Capítulo 5
Fuerza
Cuando Hades despertó se volvió boca abajo y apoyó la barbilla en la almohada sobre la que había dormido Shun la noche anterior. Aún estaba algo tibia. Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar el placer de hace unas horas. Descorrió el dosel de la cama y se quedó tendido boca abajo. Un brillo sobre la mesa llamó su atención.
Se desperezó como un gato y se levantó, envolviéndose la cadera con la sabana. Cuando vio la joya sobre la mesa, el corazón le dio un golpe de feroz alegría. La cogió con delicadeza.
Mucho tiempo atrás, cuando aún estaba soltero y anhelaba una esposa, le había encomendado a su sobrino una joya digna de un consorte para el rey del Inframundo.
Y el Cojo había cumplido magníficamente, como solo él podía hacerlo.
Había cogido un diamante negro como la noche, raro y precioso por lo mismo, y lo había engarzado a un dije del más fino oro, con la forma delicada y perfecta de un asfódelo con la corola abierta. Como todas las obras del hijo de Hera, aquella flor de metal, en cuyo centro descansaba el diamante negro, brillaba y parecía tener vida propia aún siendo de un oro oscurecido, como si se irguiera sobre su tallo en los Campos Asfódelos.
A pesar de que aquel colgante debía ser una de las obras más preciadas de Hefestos y de tener la forma de la flor infernal, recibía su nombre por la piedra que estaba engarzada con grácil fuerza en su centro.
El Diamante de Ébano.
La mano de Hades acarició los pétalos con cuidado. La tristeza se adueñó de él un instante al recordar la carta que su hermana le había entregado lo más tarde que pudo tratando de dañarlo lo más posible.
Amado corazón mío,
Una vez más debes enfrentarte a Palas, y si pierdes, volverás a ser sellado por mi hermana por dos siglos más.
El Inframundo necesita de su gobernante. No puedes ausentarte por mucho tiempo, ni dejar de cumplir con tu deber. Es preciso que si no derrotas a Athena no seas sellado. Yo en cambio, no tengo nada que perder…salvo a ti, pero con gusto haré el sacrificio, si el precio es tu libertad.
No quisiera que tu corazón olvidara lo hermoso de ser amado y lo hermoso de amar, así que te hago esta petición:
Si es mi Destino ser sellada, y transcurrido un tiempo no he despertado, si alguna diosa o mortal cautiva tu corazón, no te cierres, ama.
Ama intensamente, como me has amado a mí. Ama, para que cuando yo despierte, tu corazón no sea tan duro como lo era antes de que me conocieras. Para que sigas siendo capaz de sentir.
Sé que lo que te pido te causará un gran dolor, me lo causa a mí mientras escribo estas líneas, y mis lágrimas emborronan la tinta. Pero debo hacerlo.
Debo pensar en ti, para tener valor, y en que estarás a salvo para estar tranquila.
La última voluntad que te hago es ser llevada a los Campos Elíseos, para descansar cerca de ti.
Los dioses somos eternos, así que no me despido para siempre, nuestra separación no será para siempre. Nunca.
Tu amada alma
Suspiró y agitó la cabeza para apartar aquellos funestos pensamientos de su mente. Lo único que le pesaba era no haber podido cumplir con la última voluntad de la diosa, de hacerla descansar en los Elíseos.
Su madre había actuado con sorprendente rapidez aquella vez y se la había llevado a la Cámara de las Vírgenes, un lugar situado bajo la custodia de Hestia, a la que solo podían acceder las mujeres y al que no podían acercarse los varones, pues era como un gineceo en el Olimpo en el que las diosas se reunían a hablar y a pasar el tiempo en tareas exclusivas de su sexo.
También existía un andrón en el Olimpo, accesible solamente por los varones, la Cámara de los Efebos. Pero nunca ninguna de las dos estancias había sido usada como cárcel, o convento como ahora pretendía hacer Deméter, al haber encerrado allí a Perséfone, con la expresa intención de alejarla de él, aunque a medio Olimpo no le pareciera aquello.
La única a la que se le permitía entrar en ambas estancias, por las características de sus esferas de influencia era a Athena.
Pero no se atrevía a pedirle que le transmitiera lo que quería decirle por miedo a perjudicarla de algún modo.
Ahora que por fin había sido capaz de lograr aquello que le pedía encarecidamente, sentía la acuciante necesidad de hacérselo saber de algún modo. Pero no sabía cómo.
También sentía lástima por su hermano, el cual tampoco había visto a su hija en siglos, y que como él mismo hubiera querido, había tratado de despertarla, infructuosamente antes de que su madre la secuestrara en aquella cámara.
La cólera de Zeus había resultado esperable, pero se había apagado pronto ante la imposibilidad de hacer cambiar de opinión a Deméter y no querer contrariar a Hestia ni a Hera.
Por razones lógicas, a la única a la que no podía pasarle Deméter por encima era a Rea, ni a las hermanas de ésta, que se mantenían como las guardianas de Perséfone, y las que le traían noticias de vez en cuando, aliviando su malestar.
Y ahora que tenía aquella joya, planeaba hacérsela llegar a Shun y ya sabía a quién iba a pedirle que lo hiciera, casi como una forma de escarmiento.
Pronto las ninfas ctónicas hicieron su aparición para ayudarlo a lavarse. Se despojó de la sábana y se encaminó hacia el cuarto de baño.
Como esperaba, Pandora debió haber esperado que se durmiera para hacer limpiar el estropicio de la noche anterior.
El agua caliente empezó a correr por su cuerpo, relajando los músculos y limpiándolos de las impurezas acumuladas durante la noche.
Pronto, Pandora hizo su aparición con la agenda del día. Una vez vestido, despidió a las ninfas con un ademán y se acercó a Pandora.
— ¿Cómo habéis dormido, mi señor?, —preguntó ella, solícita como de costumbre.
—Mejor que en días anteriores. Mi ira también se ha calmado. Sin embargo, hay un asunto del que debo ocuparme antes de iniciar el día. Sé, por el dulce hijo de Nyx, que Radamanthys ya ha sido castigado por atreverse a desairarme. Pero aún deseo ajustarle las cuentas por mí mismo. Así que hazlo venir ante mí.
—Sí, mi señor. Vuestros deseos son órdenes.
Hades se sentó en el escritorio. Tomó una pluma y empezó a hacer garabatos sobre el papel. Apenas cambió de posición más que para mirarlo de reojo, cuando el espectro de Wyvern se arrodilló frente a él.
— ¿Me ha llamado, señor Hades?
—Acércate a la mesa, —contestó, sin dejar la pluma.
Radamanthys se levantó sin una palabra y se acercó a la mesa. Titubeó cuando vio el colgante.
—Vas al Santuario y le entregas eso al santo de Andrómeda. No quiero quejas. Y cómo me entere que provocas algún disturbio te va a pesar. ¿Me oyes?
—Sí, señor.
—Bien. Anda. Ya sabes dónde encontrarme a la vuelta.
A la salida tuvo que soportar las burlas de Garuda y Grifo.
— ¡Cállense, imbéciles!, —gruñó de mal humor.
—La verdad es que al que no quiere caldo, —se burló Aiacos, mientras Minos se reía, —le sirven dos tazas, ¿Verdad, Rada?
— ¡Cállate, jaiba descarada!
—Uy, perdone usted, Su Majestad. No quisiera ofenderlo.
—Eh, Rada, ¿Estás seguro que estás sobrio?, —le gritó Minos. —No queremos que te le arrimes a Shun sin querer.
Ahora fue el turno del nepalí de soltar una carcajada.
—Ni muerto me arrimaría a ese mocoso.
—Cuidado, Rada, cuidado. Que el mocoso está a punto de volverse el consorte del señor Hades. No querrás que te castiguen por andar de bocón.
— ¡Que se callaran, les dije!, —gruñó el inglés, malhumorado.
—A ver, Minos, —contestó Aiacos, ignorando a Radamanthys. — ¿Quién de los dos bichos crees que sea más ponzoñoso, Radamanthys o Milo?
El juez frunció el ceño, furioso.
— ¡No me compares con el bueno para nada de Milo!
—Bueno, entonces Pharaoh, señor quejica.
— ¡Cállense!
Las risas de sus dos pares todavía le resonaban en los oídos cuando pisó el Santuario.
Sin muchas ganas de nada se puso a buscar a Shun, aguantándose los comentarios mordaces que pugnaban por salir de su boca.
Cuando lo encontró, meditando debajo de un árbol, acompañado por el santo de Virgo, sintió la tentación de tirarle el collar a la cara y largarse. Pero el miedo que le tenía a Hades podía más.
— ¿Qué quieres, Radamanthys?, —le preguntó sin abrir los ojos siquiera.
—El señor Hades me envía, Andrómeda. Quería que te diera esto, —le puso el colgante frente a la cara.
Shun abrió los ojos.
Tomó el colgante con cuidado.
— ¿Hades ha hecho esto para mí?
—No para ti específicamente, pero lo mandó a hacer para que fuera llevado por quién fuera su consorte. Antes fue la señora Perséfone. Ahora eres tú. Deberías sentirte orgulloso, esto no lo haría por un amante cualquiera, es un símbolo de alta jerarquía en el Inframundo.
Se sonrojó.
—Gracias, Radamanthys. Por favor, transmítele a Hades mi agradecimiento.
—Hazlo tú, —contestó, de mal humor de repente. —A mí solo se me ordenó darte esta joya, no haré nada más, —se desapareció.
Shun se río.
— ¿Qué hacemos con Radamanthys?
— ¿Vas a acusarlo? , —quiso saber Shaka.
— ¿Por ser Radamanthys? No, no es necesario. Ya hablaré yo con Hades, ya me ha explicado lo esencial.
—Es una joya hermosa, —contestó el indio, examinándola.
— ¿Tú crees? Ya los veo burlándose de mí por llevar un collar con forma de flor.
—Sí se burlan, puedes contestarles que las flores y los árboles están más relacionadas a los hombres que a las mujeres en la mitología. Ya sea por metamorfosis o consagración. Ir más lejos, el asfódelo es la flor que está consagrada a Hades, imagino que por eso Hefestos le habrá dado esa forma al dije
—Bueno, con eso me siento más tranquilo. Supongo que esto es un signo de que la relación es seria para él, eso me tranquiliza de veras. Y quizás acalle los rumores aquí también.
—Sin duda dice mucho que haya conseguido esta joya para ti. Verdaderamente le gustas mucho. ¿Sigues teniendo dudas?
Sacudió la cabeza.
—No tantas como antes. Además, la señorita Athena me dijo que no le molesta en lo más mínimo. Y Radamanthys parece que ha tenido que aceptarlo. El único problema es Seiya, pero no pienso preocuparme por lo que crea, si no lo acepta es su problema.
—Me alegra que sea así. Te mereces ser feliz.
Una expresión dulce adornó el rostro de Shun.
—Ha sido con quien menos esperé. Pero supongo que el Amor es así de misterioso y actúa cuando menos te lo piensas te llega.
—En esta vida hay muchas cosas misteriosas, Shun. Eso tenlo siempre presente. Ahora volvamos a la meditación, —cerró los ojos de nuevo.
Mientras tanto, Athena tejía sentada en la fuente del Santuario, pensando en lo que le había dicho Shun acerca de su tiempo con Hades.
Pareciera casi como si el dios tuviera miedo de ir demasiado rápido, y desencadenar una tragedia como la que había tenido con Perséfone.
En lugar de hacer su voluntad, lo había dejado elegir si corresponderlo o rechazarlo. Tampoco había querido apartarlo de su entorno común, ni de lo que éste amaba hacer. Mucho menos le estaba negando su espacio personal. Y al parecer, se estaba tomando su tiempo para derribar rumores y darle a conocer que la cosa iba en serio.
Hacía días, desde que Shun le contara acerca de los coqueteos de Hades, había recordado que ella tenía en su poder un velo y una corona que Perséfone había perdido al ser raptada por Hades. Con el consiguiente drama que se había desencadenado después y luego con el paso de los siglos, había olvidado completamente que tenía aquello, hasta que un día, buscando nuevas telas para bordar, lo había encontrado en un cajón.
Había pensado en ir ella a dejárselo, pero no sabía cómo burlar a Deméter, que no se le despegaba a su hija ni un segundo.
Y ahora, siendo que Hades había escogido como su pareja a uno de sus santos, de seguro que con menos razón la dejaría pasar. Sabía por Shun que sus tíos habían discutido, lo cual había puesto de mal humor al hermano de su padre, no sin razón.
— ¿Cuándo dejarás tu odio, querida tía?, —se preguntó, mientras la aguja traspasaba la tela de manera impecable, creando un intrincado diseño.
En realidad, su intención al visitar a su hermana, no era darle aquella tela, quería decirle acerca de lo que sucedía con Hades, porque sabía que éste no podría. Pese a que Kore estuviese dormida, el sello no impedía la comunicación por medio del cosmos y eso era lo que estaba planeando.
Y como todo el Olimpo, había desaprobado que la encerrara. Aún recordaba el dolor de su padre ante la imposibilidad de poder verla de vez en cuando, sabiendo que ni siquiera a él le estaba permitido traspasar aquel recinto.
De repente, recordó que las hijas de Cronos, con la excepción de Mnemosine que había preferido permanecer en el Inframundo, y de Thetys, que permanecía con su marido en el extremo norte del mundo, en los fríos océanos del polo, también eran guardianas de la joven diosa, especialmente cuando Deméter no estaba.
Si podía acercarse a dicha cámara en el momento indicado, estaba segura de que la dejarían pasar, sobre todo Rea, a la que le dolía ver a sus hijos sufrir.
Recogió el bordado apresuradamente y subió hasta sus aposentos a arreglarse. Las ninfas limpiaron su cuerpo con delicadeza y la vistieron con el pesado peplo que solía ponerse para ir a la morada de los dioses, mucho más majestuoso que los vestidos que llevaba a diario.
Y como estaba segura de que su tía habría ido a quejarse con sus hermanas de lo que fuera que el señor del Inframundo le hubiera dicho, quizás tuviera suerte. Además, la noche estaba al caer, por lo que de seguro su visita pasaría desapercibida.
Sin dudar más, cogió las cosas de su hermana y la Nike y se trasladó hacia el palacio de Hestia.
La morada de la mayor de las Crónides era una especial entre las del Olimpo. Estaba permanentemente hundida en una luz que recordaba a la que otorgaba el fuego de una hoguera. La habitación principal por supuesto guardaba el Fuego Olímpico, que nunca se apagaba. Una porción de éste se encontraba también en Delfos.
Dicha cámara se encontraba en el centro mismo de la morada, como el fuego hogareño era el centro de cada residencia mortal.
Y la cámara que buscaba, estaba en la torre norte de dicha morada, la más alta. Sabía que en la puerta de entrada la vigilaba alguien, pero no sabía quién.
Solo esperaba que no le impidieran subir.
Cuando abrió la puerta de entrada, constató que no había nadie vigilando, lo cual la alegró. Subió por la larga escalera de caracol, al final de la cual, tras un corto vestíbulo, se encontró a las tres titánides. Todas levantaron la cabeza al oír sus pasos en medio del silencio.
— ¡Joven Athena!, —la voz de Thea se elevó antes que otras. Como su hermana Rea, la piel de Thea era oscura y sus ojos colorados. La diferencia era su cabello con tonos verdosos.
—Os saludamos, joven diosa, —se sumó Temis inclinándose brevemente, en ademán de respeto hacia la deidad olímpica. Ella, a diferencia de sus hermanas, tenía cabellos oscuros, y la piel algo más clara, pero con los mismos ojos colorados.
— ¿Qué podemos hacer por ti, indómita deidad?, —se sumó Febe, la cual tenía la piel más clara de todas, que lucía como lustroso alabastro. Sus cabellos también eran de un tono particular, de un rojo profundo, casi negro, y sus ojos brillaban con el mismo tono celeste que los de sus nietos.
Como el de Rea, los tres rostros denotaban antigüedad, aún sin señales físicas de vejez.
—Encontré entre mis pertenencias algunas de mi hermana, que recogí cuando Hades la raptó y he venido a devolvérselas. Tendió el velo, solícita. La corona cambió de manos.
—Bellos trabajos, ¿Acaso fuiste tú misma la que lo tejió? Sin duda esto no fue hecho por mortal alguno.
—Su madre le hizo este peplo y la corona, como no podía ser de otra manera, es obra de Hefestos.
Un grito quebrado quebró el ambiente calmo de la estancia. Una ninfa apareció corriendo, abriendo la puerta que las separaba del lugar donde se hallaba la hija de Zeus.
— ¿Qué es lo que le ha pasado?, —la voz de Temis adquirió un tono demandante.
—El colgante de la señora Perséfone…no está. Revisé por si se había caído pero no está.
— ¿El Diamante de Ébano?, —se alarmó Temis. —, ¿Pero quién podría tenerlo y para qué se lo han quitado?
—Pero no pudo ser cualquiera…ella siempre está vigilada. El ladrón tuvo que haberle dicho a alguien de aquí para que lo sacara, —se preocupó Thea.
—¿Podrìa ser que alguien haya sido sobornado para robarlo?
—Relájate, querida hermana. Nadie ha robado esa joya, —intervino Rea, apareciendo de pronto.
¿Y cómo lo sabes, hermana?
—Porque yo fui la que se lo quitó.
— ¿Tú?, —se asombró Febe. — ¿Cómo?
—Todas ustedes saben que ese collar lo hizo Hefestos por orden de Hades sin pensar en una persona especial. Simplemente está destinado a ser llevado por quién sea su consorte, sea éste hombre o mujer. Mi hijo me lo ha pedido ante la imposibilidad de obtenerla él mismo.
—Entonces… ¿Lo que le dijiste a Deméter es cierto? ¿Por fin el corazón de Hades ha podido amar de nuevo?
—Así que de eso se trataba, —reflexionó la de los ojos de lechuza. —Deméter fue a gritarme ayer tarde acerca de eso. Supongo que también le dijo algo a Hades.
—Anoche lo conocí, —afirmó Rea. —Es un joven especial, con un alma muy pura. No me sorprende que haya llamado la atención de Hades. Y desde que es uno de tus santos, querida, también debe ser fuerte. La fortaleza justa que se necesita para ser el amante de un dios.
—El pequeño se ha enamorado de nuevo, —se rió Febe. —Justo como sus hermanos. Los jovencitos parecen atraerles a estos muchachos.
—Shun está muy contento con este romance. Hace unas horas hablé con él.
—Hades dice que ese muchacho se parece mucho a Perséfone. Supongo que eso es lo que lo ha atraído.
—Es su fuerza. Ahora está tan feliz…en cambio Zeus…, —la voz de Rea se quebró.
—No te preocupes. De alguna manera se arreglará.
— ¿A qué te refieres?, —preguntó Athena curiosa. —Creí que mi padre no podía entrar aquí.
—Y no puede, —aclaró Temis. —Por eso está triste. Extraña a Perséfone.
—Pero no sé si recuerdas la carta que Perséfone le dejó a Hades, donde le pedía que la hiciera reposar en los Campos Elíseos.
—Por supuesto. A Deméter no le importó y se la trajo aquí.
—Nosotras planeamos sacarla de aquí. Así cumpliremos su deseo y tanto su padre como su esposo podrán visitarla de vez en cuando.
—Deméter nunca ha tomado en cuenta que Perséfone es hija de Zeus también. Ni cuando se la éste se la dio en matrimonio a Hades. Ni cuando lo puso en una situación incómoda al amenazar con destruir a la humanidad si no se le devolvía a su hija. Ni ahora que no le permite verla.
—Es ciertamente injusto. Ella merece estar donde quería, no dónde su madre considere mejor.
Athena se levantó.
—Bueno, las dejo. Mi propósito es otro.
—Procede, joven Athena, —la invitó Rea. —Nosotras te cubriremos.
La diosa inclinó la cabeza levemente y abrió la puerta que la separaba de su hermana.
Perdón por la tardanza UwwwU Pero por diversos motivos no había podido terminar el capítulo hasta ahora. Y luego FF no me dejaba subir. TwwwwT
Bueno, cada vez me quedan menos titánides por aparecer en mis fics xD
Como mamá Rea es mamá Rea...hay más sobre ella que sobre sus hermanas.
Temis es la personificación de la justicia natural o divina. Tuvo con Zeus a divinidades que estaban relacionadas a esto, Astrea, las Horas y las Moiras.
Thea es la personificación de la vista. Los griegos creían que la vista y la capacidad de observación eran como rayos que salían por los ojos. Por eso su esposo es el titán que personifica la capacidad de observación, Hyperión, y sus hijos, divinidades que desprenden rayos de luz, el Sol, la Luna y la Aurora.
Febe era la encargada del Oráculo de Delfos, el que le heredó a su nieto.
Como podrán notar, mantuve en todas las tonalidades del Episodio G, menos en Febe, y, si la recuerdan de Violetas y Asfódelos, tampoco en Mnemosine.
Se denomina gineceo (gr. γυναικωνῖτις) a la sala, habitación o estancia que poseían las grandes casas de la antigua Grecia, para uso exclusivo de las mujeres de la casa: esposa, hijas, sirvientes. Preferiblemente estas estancias estaban en la segunda planta de las mismas. Esta sala era la contraposición al Andrón.
El andrón o andronitis (gr. Ἀνδρῶν-ῶνος) designa en la arquitectura doméstica de la antigua Grecia a la estancia o parte de la casa reservada a los hombres. Consistía en un patio descubierto (aulê), rodeado de columnas, alrededor del cual estaban dispuestas las diversas habitaciones para el servicio del propietario y de los que vivían con él. Estaba separada por un pasillo y una puerta, del gineceo, que contenía las habitaciones de las mujeres.
Las flores suelen estar rodeadas de un contexto muy femenino, pero a veces su origen estaba relacionado a dioses o mortales varones. Véase Jacinto o Ayax Telamonio, de cuya sangre surgió el jacinto, que también se le consagra a Apolo. Narciso que se convirtió en un narciso, Adonis, por cuya sangre las rosas se volvieron rojas, o de cuya sangre surgió la anémona. O el mismo asfódelo, de los que se dice había un campo en el Inframundo, consagrado a Hades.
Entre las plantas, por consagración a un dios varón está la menta, a Hades. O entre los árboles, el ciprés, el álamo blanco y el pino, de carácter funerario, a Hades. O el caso más famoso: el laurel a Apolo.
Ya vamos por la mitad del fic o.O
¡Gracias por los comentarios!
Perdón de nuevo por la tardanza UwwwU
¡Un besote!
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