldea, al parecer, un lugar estratégico para nuestras tropas. En cuanto salí de aquella villa supe que no me la podría quitar de la cabeza una vez acabada la guerra. Estaba inquieto.

-¿Ves? Te lo dije, "inspira-expira" y todo saldrá bien – me decía Du Couteau arrogante.

Marchábamos en pequeños grupos para ir cubriendo más terreno, ya que el desembarco en la costa se había llevado a más de la mitad de nuestras tropas, y por tanto debíamos de avanzar lo más rápido posible hasta llegar a los refugios noxianos. Se podría decir que no tuve suerte, ya que me tocó avanzar por una zona llena de tropas demacianas, pues, al parecer, Jonia se había aliado con Demacia para acabar con un enemigo común. Aun así, la fortuna me sonrió. Me había tocado ir con Riven, y no existía guerrero alguno que me infundiera miedo al lado de ella. En cuanto nos encontramos nos dimos un abrazo.

- Creía que te perdía en combate – dijo un tanto irónica.

- Yo también me alegro de verte.

Coníferos escarchados de todos los tamaños y formas imaginables se alzaban sobre los valles vírgenes que conformaban el desalentador paisaje. Nos hallábamos en la taiga noreste de Jonia, y si queríamos salir vivos de ese infierno helado, debíamos caminar con pies de plomo. Éramos, seis personas las que avanzábamos por aquellos lares. Yo, Du Couteau, Katarina, Riven y dos soldados de alto rango. No hacíamos pausa alguna, tan solo parábamos para comer y dormir. La verdad, la caminata no me resultó demasiado dura, y ya había viajado antes a frías tierras como las de Ferljord, por lo tanto, no me podía quejar.

Una noche, mientras descansábamos frente a la hoguera, se nos acabó el agua. Du Couteau, al percatarse del problema, dirigió su mirada hacia mi persona. Mi cabeza yacía sobre las piernas de Riven, y esta acariciaba suavemente mi melena castaña.

-Talon – me dijo– hay un riachuelo colina abajo, ve a por agua ¿quieres?

-Claro – afirmé, aunque no me apetecía nada separarme del agradable calor que me acompañaba aquella noche. Tampoco quería separarme de la hoguera.

-Por si caso, ten esto – me cedió un rifle.

-No creo que lo necesite.

-Cógelo de todas formas.

Y así, cargado con las cantimploras de mis compañeros me dirigí al riachuelo y comencé a llenarlas una a una. El silencio era tal que solo podía oír el flujo de la cristalina agua bajo mis pies. De repente, un sonido perturbo la tranquilidad de aquella noche de luna llena. Alcé mi rifle para defenderme de mi supuesto agresor. Observé el entorno, dispuesto a apretar el gatillo ante la menor manifestación de movimiento. Finalmente di con el origen de aquel indiscreto ruido. Era nada más y nada menos que una ardilla. Me observaba inmóvil con una bellota en las manos. Exhalé un suspiro de alivio. Pero, mi sosiego solo duro un par de segundos. Un enorme pájaro azul se abalanzó bruscamente sobre mí clavando sus garras en mi espalda y arrojándome a las piedras que rodeaban el río. Las aguas de aquel arroyo, pronto se vieron impregnadas de un pigmento rojo. Mi escopeta se hallaba a un par de metros, me arrastré hacia ella. Sin embargo, mis esfuerzos fueron en vano, ya que la gigantesca ave me alcanzó nuevamente. Esta vez se apoyó sobre mi espalda y empezó a desgarrarla, sin tener en cuenta mis alaridos de dolor. Podía ver trozos de mi propia carne esparcidos por el suelo. A pesar del insoportable martirio al que estaba sometido, conseguí finalmente alcanzar mi arma. Fue entonces cuando me giré y disparé al pecho de aquella cruel criatura. El estruendo de aquel disparo recorrió todo el valle, acabando con la tranquilidad de la noche.

-¡Valor! – oí gritar a mis espaldas.

El ave, enfurecida, cogió altura rápidamente, y cuando hubo alcanzado suficiente, cayó en picado sobré mí, desgarrándome el cuello y parte del pecho. Pronto, la sangre empezó a emerger a borbotones de entre lo más profundo de mi cuerpo. El dolor era insoportable, pero no estaba dispuesto a morir sin llevarme conmigo a aquel engendro alado. Volvió a elevarse, pero esta vez corté su trayectoria con mi brazo. Cuando clavó sus garras en mi extremidad aproveché para agarrar a mi enemigo de una de sus alas. Saqué mi cuchillo y asesté una estocada cargada de ira en las entrañas de aquel animal del infierno. Rápidamente, cogí mi rifle y me di la vuelta apuntando a la figura que, momentos antes, había gritado el nombre del ave. Era una mujer espigada de indumentaria azul y negra. Me observaba inmóvil con las manos en alto, parecía ligeramente nerviosa. Era curioso, porque pese a estar tumbado y malherido, seguía teniendo el control de la situación gracias a mi amiga de plomo.

-Un paso más y no dudaré en volarte los sesos– dije jadeando, incluso hablar me suponía un esfuerzo.

La mujer seguía inmóvil.

-Vamos a hacer lo siguiente… – propuse- vas a arrojar tus armas y te vas a ir despacio con las manos en la cabeza. Si veo que haces algo raro ya sabes lo que te espera.

Así hizo aquella enigmática figura de la noche. Observé su sombra difuminarse entre los árboles, y cuando desapareció, me desplomé sobre un enorme charco de sangre.

-¡Talon! ¿Qué ha pasado? – pude oír unas voces por la lejanía.

Apenas podía distinguir la difuminada imagen de Riven.

-¡Traed el botiquín! ¡Rápido!

Riven me puso un trapo en la boca.

-Muerde esto, te va a doler.

Empezó a coserme el cuello. Que irónico, estaba siendo torturado por el ser al que más quería en este mundo.

-¡Dadle la vuelta!

Comenzó a coserme las heridas de la espalda.

-Joder… ¿Qué te han hecho?

Tan solo puede sacar dos imágenes claras de aquella noche, Riven cubierta de mi sangre y Du Couteau observándome estático, sin hacer nada.

Al día siguiente me desperté vomitando sangre. Estaba encima de una camilla improvisada, cubierto con una gruesa manta de piel. No podía moverme, simplemente no podía. Tan solo tenía la opción de ver los copos de nieve precipitarse sobre el suelo.

-No va a salir de esta –oí a uno de los soldados, no pude girar la cabeza pero se encontraban reunidos a mi derecha.

-¡Todavía puede sobrevivir, ya apenas sangra y parece que está más consciente! –Riven.

-Va a morir, tan solo estamos alargando un poco su martirio- dijo Du Couteau. Cuando oí aquellas palabras me quedé en shock. Allí estaba mi supuesto padrastro.

-¿Cómo puede decir eso, padre?- preguntó histérica Katarina. Hasta ella, mostraba compasión por mí.

-¡¿No os dais cuenta?!- gritó furioso mi general –las tropas demacianas nos están pisando los talones. De hecho, casi puede olerlas. ¿Y me estáis diciendo que queréis cargar con el hasta el próximo campamento? Moriremos todos antes de que podamos siquiera acercarnos.

-¡Monstruo!- exclamó Riven.

-Decidido, tú lo matarás – afirmó Du Couteau.

-Sí, señor – respondió uno de los soldados.

Instantes después pude divisar el oscuro caño del rifle frente a mis ojos. ¿Sería esa la última imagen que me llevaría de este mundo? En un último intento de salvar mi vida intenté negarme a mi ejecución, pero de mi boca no salieron más que gruñidos inentendibles, ni siquiera podía hablar. Riven me observaba con los ojos ligeramente lacrimosos. Su mirada flébil dejaba claro un sentimiento de impotencia, ella no podía hacer nada contra las órdenes de su superior. En aquel momento me arrepentí de haberla conocido. Cerré los ojos dispuesto a perecer a manos de mis aliados.

-No puedo hacerlo, señor… Me ofreceré a llevarlo, pero no puedo matarlo.

-¿Alguien quiere hacerlo?

Silencio.

-Está bien, tú y Riven lo llevaréis, pero me hago responsable de vuestra muerte.

Y así, pasaron los días. Recorrimos los estrechos caminos de aquel paisaje, pero yo desde la incomodidad de mi situación. Una noche los pilares de la realidad, de mí realidad, se vinieron abajo. Todos estábamos durmiendo, incluido yo.

-Talon- me despertó Du Couteau.

Contesté con un gruñido.

-Escucha… he estado pensando y... – hizo una pausa – Mira, voy a hablar claro. Los demacianos casi nos tienen, si no avanzamos más rápido nos atraparán y moriremos todos igual…incluida…ella…

Si lo que decía era cierto, tenía razón. Pero después de la actitud apática que pude observar en él cuando estaba a punto de morir, no podía fiarme. Me estaba manipulando. Tan solo quería salvar su vida.

-Es por eso que te propongo lo siguiente… puedo darte una muerte rápida, les diré que has muerto ahogado por tu sangre… Si quieres que lo haga tan solo pestañea.

Permanecí con los ojos abiertos.

-Solo tienes que pestañear, Talon.

Pronto el viento el helado empezó a provocarme escozor en las retinas.

-Tan solo tienes que cerrar los ojos.

No puede aguantar más, los cerré.

-Haces lo correcto.

Dicho esto, metió un trapo en mi poca y me empezó a ahogar con sus propias manos.

Emití un escalofriante grito de agonía.

-¡¿Qué haces?! – era la voz de Riven.

Du Couteau recibió un puñetazo tan fuerte que hasta se le salieron un par de muelas. Cuando divisó su sangre en la nieve dirigió una mirada llena de cólera hacia Riven. Comenzaron a luchar. Riven era una guerrera de increíble fuerza, pero no se podía comparar a la maestría de Du Couteau. Simplemente no tenía ninguna posibilidad. La inmovilizó.

-Te vas a arrepentir de haberte metido donde no te llaman.

Le clavó un cuchillo en el vientre, atravesándolo de lado a lado. Supuse lo que le había hecho. Aquel hombre era un monstruo.

Los gritos de Riven despertaron al resto. Cuando llegaron a nuestra posición Du Couteau trató de explicarse.

-¡Traidora! Ha intentado ahogarle, todo este tiempo ha estado fingiendo.

Riven no se molestó en llevarle la contraria, nada podía ir contra la palabra la Du Couteau, excepto, claro, un testigo… El dolor que me había causado la bestia alada era una minucia en comparación a la impotencia que sentía en aquel momento.

Katarina me miró a los ojos. Pestañeé rápidamente y después dirigí mi mirada a mi nuevo ex padrastro. Entonces, la mujer, me guiñó un ojo, supe que se había dado cuenta.

Du Couteau iba a pagar.


EL agitado pulso que sufría mi mano me impidió ser diestro a la hora de coger la cuchara. Pronto me di cuenta de que mi intento de desayunar se vería frustrado por una tremenda ansiedad. Sabía lo que debía hacer. Me dirigí apresurado al sofá para coger mi mochila. Rebusqué ansioso hasta encontrar una pequeña bolsita de cuero, exactamente igual a como lo había hecho poco tiempo atrás. La diferencia es que aquella vez no me llevé una decepción. Tomé una pastilla al azar de entre todas de las que estaba ahí. Después la machaqué con un cuchillo hasta hacerla polvo, formando una delgada línea blanca en la superficie de la mesa. Acto seguido me llevé el dedo índice a la nariz, con el fin de tapar mi fosa nasal derecha. Aspiré. Una nieve mucho más pura que la que había observado momentos antes penetró por mi mente hasta aturdir la poca consciencia que había conservado hasta el momento. Me desplomé contra el frío azulejo.

Me sentía flotar sobre una nube mientras observaba estático un millar de imágenes que oscilaban de un lado a otro sin ningún patrón en particular. Podía ver a mi alma revolotear a unos centímetros de mi cuerpo. Podía verme a mí. Lo veía todo tan claro. Yo. La nada.

Decidí pasar la tarde en la biblioteca de la liga. Siempre me gustó la literatura, aunque mi estado económico limitara la posibilidad de siquiera poder leer una novela. Después, los intelectuales, con afán de alimentar aún más su pedantería, dirán que el saber es una virtud que está al alcance de cualquiera, sin importar su clase social. Una vez más, la sociedad tal y como la conocía, se dejaba en evidencia.

La biblioteca era una galería alargada rodeada por estanterías enormes las cuales guardaban, recelosas, miles de libros a la espera de ser ojeados por algún interesado. El silencio, casi sepulcral, que albergaba la habitación transmitía paz por cada uno de sus rincones, sumiendo a todo aquel que traspasara aquellas puertas en una sosegada atmósfera de estudio y reposo. Antes de que pudiera dar un paso un perro de figura antropomórfica se interpuso en mi camino ofreciéndome la mano. Sus gafas y el enorme libro que sostenía en la mano le daban un aire de intelectualidad.

-Tú debes de ser Talon ¿verdad?

- Sí.

-Nasus – dijo refiriéndose a sí mismo- encantado.

-Mismamente.

-Me alegra saber que sigue habiendo campeones interesados por el saber y la cultura – dijo sonriendo.

Esbocé una sonrisa junto a él. Aquel tipo me caía bien.

-Bueno, si necesitas cualquier cosa consúltame, llevo las riendas de todo esto.

- De acuerdo, muchas gracias.

Sentados en los largos escritorios de madera se hallaban adeptos y todo tipo de intelectuales. Pude divisar a Riven. Me senté delante de ella.

-Es agradable saber que no todos los hombres de esta liga son sacos de testosterona – dijo irónica.

-Oye, Riven sobre lo de anoche… gracias.

-No tienes por qué dármelas, tú hubieras hecho lo mismo por mí.

Salimos de la biblioteca en silencio.

Si tenéis alguna sugerencia o queréis comentar algo, no dudéis en hacerlo. ^^ Adiós