Soy consciente de que ha pasado muuuuuuuuuuucho tiempo desde la última vez que decidí actualizar, y lo cierto es tenía pensado subir un capítulo para mediados de de mes pasado, pero cuando finalmente lo terminé no quedé contento con el resultado y lo reescribí completamente. De todos modos, teniendo en cuenta que ya estoy de vacaciones y que tengo más tiempo libre creo que podré publicar material más a menudo (por lo menos lo procuraré xD). Perdonad si he cometido alguna falta de ortografía, la corregiré en cuanto pueda.

PD: Gracias por las reviews y por estar pendientes de la historia de un humilde servidor ^^

Furia aciaga

Si algo he aprendido siendo la cabeza de turco de una sociedad tan metódica es que una mirada de escepticismo infunde más temor que cualquiera de los filos. Riven era una mujer extremadamente perspicaz, y cualquiera hubiera sacado esa conclusión bajo la abrumadora sensación encontrarse frente a su serenos pero agudos ojos. La verdad, me costaba formular un engaño lo suficientemente ingenioso como para escaparme un par de días de sus brazos, no porque no estuviera acostumbrado a mentir, sino porque me costaba hacerlo teniendo en cuenta lo que le había hecho sufrir a lo largo de nuestro reencuentro. Era menester rescatar un puñado, aunque fuera minúsculo, de la labia de la que fardaba en un pasado e intentar controlar la tonalidad de mis palabras.

-¿Tienes un momento? – pregunté tras golpear suavemente la puerta abierta de su dormitorio.

Debí hacerle sobresaltar, puesto que pegó un pequeño brinco en su asiento. Al parecer, la había pillado escribiendo y tapó súbitamente su proyecto mediante un libro. Seguramente creyó que había disimulado bastante bien lo que sea que había estado haciendo, pero no era mi deber, en ese momento, poner en duda sus habilidades de prestidigitación. Suspiró hondo y contestó levantándose:

-No me des estos sustos.

-No creo llamar a la puerta se pueda definir como un ataque a tu seguridad –irónico.

-Como tú digas, ¿qué querías decirme?

-He de marcharme por unos días, tal vez una semana, depende de lo que dure el viaje.

-Espera, espera – dijo asimilando mi manifiesto- ¿a dónde y por qué?

-Tengo que asistir a un entierro en una aldea cerca de Zaun, Singed me ha mensajeado informándome de que se ha muerto un amigo en común y es mi deber acompañarle.

-Y, ¿quién se supone que es ese amigo en común?

-Un viejo cazador que vivía marginado de su sociedad.

-¿De qué lo conoces? –preguntó junto con esa mirada de escepticismo intrínseca en ella.

-Era un gran amigo de mi padre, trabajaba para el recopilando información de nordeste de Valoran. Cuando Du Couteau me sacó de las calles me mandó un par de años a entrenar con él. Le debo mucho, la verdad.

-Si tanto hizo por ti, ¿cómo es qué nunca me has hablado de él?

Aquella incógnita me dejó en blanco y mi pulso se vio alterado rápidamente. No quería delatar mis intenciones por lo que simplemente dije lo primero que llegó a mi cabeza con tal de evitar el traicionero silencio.

-Mi experiencia con aquel hombre fue un tanto traumática, ¿sabes? Cada vez que cometía un error no dudaba en alzar la mano.

-Entonces, ¿por qué dices que le debes tanto?

-¿Qué puedo decir?, me metió en cintura.

-¿Cuándo partes?

-Dentro de un par de días.

Tras unos segundos de silencio y un par fugaces miradas de desconfianza, la imponente tozudez de Riven se derrumbó, agenciándome, así, de la tan anhelada libertad que llevaba buscando desde hace unos días. Al parecer, la andrómina ya estaba formulada y funcionando, por lo que debía preparar discretamente mi material e idear procedimiento que iba a seguir por los próximos días. A penas necesité un par de minutos para recoger mi equipo y tenerlo todo listo, pues tenía unas ganas inmensas de partir hacia Demacia. Pero no debía precipitarme demasiado, de hecho, necesitaba planificar la lógica de mis movimientos. Me hubiera gustado alquilar un carromato e ir hasta la ciudad de la luz yaciendo cómodamente en la tranquilidad de ser llevado por un tercero, pero, como es evidente, no podía dejar ningún rastro de mi paso por aquella metrópoli. De hecho, mi cabeza no tenía precio sólo en Noxus, sino que también en Demacia, y debo decir, para cebar mi ego más que nada, que la recompensa era bastante más generosa allí a donde me dirigía. Sí, debía andar con pies de plomo, pero si algo había aprendido a hacer durante mis años de asesino, era precisamente a pasar desapercibido entre la multitud. Pensé, probablemente con el objetivo de calamar mi mente, que la discreción no supondría un problema, pero no debía vender la piel del oso antes de cazarlo.


La despedida con Riven no fue como una de esas épicas partidas en las que el héroe, hasta las cejas de testosterona e ignorancia, marcha hacia las lejanas tierras de un paraje sin especificar a lomos de su fiel corcel blanco y bajo la oportuna mirada de un sol poniente. Mientras, su amada, como dicta el pensamiento retrograda del amor pasional, permanecería en palacio tejiendo y añorando el aura de seguridad que le ofrecía su prometido. En aquel momento me di cuenta de que los cuentos con los que instruíamos a los infantes estaban jodidamete idealizados, seguramente con el objetivo de imponer un rol preestablecido a cada género. La verdad, no me apetecía divagar mucho sobre eso, pues debía ahorrar energías para tareas más importantes. ¿Qué puedo decir?, soy un hombre mayoritariamente práctico. El caso es que la despedida fue más bien un conversación de complicidad.

-Es una pena que tengas que marcharte ahora que se ha terminado la temporada.

-Más me apena a mí, créeme – dije besando su mejilla e incorporándome- Pero tranquila, estaré de vuelta en seguida.

-Eso espero…

-Y si no, puedes buscarte a algún ricachón de buen ver que te lleve de vacaciones a Aguas Estancadas y te de caviar para desayunar –susurré satírico a su oído.

-Valiente imbécil… –afirmó susurrando de vuelta junto con una sonrisa.

Me abrazó. Fue un momento muy íntimo, puede que algo meloso, pero no podía quejarme.

-Bueno, – dije abriendo la puerta- hasta otra.

Asintió sin pronunciar palabra.

Cuando apenas di dos pasos, su inoportuna voz hizo que me detuviera momentáneamente.

-Los dos sabemos que no vas a Zaun.

Me giré y junto con una sonrisa de complicidad elevé los hombros alzando, a su vez, las palmas de mis manos.

-Ten cuidado –dijo.

-Siempre.

-¿A dónde diriges tus pasos, Talon?

-Francamente, querida, no lo sé.

Y tras aquella sentencia, referencia de una célebre obra literaria a la que, a tí, querido lector, te recomiendo, me marché dando la espalda a la única mujer de la tierra que no me hubiera dejado escapar sin más, Riven.


El terreno fangoso de aquel tétrico pantano junto con la densa niebla que la luna llena y mi faro de aceite parecían amenizar, aparentaba un escenario sacado de las novelas de terror a las que estuve adicto durante una efímera temporada. Solo el quejido de los cuervos o el prudente ululato de algún noctámbulo búho perpetuaban el silencio de aquella lluviosa noche de viaje. El óbice que suponía cruzar hectáreas de bosque intentando avanzar entre aguas lodosas no me animaba en absoluto. La precariedad de mi situación se debía principalmente a que no podía alquilar un caballo o cualquier otro medio de transporte solitario en el pueblo que rodeaba la liga. Lo más probable es que los mercaderes llevaran una lista de clientes y, en caso de que me atraparan, una simple firma podía ser el camino a mi ejecución. Cualquier ser humano medianamente cuerdo pensaría que soy un demente, pero conocía bien la praxis de los vendedores y toda autoridad podía hacerles hablar mediante una generosa cantidad de dinero, o en su defecto, de palizas. El caso es que ansiaba por encima de todo llegar de una vez a las puertas del pueblo más cercano que divisaba en mi mojado mapa y encontrar en la potencia de algún módico caballo la velocidad que mis raquíticas piernas no podían ofrecerme. Pero, mientras estaba embarcado en mi épica epopeya de lo absurdo, un indiscreto sonido hizo que me estremeciera ligeramente. Alumbré mi alrededor con el fin de dar con la mala bestia que había creado aquel inquietante sonido. No hubo respuesta ni por parte de la fauna de por parte de la lógica, por lo que supuse que aquella desquiciada alteración había sido fruto de los delirios de mi extenuación. Aun así, no retomé el camino de la misma manera en la que lo había comenzado. Tenía la sensación de que alguna figura oculta tras las sombras observaba mis pasos, puede que con el fin de saciar su curiosidad o puede de que con el fin de saciar su apetito, quién sabe. Azotado por el desazón, ideé un plan para saber si de verdad alguien o algo estaba siguiéndome. Caminé hasta alcanzar una zona de vegetación más densa, donde los arbustos y la hierba alta rozaban mis rodillas alzando inquietantes susurros en el silencio del bosque. Cedí mi paso súbitamente y dejé de emitir ruidos de entre los recovecos que los gigantes de madera dejaban en el suelo, pero el sonido continuó durante unos instantes tras mis espaldas. Apagué el farol que portaba y, aprovechando la poca visibilidad que aquel paisaje ofrecía, me hice uno con las sombras haciendo uso de mi habilidad de invisibilidad. Investigué con extrema precaución la zona en la cual sospeché que se hallaba mi perseguidor, y cuando por fin di con él, pude notar como mi corazón pegó un enorme brinco. Mi acechante predilecto no era otro que Yasuo, el cual observaba confuso el rincón de entre la hierba en el que había desaparecido. Fue entonces cuando desenvainé velozmente su katana, para reaparecer tras una estela de humo y apoyar su propio filo en su cuello.

-Tengo motivos para hacerlo –amenacé.

-Te aseguro que no – dijo elevando ligeramente los brazos- Talon, cálmate y te lo expl…

-Resulta curioso que me pidas eso cuando has estado observando cada uno de mis pasos, ¿por qué me sigues? – interrumpí.

-Escucha, no pensaba hacerte daño tan sólo estaba siguiéndote, nada más.

-¿Y por qué motivo? Debe de ser algo de suma relevancia si no podías permitirte el lujo de que te viera.

-Baja el arma, Talon – exigió- No te estoy pidiendo que me la des, tan solo bájala.

-Está bien, pero te conviene explicarte.

-Cuando me enteré de que te ibas a ir quería confirmar mis sospechas, y, a juzgar por la ruta que estás tomando, tú también tienes quehaceres en Demacia, ¿verdad?

-Puede.

-Hace unos de días, Riven me contó que te habías marchado sin especificar tu destino. Me dijo que andabas tras la pista de Du Couteau y que andabas recopilando información. A su parecer te dirigías a Demacia para atar cabos que, la verdad ignoro completamente, y me interesaba hablar contigo antes de que pusieras un pie ella.

-No recuerdo haberle mencionado nada de eso.

-Yo solo narro lo que me dijo ella.

-¿Me has estado siguiendo los dos días que llevo de viaje?

-Sí, en cuanto Riven me lo dijo aguardé en frente de tu casa hasta que te vi parir y una vez saliste decidí seguirte.

-¿Y no hubiera sido mejor acompañarme desde un principio? Así tendría algo de conversación…

-El caso es que quería confirmar tu marcha hasta Demacia antes de hablar contigo. Digamos que si me fuera de la lengua podría desatar una serie de consecuencias poco… oportunas para mis intereses y los de mi gente.

-Vamos a ver…- dije poniendo los brazos en jarras y mirando al suelo- ¿me estás diciendo que has estudiando todos mis pasos y has estado sacándole información a Riven para llegar a la paranoica conclusión de que, siendo enemigo público fuera de Noxus, quiero adentrarme a la ciudad más poderosa de toda Runarterra?

-Diciéndolo así suena un tanto dramático, pero sí.

-Joder… - comencé a dar vueltas en círculos intentando digerir mi situación- Primero el hijo de puta de mi padrastro anda detrás de mí, ahora tú y tu "gente" empezáis a analizar mis movimientos, ¿qué será lo siguiente? ¿Busca y captura activo para mi cabeza en todo Valoran?

-Talon, no haces amigos precisamente – dijo irónico.

Suspiré de nuevo.

-¿Desde cuándo me seguís la pista?

-De hecho sabía andabas detrás de Du Couteau desde hace un tiempo, bastante antes de que Riven me lo confirmara.

-¿Y eso?

-Joder, Talon era más que evidente. Estabas desaparecido de la faz de la tierra y de repente te conviertes en persona pública para poder investigar a tus anchas sin que nadie te diga nada. Además, mis fuentes afirman que has estado hablando con personajes casi directamente relacionados con tu padrastro.

-Tú y tu puta pandilla…¿Quién se supone que sois?

-Ahí es precisamente a donde quiero llegar amigo mío. Cuando confirmé mis sospechas y me enteré de que estabas siguiendo una ruta de investigación semejante a la nuestra, supuse que querías unirte a nuestra causa. Además, a juzgar por la ruta que estás siguiendo está claro que te diriges a la ciudad de la luz.

-¿Vuestra causa? – no entendía nada, cuantas más palabras pronunciaba más confuso me sentía.

-Escucha, Talon – dijo tomando la actitud seria ya intrínseca en él- lo que voy a contarte a continuación debe quedar entre tú y yo y nadie más.

-Soy ex asesino, estoy acostumbrado… dispara.

-Está bien- asintió - Vamos a ver… ¿cuánta gente conoces que quiere ver muerto a Du Couteau?

-Allí hacia donde voy todo el mundo y en Noxus muchísima más gente de la que cualquier cargo político podría sospechar.

-Bien, por lo tanto, ¿no crees que resulta lógico que haya grupos que actúen encubiertos con el fin de maquinar contra él?

-Supongo que sí.

-Supones bien. Entonces, siendo consciente de que siento aberración por la figura de tu padrastro es lógico que pertenezca a uno de estos grupos, ¿no es así?

-Teniendo en cuenta de que movilizó todo un ejército contra tu tierra, sí, es bastante plausible.

-Vale, ahora me pregunto: ¿cuándo he mencionado el nombre de uno de estos movimientos que connotación has sacad…

-Yasuo, no me chupo el dedo – interrumpí cortante- nos podíamos haber ahorrado toda esta conversación. Has hablado con la que crees que es la persona adecuada por lo que probablemente sean unas irremediables ansias de venganza y es por ello que ahora me has a proponer unirme a tu grupo conspiranoico para escurrir el bulto de tu indiscreción y no quedar como un auténtico patán ante tus superiores. Corrígeme si me equivoco.

-Ni un solo error en tu teoría.

-Pues amigo mío – dije ofreciendo mi mano, la cual aceptó gustosa- tus ansias de acabar con su vida son una minucia en comparación a las mías.

-Me alegra saber que por fin coincidimos en algo – dijo esbozando una sonrisa.


Gracias a la simple comodidad de tener un fuego al que arrimarnos la noche transcurrió de una manera más amena. Iba siendo hora de cenar y, reacio a lo que mi nuevo compañero pudiera ofrecerme, decidí hacer uso de mis propios recursos. Saqué de mi mochila una lata de lo que parecían una especie de legumbres y le hice un par de agujeros con mi navaja. Acto seguido arrojé el recipiente a las llamas y esperé a que mi manjar procesado por la modesta explotación industrial de algún rincón de Piltover estuviera listo para degustar. A decir verdad nunca había sido demasiado tiquismiquis con la comida, pero no me hacía especial ilusión ingerir una substancia tan insípida como lo era aquella masa. Cuando mi cena se hubo calentado me resigné por fin al sabor más mundano que mi paladar pudiera degustar y comencé la ardua tarea de vaciar aquella lata de legumbres.

-Es evidente que no ibas a Demacia a hacer turismo…– formuló mi nuevo compañero- Si no es muy indiscreto preguntar, ¿qué se supone que debes hacer allí?

-Es confidencial –dije haciendo referencia al secretismo del que Yasuo había hecho uso hace un rato.

-Entiendo.

Solo se oían el continuo golpeteo de mi cuchara contra las paredes de la lata y el débil crepitar de la madera ardiendo.

-¿Puedo preguntarte algo personal?- formulé.

-No veo porque no.

-No estás con Ashe por amor, ¿verdad?

-Me parece que ese tema no te concierne.

-Pues me lo acabas de confirmar, campeón.

-¿Cómo puedes sacar esa conclusión tan descabellada?

-Es evidente, necesitabas una tapadera para hablar con Riven sin que le resulte sospechosos y que mejor disfraz que un falso romance con una de sus amigas.

-Luego el paranoico soy yo…

Silencio.

-¿Sabes?- preguntó- Riven y yo antes éramos pareja.

-¿Ah sí? Irónico… – dije casi riendo.

-¿Por qué dices eso? – preguntó junto con un gesto de enfado que había previsto mucho antes de que acabase mis palabras.

-¿Por qué iba a ser?

-Vamos genio, sorpréndeme con tu labia.

-Yasuo el espadachín deshonrado- dije parodiando un tono de solemnidad- se enamora, para el regocijo de la ironía, de aquella persona que, en su momento le condeno, a llevar sus espaladas la carga de su incompetencia.

-Pedante... – me insultó.

-Bastante – dije sonriendo.

-El pasado pasado está., cuando ella asesinó a mi maestro tan solo estaba cumpliendo órdenes.

Al parecer no se lo tomó muy bien, pero no manifestó demasiado su enfado, al menos no tanto como me hubiera imaginado en un principio.

-No me mires así- le dije esbozando una leve sonrisa.

-Es igual…

Se instauraron unos segundos de tenso silencio los cuales decidí romper.

-Solo digo que me parece un tanto irónico que desarrolles amor por la persona que te quitó tu honor –adquiriendo un tono más serio.

-¿Y no resulta más gracioso que una mujer se enamore del que le quitó la posibilidad de tener un hijo?

Aquellas palabras me entristecieron hasta tal punto que por un momento creí que mis ojos iban a derramar fugaces aflicciones.

-Sí...- dije entrsitecido y arrojando al fuego los restos de mi cena- es desternillante.


La siempre admirada ciudad de la luz no era, ni por asomo, semejante a cómo los extranjeros la imaginábamos, no, por lo menos, a los ojos de alguien que ha visto mucha calle y demasiada conspiración. Sí, no voy a negar que las calles estaban limpias como ellas mismas, carentes de los restos putrefactos de cualquier alimento ya consumido o del cuerpo casi muerto de cualquier mendigo estándar. Y lo cierto es que a aquella monarquía le interesaba que las calles estaran así, resplandeciendo la luz del patriotismo y la justicia, puesto que un pueblo feliz e ignorante es mucho más fácil de manipular, sobre todo porque las revoluciones no tienen cabida. Los intelectuales y políticos demacianos clamaban con todas sus fuerzas, siendo una mera parodia de la voz de la justicia, que la dictadura noxiana era el mayor de los crímenes cometidos contra los derechos humanos, pero esto último resulta bastante hipócrita teniendo en cuenta de que ellos ejercían un mandato aún más retorcido, la praxis de la manipulación medática y el despotismo. La verdad, toda aquella corrupción encubierta me mataba por dentro, pero me herían aún más los los risueños rostros de los inocentes niños que correteaban por la plaza mayor.

Dejando de lado todas aquellas reflexiones de carácter político, era de vital importancia encontrar información práctica en las calles de aquella ciudad, y lo cierto es que sabía perfectamente donde encontrarla. Dirigí mis pasos hasta una antro de mala muerte que orbitaba por la periferia de aquella ciudad podrida por dentro. En cuanto traspasé el umbral del tugurio supe que había entrado en una pequeña porción de Noxus, era como si estuviera de visita en una embajada de mi ciudad de origen. Colgados de la pared y del techo podían verse símbolos y armamento en desuso de origen Noxiano, los cuales probablemente fueran ilegales por aquella zona. De todos modos no creo que aquel local corriera peligro de cierre ya que ningún demaciano en su sano juicio traspasaría las cuatro paredes que me rodeaban. El humo ligeramente grisáceo que envolvía el ambiente apenas me dejaba reconocer los rostros de los allí nativos, pero supe que no debía preocuparme cuando oí las primeras palabras del jefe tras la barra.

-Cabronazo – dijo el humilde hostelero cambiando su gesto de asombro a un sincero reflejo de alegría- ¿Dónde coño has estado todo este tiempo? Te daba por muerto…

Pude apreciar su característico olor a tabaco cuando vino a darme un abrazo. Sus entradas le acusaban de tener un serio problema de alopecia y parecía que la falta de pelea había creado en él un ligero sobrepeso, pero aun así, no estaba del todo cambiado.

-Yo también me alegro de verte.

-¡Atención todos! –exclamó llamando la atención de los pocos clientes que parecían disfrutar de su estancia allí- Este de aquí, bastardos insolentes, es Talon, un asesino que luchó conmigo en el tercer desembarco de Jonia. El mamón aquí presente se cargó solo a setenta y dos perros orientales.

A decir verdad no entusiasmaba la compañía de mis enemigos en el campo de batalla, pero no creo hubiera razón alguna para compararlos con un animal con tal descaro. Tampoco me enorgullecía recordar el número de bajas a mi nombre, pero no debía parecer afligido ante mis supuestos camaradas. Reacio a cualquier tipo de miramiento prosiguió su discurso con un tuno de orgullo ajeno. De hecho casi parecía que estaba a cargo de una subasta y que yo era su bien a vender.

-Pero no sólo eso –dijo solemne- si no fuera por él lo más probable es que yo no estuviera aquí ahora mismo. Cuando me volaron la pierna fue el único que mostró un poco de compasión de entre todos aquellos soldados insufribles.

-Relájate viejo, parece que me quieras vender.

-En tal caso me sacaría una buena fortuna – dijo riendo.

Cuando hubo terminado su discurso me acompaño hasta la barra con el andar torpe de su prótesis metálica y me invitó a sentarme.

-Bueno, ¿qué te trae por aquí?

-Necesito respuestas y creo que tú puedes proporcionármelas.

-Me figuraba que no habías venido hasta aquí a hacer turismo. Intentaré responder a lo que pueda pero antes…- dijo sirviendo una bebida alcohólica en dos pequeños vasitos de cristal- un brindis por los viejos tiempos.

-La verdad es que ahora mismo no me apetece mucho beber.

-No hay trago no hay respuestas.

Suspiré.

-Está bien.

Alzamos los dos recipientes.

-¿Por Noxus?

-Por la sangre de los inocentes.

-Como quieras.

Dicho esto chocamos nuestras bebidas y bebimos aquel trago.

Lo primero que sentí fue un intenso ardor en el estómago y posteriormente unas irremediables ganas de toser. Se regocijó jocoso al ver mi reacción.

-Todavía tienes que tomar bastantes más de estos.

-Si tú lo dices…

-¿Qué era lo que querías preguntarme?

-¿Sabes dónde puedo encontrar a Quinn?

-Apuntas muy alto, ¿no crees?

-Puede, pero eso no te concierne. ¿Conoces su paradero sí o no?

-Yo no puedo ayudarte, pero aquella señorita de allí lo hará gustosa- dijo señalando a una mujer sentada a una esquina del bar. Dicho esto la mujer elevó la mano y me saludo desde su silla.

-Gracias, ¿cuánto por la copa?

-Escapa- me ordenó.

Caminé hasta mi siguiente interlocutor y una vez allí deje mi cuerpo caer en la inesperada comodidad que aquella silla de madera me ofrecía. La chica, de piel morena y pelo azabache, apoyo su cabeza sobra su puño.

-No hay muchos noxianos por aquí, ¿sabes?

-Me lo había figurado- respondí.

-¿Y bien?, dudo que te hayas sentado aquí para cortejarme.

-¿Por qué no? Tengo motivos para hacerlo. – la elocuencia que había perfeccionado durante mis años de oro me había dotado de una notable habilidad de persuasión, por lo tanto tan solo debía ganarme su confianza.

-Vas a hacer que me ruborice - dijo irónica.

-La verdad es que necesito encontrar a cierta persona y me han dicho que puedes ayudarme.

-Bueno, eso depende…¿De quién se trata?

-Quinn, ¿la conoces?

-De sobra.

Dicho esto se quedó callada junto con una sonrisa un tanto pícara.

-¿Y?

-¿Qué?

-¿Me vas a decir dónde está?

-Podría decírtelo, pero ¿no crees que sería injusto que te diera información sin recibir nada a cambio?

-Eso tiene fácil arreglo. ¿Qué puedo ofrecerte? ¿Dinero?

-Me sobra el dinero, tal vez puedas darme otra cosa- dijo acariciando mi pierna con su pie debajo de la mesa.

-Dudo que pueda darte algo más –dije copiando su sonrisa.

-¿Y eso?

-Digamos que no tengo experiencia con la que satisfacer tu demanda.

-Bueno, siempre hay una primera vez para todo ¿no? Yo estaría encantada con poder instruirte en este tipo de mercado.

-Entonces a mi deuda contigo sería mucho mayor, ¿no crees?

-Podría perdonártela si te portas bien.

-Lo siento pero mi libido le pertenece a otra persona.

- Una pena, me quedaré con el oro.

Y así, tras un momentáneo convenio, la mujer me guió hasta la casa de aquella persona non grata. Lo cierto es que las callejuelas de Demacia no se diferenciaban mucho de las de mi ciudad natal, de hecho, los pocos mendigos que conseguía burlar la guarda real se refugiaban entre la inmundicia de sus improvisadas madrigueras. Pero, en aquel momento no me interesaba examinar la fauna urbana de aquel paisaje tan dualista, tan solo debía llevar al distrito aristocrático y una vez allí intentar pasar desapercibido entre los nobles y burgueses de ego desbocado. Copiaba con exactitud los pasos de mi anónima y efímera camarada, básicamente porque hubiera sido un suicidio deambular al azar encima de aquel adoquín. De vez en cuando nos deteníamos para evitar las vagas miradas de los guardias, que, a decir verdad, no parecían mostrar demasiado interés en defender la noble patria que sus antecesoras habían fundado. Nos hallábamos caminando por un callejón considerablemente estrechó cuando la fémina decidió romper el tenso silencio que la noctívaga luna parecía imponer a los desgraciados que osaran a entrometerse en asuntos ajenos.

-Todavía no me has dicho tu nombre – dijo, casi como si hubiera cometido un fatal desacierto.

-No tengo motivos para decírtelo.

-Pero me pica la curiosidad, ¿acaso es algo malo?

-Para nada, pero teniendo en cuenta que nos separaremos en unos instantes y que no nos volveremos nunca más, no merece la pena.

-Entonces me quedaría con esa duda para siempre.

-Lo siento, pero no te compro ese argumento. Además, si por casualidad nos capturaran sería mejor conservar nuestro mutuo anonimato.

-Las probabilidades de que nos capturen son casi nulas.

Suspiré.

-Sabes quién soy perfectamente.

-Siento minar tu autoestima, pero no te conozco. Sino ¿por qué te iba a preguntar?

-Se podría decir que soy persona pública, de hecho, podría definirme bien objeto de dominio público.

Respondió a mi afirmación con una mirada de escepticismo.

-La Liga de Leyendas- dije suponiendo que lo sobreentendería.

-No estoy muy metida en esos temas. Lo cierto es siendo de fuera apenas puedes comunicarte con las gentes de este lugar.

-¿Te estás dado cuenta de lo terriblemente absurda que es esta conversación? – dije intentando cortar el diálogo.

-¿Te estás dando cuenta de lo insufrible que eres?, no sé cómo puede soportante quien quiera que bese esa navaja afilada que tienes por lengua.

-¿Falta mucho? – pregunté haciendo caso omiso.

-No, de hecho esta allí mismo – afirmo señalado una suntuosa casa que hacía esquina a pocas calles de nuestra posición. La fachada, decorada con motivos áureos y celestes típicos de Demacia, dejaba al descubierto dos grandes águilas doradas que mostraban agresivas sus potentes garras y su imponente pico. La verdad, no entendía mucho de decoración urbana, pero me agradaban más las estáticas gárgolas que proliferaban por los tejados de Noxus.

-Bueno, creo que hasta aquí hemos llegado – dije ofreciendo mi mano.

-Suerte, no quiero que tu cara sea protagonista en las esquelas de los periódicos.

-Descuida.

Tras este breve intercambio de palabras nos dirigimos cada uno por nuestro lado, probablemente compartiendo la esperanza de no volver encontrarnos en lo que nos quedaba de existencia.

Ya había ideado un plan para enfrentarme al desafío que suponía colarme en aquella casa. Nada me garantizaba que Quinn estuviera allí, pero era la única opción que tenía, y además, no podía echarme atrás tras haber pateado medio Valoran. Necesité unos momentos para estudiar la lógica del edificio e imaginar su estructura interior, puesto que el mínimo error podía reducir aún más mi efímera esperanza de vida, probablemente a un par de días. La teoría era clara, simplemente tenía que entrar por una de las ventanas superiores y una vez allí explorar sigilosamente la vivienda hasta dar con ella. Pero, la praxis resultaba remotamente más difícil y resultaba costoso aprovechar el momento el que ningún guardia rondase por allí. Por suerte, aquella zona no era muy transitada por los representantes de la justicia, así que no tuve que esperar mucho tiempo. Comencé a escalar sobre la fachada de forma que no emitiese absolutamente ningún ruido. Lo cierto es que no fue una ardua tarea, ya que ya estaba acostumbrado a llevar a cabo aquel tipo de incursiones. Una vez a la altura del piso superior observé por las ventanas de este. Como era lógico todas las luces estaban apagadas, por lo que supuse que mi enemistad predilecta estaría durmiendo. No era prudente entrar directamente a la que creía su habitación, básicamente porque el ruido que pudiera hacer al abrir la ventana podría despertarla. Es por eso que decidí adentrarme en aquella residencia por el ventanal que daba al pasillo. Una vez dentro examiné mi entorno. Ajeno al tipo de decoración que pudiera tener intente localizar la puerta a su dormitorio. Decidí no arriesgarme a bajar las escaleras, ya que el crujir de estas casi siempre resulta indiscreto en lo que a sigilo se refiere. Así pues, abrí la puerta intentando hacer el menor ruido posible. Cuando entre me invadió una sensación de confusión, ya que la poca luz que la luna arrojaba entre esas cuatro paredes mostraba una cama vacía. De repente, y sin previo aviso se prendió la luz y, antes de que pudiera siquiera reaccionar, noté que la característica estructura de un cañón de pistola se hundía levemente en mi espalda. Acto seguido, la grave voz de un varón rompió el sobrecogedor silencio al que estuve sometido durante una décima de segundo.

-Ni te muevas – ordenó violento.

-Eh, tranquilo- dije intentando parecer sereno- no hagas nada de lo que puedas arrepentirte.

-Talon Du Couteau, tengo órdenes de arrestarte y llevarte ante la justicia. Si te entregas de forma pacífica tu seguridad y manutención estará garantizadas hasta establecer sentencia.

-¿Te has aprendido solito ese discurso para quedar bien ante Noxus o se lo dices a todos malechores de poca monta como yo?

-¿Debo suponer que te entregarás sin mostrar resistencia?

-Eso resulta extremadamente tentador, y aún más si me lo propones a punta de pistola.

-Entonces no perdamos más tiempo.

Y así, esposado como un vil lacayo de segunda aquel entrometido guardia me llevó, entré juramentos y empujones, a las cárceles de la sede principal de aquella ciudad. Durante el trayecto pregunté numerosas veces acerca del origen de aquella situación tan rocambolesca, pero mis ansias de respuestas se volvieron aún más predominantes cuando tan solo recibí el silencio como respuesta. En un desesperado intento de intentar escapar de las garras de la diplomacia, hice uso de mi elocuencia e intenté sobornarlo durante el trayecto, pero mis esfuerzos no dieron más que con la frustración, no porque aquel malnacido acorazado permaneciera fiel a su patria, sino porque ni todo el oro del mundo podía comprar la satisfacción de ver la decapitada cabeza de un noxiano de mi talla. La verdad, lo encontré extrañamente comprensible.


Consternado como nunca, me hallaba sentado al borde de una cama que probablemente fuera propiedad privada de todo tipo de insectos. Cabizbajo, y con los antebrazos apoyados en las piernas, intentaba idear alguna artimaña con la que escapar. Las infectas paredes, que dejaban al descubierto ingentes cantidades de ladrillo, estaba teñidas de tonos oscuros debido a la implacable humedad y al inevitable paso del tiempo, corrompiendo la esperanza a todo reo que corriera la suerte de acabar allí. Si aquel era el hospedaje de las figuras bélicas de sobrenombre, no quería ni siquiera imaginar el fatídico destino al que me hubiera tenido que enfrentar si hubiera sido un miembro más del burgo Noxianos. Me preguntaba una y otra vez quién había podido ser el perro traidor que se había ido de la lengua. Por mi mente pasaron todo tipo de rostros, desde los pocos amigos que tenía hasta el más aislado de los conocidos. Una y otra vez arremetía contra mi memoria y contra mi lógica como si de un judas se tratase. Pero, cuando más frustrado me hallaba, cuando creía que nunca daría con el perfil de mi discreto asesino, posé mi mano sobre mi bolsillo derecho y la verdad vino a mi como una revelación divina, pues dí con el veneno con el que Du Couteau quiso matarme. Singed. Las únicas personas que conocían mis propósitos eran Riven, Yasuo y Singed. Era absurdo y a la vez evidente que no podía meter a Riven en ese grupo, ya que no tenía ningún motivo por el que querer mi muerte. Yasuo, en cambio, tenía razones de sobra, pero resultaba físicamente imposible que pudiera recorrer tanta distancia en tan poco tiempo. Además él sabía que venía a Demacia, pero no que buscaba a Quinn. Todo encajaba, todo estaba claro. Me sentía ligeramente realizado. De todos modos, mi efímera estancia entre esas cuatro paredes no iba a ser un campo de rosas, pues supe inmediatamente que iba a pagar por mi pasado cuando se abrió la puerta de aquella jaula de ponzoña.

-¡Cuánto tiempo! –exclamó Quinn, arrogante.

Tan solo recibió como respuesta una mirada de inquina.

-Por muchos pucheros que hagas no vas a salir de aquí.

-Gracias por la evidencia – irónico.

-Un gusto- respondiendo con el mismo tono.

Si en aquel momento hubiera tenido en mis manos el práctico filo de mi hoja aquella mujer estaría muerta, pero, como es lógico, me habían arrebatado todas mis armas nada más entrar en aquel infierno amurallado.

-¿Cuándo vais a ejecutarme? – pregunté con el fin de mentalizarme para mi inevitable final.

-¿Quién ha dicho nada de ejecutarte?

Dejé escapar una leve risa irónica.

-Mira que sois cabrones ¿eh?

-Si cooperas y nos das la información que queremos no veo por qué no podríamos liberarte.

-¿Y qué clase de información creéis que puedo aportaros?

-Bueno, da la casualidad de que has estado husmeando donde no debes, y, como humanos civilizados que somos, preferimos optar caminos más… prácticos.

-Me sorprende que me ofrezcas semejante oferta teniendo en cuenta nuestro turbulento pasado.

-No hablo yo, hablan los de arriba. De hecho si por mi fuera ya estarías muerto.

-No lo dudo.

-Entonces, ¿cuál es tu respuesta?

-Suena tentador cantar, pero el problema es que sé que me vais a matar igualmente.

Era evidente lo que pretendían hacer, querían que yo cantara para después ejecutarme frente al pueblo. De esa forma mataban dos pájaros de un tiro, obtenían información crucial para sus movimientos y mantenían al pueblo contento.

-Asunto zanjado entonces. Tu ejecución está establecida mañana al amanecer.

-Hasta nunca.

-Yo no cantaría victoria tan deprisa, que no quieras poner en práctica la diplomacia no significa que no podamos sacarte información con métodos menos ortodoxos.

-Vaya, y yo que creía hábeas corpus de esta región era humanitario.

-Sólo cuando conviene – dijo sonriendo- Ahora, levanta quiero jugar contigo un rato antes de que te vayas.

Sin ningún tipo de alternativa, me levanté y seguí sus direcciones hasta llegar a una especie de abrevadero de piedra.

-Arrodíllate y apoya los brazos- me ordenó.

Acto seguido, me inmovilizo sujetándome con unas esposas incrustadas en aquella estructura.

-Última oportunidad, ¿prefieres charlar?

-Tengo la boca demasiado seca como para hablar- dije irónico.

Dicho esto sumergió violentamente mi cabeza entre las estancadas aguas. Desesperado por evitar ahogarme forcejeaba sin cesar las oxidadas cadenas que me separaban de la libertad, pero todos mis esfuerzos resultaban en vano y cuanto más intentaba alzar mi alterada mente más me hundía en la decadencia. Pero, instantes antes de expirar mi último aliento de vida, mi generoso sayón personal tiró de mis cabellos para que pudiera ingerir mi ración habitual de aire. Lo cierto es que parecío disfrutar de aquella especie de jueguecito macabro, no porque la tortura durará horas, sino porque su sonrisa reflejaba una satisfacción impagable.

Cuando se hubo cansado me tuvo que arrastrar hasta la habitación más próxima, ya que el constante e inhumano martirio al que había estado condenado me había abatido física y mentalmente. Pero el sufrimiento que había soportado no se podía comparar a lo que me esperaba tras el secretismo que ofrecían aquellas paredes de adobe y ladrillo. Me ató a una robusta silla inmovilizándome de brazos y piernas, y eliminando de paso toda oportunidad de escape que pudiera aprovechar.

-Mira lo que he encontrado en tu mochila.

No podía ver con claridad, pero mi visión borrosa me permitió divisar mi navaja de afeitar. Mediante el uso de esta partió en dos mis ropajes dejando mi torso indefenso de cualquier tipo de apuñalada.

-Me alegra saber que al menos te dejo bien jodido durante unas semanas…- susurró refiriéndose a las cicatrices que su ave de guerra me había hecho bastante tiempo atrás- Me gustaría examinar estas cicatrices con profundidad.

Dicho esto me ató un mugriento trozo de tela en la boca y comenzó a abrir con su nuevo filo las marcas de mi pasado. La única réplica que podía idear era un ahogado alarido de dolor que parecía quedarse atrapado entre mis dientes.

-¿Quieres decirme algo? – preguntó quitándome el improvisado silenciador.

Lo más probable es que aquella fuera mi última oportunidad e cooperar, pero tan solo recibió un escupitajo en la cara.

Y de esta manera, entremezclando cortes y puñetazos, pasé la que supuse que sería la última tarde de mi vida.


El goteo que desprendía el techo marcaba el ritmo de mi desesperación. Por muy triste que suene, deseaba que mi mártir acabase aunque la expiración fuera mi única salida. Mi verdugo me visitó por última vez antes de que fuera a postrarme en la cama. La verdad, no me molestó, ya que no hubiera conciliado el sueño de ninguna manera.

-Me envían para preguntarte algo – dijo.

-¿Puedo preguntarte algo yo primero?

-Teniendo en cuanta que mañana por la mañana serás comida para los perros, supongo que estas en el derecho de recibir respuestas.

-Du Couteau planeó desde el principio el ataque de Jonia que recibí por tu parte, ¿verdad?

-No se me permite hablar de asuntos de campaña, como puedes suponer.

-Te contrató desde un principio para librarse de mí para que así pudiera salir impune.

Se quedó en silencio.

-Era la tapadera perfecta teniendo en cuenta que eras Demaciana. Él quería que tú me mataras porque no resultaría sospechoso. De hecho, siendo su supuesto hijo todo apuntaba a que él no podía ser mi asesino. Y lo cierto es que los todos salíais ganando. Tú tenías el bolsillo lleno, Demacia ganaría apoyo moral al saber que estaba muerto y Du Couteau se libraría de mí pasando desapercibido. Un plan perfecto de no ser por un fallo, Riven. Al darse cuenta de no pudiste matarme el ansia de sangre pudo con él e intentó matarme haciendo parecer que me había ahogado en mi propia sangre debido a las lesiones, pero allí estaba ella. Cuando llegaron refuerzos no pudo terminar su trabajo y Riven fue desterrada, quedándome en un limbo entre la vida y la muerte. Pero me recuperé y decidí huir. Sabiendo esto, Du Cuteau intentó envenenarme con un veneno que probablemente conozcas. Pero la jugada volvió a fallar y contacto con un viejo amigo mío. O bien amenazó de muerte a Singed o bien le hizo una oferta que no pudo rechazar, consiguiendo así información sobre mi paradero, ya que sabía que me llevaba muy bien con él. Y debo decir que jugó muy bien sus cartas, consiguió que se fuera de la lengua y me tendisteis la trampa más rastrera que pueda existir. Mi más sincera enhorabuena al general de mi parte ya que supongo, para mi lamento, que no tendré oportunidad de volverlo a ver.

-¿Por qué una mente como la tuya elijó la vida de una asesino?

-Todos nacemos determinados.

-Y todos morimos determinados.

-Correcto, algunos antes que otros.

-Una pena.

-¿A que habías venido?

-A ofrecerte tu última cena, ¿qué va a ser?

-Me parece un gesto de soberbia que los cargos jurídicos del estado de Demacia me den a elegir el más caro de los mangares antes de mi ejecución. Yo diría, incluso, que resulta hipócrita.

-¿Quieres que te traiga algo sí o no?

-Lo cierto es que sí. Una botella de vino estaría bien.

-¿Vino? ¿Nada más?

-Si quisiera algo más te lo diría, ¿no crees?

-Está bien, ¿qué clase de vino?

-Confío en tu gusto.

-Me halagas.

Pasados unos minutos Quinn regresó con una botella de vino y un par de copas. La etiqueta del licor delataba la edad de este, ya que estaba tan desgastada que no se podía leer su nombre. No hacía falta ser extremadamente perspicaz para darse cuenta de que aquella ambrosía mundana no era un morapio cualquiera.

-Un gran reserva que ha fermentado en lo más profundo de las bodegas demacianas.

-Veo que aquí no escatimáis en gastos.

-La ocasión lo merece, ¿no crees?

-Teniendo en cuenta de que este será el último trago de una de las dos almas que se encuentran en esta habitación, supongo que sí.

Dicho esto sirvió en silencio el néctar en las transparentes copas y me ofreció una.

-Antes de beber, ¿podrías traerme una foto que tengo en la mochila? Es una instantánea en la que sale Riven.

-Ya veo, resulta que eres todo un romántico.

-¿Qué puedo decir? – dije sonriendo.

Posó las dos copas en la vieja mesilla de noche y salió cruzando el carcomido umbral de la puerta. Agradecí más que nunca aquellos minutos de absoluta soledad, en el que hice alarde, para mí mismo, del pragmatismo intrínseco en mi persona. Al volver lo hizo junto con la foto, la cual me ofreció en cuanto se hubo sentado en una mugrienta silla metálica. Cogí una copa y le ofrecí la restante. Cuando estuvimos servidos me quedé mirando a la bebida y ella, en cambio, alzó ligeramente la suya con afán de hacer un brindis. Me resultaba curioso que aquella fuera la segunda vez que iba a brindar aquel fatídico día.

-¿Un brindis?

-¿En nombre de qué?

-Te daré el gusto de elegir.

-Por la química- exclamé.

-Está bien, por la química.

Y dejamos que nuestras gargantas cataran aquel elixir milenario al que llamamos vino. Tras el primer sorbo el silencio envolvió el ambiente de la angosta sala en una atmósfera de tensión, tan solo intercambiamos miradas de un carácter que no podría describir.

-¿Sabes? – le dije – Siempre he pensado que la muerte es un suceso de lo más irónico.

-¿Y eso por qué?

-La muerte nos libra de una vida llena de dolor y aun así la concebimos como algo… atroz.

-Eso depende del punto de vista de cada persona.

-Y ¿qué piensas tú?

-Bueno, la verdad es que…

No llegó a terminar la frase porque una repentina arcada cortó sus palabras. Se cayó súbitamente de la silla y, estando de rodillas, se llevó las manos al estómago. Tan solo llevaba unos segundos arrodillada, cuando comenzó a vomitar una amalgama de alimentos por digerir y sangre. Sin poder siguiera ponerse en pie dirigió su mirada hacía la mí rostro. Fue entonces cuando saqué de mi bolsillo el frasco vació del veneno con el que Du Couteau quiso envenenarme una vez y se lo mostré junto con una verdadera sonrisa de satisfacción.

-La muerte es de lo más irónica, ¿verdad?

Y tras escuchar la sabiduría de mis palabras dejó caer su inerte cuerpo y desfalleció hundiéndose en su propia decadencia.

La lógica dictó cada uno de mis pasos a partir de aquel momento. Le arrebaté la llave de mi cautiverio y lo convertí en un lecho de muerte improvisado cerrándolo completamente. Después me dirigí hasta el puesto de vigía para recuperar mis pertenencias, consiguiendo así un plano de aquellas mazmorras de mala muerte. Recorrí los pasillos hasta llegar al conducto de las cloacas. Una vez allí me sumergí entre las putrefactas aguas y comencé a nadar en dirección a la corriente, apareciendo, al de un rato, en un aislado borde de la amurallada ciudad.

Y así, cubierto por una pútrida capa de heces y descomposición, juré venganza bajo la efímera luz que los truenos nocturnos reflejaban en mi sangriento rostro.