Bueno chicos estas dos últimas semanas no he podido actualizar porque he tenido que dedicar mi tiempo a estudiar para mi segundo periodo de evaluación. Soy consciente de que han trascurrido varios días desde que subí el último capítulo, pero es que literalmente no he tenido tiempo físico para hacerlo. Pero bueno, las evaluaciones ya han acabado y espero poder actualizar más de seguido. Si veis que estoy inactivo una temporada no os preocupéis, porque lo más probable es que esté hasta arriba de materia. Además quiero acabar esta historia y si por casualidad sufriera algún parón, la retomaría en cuanto pudiera. Como siempre perdonad faltas de ortografía.

Perdón

Cada vez que observaba la manera en la que las gotas de agua se precipitaban al vacío siempre me daba cuenta de lo paradójica que podía llegar a ser la vida. Al fin y al cabo, éramos como gotas de agua. Venerábamos la vida por encima de todas las cosas cuando esta, en realidad, nos arrojara a un mundo injusto y hostil. En cambio, todo el mundo parecía rehuir de la muerte, incluido yo, aunque fuera la más piadosa de todas y nos librara de nuestro pesar para toda la eternidad. Aquel tipo de introspecciones siempre me habían parecido completamente absurdas, y era bastante hipócrita por mi parte, ya que solía ser un fiel defensor del más puro de los nihilismos. Sea como fuere, no tenía nada mejor que hacer mientras permanecía sentado delante de aquel apartamento. La lluvia azotaba sin cesar la superficie metálica en la que reposaba y ni el más grueso de los ropajes podría aislarme del frío que recorría mi espalda.

Riven me había despachado y se negaba a escucharme. La veía salir y entrar tras la desgastada puerta de madera todos los días. Al principio, le rogaba que invirtiera un poco de su tiempo escuchándome, justo como lo solían hacer los vendedores ambulantes o esos pedófilos hipócritas a los que llamábamos hombres de fe. Con el tiempo me di cuenta de que no me iba a prestar atención, por lo que dejé de suplicarle y simplemente permanecí allí. Sabía que aquella iba a ser una batalla en la que se enfrentarían la fuerza física y la emocional. Supe que yo tenía una clara ventaja.

A menudo mi único pasatiempo era ver al sol cruzar el etéreo cielo o disfrutar del espectáculo de luces que la luna guardaba recelosa tan solo para mí. Además, las horas siempre pasaban más rápido si hacía uso de las maravillas cilíndricas que acostumbraba a consumir. También me gustaba ver pasar a los ajetreados transeúntes que abrazaban sus maletas con instinto maternal. Estuve decidiéndome durante un tiempo que símil utilizaría para describirlos. Hormigas. Caminaban de un lado a otro sin rumbo alguno con el fin de mantener un sistema social y económico que les maltrataba, sin ni siquiera pararse a pensar en su realización personal o en si apreciaban suficiente su existencia como para seguir andando. Lo podía confirmar si ninguna duda, las drogas me inspiraban.

Un día, se me agotaron las judías mágicas que acostumbraba a ingerir, ergo, era menester que consiguiera más. Pero, cuando metí el zurrón de cuero en mi mochila noté el frío tacto de un objeto de cristal. Era la jeringa que aquel hombre quiso regalarme. Por unos momentos dudé si debía usarla o no. Pero no tenía las ganas suficientes como para empezar a dañarme las venas. Además, mucha gente me quería muerta, y si algo había aprendido en las calles de Noxus era a no fiarte de nadie, y mucho menos de alguien que manejara estupefacientes.

Decidí preguntar sobre esa substancia amarillenta a los expertos locales, y estos no eran otros que los simpáticos drogadictos que yacían en los más profundos de los suburbios de aquella ciudad. Si, la fauna urbana era pintoresca a la par de heterogénea. La mayoría de respuestas eran simples "no me suena" o "no tengo ni idea", aunque, de vez en cuando, me topaba con algún alma descarriada que me pedía un cigarrillo. Estuve al borde de la frustración hasta que di con un tipo el cual conocía la existencia el tesoro que portaba. Su voz ronca manifestaba su costumbre al tabaco.

-¿De dónde has sacado esto? –pregunto intrigado.

-Si te lo dijera te tendría que matar- bromeé.

Captó la indirecta, rio por lo bajo.

-Está bien, aquí las preguntas las haces tú.

-¿Sabes lo que es?

-Si.

-¿Y bien?

-Servidor tiene un precio – dijo junto a una sonrisa pícara.

-No tengo dinero.

-Una pena- dijo dispuesto a dar vuelta atrás.

-Espera – lo agarré del hombro- podemos hacer un trueque. ¿Qué quieres a cambio?

-Te diré lo que es a cambio de que me lo des.

-Me temo que no va a poder ser.

Me miró escéptico.

-¿Qué te parece una caja de cigarrillos? – le propuse- esos pulmones no se matan solos.

-Me vale.

Fiel a mi palabra le di lo prometido. Saco uno y lo encendió dando una profunda calada.

-Soy todo oidos – dije.

-Cuando trabajaba en un laboratorio…

-Espera… – le interrumpí- ¿Tú? ¿De científico? ¿Un yonkie?

-Sí, ¿algún problema?

-No, simplemente me parecía curioso… - Vaya, hasta yo tenía prejuicios – Prosigue.

-El caso es que, mientras trabajaba, a menudo nos llegaban peticiones del gobierno de Noxus para hacer esta mierda.

-Y ¿qué es?

-Un veneno.

El corazón me latía a mil por hora, prácticamente había rozado la muerte y ni siquiera lo sabía.

-¿Fuerte?

-Casi instantáneo.

Permanecí unos segundos pensando, y tras la reflexión, un atisbo de claridad irrumpió en mi mente. Fue entonces cuando até cabos. Fue entonces cuando me di cuenta de que todo estaba relacionado.

-¿A nombre de quién lo hacíais?

-No puedo decírtelo – respondió- no a menos que me compense.

Le agarre del pecho y lo embestí con brusquedad contra la farola que tenía detrás. Dejó caer su cigarrillo casi acabado.

-¿Quién os pidió ese veneno?

-Aparta tus sucias manos de mí.

- Fue Du Couteau ¿verdad?

-¿Quién coño es ese?

Le propicié un puñetazo en la mejilla.

-Sabes muy bien quién es.

-El muchacho tiene fuerza ¿eh? –escupiendo un poco de sangre.

Me preparé para volver a golpearlo, pero, antes de que pudiera hacerlo, habló.

-Está bien – susurró.

Se llevó la mano izquierda a la zona dañada.

-Hijo de puta – dijo por lo bajo.

-¿Fue él o no?

-Sí…

-¿Por qué os los pedía?

-No lo sé… supuse que los querría como recurso bélico. Además, ¿crees de verdad que nos atrevíamos a hacerle preguntas a aquel tipo?

Supe que decía la verdad, no parecía estar dispuesto a recibir una paliza.

-Gracias por tu contribución – dije dándole la espalda y marchándome.

-¡Ojalá te metieras esa mierda por las venas!

Le saludé sin girarme.

Sabía a quién debía visitar.


Aquellas viejas botas aún seguían colgando del cable eléctrico, y como es lógico, el modesto mercader del que recibía mi mercancía personal merodeaba por la zona. Me acerqué al él lentamente, sin mostrar ninguna manifestación de enfado. En cuanto me vio se dirigió rápidamente hacia mí, probablemente con la intención de desplumarme por segunda vez. Juraría que incluso estaba aún más decrepito. En unos segundos las tornas se girarían.

-Hola – me dijo- ¿Vienes a por más?

Le golpeé tan fuerte que pronto vi un diente rebotando contra el suelo. Llevaba tiempo sin pelear, pero no había perdido fuelle. Aunque lo más probable es que la dentadura de aquel tipo fuera un nido de sarro.

-¡¿Qué coño haces?! – gritó llevándose la mano a su boca ensangrentada.

-Eso te lo debería preguntar yo a ti genocida de mierda.

-¿Qué?

-No te hagas el tonto.

-Te juro que no se de qu…

Segundo golpe. Tres dientes.

-Mira, no sé que crees que pasa pero te aseguro que no tengo nada que ver – dijo casi suplicando.

-El problema es que lo sé.

-¿El qué? –dijo a punto de llorar.

Saqué mi cuchillo y se lo puse en el cuello. Bien cerca, para que sintiera el frío del filo. Pronto su sudor estaría a la misma temperatura. En cuanto acerqué el metal elevó las manos.

-No…no por favor.

-¡Cállate!

-Tengo esposa y dos hijas, por fav…

-¡Si quieres volver a abrazar a tus hijas esta noche ya puedes ir abriendo la puta boca!- le interrumpí.

Cerró los ojos.

-Te voy a ayudar… -le susurré- Du Couteau…

Su gesto de miedo se transformó en uno de terror.

-Por lo que veo te suena

-Me ofreció dinero por matarte – confesó.

-Muy ético por tu parte- lo que acababa de decir era bastante hipócrita.

-¡Joder, no tenía opción! – llorando- ¿tú sabes lo que es mantener una familia?

-Me da igual tu vida, y si la aprecias lo suficiente te convendría contarme todo lo que sabes- las falsas amenazas siempre funcionaban.

-Está bien… tan solo bájala…

Hice lo que me pidió.

-Du Couteau estaba buscando voluntarios para matarte… al ver que pagaba mucho por tu cabeza decidí intentarlo.

-¿Qué precio le puso?

- Cien mil monedas de oro.

- No está mal.

-Me contó que eras un drogadicto, por lo tanto era la cuartada perfecta para poder darte el veneno que había puesto a mi disposición. Pero… se ve que no ha funcionado.

Vocalizaba cada palabra como si se estuviera liberando de un tremendo lastre.

Se instauraron unos segundos de silencio. Estaba procesando.

-¿Me vas a matar?

-Te diré lo que voy a hacer…- dije enfundando el filo- te voy a dejar marchar y al llegar a tu casa vas a abrazar a tus hijas y vas a decirle a tu esposa que la quieres.

-Gracias…

-Pero, si en algún momento él descubre esta conversación date por muerto.

-Entendido.

Todo comenzaba a cobrar sentido, tan solo debía hablar con otras dos personas para aclarar todo aquel asunto.


El laboratorio de Singed no tenía nada que envidiarle al típico cuarto de estudio siniestro que solía frecuentar las páginas de los libros de terror clásico. Expuestos en diversas estanterías y apoyados en mesas metálicas podían verse botes de conserva en cuyo interior yacían fetos de seres que no llegué a reconocer. Compuestos de todos los colores y texturas adornaban aquel panorama tan grotesco, y en medio de aquella tétrica burbuja se hallaba Singed. Examinaba sus probetas una y otra vez ansioso de conocimiento. El aspecto físico de aquel hombre coincidía en completa armonía con su hábitat. Su figura notablemente encorvada y su reluciente calva dejaban claro que aquel hombre vivía por y para su vocación. No os voy a engañar, me caía bastante bien. Mientras servía a Noxus a menudo discutía con él sobre metafísica, y si compartíamos algo era que los dos defendíamos la carencia de valores atribuidos a las cosas. Aquel pensamiento, puramente pragmático, fue mi acompañante durante mucho tiempo. Se desintegró cuando Riven apareció en mi vida, y en aquel momento, había vuelto a serle fiel otra vez.

Me senté frente a su escritorio. Apartó la vista de su material. Tardó unos segundos en reconocerme, pero, cuando finalmente lo hizo, dejó al descubierto una sonrisa llena de dientes amarillentos. Me estrechó la mano alegre.

-Talon, cuánto tiempo.

-Más del que me hubiera gustado –bromeé.

-Siéntate- me ordenó- ¿Quieres algo? ¿Café?

-No, estoy bien.

-Como quieras- volvió a sentarse en sus silla- Bueno, pues ¿Qué tal todo?

-Podría estar mejor.

-¿Qué pasa? ¿Estás bien?

-Nunca se puede llegar a estar del todo bien.

-Ahí llevas razón – hizo una pausa- por cierto, he oído que te has unido a la liga

-Correcto.

-¿Y bien?

-¿El qué?

-¿A qué se debe?

-Me aburría.

-Eso es frecuente en ti.

-Más de lo que me gustaría – repetí aquella frase.

Esbozó una sonrisa y se inclinó un poco en su silla.

-Oye… No es que no me agrade tu visita, pero estoy seguro de que no has venido hasta aquí por simple cortesía.

-Muy perspicaz.

-¿Qué quieres?

Le mostré la substancia amarillenta. Su cara de estupefacción lo decía todo.

-¿De dónde lo has sacado?

-¿Sabes? No eres el único que me ha preguntado eso hoy –bromeé.

-Talon, en serio ¿dónde lo has conseguido?

Le conté toda la información que había recopilado en las últimas horas, argumentando la teoría que había ideado.

-Me lo temía…

-¿Por qué?

-Estos últimos meses Du Couteau ha estado mostrando un interés excesivo en ti.

-¿Me ha estado espiando?

-No, que va. Él sabe que te darías cuenta si mandara hombres a observarte veinticuatro horas.

-De todos modos ya lo he hecho.

-¿Sabe que lo sabes?

-Lo más seguro es que no, y me he asegurado de que sus contactos callen.

Hicimos una pausa para pensar.

-Se siente frustrado y no sabe cómo matarme para que no lo incriminen a él.

Asintió.

-Además estoy convencido de que es él el que ha movido los hilos para que me uniera a la liga.

-Así te tendría más controlado.

-Exacto.

-Grave error por tu parte.

-No.

-¿Por qué?

-Digamos que desde que estoy en la liga me siento un poco más vivo.

-Tú mismo.

De nuevo silencio.

-¿Qué piensas hacer ahora?

-Ir a Demacia.

-¿Qué se te ha perdido ahí?

-Más bien alguien.

-¿Eres consciente de que te vas a meter en la boca del lobo, verdad?

-Totalmente.


Cuando volví al portal de aquel apartamento aún llovía. Me postré delante de la pared de ladrillo intentando resguardarme, en vano, del frío. Una cálida luz perturbó la oscuridad de la noche. Era Riven. Había abierto la puerta.

-Pasa – dijo.

-¿Vas a escuchar lo que tengo que explicarte?

-No tienes que explicar nada.

-¿Por qué?

-Lo sabía desde que salimos de Freljord.

La verdad, aquella respuesta me sorprendió hasta tal punto de no llegar a comprender la situación.

-Entonces, ¿por qué no me has dejado entrar antes?

-Quería saber si de verdad querías disculparte.

Las largas jornadas que había pasado aguantando el frío y la lluvia pronto se vieron contrariadas ante su repuesta.

-¿No crees que resultaría evidente con esperar un día o dos delante de tu puerta? –pregunté un tanto molesto.

-No después de cómo te has comportado conmigo.

-Supongo que tienes razón.

Hizo un gesto para que entrase. Cuando pasé por su lado mostró un gesto de asco.

-Dúchate, apestas- me ordenó.

-Vale.

Una vez estuviera aseado nos pusimos a hablar en el sofá, pues los dos sentíamos que debíamos dejar claro lo que había ocurrido. Riven me dijo que era consciente de todo lo que había ocurrido en Freljord, pero, según ella, necesitaba que yo tomara iniciativa para comprobarme.

- Oye… lo que dijiste en aquella colina… ¿Era verdad?

- ¿Tú que crees?

La verdad, había quedado como un completo estúpido al formular esa pregunta. No sé porque lo hice.

-¿Qué tengo que hacer para que me perdones?

-Demostrar que te importo.

-¿Y cómo hago eso?

-Tú sabrás…

Supe que debía hacer acopio de valor y mostrarle lo equivocada que había estado en los últimos días. Es por eso que cerré los ojos y me preparé para arrojar la moneda que decidiría la suerte de mi futuro. La besé. Fue un beso corto. Inocente. No opuso resistencia alguna. Cuando separamos los labios pude observar que alzaba su ceja izquierda junto con una mirada escéptica. Permanecimos unos segundos mirándonos a los ojos sin saber lo que hacer. Antes de que el ambiente se volviera tenso Riven echó mi capucha para atrás y comenzó a acariciarme el pelo. Después puso su mano en mi cuello inclinándose levemente sobre mí. Esta vez me besó ella. Fue un beso muy largo, pues estuvimos así hasta que los pulmones comenzaron a notar la falta de aire. Nuestras respiraciones ya se encontraban ligeramente jadeantes. Se apoyó aún más yaciendo conmigo en el sofá. Sin saber muy bien que hacer puse mis manos sobre sus caderas. Ella apoyada en sus antebrazos comenzó a besarme como lo había hecho antes. Estuvimos un rato así. La verdad, no sé cuánto, pero se me hizo demasiado corto. Se levantó agarrándome de la mano y me condujo hasta su dormitorio. Me alegraba saber que aquella noche no iba a dormir en el sofá.

Una vez allí se quitó la parte de arriba de su vestimenta quedándose, tan solo, en ropa interior. Yo supuse que debía hacer lo mismo, por lo tanto decidí seguirle el juego. Y así, casi turnándonos, fuimos quitándonos nuestras prendas el uno al otro hasta quedar semidesnudos. Supongo que ese fue el punto en el que los dos no teníamos ni la menor idea de lo que debíamos hacer. Optó por cogerme los brazos y apoyarlos en la parte inferior de su espalda, ella apoyo los suyos sobre mis hombros. Lo que más me gustaba de abrazarla era que no tenía que inclinar la vista para mirarla a los ojos. Simplemente debíamos apoyar nuestras frentes y establecíamos un perfecto contacto visual. Cuando el frío comenzó a erizarnos la piel supimos que era el momento de compartir lecho. Así pues, buscamos confort entre las cálidas sabanas de su cama. Yo estaba apoyado en el cabecero, ella sentada a horcajadas sobre mí. En aquel momento nos perdíamos el uno en los ojos del otro, intentado recordar cada detalle de nuestras retinas. De vez en cuando juntábamos nuestros labios y nos los volvíamos a separar hasta pasado un buen rato. Comenzó a bajar sus manos desde el pecho hasta la parte superior de mi vientre. Debo admitir que aquello me incomodó un poco.

-Todavía no - susurré prediciendo sus intenciones.

- Vale – sonriendo.

Cuando nuestros párpados comenzaron a caer debido al cansancio nos tumbamos con la intención de descansar un poco. Apoyó su cabeza en mi hombro y su brazo sobre mi pecho. Estaba envuelto en una situación un tanto familiar, solo que esta vez tenía claro lo que debía hacer. La abracé. Fue entonces cuando, con tan solo un susurro, me dijo:

-Te perdono…

Por primera vez en mi vida me sentía feliz.

Apesto bastante escribiendo romance sorry xD