Bueno, pues aquí os traigo otro capítulo de este fic, gracias por el apoyo y las reviews :D
Si he cometido algún error ortográfico lo corregiré en cuanto pueda.
La Sombra de la Espada
La infecta y retorcida Noxus se veían irónicamente embellecida por la lluvia ocre que ocaso dejaba caer sobre las inmundas calles de adoquín. Las paredes, pigmentadas con un fulgurante color escarlata, se habían transformado en vistosos lienzos en las que las sombras de los transeúntes se quedaban plasmadas, sembrando un intenso sentimiento de melancolía en cada una de las almas que poblaban aquella ciudad. Por aquella época acostumbraba a acechar desde las alturas sentado en la desgastada gárgola que la fachada del palacio real ofrecía a los perspicaces vigilas como yo. Resguardado en mi atalaya de caza personal, examinaba cada uno de los viandantes con el fin de encontrar a algún personaje interesante que le pudiera ser de utilidad al gobierno de Noxus. Efectivamente, con el afán de evitar residir en las hostiles calles que se alzaban a mis pies, trabajaba como asesino a cambio de que Du Couteau me diera un techo en que resguardarme y un plato del que comer. Al contrario de lo que la mayoría de las personas tienden a pensar, el oficio de un asesino no se limita a degollar sin piedad a cambio de unas pocas monedas de oro. Lo cierto es que mis tareas diarias eran de lo más variadas, y, además, el gobierno de Noxus solía darme bastante independencia a la hora de llevar a cabo las maniobras. Dependiendo de los anhelos de mis superiores, podía o bien estar atrapando rumores por las calles comerciales de la ciudad, o bien dedicándome a detener a violadores y criminales de poca monta. De vez en cuando, solían asignarme un objetivo al que darle caza, normalmente eran espías provenientes de ciudades enemigas o alborotadores que pudieran poner en peligro la integridad del gobierno al que servía. Mi emboscadas siempre eran exitosas, no porque hubiera entrenado toda mi vida en los campos de combate del ejercito noxiano, sino porque conocía cada recoveco de aquella lúgubre ciudad y las técnicas para combatir su inmundicia. No voy a mentir, por aquellos tiempos, antes de que abriera los ojos en las playas de Jonia, disfrutaba con mi trabajo. Adoraba recorrer los tejados bajo la tenue luz de la luna y abrazar las sobras que la madre noche arrojaba sobre los noctámbulos callejones. Me sentía vivo al perseguir a los criminales que debía meter entre rejas o al apuñalar a mis objetivos entre el ajetreo que el gentío producía en la hora punta. Pero todos aquellos placeres resultaban minucias al compararlos con el logro de haberme labrado un título en aquella ciudad. Talon era un nombre más en la inmensidad del burgo, pero cuando los ciudadanos divisaban a un ágil encapuchado saltar de tejado en tejado, sabía que estaban frente a La Sombra de la Espada. Para mi vergüenza, me divertía cegado por mi propia ignorancia.
Cada vez que rememoraba mis paseos noctámbulos por los suburbios de Noxus sufría intensos ataques de nostalgia, pero hubo un día en concreto que se quedó grabado en mi mente. Me encontraba recorriendo el área comercial de la ciudad intentando encontrar información que pudiera ser de cierta utilidad, y lo cierto es que mi ardua caminata resultó ser exitosa. Situado en un pequeño puesto de venta divisé a un mercader proveniente de Jonia, el cual intentaba atraer a más clientes manifestando a gritos la envidiable calidad de sus productos. Sus pintorescos ropajes y los exóticos productos que tenía a la venta delataban el origen de aquel humilde empresario, haciendo que destacara notablemente en aquel mercado. Decidí acercarme como un cliente cualquiera, es decir, ojeando los artículos como si realmente mostrase algún tipo de interés en ellos. En cuanto se percató de mi presencia corrió a darme la bienvenida.
-Buenos días señor- su acento le delataba- si necesita algo no dude en llamarme.
-Claro- respondí.
Si quería obtener información útil sobre el estado de Jonia debía ganarme su confianza, y él mejor método de ganarse la confianza de un hombre práctico no era otra que hacer uso del instrumento de trueque al que llamamos dinero.
-¿Cuánto por una bolsa de Belladonas?
La belladona es una planta con la que se puede fabricar potentes venenos, y, para mi desgracia, no era muy frecuente por los alrededores de Noxus.
-Tres monedas de cobre- afirmó.
-Deme una, por favor.
Dicho esto, llevamos a cabo nuestra formal transacción.
-Su acento es un tanto peculiar, ¿puedo deducir que es usted de Jonia?
-Muy perspicaz- dijo esbozando una sonrisa.
-¿Y qué tal está todo por allí?, he oído que Jonia es una tierra preciosa.
-Lo es, querido amigo, pero últimamente está pasando por una mala racha.
-¿Cómo es eso?
-Bueno, se podría decir que estamos sufriendo una especie de crisis.
-¿Una crisis?
-Sí, los puertos de Jonia cada vez están más restringidos, por lo que apenas llegan barcos mercantes que no sean locales. Jonia farda en lo que a cultura se refiere, pero, como puede usted suponer, no tenemos de donde sacar hierro y ganado.
-Entiendo.
-Han decidido restringir la vía mercante porque se supone que están ustedes en guerra con Demacia y prefieren permanecer neutrales.
-En cierto modo es compresible.
-A mí me parece una soberana estupidez, al fin y al cabo el negocio es el negocio y yo tengo bocas que alimentar.
-Supongo que desde su punto de vista debe de ser una situación difícil.
-Lo es, la mitad de la población pasa hambre y apenas hay tropas con las que mantener el orden colectivo.
-Espero de verdad que el estado de su tierra mejore.
-Eso espero yo también – afirmó.
-He de irme, buena suerte con el negocio.
-Muchas gracias por su compra- se despidió sonriente.
Mis habilidades de persuasión me habían proporcionado, nuevamente, un tributo que darle a mis superiores, y mi celebración no fue otra que perderme en un ajetreado mar de semejantes.
Los altos techos de la entrada principal del palacio estaban decorados con innumerables estandartes noxianos que mostraban, orgullosos, símbolos y representaciones del gobierno al cual servía, adornando la habitación con ese característico rojo sangre. He de admitir que atravesar las puertas del palacio real impregnaba en mí un falso sentimiento de realización, como si realmente estuviera llevando a cabo una acción cuyas consecuencias favorecieran a un colectivo. Nunca me había propuesto ningún tipo de objetivo a lo largo de mi existencia en Noxus, y si hubiera seguido atravesando aquel portón seguiría siendo la marioneta de carne que Du Couteau podía manipular a su merced. Por aquel entonces no lo sabía, pero vivir bajo el seno de aquel hombre tan solo me traerían fuertes sentimientos de arrepentimiento. Ajetreados oficiales y cargos políticos se desplazaban de un lado a otro ordenando sus papeles e intentando que no se les cayeran de las abarrotadas maletas que portaban, y yo, en cambio, recorría tranquilamente los pasillos con el fin de llegar al lugar donde residía.
Se dice que la decoración de una morada puede reflejar mucho sobre la personalidad de su dueño. Supongo que es cierto, pero siempre me inclinaba a desmentir esta afirmación ya que la estética de mi habitación era tremendamente sobria. Aun así no me podía quejar, ya que sabía de buena fe que cualquier cosa era mejor que resguardarse entre la basura de otro hombre. Mi cálida cama me hacía olvidar las frías noches debajo de los puentes suburbiales y la estantería llena de libros me proporcionaba en conocimiento que no podía adquirir entre la multitud. Sabía perfectamente lo afortunado que era por gozar de todos aquellos privilegios, pero los bienes materiales corrompen la mente de todo ser humano y, por tanto, nunca llegué a valorar de verdad el plato del que comía o la ropa que vestía.
La jornada había sido fructífera, y lo mejor era que no debía escribir ningún tipo de informa que corroborara, pues tan solo debía trasmitirle la información a Du Couteau en la siguiente reunión del consejo bélico. Tras haber cerrado la puerta con pestillo y haberme puesto el pantalón de tela con el que acostumbraba a dormir, me arrojé a la cama yaciendo sin más anhelo que mirar al techo y reposar. Pero mi intento de descanso se vio interrumpido por un par de golpes provenientes del otro lado de la mi puerta. Al principio no mostré interés en levantarme para recibir a mi visita, pero cuando vi que esta insistió no tuve otra opción que resignarme. Maldecí entre dientes y abrí la puerta, encontrándome cara a cara con Katarina. La mujer, sin ni siquiera saludar, atravesó el umbral y se dejó caer sobre mi cama. Bastante molesto, suspiré levemente y decidí permanecer moderado ante la arrogancia de mi hermana.
-¿Qué quieres? – pregunté cortante con el fin de acabar rápido con la conversación.
-Nada – dijo sonriente mientras se incorporaba para acercarse a mí - ¿es qué no puedo pasar el rato con mi hermanito de vez en cuando?
Cada palabra que salía de sus rojizos labios embellecidos por el carmín me sacaba de mis casillas, pero la gota que colmaba el vaso era la manera en la que acostumbraba a llamarme. No mentiré, sentía afecto por ella, pero a menudo me hacía rabiar a posta y parecía disfrutar de ello.
-¿No crees que podríamos pasar el rato mañana?, es tarde y quiero dormir.
-¿Me vas a mandar a la cama? –preguntó fingiendo tristeza.
-Sí, que duermas bien- respondí señalando la puerta.
-Pero no voy a poder dormir, no si no me das un beso de buenas noches.
No podía explicarme lo increíblemente recalcitrante que podía llegar a ser aquella mujer.
-Esto es absurdo… - manifesté mientras me dirigía a abrirle la puerta a mi compañera.
Pero, para mi sorpresa, una mano detuvo mis intenciones agarrándome fuertemente de la muñeca. Katarina me arrastró hacia ella violentamente, acercando su rostro hasta el mío.
-Como si no lo hubieras hecho antes… - susurró suavemente.
-Kata… esto no está bien… - dije intentando evadir sus ojos.
-¿Hay alguna razón para no hacerlo?- preguntó mientras intentaba acercarme con su mano tras mi nuca.
-La razón es más que evidente…
-Venga… – replicó – no compartimos sangre.
Dicho esto intentó juntar sus labios con los míos, pero conseguí evadirlo cuando apenas se rozaron.
Las palabras de Katarnia eran ciertas, pero los años que había pasado en el seno de la familia Du Couteau habían conseguido que me sintiera tremendamente incómodo cuando ella se acercaba a mí de esa manera. Se podría decir que aquella mujer había sido una verdadera hermana para mí, y verla de ese modo se me hacía extraño, puede que incluso ligeramente enfermizo.
-Vas a hacer que llore – bromeó humillándome aún más.
-Si te doy un beso, ¿me dejarás en paz? – pregunté resignándome a sus caprichos.
-Me lo pensaré – contestó arqueando la ceja.
Respondí a su soberbia con un serio gesto de reproche.
-Está bien… - cedió.
-En la mejilla – le advertí.
-Claro.
Anhelando calma en un día que comenzaba a tornarse exageradamente largo, dispuse mis labios con el fin de pegarlos a su pómulo, pero, antes de que pudiera reaccionar, Katarina me agarró por el cuello y me estampó un beso la boca. A penas hizo falta una décima de segundo para que reaccionara alejando su cuerpo de mío. Yo elevé mi brazo para limpiarme la saliva que había dejado en las comisuras de mis labios y ella, en cambio dibujo en su rostro una sonrisa de satisfacción. Siempre acababa cayendo en sus trucos, básicamente porque hablar con féminas no era mi punto fuerte. Suspiré, como si aquello fuera una costumbre inevitable.
-Ya tienes lo que querías, ¿verdad? – bastante moqueado.
-Sí.
-Ahora, vete.
Ajena a cualquier palabra que pudiera pronunciar movió su mano izquierda hasta la altura de mis ojos. Había cruzado los dedos.
-No me voy a ningún sitio- dijo sentándose al borde de mi cama.
-Vete a tu cuarto, por favor – le pedí intentando mantener la calma.
-Pero tengo frío en mi cuarto yo sola –susurró fingiendo la inocencia de la que carecía.
-Pide una mata más gruesa a algún sirviente- respondí ajeno a sus pretensiones.
-Prefiero tu compañía, Talon.
-Por favor Kata, hoy no – rogué esperando a que no intentara engatusarme otra vez.
-Tienes razón, quizá debería pedirle el visto bueno a padre.
Mi única respuesta fue un suspiro.
Y lo había vuelto hacer. No sabía si podría contarle Du Couteau sobre su actitud hacia mí, sobre todo porque ella también sería castigada, pero no podía arriesgarme a que me despachara por la lujuria de su hija.
-¿Tu silencio es un sí?- me preguntó.
No tenía otra opción que callar y someterme a sus deseos.
Antes de que pudiera digerir mi situación, ya estábamos resguardados bajo las sábanas de mi cama. Intentando evadir la realidad del momento me hallaba dándole la espalda y mirando a la pared.
-No podemos seguir haciendo esto.
-No hay nada de malo en ello.
-Eso lo será para ti.
El silencio instauro su mandato en la habitación.
-Tengo frío.
-Una pena.
-¿No vas a hacer nada al respecto?
-Ya he hecho suficiente por hoy.
-Pues si de verdad me apreciaras me ayudarías.
En aquel momento tan solo quería dormir un poco y olvidar momentáneamente todo lo que me había pasado aquel día, por lo que me giré y la abracé desde la cintura. No mentía, estaba helada.
-Gracias- susurró.
Estuvimos un rato así hasta que Katarina me habló.
-Talon… - susurró.
-¿Qué?
-¿Tú me aprecias?
Estoy seguro de que notó como mi corazón se aceleraba. No sabría decir si llegué a amar a Katarina. Pese a su actitud arrogante y a sus aires de soberbia, resultó ser una de las pocas personas que mostró algo de afecto conmigo. De hecho, fue apegándose más a mí a medida que pasábamos tiempo juntos, y llegó un momento en el cual el agradable afecto que ella sentía floreció en un sentimiento de deseo. Mentiría si dijera que me sentía cómodo aquella especie de pseudo-noviazgo, pero no quise arrancar ello de raíz por temor a destrozar a la persona que me había cuidado por tanto tiempo.
-No digas tonterías, claro que te aprecio.
-A veces no lo parece…
-¿Cómo?
-Es que nunca quieres estar conmigo.
-No es que no quiera estar contigo, es que a veces necesito mi espacio.
-No te entiendo.
-Es cuestión de perspectiva, si no te hubieras criado bajo el seno de una familia privilegiada y hubieras tenido que ganarte la vida por la calle, no te abrirías a los demás tan fácilmente.
-Lo siento… - rara vez pedía perdón Katarina.
-Duerme – dije cortante.
Cuando entre a la sala del consejo divisé el panorama que estaba acostumbrado a apreciar todas las semanas. Todavía no había comenzado la reunión, pero cargos militares de envidiable rango discutían unos con otros plasmando en habitación severos rostros e intransigentes discusiones. Se hallaban de pie, discutiendo en grupos asuntos los cuales decidí ignorar. A menudo tendía a examinar al detalle sus uniformes, intentando encontrarle un significado lógico a las medallas que lucían o a los símbolos que descansaban en sus hombros. Ellos, embutidos en solemnes trajes planchados a la perfección, eran los representantes de enormes batallones y potentes máquinas de guerra, y yo, en cambio, vistiendo ropajes manchados por el humo de los suburbios, hablaba en nombre de la inmundicia que proliferaba los barrios bajos. En cierto sentido resultaba curioso que me hallara en aquella sala.
Todavía no había comenzado la reunión, por lo que, en un afán de aliviar la sequedad que la larga noche había sembrado en mi garganta, decidí apoderarme de una taza de lo que aparentaba café y sentarme en mi sitio predilecto. Gozando de una postura relajada, daba pequeños golpecitos con mis dedos sobre la superficie de la mesa, intentando crear un metrónomo improvisado que hiciese más vivaz el ritmo de aquel agrupamiento formal. Cegado por la impaciencia prendí un cigarrillo y le di una calada más larga de lo recomendable, expulando toda la polución que mi cuerpo pudo rechazar. Como dicta la lógica, mis pretensiones de fumar en aquella habitación se vieron hostigadas por varias miradas de desaprobación, pero ya estaba acostumbrado y no pretendía apagar la llama que me apaciguaba.
Pasados unos instantes Du Couteau atravesó el umbral de la puerta y todos los presentes se sentaron instintivamente en sus asientos designados. Observé uno a uno los rostros de los participantes como si quisiera encontrarme con alguna cara desconocida que dotara de un poco de misterio aquel cargante debate. Katarina se hallaba frente a mí, y mi padre, como manda la costumbre militar, encabezando la asamblea a un extremo de la larga mesa. Pero, cuando había dado por perdida mi búsqueda de variedad en aquella homogénea reunión, mis ojos dieron con el rostro de una desconocida. Era la mujer de pelo plateado y tez morena que conseguiría cambiar mi forma de ver la existencia, pero, en aquel momento, no lo sabía. Su mirada, serena e inteligente, estaba concentrada en el cuaderno en el cual estaba escribiendo. Antes de que pudiera reaccionar, detuvo el movimiento de su pluma y me observó de reojo. Indeciso por la reacción que debía tener, hice lo primero que se me vio a la cabeza y sonreí tímidamente. La mujer arqueó ligeramente las cejas y me respondió de igual manera. Pero no pude seguir con aquel juego de miradas por mucho tiempo ya que fui interrumpido por la inoportuna voz de Katarina.
-¿Qué te llama tanto la atención?- preguntó junto con una irritante voz lasciva.
Sus ojos esmeraldas me observaban penetrantes mientras apoyaba la barbilla en su mano. Hiciera lo que hiciese mis deseos siempre resultaban frustrados por el incordio de sus palabras.
-Jódete – exclamé observando las ondas que mi taza de café producían.
-Es guapa – susurró - pero no te veo con ella.
Le lancé una mirada de reproche.
-¿Qué? – preguntó defendiéndose- no puedo dejar que mi hermano hable con desconocidos, no sería responsable por mi parte.
-No me parece ni el momento ni el lugar para discutir sobre tus responsabilidades.
Antes de que pudiera responderme, la voz del general Du Couteau irrumpió en la sala.
-Doy por iniciada la reunión semanal del consejo de Noxus, el motivo que se nos encomienda tratar es la ofensiva hacia Jonia. Comenzaremos repasando la estrategia ideada hasta ahora y tras el aporte de información reciente, daremos paso a las sugerencias estratégicas.
Una vez llevado a cabo el preludio de aquella pesada charla, Du Couteau comenzó a hablar. Mientras pronunciaba sus palabras observaba cada uno de nuestros rostros.
-Como ustedes saben, la ofensiva hacia Jonia se llevará a cabo vía náutica, por lo que soldados de todos los rangos serán designados para combatir al ejercito Joniano una vez llegados a tierra, sin excepciones. Si el ritmo de nuestros astilleros continua así tan solo tendremos espacio para embarcar un tercio del ejercito disponibl... – interrumpió bruscamente su discurso y dirigió su severa mirada hacia mi rostro.
Las cabezas de todos los presentes se tornaron hacia mi posición a la espera de lo que debiera ocurrir.
-Apaga el cigarrillo, Talon – me ordenó serio.
Poco entusiasmado por iniciar una trivial disputa arrojé aquel cilindro del demonio en mi taza de café y vi como las diminutas brasas se extinguían en un burbujeante mar marrón. Aquella iba a ser una jornada muy larga.
Cuando la reunión terminó me dirigí hacia la terraza que se hallaba a un extremo de la habitación, pues sentía la urgente necesidad de respirar un poco de aire fresco. Apoyando en la barandilla de aquel mirador podía ver toda Noxus, desde sus distritos nobles a sus barrios humildes. Vista desde allí, la ciudad parecía una especie de manto homogéneo teñido en gris y las angostas líneas de humo provenientes de las chimeneas se perdían en la inmensidad del cielo plomizo. Me encontraba sumido en mis pensamientos cuando unos pasos hicieron que me sobresaltara. Ante mí se hallaban Du Couteau, y junto a él la mujer que había arrebatado mi atención un par de horas atrás.
-Buenos días, padre- dije asintiendo levemente- ¿ocurre algo?
-En absoluto – negó – vengo a presentarte a nuestra nueva miembro del consejo, Riven, capitana segunda de infantería.
Por un instante, sentí que me perdía en sus profundos ojos pardos.
-Riven, este es Talon, representante de los asesinos en el Alto Mando de Noxus.
-Mucho gusto- afirmó mientras nos estrechábamos la mano formalmente.
-El gusto es mío, no todos los días se llegan a conocer a figuras de su altura.
-No podría decir lo mismo, no he oído hablar sobre usted.
-Eso es que estoy haciendo bien mi trabajo.
Esbozó una sonrisa.
-No quisiera parecer maleducado, padre- dije- pero, ¿a qué se debe está aparición tan repentina?
-No se te escapa una, ¿verdad?- jocoso – lo cierto es que quiero que Riven sea tu mentora a partir de ahora.
-No se ofenda, padre, pero no lo veo conveniente.
-Teniendo en cuenta que debes partir hacia Jonia, a mí sí me lo parece.
-¿Cómo?
-Vas a la guerra, Talon.
En cuanto aquellas palabras salieron de su boca sentí como el pulso se me aceleraba rápidamente, sintiendo una intensa sensación de opresión en el pecho. La garganta se me secaba a una velocidad vertiginosa y, por un momento, quise volver a pudrirme en la decadencia de los suburbios Noxianos.
-Entendido.
-Bien, ahora he de irme. Aprovechad para hablar un poco y planificar vuestro entrenamiento.
Acabada su aportación en aquella disputa, se marchó por donde había venido dejando tras sus espaldas un ambiente de lo más tenso.
-¿Cree usted que conseguiría matarme si me arrojo desde aquí? – bromeé para romper la tensión que mi futura partida había causado.
-Bueno, he oído que los asesinos más diestros siempre caen de pie, como los gatos.
-Entonces no me queda más remedio que combatir en Jonia.
-No es tan terrible como lo pintan.
Lo más seguro es que aquella afirmación fuera un burdo intento de tranquilizarme, pero, en aquel momento, no me emocionaba demasiado tener que lidiar con una guerra. Había oído historias, historias en las que hogares destruidos y gentes inocentes resultaban ser protagonistas. Evité plantearme el horror de aquellas escenas antes de participar en el asedio, pero acabé sintiéndolo en mis propias carnes cuando di con aquella joven joniana. Se hallaba frente a su casa, llorando la muerte del bebé que sostenía en sus manos. No pude ni siquiera reaccionar al darme cuenta del pesar al que estaba sometida aquella muchacha, y por tanto, no moví un dedo cuando un par de soldados noxianos la arrastraron, probablemente con el fin de abusar de ella. Aquel fue el punto de inflexión, el antes y el después. Desconozco cual fue el motivo de Riven, pero juré que no volvería a ser participe de semejante carnicería una vez acabada mi labor.
-¿Me permite una pregunta, capitana?
-Claro, pero no me trates de usted me incomoda muchísimo.
-El reglamento militar me lo exige, lo siento mucho.
-No seas tan estricto, será nuestro pequeño secreto.
Mi nueva compañera comenzaba a caerme bien.
-Está bien, ¿cuántas personas has matado, Riven?
Su semblante dejó en evidencia su sorpresa.
-Más de las que me gustaría… ¿tú?
-No llevo la cuenta.
-Curioso en un asesino.
-Si contara las muertes que llevo a mis espaldas me arrepentiría de ellas en mi lecho de muerte.
-Sabia decisión – me acaba de dar la razón.
Nos quedamos un rato en silencio, observando el paisaje que el oscuro hormigón y las nubes grisáceas plantaban ante nosotros.
"Insipra… expira", repetía en mi cabeza mientras recorría la espesura formada por un mar de coníferos y maleza. Puede que fuera fruto del pánico, pero, bajo la turbada mirada de un prófugo, pareciera que incluso las malas hierbas pretendían llevar mi cabeza ante la ecuánime figura de un verdugo. Los árboles parecían hostiles figuras que emergían desde el resbaladizo suelo y cada una de las gotas de lluvia que aquella tormenta me arrojaba arremetían contra mi cuerpo como si de balas de fúsil se trataran. Las piernas, siguiendo las directrices que el cansancio dictaba, reprochaban ante mi impaciencia, sintiendo así como mis músculos se contraían causando una intensa sensación de ardor. Pero, corrí. Corrí hasta que mis músculos ardieran y mis venas bombearan ácido. A menudo resbalaba a causa del traicionero musgo que reposaba sereno en las rocas con las que estaba condenado a tropezarme, y, cada vez que me precipitaba al suelo, estaba obligado a besar el fango. Cuanto más yacía en el lúgubre paisaje que se alzaba ante mis ojos, más difuminada se tornaba mi percepción, desmoralizándome, aún más, en aquella epopeya. Acompañado por un férreo sentimiento de desesperación, me alzaba de entre las caducas hojas que los robles habían desprendido con el fin de alejarme todo lo posible de la ciudad que había dejado a mis espaldas horas atrás. La idea de que mis enemigos me capturasen para separar la cabeza de mi cuerpo no me animaba, pero lo que verdaderamente me entristecía era el hecho de no poder despedirme de ella como merecía. Me acababa de dar cuenta, al son de aquellas precarias circunstancias, de que podría haberme muerto sin darle ningún motivo que justificara mi necedad. La verdad, allí a donde me dirigía me iba esperar un destino bastante más cruel que la ejecución, la furia de la mujer a la que amaba, aunque, personalmente, no hay riña que no pueda resistir si es bajo un techo que me cobije y junto con algo caliente que llevarme al estómago. Las comodidades que cualquier residencia estándar pueden ofrecer se me antojaban especialmente en aquel momento, pero, para ser sincero, las probabilidades de que sobreviviera a mi fuga era nulas, no por el cansancio ni por la falta de alimento, sino por las tropas y mercenarios que pretendían capturarme. Supe que debía descansar cuando el infame astro que brinda luz por las noches se alzó en el oscuro cielo, es por ello que encontré un recoveco oculto junto a un riachuelo y me postré en el con el fin de restaurar las pocas fuerzas que me quedaban. Conciliar el sueño fue sorprendentemente fácil, no sólo por la fatiga, pues quería evadirme por unas horas de aquella funesta realidad. Nada más dormirme una multitud de imágenes comenzó a surcar cada uno de los rincones de mi mente. Lo más probable es que fueran alegorías que mi consciencia había ideado para aferrarme un poco más a mi profundo sueño, pero yo tan sólo divisaba un conjunto de imágenes sin ninguna relación aparente. Aquellos pensamientos penetraban por mi cráneo y aparecían fugazmente recorriendo mi cerebro. Un vaso de agua, una cesta, una torre en llamas, un pecho de mujer, un libro, una margarita, un bebé, Riven…
El causante de mi despertar no fue el tormento que mis habituales espasmos solían crear, de hecho, hacía bastante tiempo que no había sufrido un de ellos. Emergí de mi letargo a causa de un leve pero irritante pitido que se fue menguando a medida que recuperaba la consciencia. Nada más mover un dedo sentí como cada uno de mis músculos se contraían sintiendo, para mi pesar, una estremecedora sensación de impotencia. Me levanté como pude, retirándome los restos de maleza de mis ropas e intentando adecentarme la cara que el barro bajo mis pies había manchado. Antes de que pudiera siquiera alcanzar mi mochila escuché un par de voces por la lejanía. Supuse que debía tratarse de mi más que evidente persecución, por lo que, reacio a cualquier tipo de dolencia, me arrojé al rincón en el que me había resguardado y esperé pretendiendo que las voces se alejaran. Para mi desgracia, no ocurrió tal cosa, pues pude llegar a apreciar su conversación de forma nítida.
-Voy a echar una meada al río, cuida los caballos- dijo un tipo de voz sumamente grave.
En cuanto escuché estas palabras me estremecí ligeramente e intenté acurrucarme aún más entre las sombras. Efectivamente, un señor menudo se posicionó frente al riachuelo. Portaba armadura demaciana, no era un mercenario cualquiera. Confiaba en pasar desapercibido, pero, de todos modos, ya tenía dispuestas mis dagas.
-Yo no mearía ahí – le advirtió su compañero.
-Y que me iba a pasar ¿qué una trucha se zampara mi polla?
-Si pasara tal cosa, el pez se quedaría con hambre – dijo entre risas.
-Tu mujer no decía lo mismo ayer por la noche- respondió con el mismo tono y haciendo un gesto obsceno que aclaraba su referencia.
-Luego usan esa agua para regar los campos, ¿sabías? – dijó burlón- Puede que el rey se coma tu meada esta noche.
-Pues que se la coma, para puta mierda que está haciendo en ese trono.
Aquella era la profesionalidad de la guardia real.
-Ya que estamos, no crees que deberíamos rellenar las cantimploras, queda un buen trecho hasta las afueras de Noxus.
-Claro, pásalas.
Dicho esto, vi dos recipientes metálicos chocar contra la superficie rocosa de la orilla del río. Bastante cabreado, el hombre termino su faena y se agachó a recoger las cantimploras.
-Te he dicho que me las pasaras no que las tira…- detuvo su frase cuando dirigió su mirada a la zona en la que estaba escondido, tomando, a su vez, una piedra.
Había estado asomando la cabeza todo este tiempo, y, a juzgar por su silencio, parecía que me había visto.
-¿Qué pasa? – le preguntó su compatriota.
-Shhh- respondió – creo que he visto un conejo- dijo mientras oía sus pisadas que fallaban en la intención de ser sigilosas.
-Oh, vamos, no podemos perder el tiempo con gilipolleces como estas… - reprochó malhumorado.
-Joder, ¿prefieres cenar conejo asado o las mismas raciones de mierda que comemos todos los putos días? – dijo gritando. En caso de que fuera un conejo su griterío ya me hubiera espantado.
Se formó un silencio sepulcral y todo ser vivo de los alrededores pareció respetarlo, excepto mi corazón claro está. Fue acercándose más y más, pero, cuando estaba a un par de metros de mi escondrijo, desvió su dirección ligeramente, dándome la espalda. Era consciente de que me iba ver en cualquier momento, y las probabilidades aumentaban si tenía en cuenta sus ansias de carne animal. Debía aprovechar aquel momento brindado por la diosa fortuna e intentar asesinarlo de forma silenciosa. Justo como solía acostumbrar a hacer hace tiempo.
Mi primer movimiento fue tirar fuertemente de su capa que cayera en mi dirección, y, antes de que pudiera emitir algún sonido decidí apoyar mi mano izquierda sobre su boca. Por suerte llevaba armadura pesada, lo cual hizo que perdiera cualquier posibilidad de levantarse. Inmovilizando su torso con las piernas, no desperdicié un segundo y asesté una certera puñalada en su cuello. Permanecí en aquella posición hasta que dejó convulsionar y rápidamente me oculte tras unos arbustos. Ahora solo hacía falta que el compañero se diera cuenta de su ausencia y que viniera hacia su cadáver. Me posicioné de manera que pudiera atacarle por la espalda. Tan solo hicieron falta unos instantes de calma absoluta para que el otro caballero comenzara la búsqueda de su amigo.
-¡Eh! – exclamó- ¿sigues ahí?
No recibió respuesta, por lo que caminó, ignorante, hacia la posición de su compañero.
-Si esto es una broma no tiene ni puta gra… - sus palabras cesaron cuando divisó el cadáver de su compañero.
Se dirigió sobresaltado hacia el inerte cuerpo.
-¡Bronn! – exclamó dirigiéndose a su difunto amigo- ¿Estás bien?
Al ver que sus gritos no dieron resultado se equipó su yelmo arrebatándome la posibilidad de que pudiera asestarle un golpe mortal en el cuello. Como era habitual en los caballeros de Demacia, llevaba una armadura de acero sumamente pesada, la cual apenas dejaba espacio para llevar a cabo un golpe limpio. Desenvainó violentamente su mandoble y gritó hacía la inmensidad del bosque.
-¡Muéstrate!
No hubiera dejado en entredicho mi sigilo ni por todo el oro del mundo, y, a ver que no salía de mi escondite, el zorro comenzó a buscar al conejito que había asesinado a su amigo. Lo que el caballero de brillante armadura y soez lenguaje no sabía, era la posición en la que aquel conejo estaba escondido.
Oteaba su entorno haciendo ademán de atacar, probablemente con el fin de provocar a su rival. Él era una montaña cubierta de acero muy bien entrenada y en perfecta forma física, y yo en cambio un reo malherido y sin ningún tipo de protección a excepción de las sombras. Era todo o nada, pues si no conseguía asestarle un golpe que penetrara su corza y que lo tumbara para siempre, me vería obligado a combatirlo mano a mano, y, en tal caso, mis probabilidades de éxito se verían drásticamente reducidas. Cuando aquel tipo me dio la espalda me abalancé sobre su figura agarrándome en sus hombros y clavando mi filo entre el recoveco que su yelmo y su armadura parecían ofrecerme. Pero, mis cálculos resultaron ser erróneos y la daga apenas se clavó en el metal. Antes de que pudiera reaccionar, el mastodonte al que Demacia tenía por caballero, me agarró con su mano libre y me lanzó violetamente hacia las rocas del rio. El impacto fue tal que casi pude notar como cada uno de los huesos de mi cuerpo crujían al unísono. Motivado por el fragor del combate, o mejor dicho, por la adrenalina, conseguí alzarme frente a él con una rapidez considerable.
-¡No hay honor alguno atacando por la espalda!- gritó cegado por su propia cólera- ¡No luchas con honor!
-Él lo hacía- repliqué señalando al cadáver de su amigo- y mírale ahora.
-Vas a morir- afirmó asestando un lento golpe de mandoble que esquive con éxito.
-Tienes razón, voy a morir, pero hoy no.
Escuchadas mis palabras lanzó un bramido que probablemente recorrió de punta a punta los recovecos de aquel bosque y comenzó su brusca ofensiva.
Y así, ciego como nunca, el defensor de los caídos llevó a cabo numerosos movimientos de espada que no tuvieron éxito en ninguna de las ocasiones. Yo, en cambio, me limitaba a esquivar y a tratar de estudiar sus patrones de combate, pues quería encontrar en él algún atisbo de debilidad. En uno de sus golpes fallidos el caballero fue más rápido que yo, y aprovechando, que me hallaba al otro lado de su filo, golpeó mi mandíbula con la parte inferior de su empuñadura. Caí de inmediato y el sol de medio día se vio rápidamente eclipsado por su figura. Tomo su espada con las dos manos e intentó asestarme el golpe de gracia. Conseguí esquivar su ataque por los pelos, pues noté como el frío filo abrió una larga herida a través de mi espalda. Supe que era mi oportunidad cundo vi que no podía sacar su espada del suelo, y como es lógico, decidí aprovechar mi momentánea ventaja. Le asesté una patada en la rodilla izquierda utilizando la poca fuerza que me quedaba, haciendo que aquella torre de carne y acero se cayera. Una vez en el suelo me lancé sobre su estómago apoyando todo mi peso sobre él.
-Hijo de puta – gritó a través de las aberturas de su yelmo.
Le quité la protección de la cabeza. Él, mientras, intentaba alzarse, pero el peso de mi figura y la densidad de su indumentaria le impedían moverse. Ignorando por completo el uso que pudiera hacer de mis dagas, comencé a golpear su cabeza como si de un monigote de paja se tratara y como respuesta tan solo recibí algunos gruñidos ahogados y notables cantidades de sangre en su boca. Cuando mi puño comenzó a resentirse pensé en coger mi daga y acabar rápido con el sufrimiento de aquel patán, pero la piedra con la que su compañero había intentado darme caza resultaba más apetecible teniendo en cuenta mi estado de rencor y cólera. Apenas tuve que mover el brazo para alcanzarla, pero cuando lo hice el semblante de aquel pobre desgraciado cambió drásticamente. Alcé el puño con el que había cogido la piedra, tapando la luz del sol y reflejando en la tierra una intimidante sombra.
-Al menos ten algo de decencia y usa un cuchillo…– me dijo mientras sonreía y escupía sangre.
-Si hiciera eso, amigo mío, no tomaríais en serio al manso conejo.
Y comencé a estampar la contundente piedra contra la superficie de su cráneo, como lo hacían los carniceros antes de comenzar a cortar las carnes de sus domesticados animales. Veía como su rostro se desfiguraba poco a poco mientras que todos sus dientes rebotaban ensangrentados en su propia boca. Tan sólo se oían dos sonidos en la funesta calma de la que aquel bosque era testigo: los golpes cargados de rencor y los gritos de mártir y desesperación. Repetía una y otra vez aquella macabra danza de la venganza personal, aquel lúgubre ritmo compuesto por el ingenio que el diablo sembraba en la cabeza de cada una de las enfermizas almas que poblaban aquel mundo de mierda. Por un momento sentía ganas de meterle una bala entre los ojos a cualquier ser humano que se negara a follar para mantener viva su especie. Quería coger una antorcha y quemar todos aquellos hermosos valles que no iba a ver en mi vida. Quería respirar humo.
