Ya vine ^^

Capítulo 4
Debilidad

Se dio la vuelta sobre la cama, sintiendo que el cuerpo le temblaba y sudaba como si tuviera fiebre.
Aquello era imposible, por supuesto, lo sabía bien, por tanto debían tratarse de los efectos de las flechas de Eros, que abaten por igual a dioses y a mortales enfermándolos de amor.
Hacía varias noches que no pegaba ojo tampoco y eso agriaba su carácter de forma significativa, por lo cual no quería que se le molestase más que para lo indispensable.
Se obligaba a sí mismo a esperar a que su madre volviera con la joya que le había prometido que conseguiría, antes de pensar siquiera en volver a ver a Shun, quería enterrar de una vez por todas las reticencias del joven y sabía que era la única forma de lograrlo.
No contaba con que, de alguna forma, su hermana se hubiera enterado de aquello y hubo de soportar los cuestionamientos de Deméter y aquello exacerbó su mal humor.

— ¡Cómo te atreves a algo así! ¿No tienes vergüenza? ¡Ella es tu esposa! ¿Acaso ya no la amas? ¡Tú mismo la obligaste a casarse contigo!
—Deméter…
— ¡Por tu culpa es que está así!, —siguió chillando. — ¡Y tú como si nada! ¿Ya te olvidaste?
—Hermana, escucha…. —sentía su paciencia estirarse como un hilo tenso hasta el punto del no retorno.
— ¡No, tú escúchame a mí!

Un poderoso gruñido retumbó en el pecho de Hades.

—Si me dejaras despertara…sabes que puedo despertarla. Pero no me dejas ni verla siquiera, ni puedo traerla aquí, no puedo, porque la tienes en un lugar donde no me es permitida la entrada, no la he visto en siglos…Así no puedo serle completamente fiel y lo sabes. No puedes pedirme lo que me estás pidiendo…
— ¡Un mortal!, —la palabra salió escupida de entre los dientes de la diosa. —La reemplazas con un mortal.
— ¡No te entiendo, hermana!, —una desesperación rabiosa comenzaba a tomar parte de su ser. — ¡Sí estoy con ella te enojas, y si no, también! ¡Nadie la ha reemplazado! ¡Ella es, y siempre será el amor de mi existencia! Pero ya no quiero renunciar al amor…no puedo…, —su mano sube inconscientemente a su pecho. Deméter entendió sin necesidad de palabras.
— ¡Eres débil!, —le apostrofó. — ¡Te has dejado doblegar por un chiquillo!
—Shun es…él es…como Perséfone…Él…
— ¡¿Te atreves a compararla con un mortal?!—el chillido escandalizado de la diosa resonó en las paredes.
— ¡Sí me escucharas!, —las hebras del hilo que era su paciencia comenzaron a desprenderse una por una, y sentía el icor rugirle con fuerza en las venas como si fuera fuego y subirle por el esófago como ácido. Apretó las mandíbulas tan fuerte que la dentadura crujió.
— ¿Escuchar qué?, —se burló ella. — ¿Cómo defiendes a ese mocoso con el que te revuelcas solo porque te complace?
— ¡Su alma es pura! ¡Él es digno! ¡Como lo fue tu hija! Sabes el motivo por el que poseía al mortal más puro. No intentes burlarte ahora de eso. Y aún no hemos intimado, pero eso a ti no te importa. ¡Ahora vete de aquí y déjame en paz!
— ¿No podías quedarte detrás, verdad? Como nuestro padre y hermanos, tenías que serle infiel a tu esposa, tenías que dejarte doblegar, no podías evitarlo…
—Pregúntale a Hera si se molestó por Ganimedes. O a Anfitrite si le molestaron Pélope y Nerites. Sabes que un amante varón no conlleva el mismo peligro que una mujer. No tendré hijos de otras, Perséfone misma se ha encargado de ello ambas veces. Pero tengo derecho a amar. Déjame amar. Déjame sanar mi corazón. Yo lo necesito, necesito recordar lo que es amar. ¿No querrás que siga siendo frío y amargado cuando ella despierte?
— ¡Nunca te la mereciste!
— ¡BASTA!—rugió, perdiendo la paciencia. El rugido atravesó la pared y sobresaltó a Pandora, que tocaba el arpa en la habitación contigua. — ¡LARGO!
—Te enojas porque sabes que es cierto lo que digo, hermano. De lo contrario, no perderías así la paciencia.
Un horrible gruñido volvió a retumbar en el pecho del dios.
—Vete de aquí, hermana, —su voz adquirió un tono grave, casi que de ultratumba. Una sonrisa siniestra le adornó el rostro momentáneamente. —Al menos mientras has estado aquí has dejado sola a Perséfone…

El terror invadió a Deméter.

— ¿Qué quieres con ella…?
—Le pedí a mi madre que me trajera el Diamante de Ébano. —ignoró la expresión horrorizada de Deméter. — ¿Crees que no sé que fue ella la que te lo dijo?
— ¡Tú te atreviste…!
— ¡Esa joya me pertenece, yo mandé a crearla y puedo dársela a quién me plazca!
— ¡Pero entonces ese mortal será llamado tu consorte, tu príncipe…!
—Perséfone seguirá siendo mi reina, no debes preocuparte por eso, —sus muelas volvieron a crujir. —Después de todo, tú provocaste esto.
— ¿Yo?, —parpadeó incrédula. — ¡Tú la raptaste!
—Tú la apartaste de mí cuando yo podía despertarla. Sabes que dónde está se les está vedada la entrada a dioses varones. Ni siquiera su padre la ha visto en siglos. Tu crueldad es grande, Deméter.
— ¿Para qué quieres despertarla? ¿Para que te vea enredarte con ese santo de Athena?

Hades retrajo el labio superior, en un breve ademán de ira.

—Cuándo Perséfone despierte, ya Shun estará muerto. No deberías de preocuparte por eso, las vidas de los mortales son como soplos para nosotros. Déjame amar a alguien, aún si es por un tiempo. Deja de meter tu lengua de víbora en mis asuntos o creeré que son celos, —la provocó.
— ¿Celos? ¿De ti? No te creas tanto, Hades.
—Entonces lárgate, me desesperas.
—De acuerdo, me voy. Pero volveré, —amenazó.

Hades pasó la mano por el tocador con furia, botando el contenido por el suelo.

— ¡PANDORA!, —rugió, todavía furioso.
La muchacha apareció en menos de un segundo.
—Ve a traer a Shun, —le ordenó.
La mente de la mujer se llenó de preguntas, pero decidió dejarlas para después.
—Sí, mi señor. ¿Debo traerlo aquí?
—Por favor. Y dile a alguien que prepare mi cama, me siento cansado.
—Sí, señor. Como deseéis.

Observó cómo el dios desaparecía en dirección al cuarto de baño. A continuación, dio media vuelta y se dispuso a obedecer las órdenes que había recibido inmediatamente. Cogió el tridente y, tras componerse el cabello, se encaminó hacia el Santuario.
No le sorprendió que no la dejaran pasar, aunque dijo muy claramente sus intenciones. Al contrario, los soldados empezaron a molestarla, sin duda deseando algo más que lo que insinuaba el elegante vestido negro.
Uno la agarró por la barbilla. Ella movió el tridente, sin desear lastimar a nadie, pero sintiéndose presionada por las circunstancias.

No tuvo tiempo de hacer nada. Una cadena plateada hizo su aparición de repente y la rodeó dejando a los hombres que la acosaban por fuera. Una vez la tuvo protegida, empezó a dejar ver pequeños rastros de electricidad, insinuando lo que sucedería si era tocada.
— ¡Dejen a la dama en paz!, —la voz fuerte la sorprendió por su familiaridad. — ¡Si está aquí es porque tiene algo que hacer! ¿No querrán ser los culpables de otro nuevo conflicto con Hades, o sí? ¡Le notificaré a la señorita este comportamiento, no les quepa duda! ¡Largo de aquí!

Los soldados se esparcieron por el lugar murmurando incoherencias. Pandora levantó los ojos azules para fijarlos en los del santo de Andrómeda. Al mirarlo, pudo entender claramente porque su señor estaba tan enamorado de aquel joven.
Aquellos ojos todavía brillaban con la pureza que había visto en él hace tres años, pero ahora los alimentaba un fuego extraño, propio de un guerrero de sangre ardiente, aunque sensible y ante todo justo y razonable.
En materia física también había cambiado, pues había dado un estirón considerable y los cabellos castaños bailaban traviesos contra su espalda. El cuerpo lucía fibroso y fuerte, tonificado por el entrenamiento diario y asemejaba el cuerpo de un efebo, los jóvenes cuyos cuerpos eran el ideal de belleza masculina en la Antigua Grecia y cuyo máximo exponente no era otro que el mismísimo Apolo.

—Entonces, supongo que tú eres Pandora, —la voz de Shun la sacó de sus pensamientos.
—S…sí, —contestó. —Yo soy Pandora, la comandante de los 108 espectros, y la mano derecha del señor Hades. Has cambiado mucho, Shun.
—Yo…no te recuerdo muy bien, —se disculpó. —Cuando te vi, fue su alma la que miraba a través de mis ojos. Y luego, todo pasó demasiado deprisa. Además de que Hades no suele enviarte aquí, ¿Acaso ha sucedido algo malo?
—Es a ti a quién he venido a buscar, Shun de Andrómeda. El señor Hades quiere verte.
El corazón le dio un salto ansioso.
— ¿Le ha pasado algo malo a Hades?, —se preocupó.
—No, no, él está bien. Solo está un poco molesto y quiere verte.
—De acuerdo. Espérame afuera, voy a decirle a Mu donde estaré para que no se preocupen. —salió corriendo.

La muchacha asintió y fue a esperarlo afuera. No había pasado ni un minuto cuando lo vio venir de regreso.
Sin más dilación lo llevó hasta Giudecca, ignorando los rumores a sus espaldas. Lo condujo hasta la habitación de Hades y tocó la puerta con cariño.
— ¿Sí?, —la voz arrastrada de su señor la hizo reír internamente.
—Le traigo a Shun como ordenó, mi señor.
—Bien. Haz que pase y tú vete.
—Sí, mi señor. —Abrió la puerta, le indicó a Shun que entrara por medio de señas y se despidió.
El santo de Andrómeda empujó la puerta con cuidado.

La penumbra parcial de cuarto lo hizo parpadear un momento, tratando de acostumbrarse a la falta de luz. Cuando por fin pudo ver mejor, se acercó al diván, distinguiendo al dios sentado en él.
Una profunda arruga le hendía en dos el ceño a Hades. Cerró los ojos cuando sintió la mano de Shun sobre su espalda, pero su ceño permaneció fruncido.
—Pandora me ha dicho que querías verme. ¿Qué ha sucedido?
Un profundo suspiro, casi un gruñido, pasó entre los labios de Hades. Se levantó y le indicó que lo siguiera sin una sola palabra. Shun lo siguió con curiosidad.
Entrevió el desorden que imperaba en el cuarto de baño por entre la puerta entreabierta y dio unos pasos en aquella dirección.
—Shun.

Levantó la vista al oír la sequedad en la voz de Hades.
Se apresuró a llegar a su lado. Cuando lo alcanzó, estaba sentado sobre una silla, siempre con el ceño fruncido.

— ¿Qué es lo que ha sucedido?, —repitió, conciliador. La arruga en el ceño divino vaciló.
—He tenido una pelea con mi hermana, simplificó. —Me pone los nervios de punta.
—No te preocupes por Deméter, —le acarició los hombros y sintió los músculos tensos. Lo abrazó por el cuello impulsivamente. Hades arqueó las cejas sorprendido. —Siempre buscará excusas para molestarte.
— ¿Cómo has sabido que se trataba de Deméter?, —su voz salió un poco menos seca por efecto de la sorpresa.
—Supuse, —contestó. —Solo por ella podrías estar tan molesto.
Por fin, el ceño se relajó completamente, mientras se hundía más en el asiento, con pereza.
—Quédate conmigo esta noche, —pidió, con súbito deseo, irguiéndose y colocando el cuerpo de Shun debajo del suyo. —Quédate conmigo el resto del día. Mi querido príncipe…

Shun se sonrojó ante el súbito cambio de actitud. Fijó sus ojos en los de Hades, que fluían como ámbar líquido. Levantó la mano con vacilación y acarició los cabellos negros con suavidad, peinándolos entre sus dedos. Pronto sus manos comenzaron a recorrer no solo el tabique nasal y el contorno de los labios, sino también la mandíbula, el cuello y la nuca. Maravillado, sintió como los músculos del dios se relajaban ante su tímido tacto. Pronto, las manos de Hades también comenzaron a explorar su cuerpo con ansia, sin duda deseando llegar a la piel debajo.

—N…no…—sopló, asustado. —No…
—Tranquilízate…tranquilo. No haré nada que no quieras. Solo déjame saber hasta dónde quieres llegar…, —un gemido ansioso escapó de los labios del dios.

Shun entendió sin necesidad de palabras que Hades necesitaba olvidarse del mal rato que había pasado, y había querido llamarlo a él para que lo ayudara. Sentía toda la madurez del dios en cada caricia, aunque éste lo hiciera con evidente ansia.

Se deslizó de la silla sin que Hades intentara nada más y empezó a desprenderse de la armadura y luego de la camiseta, quedando solo con el pantalón.
—Así, —le advirtió a Hades, con un tono levemente mandón.

Éste se rió en voz baja, y lo empujó sobre el lecho con más ansia.
Sin embargo, se controló y comenzó a besarlo con gentileza, primero en la frente, y luego en los ojos. Lamió la nariz con un ademán juguetón, provocándole la risa a Shun. Luego, lo miró directamente a los ojos.

El japonés entendió perfectamente el deseo que tenía de besarlo en los labios, réplica de su propio deseo. Batió los párpados una sola vez y abrió levemente la boca.
La frustración lo invadió levemente cuando Hades hizo la cabeza a un lado y le besó el cuello con voracidad.
Oyó la carcajada ahogada del dios y se frustró más. Lo cogió del cabello y lo jaló. Hades se rió abiertamente y le empujó la nuca con delicadeza hasta que sus labios quedaron a un palmo.
Se pasó la lengua por los labios sensualmente antes de unir sus labios con los de Shun de repente. Éste abrió los ojos sorprendido, pero los cerró para disfrutar mejor del beso.

Sus labios se enlazaron con los de Hades, tímidamente al inicio, luego con más energía. Era algo nuevo, una manera de comunicar emociones que no conocía y que le fascinaba.
Hades abrió los ojos y se recostó en la cama. Pasó un brazo alrededor de los hombros de Shun y lo estrechó contra su costado mientras le apartaba el cabello de la cara.
—Eres tan bello, mi querido príncipe. Como Andrómeda…

Aquello despertó la curiosidad de Shun. Se recostó sobre el codo mientras cogía uno de los mechones negros del dios y empezaba a juguetear con él.
— ¿Conociste a Andrómeda?
—He conocido a mucha gente, Shun. Por aquí han pasado muchos. A la hija de Cefeo la recuerdo. Bella entre bellas, con una mirada tan determinada…como la tuya, —le acarició el mentón. —Pero no estuvo aquí mucho tiempo. Athena se la llevó y la colocó en el firmamento, entre su padre y su marido.
— ¿Ella era bella?
—Mucho. Pero lo que más resaltaba era su valentía y su espíritu de sacrificio.
—Ahora vas a decir que cómo yo...
Hades se rió
—Las cualidades se repiten siempre, mi querido príncipe. Lo que cambia son las circunstancias. Y las tuyas son mucho mejores.
— ¿Ah, sí?, —el escepticismo tomó su voz. — ¿Cómo?
—Enamoraste a un dios. Anda, mi príncipe, —le besó la frente y se acomodó sobre su pecho. —Duérmete.
Shun cerró los ojos y se durmió sin más.

Entrada la madrugada un sonido lo despertó. Era como un metal rozando la madera. Volvió a mirar a Hades. Estaba acostado boca abajo con el cabello negro cubriéndole la espalda. Se levantó con cuidado.
Al no sentir que las cadenas quisieran atacar, supuso que no había nadie en la habitación que resultara un peligro.

—Así que tú eres Shun.
— ¿Quién está ahí?, —preguntó con vacilación. Se impresionó cuando vio a una dama elegante, de rostro oscuro y cabello celeste frente a él. Una energía poderosa emanaba de ella, lo que le dijo que si deseara enfrentarlo, sin duda saldría perdiendo. Sin embargo, no parecía ser el caso, y aunque tenía un gesto regio y altivo, de reina, y aquella energía resultaba aún más sobrecogedora que la de cualquier dios al que hubiera enfrentado antes, no parecía tener malas intenciones.
Sintió que las rodillas le temblaban, como queriendo doblarse.
— ¿Q…quién sois vos señora?, —preguntó, casi sin voz, sobrepasado por sus emociones, sintiéndose muy pequeño frente a ella.

—Había escuchado de ti, pero no esperaba que fueras apenas un niño. Veo que mi hijo ha decidido seguir el ejemplo de sus hermanos al fin, —rodeó la cama y le dio un beso en la frente al dormido Hades. Seguidamente, le apartó el cabello de la cara, en un ademán típico de una madre.

El santo de Andrómeda sintió que se le caía el mundo encima.

Había escuchado hablar acerca de Rea por supuesto, y sabía el importante papel que ésta había desempeñado en la constitución del orden cósmico actual. Pero si aún lo intimidaba el hecho de que Hades fuera mucho más viejo incluso que Athena, no sabía cómo reaccionar ante una diosa aún más vieja que éste, y más aún ante aquella que le había dado el ser.

Abrió la boca para decir algo. Rea lo acalló con un ademán maternal.
—No es necesario que digas nada. Solo he venido a dejarle a mi hijo algo que me había pedido. Me retiro por ahora. Pero me alegra constatar que eres tal cual Hades me dijo que eras. Quizás seas el indicado para descongelar su corazón.
—Quiero intentarlo., —miró hacia la cama. —Él…él se ha portado muy bien conmigo. Me hace sentir seguro.
Rea lo acarició.
—Lamento haberte despertado. No te preocupes. Vuelve a dormir.
—Ha sido un honor conoceros, señora. De verdad.
—Digo lo mismo, querido.

Shun se volvió a acostar. Se echó las mantas por encima y se acurrucó, contra el costado de Hades. Sintió la respiración de éste agitarse un instante, para luego volver al mismo ritmo. El calor que desprendía contrastaba enormemente con la fría coraza con la que se protegía.

Sentía de repente que podía atravesar esa coraza, el mismo dios parecía querer que la atravesara. De repente, al verlo así dormido tan profundamente se le figuró vulnerable, dulce, cálido, nada familiar a la imagen intimidante que tenía siempre de él.
Estaba seguro que no muchos conocían aquella faceta del dios que solo debía de dejar ver en circunstancias muy específicas. Y por lo mismo no todos debían de entenderlo o pensar siquiera que fuera posible.
Pero él sabía que lo era. Se rio en voz baja al recordar el estropicio que había vislumbrado en el cuarto de baño.
Eso era solamente un indicativo más de que debajo de aquella impasibilidad había un carácter bastante fuerte, como el de sus dos hermanos. La diferencia era que tenía mucha más paciencia y templanza que Poseidón o que Zeus.
La oscuridad que lo rodeaba no le daba miedo tampoco, tenía claro que la oscuridad no siempre ocultaba cosas monstruosas o malas. También podía ocultar cosas muy bellas o simplemente misteriosas, como estaba seguro que se trataba en el caso de Hades. Nada malo, de todas maneras.

Las motivaciones que había tenido el dios para querer acabar con la humanidad, así como las de Poseidón habían estado muy claras. Y eran justificadas. Simplemente, Athena había pensado de otra manera, casi budista, había dicho Shaka, al considerar que no todos los seres humanos eran malvados e insolentes y que la humanidad no se echaba a perder por unos cuantos individuos malvados.
Pero nada de eso importaba ya, ahora que Hades y Athena habían hecho las paces. Aunque para algunos resultara difícil de asimilar.

Respingó cuando sintió los labios de Hades en el cuello.
—Lo siento, te he despertado, —susurró compungido.
La respuesta fue solo un gruñido, mientras Hades seguía explorando su torso.
Estiró la mano buscando luz. Sintió la mano de Hades apartarla del camino de la lámpara.
—No, —el gruñido le provocó un escalofrío de placer. —Déjalo así.
—Pero no veo nada, —contestó.
Aquello era verdad, aquella oscuridad le impedía ver nada.
—Así es mejor, —contestó, con un leve tono de diversión, mientras volvía su atención al cuerpo de Shun.
Se moría de ganas de hacerlo suyo, pero había prometido tocarlo solo hasta dónde él lo permitiera. Y solo se había quitado la camisa.
—Pero es en serio, —lo oyó quejarse. —No veo nada.
—No veas, —le recomendó. —Siente.
—Pero…
—Siente, —le mordió el cuello con voracidad, dejándole una marca.
Shun se hundió en las almohadas. El dios se sentó a horcajadas encima suyo, y siguió besando y lamiendo su torso. Las sensaciones iban y venían con fuerza, dejándolo extrañamente débil.
—Hades…
Éste dejó inmediatamente lo que hacía para prestarle atención.
— ¿Qué sucede, príncipe mío?
—Quiero…quiero..., —se sonrojó.
— ¿Qué quieres, Shun? Dímelo y te lo daré.
—Tocarte…quiero tocarte, —apartó el cuello de la túnica, sintiendo ansiedad—Déjame tocarte.
Sin una sola palabra, Hades se tumbó sobre el colchón y lo ayudó a sentarse sobre sus caderas, de la misma forma en la que él se había sentado momentos antes.
Sintió a Shun bajar con cuidado, casi con miedo. Estiró el cuello dejando la garganta al descubierto, deseando que se la besara. Cuando sintió los labios de Shun sobre ella, soltó un gemido ahogado, y cerró los ojos sintiendo el placer.
Percibió las manos de su joven amante hacer a un lado la túnica y comenzar a lamer y a besar su torso como él lo había estado haciendo.
Le cogió la cabeza y se la empujó con brusquedad contra las tetillas.
Cuando Shun empezó a lamer aquella parte de su cuerpo no pudo evitar arquearse de placer.
— ¿Te gusta?, — preguntó.
—Mucho, Shun. Mucho. Aprendes rápidamente.
—Temo que amanecerá pronto. No tenemos tiempo para mucho más.
—Eso no es un problema, mi pequeño. Puedo ordenarle a Helios que no salga si así lo deseas.
—No, —decidió. —Ya habrá tiempo para eso. Por ahora es suficiente con esto.
—Bien, —le tendió un anillo. —Ten. Ponlo sobre la mesa. Cuando despiertes, lo harás en el Santuario.
—Mi armadura…
—Yo te la enviaré, por eso no te preocupes. Solo duérmete ya.

Ambos cerraron los ojos por segunda vez aquella noche.
Cuando Shun despertó, se dio cuenta de que estaba en su cama en la cabaña del Santuario.
Se apresuró a levantarse y salió a la puerta. Vio su armadura perfectamente ensamblada en una esquina de la habitación y suspiró aliviado de Hades recordara enviársela.
Al salir fue directamente al templo de Aries a hablar con Mu. Éste sonrió plácidamente cuando lo vio.
—Buenos días, Mu.
—Hola, Shun. ¿Cómo te fue en el Inframundo?
—Muy bien. ¿Nadie preguntó por mí?
—La señorita Athena, pero se calmó cuando le dije dónde estabas. Quizás sea mejor que vayas a verla.
—Sí, quizás sea lo mejor. Iré ahora.

El santo de Aries asintió y se retiró al interior de su templo. Shun suspiró e inició el ascenso hacia la cúspide del Santuario. Estaba seguro de que su diosa le haría preguntas muy interesantes, o al menos estaría interesada en saber cómo había pasado su tiempo con el dios.

Efectivamente, cuando subió hasta la cúspide la vio sentada en las escaleras que iban hacia el Templo Mayor con una rosa blanca entre sus cabellos.

Cuando Athena lo vio, sonrió con dulzura.

— Ven aquí y cuéntame. ¿Qué tal todo con mi tío?

Él sonrió y se sentó con ella en las escaleras.

Las palabras se las llevó el viento y quedaron solo entre ellos dos.

"No debemos perder la fe en la humanidad que es como el océano; no se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias"

Siddhartha Guatama

Esta frase está contenida junto con otras citas de Gautama Buda en mi libro sobre religiones orientales. A ver, un poco de cultura de día viernes ^^

Bueno, las cosas van tomando forma y encaminándose poco a poco. En el próximo capítulo sabremos más de la historia de esta joya especial y del lugar donde está Perséfone.

Y bueno, a todos les da cosa conocer a la suegra, pero en el caso de Shun creo que más bien le tiemblan las piernas de la impresión xD Y es que se trata de mamá Rea xD Por otro lado, la suegra Demi molestando y haciendo escándalo as usual :v

Shun no logró ver bien a Pandora en el clásico, solo logró verla mientras ella bajaba desde el castillo de Hades hacia el Inframundo. Luego, cuando el asunto de Orfeo, sin duda que no tuvo tiempo y luego la muchacha no aparece hasta después de la explosión del Muro, cuando tanto él como los otros ya estaban de camino a los Elíseos.

Otra cosa distinta es Hades a través de los ojos de Shun xD

Pero bueno, prácticamente que se conocieron apenas ^^

Me falta contestarles los reviews del pasado capi, ya lo hago ^^

¡Gracias por los comentarios!

¡Un besote!