Dándole cuerpo a todo el asunto ^^
Capítulo 2
Luz
— ¡¿Qué te enamoraste de HADES?!
—Seiya…
— ¿Cómo es que están tan tranquilos ustedes, ah?
—Seiya…. ¿Qué tiene de malo?
— ¿Cómo que qué…? ¡Hyoga!
—Hades me ama, Seiya. Me lo dijo y lo vi en sus ojos.
— ¡Hades no puede amar!
—Actualízate, Seiya, eso fue hace tres años, —se burló el Cisne.
—Pero…pero… ¡Le diré a Saori!
—Sí, Seiya… ¿Qué tiene de malo?, —volvió a preguntar Shiryu.
El santo de Pegaso parpadeo, como si fuera obvio y ninguno pudiera verlo.
—Pues…es Hades….un dios maligno…nuestro enemigo….
—Que te actualices, te dije. —lo apostrofó el Cisne.
—Pero es que… ¿De todos los dioses tuvo que ser justo el que no puede amar?
— ¡BASTA!, —chilló, ya harto. —No estaba obligado a decirles nada. Lo creí necesario porque somos hermanos, porque somos compañeros. ¡PERO NO LES PEDÍ SU MALDITA APROBACIÓN!
—Pero es que es Hades…., —todavía berreó.
—Seiya, si Hades quisiera dañarme, lo habría hecho ya. Ha tenido dos años de tiempo desde que vino a mí la primera vez.
— ¿Cómo dices?, —se extrañó Hyoga. — ¿Ya había venido a ti desde antes?
El santo de Andrómeda suspiró.
—Un día, cuando estaba en el Jardín de los Sales Gemelos. Me dijo que ya se había enamorado de mí. Quería quedarse conmigo, quería saber cómo me sentía yo.
— ¿Y qué hiciste?
—Le dije que por favor me diera tiempo para pensarlo, que estaba muy joven y no sabía qué hacer. Me dijo que esperaría hasta que yo tuviera la edad de dieciséis años.
— ¿Y no le dijiste a nadie?, —preguntó Shiryu.
—A Ikki, —lo miró como disculpándose.
— ¿Y a nosotros por qué no?, —siguió refunfuñando el santo de Pegaso.
—Tenía miedo, —contestó, ya más calmado. —Sabía que si les decía iban a reaccionar en contra y creí que si lo rechazaba iba a desencadenar una desgracia. Máxime que aún estaba reciente lo de Seiya. Luego me olvidé. Pero luego empezaron los sueños y no supe qué hacer.
— ¿Sueños?—ladró el Fénix. — ¿Qué sueños? ¿Por qué no me dijiste?
—Sueños…con Hades, —titubeó. —…algunos eróticos y otros no. —Ikki hizo un movimiento repentino.
— ¿Pero ya ves que yo tengo razón? ¡Solo quiere hacerte creer que lo amas!
Shun lo ignoró.
—Shaka se dio cuenta, —resumió. —Me dijo que los sueños son parte de nuestro inconsciente y que talvez lo que soñaba no eran cosas que Hypnos plantaba en mi cabeza sin más o algo así. Que talvez inconscientemente, yo amara a Hades.
—Shaka necesita de dejar de tomar opio. Ya está alucinando.
— ¡Seiya!, —lo regañó Hyoga, harto. — ¡Deja de buscar excusas!
— ¿Y qué sucedió?, —preguntó el Dragón.
—Shaka me dijo que talvez lo que necesitaba para aclarar las cosas era ver al dios. Yo no quería, tenía miedo, creí que tendría que abandonarlo todo para irme con él. Y tenía miedo de que si lo rechazaba, me maldijera, como Apolo con Cassandra, o de que me llevara a la fuerza, como hizo con Perséfone.
— ¿Y Shaka qué dijo?
—Me recordó que nadie era bueno ni malo por completo y que los ojos, como la mente, podían reflejar el alma. Y que si los ojos de Hades eran tan bellos, no podían ocultar un alma maligna detrás.
Seiya bufó.
— ¿Y no ha pasado nada más?
—Ayer…ayer el dios vino. Y fue…fue como Shaka dijo. Necesitaba verlo para tomar una decisión. Y me dijo que no tenía nada que temer, que no me llevaría con él.
— ¿Y entonces, le dijiste que sí?, —preguntó Hyoga.
El santo de Andrómeda asintió.
—Bueno…a mí no me importa, la verdad, —reconoció el ruso. —Es tu decisión. A mí no me afecta.
—Pienso igual que Hyoga, —secundó Shiryu. —Pero si me necesitas, ahí estaré.
—Ya sabes lo que yo pienso, hermano, —terminó Ikki.
—Seiya…
—Piérdete, Shun.
El santo de Andrómeda apretó los labios.
El puñetazo le impactó a Seiya en la cara y lo derribó. Cuando se levantó, ya el santo de Andrómeda no se encontraba ahí.
— ¿Me ha pegado?, —le preguntó a Hyoga. — ¿Shun me ha pegado?
El santo del Cisne ahogó una risotada.
—Eso te pasa por reaccionar así y poner tantos peros.
— ¿Pero y como querías que reaccionara?, —le contestó de malas pulgas.
—No sé, pero así no. Como Ikki, quizás. Pero eres tú, no se te puede pedir mucho.
—Shun se volvió loco, —insistió. —De veras.
—Hay una cosa que me intriga, Seiya, —le preguntó Shiryu. —Si crees que Poseidón cambió de actitud hacia nosotros, ¿Por qué te cuesta tanto aceptar que quizás Hades también cambió?
—Porque…—se le trabó la lengua. —Yo…
—Déjalo, Shiryu. Sabes cómo es. Déjalo estar, —le contestó Hyoga.
—Ya veo que sí. Me voy. Necesito hablar con mi maestro.
—Voy contigo.
— ¿Y yo qué hago?
— ¡Ve a molestar a Marin!
— ¡Hey!
Mientras tanto, el santo de Andrómeda había llegado hasta arriba del todo de un solo tirón.
— ¿Qué sucede, Shun?, —le preguntó el Sumo Sacerdote. — ¿Hay algo que te moleste?
— ¿Dónde está la señorita Athena?—preguntó, sin rodeos.
—Leyendo ahí atrás. ¿Por qué?
—Necesito hablar con ella.
—Anda. —le contestó, volviendo a la lectura.
Encontró a la diosa sentada sobre la mesa leyendo. La hija de Zeus levantó la cabeza al oírlo entrar. Entrecerró los ojos al verlo tan serio.
— ¿Qué sucede, Shun?
—Señorita, ¿No ha venido Hades a verla?
— ¿Hades? No, ¿por qué?
—Es que…—se trabó de repente.
La diosa se irguió en el asiento y entrecerró los ojos sospechando.
—Shun, ¿qué es lo que sucede?
—Nada, nada…es que…bueno, Hades dijo que él vendría a verla y la pondría al corriente, —se salió por la tangente.
— ¡Shun!
Una risita nerviosa dejó los labios del japonés.
—El asunto es que…Hades está enamorado de mí. Él…
— ¿Cómo?, —se sorprendió la diosa. —Mi tío está...¿enamorado? de ti… ¿Cómo…cómo sucedió?
Él repitió todo lo que le había dicho a sus hermanos, momentos antes.
— ¿Ya lo saben tus hermanos?
—Sí…Seiya…Seiya no ha reaccionado bien. Amenazó con decirle a usted.
—Solo me preocupa una cosa. ¿Tú lo amas?
—No sé…, —reconoció. —Pero puedo aprender. Parecía sincero.
—Seguro que lo era. Hades es tan poco dado a expresar sus sentimientos que cuando lo hace, suele ser sincero. Ya hablaré yo con él si es que decide aparecer.
— ¡Gracias, señorita! Pero me intriga algo…
—Dime.
—Hace tres años, el dios dijo que no creía en el amor, que era una ilusión. Supongo que Seiya tiene un punto, pero me dejó intrigado.
La diosa se río.
—Bueno, eso tiene su razón de ser. Supongo que conoces su historia con mi hermana, ¿no? Es uno de los mitos favoritos de los mortales.
—Sí, señorita. ¿Acaso esa fue la causa?
Athena asintió.
—Hace unas cuantas Guerras Santas, en su gran amor por Hades, Perséfone intervino en una batalla entre él y yo, sin duda queriendo evitar que yo lo sellara o que lo destruyera. Las cosas se torcieron y ella acabó recibiendo un sello bastante poderoso, por cierto, en aquel tiempo provenían del poder de mi padre. Antes de que Hades pudiera hacer nada, Deméter se la llevó con ella y la puso en un lugar donde nadie podía alcanzarla, culpando a su hermano por ello. Eso le rompió el corazón a Hades, que no hubiera querido bajo ninguna circunstancia que ella sufriera daño alguno. Con el tiempo, su carácter se fue enfriando y ya no fue capaz de volver a enamorarse nunca más. Supongo que por eso no cree en el amor, para él solo ha significado dolor. He tratado de que se dé cuenta que no necesita ser así, sobre todo porque yo misma lo he visto, pero no he podido convencerlo de lo contrario.
Shun calló por un momento, impresionado.
— ¿Y Perséfone?, —la voz le tembló.
—Sigue dormida. Y lo seguirá por unos siglos más antes de que el sello pierda su efectividad.
— ¿Él…él sigue amando a Perséfone?
—Creo que sí. Pero eso explicaría por qué se enamoró de tí.
— ¿Ah, sí?, —se sorprendió.
—La única manera de que Hades se enamorara de ti es porque conoció tu alma. Recuerda que siempre buscaba el alma más pura para poseer su cuerpo. Hay dos razones para ello. Una, claro está, es su vanidad de dios, según la cual nadie más sería digno de compartir su cuerpo con su alma, sin duda recuerdas lo que dijo a ese respecto. La otra seguro tiene que ver con Perséfone, que era considerada la diosa más pura cuando Hades la raptó.
—Pero es una conjetura suya, ¿Verdad?
—Por supuesto, no estoy segura. Eso tendrías que preguntárselo a Hades, aunque no creo que le hiciera gracia el que sepas.
— ¿Usted que cree?
—Tú tienes un alma muy peculiar, Shun. Llena de luz. Quizás esa misma luz haya atraído a Hades, como en su momento lo atrajo la de Perséfone, no es común encontrar almas así entre los mortales. Y si de verdad todo gira en torno a tu alma, no puedo culparlo.
— ¿Entonces no cree que sea malo esto? Es que aún tengo dudas.
—Pues no veo el problema. Me preocuparía si fuera mi padre, mi tío o alguno de mis hermanos. Pero no de Hades, siempre ha sido serio en asuntos amorosos. Por supuesto que de ambos lados van a haber desacuerdos, ha pasado demasiado entre ambos bandos. Pero los espectros no se atreverán a decirle nada a Hades, saben demasiado bien lo que pasará si lo contrarían. Y bueno, aquí también, ya saben lo que les pasará si arman un escándalo. No me extraña que Seiya reaccionara así, sin embargo. Ya hablaré con él. No te preocupes, Shun, —añadió, al verlo titubear todavía. —No me molesta en lo absoluto. Sería distinto si aún fuésemos enemigos, en ese caso podría haberse tratado de una treta o algo así. Pero ya habiendo hecho las paces…—se puso seria. —Sé que yo elegí no vivir esa clase de amor, pero no puedo pedirles lo mismo a ustedes. No te preocupes por mí.
El santo de Andrómeda se inclinó ante ella con respeto y le besó la mano.
—Gracias, señorita. Por favor, hable con Seiya.
—Descuida, —arrugó el entrecejo. —Ya hablaré con él.
Cuando bajaba se encontró con el santo de Pegaso, que iba de subida.
—Ahora vas a ver…—le informó, casi con chulería. Seiya se quedó mirándolo con un mal presentimiento. Se encogió de hombros y siguió subiendo.
Cuando ya iba por Piscis, sintió la acuciante necesidad de llamar al dios. Miró dubitativo el templo, sabiendo que era protegido por un santo dorado. Se encogió de hombros y se metió entre las rosas, mientras besaba el colgante que Hades le había dado con instrucciones de besarlo si quería verlo.
Fue instantáneo. Hades apareció frente a él de repente. La temperatura bajó y los rosales se deshojaron de inmediato. Se oyó un ruido como de algo metálico que caía al suelo.
— ¡Mis rosas!
Shun ahogó una risita.
—Pobre Afro, —comentó.
No había ni acabado de decirlo, cuando el santo dorado, apareció por el hueco de la puerta.
—Shun, ¿qué haces? Y…oh…señor Hades, —el timbre de la voz le varió al comprender. —Yo…nada…ya me voy..., —desapareció por donde había venido.
Shun se volvió a reír.
—Pobre Afro, —repitió.
— ¿Querías verme, mi querido príncipe?, —expresó quitándole un mechón castaño de la cara.
—Sí, yo…hablé con la señorita Athena. Me dijo que no había ningún problema con…lo nuestro, —las palabras salieron solas de su boca.
Hades sonrió y lo besó en la frente.
— ¿No pudiste esperar a que yo lo hiciera, verdad?
—Es que…tuve una pelea con Seiya y…preferí decirle de una vez, me…me dio miedo que Seiya le fuera con cuentos.
Un relámpago de súbita cólera cruzó el rostro del Crónida y las muelas le crujieron amenazadoramente.
— ¿Pegaso?, —la voz le raspó la garganta como una lija. Tragó la saliva que amenazaba salir escupida como veneno. Al hacerlo, un gruñido le retumbó entre los dientes.
—No te preocupes por Seiya, —le pasó los brazos alrededor de la nuca, para obligarlo a mirarlo. —No es más que Seiya. No representa un problema importante. Es solo un llorón, —la burla fraternal dejó sus labios.
—Pero…
—Es la palabra de la señorita contra los cuentos que se invente Seiya. Además, no esperamos que todos estén de acuerdo, ¿O no?
Un suspiro se dejó sentir en el pecho de Hades.
—Tienes razón. No vale la pena., —accedió—perdona por exaltarme, —le acarició la cara.
— ¿A ti no te han puesto pegas?
—Ni lo harán. Al menos no directamente, si saben lo que les conviene. Pero si tiene que haber oposiciones. Sobre todo de parte de Radamanthys.
— ¿Entonces el chaparrón le caerá a Pandora?
—Puede ser. Pero ella ya sabe manejarlos, así que no creo que hagan mucho enredo. Ya están lo suficientemente entrenados para no meterse en lo que no les incumbe. Sobre todo cuando se trata de mí.
Shun suspiró.
—Ojalá fuera así aquí. No importa lo que se les diga, siempre van a husmear.
Una sonrisa algo macabra curvó los labios de Hades y se agachó hasta que su boca quedó a la altura de la oreja de Shun.
—Deja que digan lo que quieran para divertirme un rato castigándolos.
—No lo hagas, por favor, —le agarró el pecho en una súplica muda.
Una leve risa abandonó el pecho de Hades.
—Está bien, no lo haré, —le besó la cabeza y lo estrechó contra sí.
Shun se quedó muy quieto y se pegó más a él. Pronto pudo percibir los latidos del corazón de Hades, lentos y calmos.
—Quédate conmigo esta noche, —le pidió. —Por favor.
—Ahora debo irme, mi querido príncipe. Pero si ese es tu deseo, trataré de regresar. —le acarició la frente y desapareció.
Unos segundos después, la figura del santo de Pegaso apareció bajando las escaleras. Abrió la boca para decir algo.
—Ni lo intentes, Seiya.
— ¡Afrodita!
—No viste lo que yo vi. Y aunque lo hubieras visto seguirías en contra, porque eres un terco, —se sacudió el cabello. —Tonto.
— ¡No estoy para bromas, trucha!
—No tienes que aceptarlo. Solo déjalo ser. Deja que Shun cometa sus propios errores si es que han de serlo. Y si no, déjalo ser feliz. No te preocupes por Hades. Pareces tonto. Burro.
— ¡Qué te calles!
El santo dorado entrecerró los ojos.
—Cuidado a quién le hablas así, imbécil.
—Basta, no peleen.
—Descuida, no tengo ganas. Solo es la mera constatación de un hecho, —volvió a sacudir el cabello. —Ven conmigo.
— ¿Qué quieres, Afro?
—Quiero enseñarte una cosa.
Shun lo siguió, intrigado.
— ¿Ves esta rosa? Es negra, como la noche. Es peligrosa y puede ser mortífera. Pero también es bella, una belleza oscura que no muchos entienden. Por eso, solo yo las toco. Ellas saben que solo yo entiendo su belleza. Así como tú con Hades. No todos lo van a entender. Pero basta que tú sí, —le tendió la rosa mientras le guiñaba el ojo.
Shun acarició la rosa con cariño.
—Gracias, Afro.
Éste levantó la barbilla en un ademán muy suyo.
—Ya vete. Yo entretendré a Seiya.
—No se peleen.
—No te preocupes. Sabes que no me gusta pelear. Me limitaré a callarlo.
La noche cayó lentamente sobre el Santuario. El santo de Virgo volvió la cabeza hacia atrás, como alertado por algo.
—Señor Hades, ¿Qué buscáis en mi templo a estas horas?
—A tu compañero. ¿Dónde está?
Shaka volvió levemente la cabeza sin abrir los ojos.
—En su habitación. Se fue a dormir hace un buen rato.
—Permíteme, entonces. Me ha pedido que pase la noche a su lado.
Shaka solo asintió.
"Una vez me mirasteis desde los ojos de Shun. Quizás ahora debáis mirar a los ojos de Shun"
Hades se recostó entre los cojines y apoyó la cabeza de Shun en su pecho. Fue entonces cuando notó la rosa negra que reposaba al lado de la cara. Reconociendo el cosmos del santo de Piscis sintió una punzada de celos. Sin embargo, sabía perfectamente que el corazón de Shun le pertenecía ahora. Se quedó al lado de Shun hasta que la luz del Sol empezó a colarse en la habitación llevándose la rosa enredada entre sus ropas sin darse cuenta.
En algún punto de la madrugada, el santo de Andrómeda se despertó. Sonrió cuando oyó la respiración del dios golpear su oreja.
—Para ti, —susurró, prendiendo la rosa entre las ropas del dios. Por primera vez, sus labios se atrevieron a besar aquella frente pálida, emulando los besos que recibía del tío de Athena. Arrecostó la cabeza en su pecho y se durmió pronto, arrullado por los rítmicos latidos de aquel corazón inmortal.
Beta al rescate \._. /
Ya saben, el Hades de SS no cree en el amor, pues me quise justificar eso y solo daba vueltas en círculos xDD Hasta que mi beta me echó un cable.
Tener beta es bueno, créanme OwwwO
Y bueno, ahí van. Unos en contra, otros a favor, pero ahí se va organizando todo.
¡Gracias por los comentarios!
¡Un besote!
