-Lo siento Stefan –lloró Elena-. De verdad que lo siento, me crees, ¿verdad?
-Sí, amor, te creo –contestó él-. Le quieres y ante eso yo no puedo hacer nada. Y ahora él te va a dar algo que yo jamás podría darte. Un hijo.
-Sí, pero él no está aquí y no le podrá conocer.
-Yo me quedaré contigo y el bebé para todo lo que necesitéis, al fin y al cabo es mi sobrino.
-Oh, Stefan. Lo siento tanto, he sido tan egoísta.
-No, cariño, no has sido egoísta.
-Sí, sí que lo he sido. He sido completa y absolutamente egoísta.
-Elena, no...
-¡Te digo que sí lo he sido! –le chilló ella de repente dejando muy sorprendido a Stefan- Perdóname, Stefan, lo siento. No quería gritarte, de verdad.
-No pasa nada, ¿necesitas algo?
-¿No habrá carne picada por ahí ? No me importa si son hamburguesas o albóndigas, lo que sea.
-Vamos a preguntarle a la señora Flowers –contestó Stefan tras levantarse de la silla y ayudar a Elena a levantarse.
-¿Qué le voy a decir a mi tía?
-Ya se nos ocurrirá algo.
-¡Oh, Damon! No sabes cuánto te necesito ahora –murmuró Elena más para sí misma que para nadie.
-Todos le necesitamos, Elena, todos le necesitamos. Si yo me hubiese dado cuenta de que estaba poseído, aquella vez que fue a por su cazadora, nada de esto habría pasado.
-Ni el bebé.
-No, amor. No me refería a eso. Pero, creo que... Bueno es igual. Vamos a la cocina.
Sobre la luna más pequeña del mundo de las tinieblas caía una fina ceniza. Caía sobre un cuerpo cubierto ya de ceniza. Caía sobre agua anegada de cenizas. Cerraba el paso a la luz del sol de modo que una noche interminable cubría la superficie recubierta de cenizas de la luna.
Y algo más caía. En forma de las gotitas más pequeñas que podían imaginarse, caía un líquido opalino, con colores arremolinándose como para intentar compensar la fealdad de las cenizas. Eran gotas diminutas, pero eran trillones y trillones de ellas, cayendo sin pausa, concentradas sobre el punto donde en una ocasión había sido parte del mayor recipiente de Poder en bruto que había existido en tres dimensiones.
Había un cuerpo en el suelo en aquel punto; no exactamente un cadáver. El cuerpo no tenía ritmo cardíaco, no respiraba y no había actividad cerebral. Pero en alguna parte dentro de él había una pulsación lenta, que se aceleraba de un modo cada vez más perceptible a medida que las diminutas de Poder caían sobre él.
La pulsación no la componía otra cosa que un recuerdo. El recuerdo de una muchacha de ojos azul oscuro y cabellos dorados y de un rostro menudo con enormes ojos castaños. Y el sabor: el sabor de dos muchachas. Elena. Bonnie.
La unión de ambas cosas formaba lo que no era exactamente un pensamiento, no exactamente una imagen. Pero para alguien que sólo comprendiera palabras, se podría traducir por:
Me están esperando. Si puedo averiguar quién soy.
Tras lo que parecieron siglos pero fueron sólo unas pocas horas, algo se movió en la ceniza. Un puño se cerró.
Y algo se agitó en el cerebro, un descubrimiento sobre sí mismo. Un nombre.
Damon.
-Aquel al que echáis en falta volverá. Con más fuerza y Poder que nunca. Volverá para cumplir la profecía.
Matt y Meredith se giraron hacia la voz. Bonnie estaba en trance otra vez.
-Pero, ¿qué...?
-Calla, Matt. No la despiertes. Bonnie, cielo. ¿Quién va a volver?
-Aquel que ya no está entre nosotros.
-Sí, pero, ¿quién?
-Demonio –susurró Bonnie antes de salir del trance-. ¿Qué pasa? ¿Por qué me estáis mirando así?
-Dios –juró Matt-, esto es lo que nos hacía falta.
-¿Qué pasa? –volvió a preguntar Bonnie.
-Creo que deberíamos hablar con Elena y Stefan –comentó Meredith.
-Sí, creo que tienes razón.
-¡Alguien me quiere decir qué pasa! –chilló la pelirroja.
-Espera, Bonnie. Cuando estemos todos juntos, ¿vale?
-Está bien.
-¡Stefan –llamó la morena-,¿puedes venir, por favor?
Por la puerta de la cocina aparecieron Elena y el vampiro. La rubia con un plato de lo que parecían albóndigas con tomate en la mano.
-¿Qué ocurre? –preguntó el aludido.
-Tenemos un problema –comenzó a explicar Matt-. Bonnie ha entrado en trance y a dicho que un demonio que está muerto volverá para cumplir no sé qué profecía.
-Y –continuó Meredith- y que vendrá más fuerte y poderoso de lo que ya era.
-¡Oh, Dios mío! –exclamó Elena- ¡Sinichi!
-Yo también he pensado en él. Pero también puede ser Misao.
-No lo creo, Meredith –respondió Stefan-. Si fuese Misao no habría dicho "demonio".
-Tiene que ser Sinichi –afirmó Elena-. Juró vengarse de todos nosotros y no lo consiguió.
-Pues esta vez estaremos preparados –dijo Bonnie cruzándose de brazos.
-Sí, pero sin el más poderoso de todos.
-Stefan, aún no te he dicho nada. Pero, aunque no le soportase, por motivos obvios, era tu hermano. Lo siento, de verdad.
-Tranquilo, Matt. Y gracias.
-No me encuentro bien –dijo Elena llevándose una mano a la cabeza-. Dejo esto en la cocina y me acuesto un poco en la cama, ¿vale, Stefan?
-Sí, amor. Pero dame el plato, ya lo llevo yo.
-De acuerdo. Hasta luego, chicos.
