-Pero, ¿vuestra madre no estaba muerta?

-Eso es lo que creía yo.

-Anímate, hermanito, que dentro de poco la verás.

-Mmmm, ¿papá? Eso ya lo has dicho, ¿sabes?

-Y tú deberías cerrar la boca, ¿eh, nenita?

Annabella le miró a su padre con mala cara, exactamente igual que Damon había hecho a su padre cuando él y Stefan eran unos niños y Giuseppe se metía con ellos, pero sobretodo con Damon, así había sido siempre, desde que Stefan podía recordar. Y, por lo que le había contado antes su hermano, había sido así siempre.

Stefan no sabía por qué su padre trataba así a Damon, era como si le odiase, como si hubiese sido más feliz si no hubiese nacido. Stefan siempre había querido a su hermano, y era bueno saber que este también sentía lo mismo por él, a pesar de todas las diferencias que tenían entre ellos. Al fin y al cabo eran muy diferentes.

Le entraban sudores de pensar lo valiente que había sido su hermano, con sólo siete años había sido capaz de superar la muerte de su madre, la única persona que le había entendido y querido tal y como era, y hacerse cargo de su hermano pequeño, que en aquél entonces era un recién nacido. Sí, siempre había sentido envidia por su hermano, Damon era guapo, por no decir hermoso, y él lo sabía, no es que se lo tuviese creído, no, tan sólo estaba pagado de sí mismo, pues conocía una verdad que cualquiera que le mirase podría observar. Luego estaba esa seguridad de sí mismo que tenía.

Jamás en 500 años había conocido a alguien que fuese capaz de lograr todo lo que su hermano podía conseguir. Era increíble. Y ahora iba a conocer a la única otra persona capaz de todo esto. Si es que lo que su padre le contó durante toda su vida era cierto. Siempre que reñía a Damon acababa, después de la paliza, diciéndole que era idéntico a su madre. La verdad es que Stefan nunca vio similitud alguna entre su padre y su hermano. Pero él sabía que, a pesar de no ser tan hermoso como su hermano y de no saber explotarlo como él, que eran muy parecidos, más incluso de lo que a ambos les hubiese gustado reconocer.

Y ahora aparecía esa niña, mitad vampira, mitad humana, y tan idéntica a su hermano que casi podían pasar por mellizos. Se comportaba igual que Damon, tenía sus mismos gestos, e incluso esa sonrisa capaz de derretir los polos que hacía que todas las féminas, tuviesen la edad que tuviesen, cayesen rendidas a sus pies. Y, ay, si te echaba esa sonrisa poco después de haberle atacado verbal o físicamente, o después de traicionarle. Eso significaba que eras hombre muerto, que te iba a torturar hasta oírte pedir clemencia y que después te mataría lenta y dolorosamente.

Un timbrazo en la puerta sacó a Stefan de sus pensamientos.

-¡Esa es la abuela! –gritó Annabella alegremente mientras se dirigía a la puerta para abrirla. Cuando lo hubo hecho, entró una mujer joven por esta, y observando a todos los que se encontraban en la estancia. Cuando llegó a Stefan, detuvo la mirada un rato en él.

-¿Stefan? –preguntó ella a pesar de saber perfectamente la respuesta- Dios mío, cómo… yo… ven aquí, hijo mío.

Stefan fue hacia sus brazos abiertos, hacia su madre. Esa era la primera vez que la podía abrazar desde el día de su nacimiento.